La victoria del ANC, un paso más hacia su derrota hegemónica

Sudáfrica celebró el pasado 8 de mayo elecciones generales y provinciales (CC GCIS)

Pese a revalidar una vez más su mayoría, el Congreso Nacional Africano (ANC) heredero de Mandela vuelve a caer y obtiene el menor respaldo de su historia en unas generales. El presidente Cyril Ramaphosa ha logrado frenar la hemorragia provocada por la corrupción, pero se enfrenta de nuevo a un desafío mayor: la guerra interna. Con la crisis económica y la desafección como telón de fondo.

En los círculos próximos al presidente, en los entornos mediáticos pero también en la calle, se pedía un voto masivo al ANC no porque lo mereciera, sino como solución menos mala. Apoyar una vez más al partido que ha gobernado el país desde la caída del régimen segregacionista, el que ha mejorado los servicios básicos y la vida de miles de ciudadanos aplastados durante el apartheid, el mismo que lo ha saqueado todo y ha incumplido su promesa de acabar con la desigualdad, no significaba darle un cheque en blanco a los escándalos de corrupción ni a los apagones que marcan el día a día de los sudafricanos. Era, decían, simplemente una cuestión posibilista: la oposición no tiene la fuerza suficiente ni el aval de haber cambiado nada allí donde ha gobernado; no hacerlo, dejar el apoyo al ANC por debajo del 50%, era armar con tanques la guerra dentro del partido. En otras palabras, permitir que la facción que ha desvalijado el país durante más de una década, hoy representada en el secretario general del partido y exgobernador de Free State, Ace Magashule, volviese a tomar el poder.

El resultado de los comicios celebrados el pasado miércoles no ha acabado por despejar las incógnitas. El ANC ha vuelto a ganar, pero el apoyo a Ramaphosa es el más bajo obtenido por el partido en unas elecciones generales. La caída, del 62,15% de 2014 al 57% de 2019, es de algo más de 5 puntos. Un resultado ligeramente mejor (54%) que el de las elecciones locales de 2016, cuando el ANC perdió el control de las municipalidades de Johannesburgo y Pretoria. Una primera lectura revela que Ramaphosa ha logrado frenar la sangría de votos que se escapaban del ANC con cada nuevo escándalo de corrupción. Esto no significa sin embargo que vaya a poder controlar el partido y por ende el Gobierno.

Sudáfrica es una república parlamentaria en la que se votan partidos que eligen después al presidente. De ahí que, al menos hasta que la demografía cambie los equilibrios de poder como pronto en 2024, la política sudafricana seguirá dominada por las dinámicas internas del ANC: “Si a un presidente su partido le pide que renuncie, ese es el fin de su papel como líder y también como presidente. Eso fue lo que ocurrió con Zuma en 2018 y anteriormente con Thabo Mbeki”, escribía recientemente en Foreign Policy el reputado analista Eusebius McKaiser.

Sin la mayoría abrumadora que reclamaban sus voceros para poder completar la limpieza, el ‘nuevo amanecer’ abanderado por Ramaphosa tendrá que esperar un nuevo día. Nombres manchados por los escándalos y la mala gestión, como el exministro Bathabile Dlamini definido por la Corte Constitucional como “imprudente y extremadamente negligente” o el responsable de minas Gwede Mantashe, seguirán mandando dentro y fuera del partido acercando cada día más la profecía de la liberación. La del día en el que el país se libre de los que lograron su liberación.

Si, en palabras del investigador del Wilson Center Terence McNamee, la conferencia de Polokwane de 2007 en la que Zuma se hizo con el control del partido será definida por los historiadores “como el inicio del fin” del ANC, estos comicios son un paso más hacia su derrota hegemónica: a medida que los diamantes negros, los hijos universitarios asiduos de Instagram de la clase media criada en el mito de la nación arcoíris, copan el electorado, el ANC pierde su sostén del 50%. Algunos se alinean con los postulados neoliberales en los que han sido educados y se van con el Democratic Alliance (DA). Otros, aunque menos, enarbolan la bandera de la raza y la ‘identidad de clase’ y optan por Economic Freedom Fighters (EFF). Para 2024, dice la profecía demográfica, el escenario será ya multipartidista.

El camino de los pactos pasa por Gauteng

Con Ciudad del Cabo en manos del DA desde hace una década, el foco de interés en estas elecciones que también eran provinciales radicaba en Gauteng, el principal motor económico del país con Johannesburgo y Pretoria como parte de su diminuto territorio. A falta de completar las últimas mesas del escrutinio y de posibles impugnaciones, el ANC ha caído hasta el 49,4%, lo que obligará a Ramaphosa a adelantar con quien se piensa alinear de cara al futuro. El casi seguro diputado del Partido de la Libertad Inkatha (IFP) podría ser suficiente para evitar una negociación con el DA o el EFF.

Porque si un escenario temía el presidente era el de tener que definirse. No poder seguir gobernando como lo hicieron sus antecesores, navegando entre izquierda y derecha. Con los indicadores macroeconómicos átonos y la población descontenta por sus salarios y, sobre todo, por la falta de ellos, la receta económica de Ramaphosa pasa por políticas liberales y privatizaciones, aplaudidas por empresarios y organismos internacionales, los mismos que recelan de que haya incluido en su programa las expropiaciones de tierra sin compensación urgido por la presión del EFF. Pero no le quedaba otra alternativa, Ramaphosa necesitaba hacer un guiño a sus bases, especialmente cuando sus opositores dentro del partido tratan de acercarse al EFF.

Evitar un pacto con los principales partidos opositores en Gauteng le permite al presidente mantener abiertas todas sus posibilidades antes de que la próxima década inaugure definitivamente en Sudáfrica la ‘era de los pactos’: hacerlo antes supone dar munición a la oposición que crece, pero mucho menos de lo esperado: el DA apenas medio punto y el EFF un 3%, todavía por debajo del 10% en el Estado.

El verdadero nubarrón que oscurece el horizonte tiene forma de posdemocracia. La trama de injerencia rusa desvelada esta semana por el diario Daily Maverick y los siempre explícitos movimientos norteamericanos se enmarcan en un contexto de desafección rampante: la participación cae a máximos históricos y la juventud está a la espera de un nuevo redentor que ocupe el trono de Mandela. Sea quien sea.

Análisis publicado en Gara

Tags from the story
, , , ,
Written By
More from Pablo L. Orosa

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *