La cuna del islam en Sudáfrica planta cara al último legado del apartheid: la gentrificación

Turistas paseando por el barrio de Bo Kaap (Pablo L. Orosa)

Tras meses de lucha vecinal, el histórico barrio de casas de colores de Bo-Kaap, en Ciudad del Cabo, ha recibido protección patrimonial para blindarlo ante la gentrificación que ha expulsado a decenas de residentes del primer enclave musulmán en Sudáfrica. Los que todavía resisten reivindican algo más que sus calles: Bo-Kaap es una forma de vida en extinción.

Fouzia, una de las líderes de la comunidad vecinal de Bo Kaap (Pablo L. Orosa)

Hasta llegar a casa de Fowzia Achmat hay que subir un par de calles empedradas en las que la pendiente roba la respiración. Pero vale la pena hacerlo. Desde lo alto de la colina se puede ver todo el barrio, que es como ver toda Ciudad del Cabo, con las torres acristaladas que vigilan el puerto y las viviendas unifamiliares que cuelgan de la ladera al fondo. Entre el paisaje, entre las las casas de colores un millón de veces fotografiadas  y el verde majestuoso del parque nacional Table Mountain, se distinguen las formas redondeadas de varias mezquitas. A Fowzia le gusta contarlas. A simple vista hay al menos tres. “Eso indica que eso era antes tierra de musulmanes”.

“Mi tataratatara abuelo llegó aquí desde la India y se casó con una esclava liberada. Ellos donaron parte de su tierra para construir la primera mezquita que se levantó en Sudáfrica”, relata con el orgullo de quien no ha dejado nunca de saber quien es: de la cocina de su casa, paredes marrón por fuera, madera por dentro, nace una brisa especiada que se mezcla con el olor a pan recién horneado. Del piso de abajo, como invadido por el sabor de la infancia, aparece un joven iraquí que viste la camiseta de la selección española. Para muchos estudiantes musulmanes, la vivienda de Fowzia es su residencia universitaria en Ciudad del Cabo. El único lugar en el que están en casa.

Bo-Kaap fue el primer lugar en el que se instalaron los esclavos musulmanes, bengalíes, indonesias, malgaches, al llegar a Sudáfrica a finales del siglo XVI. “Fundaron una comunidad única en el mundo donde convivían cristianos, musulmanes y pueblos indígenas sin que existiese ni un solo problema de convivencia: ¡eran habituales los matrimonios mixtos! Es más”, continúa Fowzia, “aquí los niños musulmanes iban a estudiar a la escuela anglicana de Sant Paul”. En su casa hay un crucifijo y un libro de catequismo.

El barrio escapó a la segregación residencial impuesta por el régimen del apartheid: a diferencia de otras comunidades ‘no-blancas’ que fueron expulsadas al extraradio de la ciudad, Bo-Kaap se convirtió en un gueto al que fueron enviados la mayoría de los que encajaban en la etiqueta “Cape Malay” o “Cape Muslim”. Fowzia fue una de las 60.000 personas que fueron expulsadas  en aquellos años del Distrito Seis, en pleno centro de Ciudad del Cabo. Como su familia profesaba el islam, fueron enviados a Bo-Kaap. “Por aquel entonces el barrio llegaba mucho más allá. Hasta casi el Waterfront”. Basta con buscar las cúpulas de las mezquitas para dibujar las fronteras del barrio.

A un lado y al otro, los turistas funcionan como denominador común: sacan fotos del Green Point y más fotos aún de Bo-Kaap. De sus casas de colores. De su gastronomía de sabores picantes. De sus destartalados y sus puestos de artesanía. Su ubicación privilegiada, a un paseo del centro, de los barrios ‘cool’ de Woodstock y Salt River, y de la propia fachada marítima de la ciudad, lo han convertido en el gran objeto de deseo para los inversores inmobiliarios. “Todo empezó hace 20 veinte años, empezaron a comprar algunas casas, pero era algo casi intangible y la gente no se preocupó demasiado. La nueva oleada”, señala Fowzia, “comenzó hace algo más de 8 años”: llegó el capital extranjero y comenzaron a levantar hoteles, edificios de apartamentos, gin bars y coffee shops. Hoy Bo-Kaap es uno de las zonas más demandadas en Airbnb, a la mezquita de Nurul, levantada en 1834, le han adosado un moderno despacho de arquitectura y el menú del día de la cafetería de al lado es un sandwich con café ecológico.

