La autodefensa de las mujeres kenianas ante la violencia sexual

Sauma, en su puesto del mercado en Tudor (Pablo L. Orosa)

No importa que todos en la comunidad sepan lo que ocurre. Sepan que hay un vecino al que le gusta abusar de las chicas jóvenes. Que hay maridos que cuando vuelven a casa fuerzan a sus mujeres a tener sexo aunque estas no quieran. Que hay familias que venden la virginidad de sus hijas a cambio de un puñado de dólares. La violencia sexual, en cualquiera de sus formas, está interiorizada en Kenia. Pero por todo el país han comenzado a brotar colectivos de mujeres dispuestos a levantar la voz contra los abusos.

También aquella tarde las gotas de sudor asomaban entre las trenzas de Sauma. En Moroto, uno de esos lugares donde se oxida la línea del horizonte, siempre hace calor. Su ubicación privilegiada, frente a la ensenada de Tudor que abre camino hacia las playas de Mombasa en las que se tuestan los turistas, es lo único bueno de este lugar. El resto, las callejuelas sucias, los techos de zinc, el VIH disparado, es un golpe de realidad. Nadie quiere vivir aquí, frente al Índico oscuro. Pero dicen que son 50.000 ya los que viven.

La casa de Sauma está en una de las callejuelas que sube. Aquí la gentrificación funciona al revés: Cuanto más lejos del mar, mejor. A Sauma le cuesta moverse a causa de una enfermedad que le quebró la pierna y mucho más agacharse. Pero es rápida con el cuchillo. Corta lechugas, tomates o todo lo pase por su pequeño puesto del mercado. De eso viven en casa. Sus hijos, su marido y algunos sobrinos que van y vienen. En Moroto no hay censos fijos. Sobre la cama hay una almohada rosa y varias camisetas estiradas. Las chaquetas están sobre las sillas de plástico azul y los pantalones cuelgan de la estructura de madera que sostiene las paredes de chapa. Hace calor. Y no hay ventanas por la que escapar. Las gotas de sudor asoman de nuevo entre las trenzas de Sauma.

“Era sábado por la tarde y yo estaba lavando ropa con las otras mujeres. Faisa estaba en la casa, jugando con los otros niños. Mientras volvía empecé a escuchar mucho ruido, así que apuré el paso. Afuera estaban ya algunos niños llorando. Tenía miedo. Dentro de casa Faisa también lloraba.

-¿Qué está pasando?, pregunté.

-Si gritas, te mató”.

Sauma reconoció la voz de aquel hombre. Todos en el barrio lo conocían. No era la primera vez que se acercaba a las chicas. Sauma está segura de que ha agredido sexualmente a muchas.

-“Te voy a violar a ti también si no te marchas”.

Pero Sauma no se marchó. Le hizo frente hasta que llegaron otras mujeres, alertadas por los gritos. “Acudimos a los policías del barrio. Ellos sabían perfectamente quien era, fueron a su casa, pero él negó que hubiera intentado agredir a Faisa”. “El historial de impunidad ante los casos de violencia sexual en Kenia socava gravemente la capacidad de las mujeres de denunciar estos crímenes”, alerta Human Rights Watch en su último informe. Muchas de estas agresiones, documentadas por dicha ONG, son perpetradas por los propios policías y por hombres uniformados. Son, de hecho, un arma electoral. Barriadas como la de Moroto, donde se refugian inmigrantes y grupos minoritarios expulsados de sus propios territorios, son a menudo feudos opositores. Agredir a mujeres y niños es una manera de mantenerlos a raya.

“La situación está yendo a peor. Hay una cultura de la impunidad imperante. No se rinden cuentas por los delitos cometidos”, sentencia el responsable del Independent Medico Legal Unit (IMLU), Peter Kiama

Coaptadas las instituciones, a las mujeres de Moroto solo les quedaban ellas mismas. Así que comenzaron a organizarse. A vigilar las ausencias de las otras. Los ratos en los que va a lavar o al mercado. A ‘patrullar’ sus calles. A hacerles saber a las demás que están allí, para ellas. Sauma, una que nunca falla al grupo, no para de hablar del futuro. De lo que falta por hacer: justicia y educación.

En lo primero ha logrado ya alguna victoria. Aunque tarde, el hombre que atacó a Faisa está en la cárcel, condenado a 24 años por intento de violación. No los cumplirá todos, probablemente en unos meses vuelva a rondar por Moroto, pero al menos está vez no quedó impune. Un informe hospitalario, los testimonios de las vecinas y un policía honesto fueron suficientes. Por una vez.

En lo segundo aún queda demasiado por hacer. Seis de cada diez estudiantes kenianos no completa la educación secundaria. No hay estadísticas disgregadas por sexo, pero nadie duda de que son más elevadas en el caso de las mujeres. A medida que se casan y se quedan embarazadas van abandonando la escuela. Nueve de cada diez que lo hacen, no vuelven jamás. Y, según Unicef, el 23% de las jóvenes se casan antes de los 18 años. Un 4% antes incluso de los 15.

“No se le da valor a la educación de las mujeres. Es por esto que las cifras de abandono escolar son tan elevadas. Porque no quieren que eduquemos a nuestras hijas”, resume Sauma, a quien la vida le negó aprender a leer o escribir. Pero eso no ocurrirá con sus hijas. Es lo único que promete.

Sauma y Faisa recorriendo el centro del barrio (Pablo L. Orosa)

Matrimonios infantil: 8,5 euros o unas botellas de alcohol

Vender a las niñas es más barato que mantenerlas. Ella, una joven que es madre, tía e hija bajo el mismo techo, lo explica con naturalidad. No es que lo justifique, intenta aclararlo ante el silencio de las otras madres, pero es una realidad. La comida, las medicinas, el colegio…un relato de gastos que relatan en sentido inverso. Primero la escolarización, después la confinación doméstica hasta acabar por malvenderlas para pagar las necesidades de los otros vástagos. Las cifras de matrimonios infantiles alcanzan el 23% en el país. En Moroto no hay cifras. Pero hay muchos más enlaces concertados. Muchos más.

“Aquí con 14 años ya las casan”, asegura Sauma. El precio: comida, 1.000 chelines (8,5 euros) o unas cuantas botellas de munazi -un fermento a base de vino de coco-. “Es más barato casarlas”. La mercantilización de las menores es un paso más en la deshumanización de las mujeres. Un proceso imprescindible para justificar los abusos: un 39% de las mujeres en Kenia han sido agredidas sexualmente por su pareja durante su convivencia. Un 26% en los últimos doce meses. Ni siquiera las escuelas son refugio. La violación de tres estudiantes en un colegio de Nairobi el pasado mes de junio levantó una oleada de protestas que forzó la investigación policial y parlamentaria después de que varios padres decidieran retirar a sus hijas del centro.

En Moroto, lejos de la solidaridad digital de la capital, del #Metoo que se extiende desde Uganda, la batalla frente a los abusos se sigue lidiando puerta a puerta. En las callejuelas y las madrugadas.

“Sabemos que hay un hombre que abusa de su hija, de apenas dos años, cuando su madre va al mercado a vender. La madre lo niega, dice que no es verdad, pero nosotras sabemos que lo está protegiendo. Sabemos lo que está pasando”, amenaza Sauma.

Porque las mujeres de Moroto están dispuestas a que no siga pasando.

Reportaje publicado en El Ciervo

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