“Nosotros no nos oponemos al cambio, el cambio es algo natural y tiene cosas positivas, nos oponemos a cómo se hace ese cambio”, sentencia la mujer que ha conseguido levantar la conciencia de un barrio.

Panorámica de Bo Kaap (CC Bernard Dupont)

Redlining y el ‘apartheid económico’

Su gran atractivo, una geografía majestuosa, con las montañas descendiendo abruptamente sobre el Atlántico, es al mismo tiempo el mayor inconveniente de Ciudad del Cabo, la segunda urbe más importante de Sudáfrica. Con 3,7 millones de habitantes y miles de turistas más, el suelo es la mayor commodity de la ciudad. Un terreno en pleno centro, con un patrimonio histórico único y cuyos dueños cuentan con un poder adquisitivo limitado es el sueño para cualquier gran inversor.

En veinticinco años de democracia dirigida ininterrumpidamente por el Congreso Nacional Africano (ANC) de Mandela, el país ha logrado importantes avances, pero también grandes derrotas. Ninguna como no haberse atrevido con la reforma de acceso a la tierra: aunque apenas suponen el 10% de la población, la minoría blanca posee todavía el 72% de la tierra en Sudáfrica.

“No haber abordado este problema es un fracaso de las sucesivas administraciones del ANC que tenía el poder para poner en marcha una reforma agraria, pero prefirieron mirar para otro lado”, lamenta el investigador del Wilson Center y exresponsable de la Brenthurst Foundation, Terence McNamee. “De hecho, el presupuesto para esta reforma ha sido reducido progresivamente en estos veinticinco años”, añade el el comentarista político y exlíder local del opositor Democratic Alliance (DA), Clive Hatch. La entrada en el escenario político del Economic Freedom Fighters (EFF) ha obligado al ANC a posicionarse e incluir en su programa para las recientes elecciones la expropiación de tierras sin compensación.

Al igual que Estados Unidos tras la Gran Depresión con la creación del conocido como redlining, un modelo de desarrollo urbano que favorecía mediante créditos subvencionados y una legislación excluyente que la clases medias blancas se mudaran a barrios nuevos y homogéneos socialmente, la Sudáfrica post-apartheid se sirvió de la propia fórmula de exclusión geográfica diseñada por el régimen segregacionista para reformular sus ciudades: a medida que la minoría pudiente -empresarios blancos o afrodescendientes enriquecidos a la sombra de la corrupción del ANC- se mudaba a las nuevas urbanizaciones levantadas junto a la playa, la montaña o el centro urbano, la población negra recogía su espacio en la ciudad. Y su sitio en las barriadas era ocupado por migrantes llegados de Zimbabwe, Mozambique o Namibia.

Es lo que ha pasado en Maboneng, el barrio más visitado de Johannesburgo, o en las localidades de pescadores que rodean el cabo de Buena Esperanza, hoy reconvertidas en lujosos paraísos para los amantes del surf. Es lo que en Bo-Kaap llaman el ‘apartheid económico’: gente que no puede pagar el coste de la vida en su propio barrio. Algo muy similar a lo que el resto del mundo conoce como ‘gentrificación’.

“Las leyes fueron retiradas, pero las raíces del apartheid siguen estando ahí. Lo ha habido integración: si naces pobre vas a seguir siendo pobre”, subraya Fowzia. La propia geografía de la ciudad, la física pero también el habitus diseñado por el régimen segregacionista en forma de infraestructuras -o falta de ellas-, imposibilitan la reconciliación: Ciudad del Cabo es, un cuarto de siglo después de la llegada de Mandela, una de las ciudades con el índice de segregación residencial más elevado del continente: 0,67 sobre 1. Las vías del tren o las autopistas separan barrios y familias, crean zonas de blancos y zonas de negros, con cifras de paro radicalmente opuestas: mientras en Pinelands los jubilados se reúnen para jugar al tenis en Khayelitsha más de 12.000 hogares carecen de baño.

Incapaces de competir con el capital especulador que llegaba a Bo-Kaap comprando viviendas familiares por hasta 6 millones de rands (casi 375.000 euros) -los herederos vendían y se tenía que que ir a vivir con otros familiares, hasta 15-20 personas en un apartamento de dos habitaciones, porque no podían pagar la renta que les imponían los nuevos propietarios-, los vecinos optaron por tomar las calles viernes tras viernes, por explicarles a otros vecinos que aquello era una usurpación, que había que enfrentarse al Gobierno como en los viejos tiempos en los que los por entonces ilegales dirigentes de la ANC se escondían en el barrio. Lo lograron. El pasado mes de abril, Bo-Kaap fue calificado como patrimonio monumental nacional: «De ahora en adelante, las solicitudes de desarrollos urbanísticos dentro de Bo-Kaap serán evaluadas de manera más crítica con un enfoque adicional en el impacto que estas propuestas tengan sobre el valor patrimonial del edificio y el área”, anunció la responsable provincial de patrimonio Marian Nieuwoudt.

“Es un paso en la dirección correcta, pero todavía queda por abordar lo esencial”, alerta Fowzia en conversación telefónica. Hay hasta 15 proyectos urbanísticos pendientes de resolución y un barrio que no es lo que un día fue. Al caer el sol siguen sacando las sillas a la calle para charlar, siguen juntándose las familias para celebrar las festividades con recetas tradicionales y los muertos son acompañados con los ritos coloristas como siempre lo fueron.

Pero hay algo que no es como tiene que ser. “Antes nos conocíamos todos, todo el mundo sabía de quien era hijo cada niño”. Ahora, como en cualquier barrio de cualquier gran ciudad, no. Los inversores compran y los turistas vienen, pero ninguno de ellos se integran. “Antes todas las tiendas de comestibles eran de familias indias. Cuando se comenzaron a marchar pasaron a manos de somalíes y bengalíes y después los inversores occidentales las reconvirtieron en cafés modernos. La población local no puede acceder a pagar los alquileres para poner en marcha negocios y puestos de venta tradicionales. (…) Quieren convertir el barrio en un lugar para gente de clase alta, para ricos, y no les importa destrozar un barrio que es único en el mundo”, resume la activista, de 68 años.

Apenas ultramarinos como Raage, gestionado por unos somalíes que sí se han integrado en el barrio -“tienen otra forma de aproximarse”, subraya Fowzia-, conservan la esencia de lo que siempre fueron las tiendas del barrio. Un sitio donde se conoce a los clientes por el nombre. Donde se fía. Donde ir a comprar los ingredientes de siempre para las recetas de siempre.

El reto de Bo-Kaap no es que vengan nuevos vecinos, es que los que lo hagan respeten una forma de estar en el mundo. “No sólo queremos defender nuestros edificios, queremos proteger nuestra forma de vida”. Para que llegado el día, al contemplar el paisaje de Ciudad del Cabo alguien no tenga que contar las cúpulas de las mezquitas para saber que allí hubo un día un barrio musulmán.

Turistas paseando por el barrio de Bo Kaap (Pablo L. Orosa)

Artículo publicado en La Marea

Written By
More from Pablo L. Orosa

¿Y si las agresiones sexuales se frenaran con una bicicleta?

A Anastasia Chikoti la escuela de Mwitikira le quedaba demasiado lejos. A...
Read More

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *