Secuestros, extorsiones y violencia sexual: las otras amenazas para los refugiados en ruta por el cuerno de África

Miles de refugiados sursudaneses en el campo de Impevi, en Uganda

Una investigación alerta de que la ruta migrante hacia el norte de África y Europa es cada vez más peligrosa: el 14% de los refugiados son secuestrados durante el trayecto. Pero permanecer en Kenia o Tanzania supone hacer frente a los abusos de los líderes locales.

Halima lleva tanto tiempo viviendo con miedo que le cuesta imaginar otra manera de vivir. Encuentra miedo en irse, en volver y más aun en quedarse. No por ella, que a su edad sin fechas ya ha perdido demasiado como para seguir teniendo miedo, sino por sus hijos. Especialmente por la pequeña, que ya no es tan pequeña, 16 años también inexactos, que no se separa de su madre. «No quiero que salga de casa, tengo miedo de que la vuelvan a atacar».

De la última vez, apenas hace unos días, le queda todavía una herida en el cuello y una huella de miedo en todo lo que hace. Tiene miedo de quedarse sola en casa. De acudir a la clínica. Hasta de ir con su madre a vender patatas y mandazi (un pan frito muy habitual en los desayunos). «Antes me ayudaba, hasta vendíamos té», continúa Halima, «pero ahora tenemos miedo. ¿Qué podemos hacer?»

Eastleigh, la barriada de Nairobi a la que llaman alternativamente ‘Little Mogadisho’,’Little Oromía’ o ‘Little Saná’ por la cantidad de ciudadanos somalíes (200.000), etíopes y yemeníes que se refugian aquí, es uno de los epicentros de la violencia sexual de la capital keniana. Aunque no hay cifras oficiales, solo una organización impulsada por ACNUR atiende cada mes a 300 mujeres víctimas de violencia de género y abusos sexuales. «Lo normal es que los casos de agresiones sexuales se mantengan en silencio. Muchas mujeres temen que si revelan que las han agredido no encontrarán marido nunca. Y si ya están casadas» prosigue Alice Kwenda, una activista keniana que lleva varios años trabajando con las refugiadas que llegan al barrio, «es habitual que las golpeen sus propios maridos si denuncian la agresión».

¿Y la policía?

-«Nosotras acudimos a la policía», dice Halima, mostrando una copia de la denuncia, dejando escapar una de las pocas sonrisas de la tarde, «y nos dijeron que los avisáramos si lo volvíamos a ver. ¡Cómo no lo íbamos a volver a ver si es nuestro vecino, si sabemos quien es! Los avisamos, pero no hicieron nada. Siempre dicen que allí no hay nadie».

Mal pagada y con una bien ganada fama de corrupta, la policía keniana se aprovecha de la situación de vulnerabilidad de los refugiados: «Como no tengo papeles, me piden dinero para no denunciarme», comenta otra joven refugiada, de origen somalí, que sobrevive también vendiendo mandazi. De hecho, según un informe de Human Rights Watch, agentes del National Police Service (NPS) han sido involucrados en casos de agresiones sexuales, tanto como perpetradores como por omisión de servicio: «La policía no está dispuesta a investigar estos delitos, una clara indicación de que las autoridades estatales no parecen preocuparse lo suficiente por la violencia sexual». «Hay una cultura de la impunidad imperante. No se rinden cuentas por los delitos cometidos”, resume el responsable del Independent Medico Legal Unit (IMLU), Peter Kiama.

Rumbo norte: una ruta todavía más peligrosa

«Si hubiera paz en Etiopía, ¿por qué iba a estar yo aquí? Pero ya ves lo que está pasando», reflexiona Halima. Aunque la llegada del nuevo primer ministro oromo Abiy Ahmed logró poner fin a dos décadas de hostilidades con Eritrea y frenar la sangría de refugiados en la oromía, las tensiones en un país étnicamente dividido en favor de los intereses económicos de algunos líderes locales han vuelto a resurgir. En las últimas semanas se han registrado sangrientos enfrentamientos en Moyale que han dejado más de una decena de muertos y un centenar heridos en la frontera con Kenia, a los que hay que sumar la veintena de víctimas mortales que desde diciembre se ha cobrado oficialmente el conflicto en la provincia somalí de Etiopía.

Sin posibilidad de volver atrás, poner rumbo norte, hacia Europa, es una apuesta cada vez más cara. Una investigación del Mixed Migration Centre a lo largo de una veintena de países y siete rutas migratorias ha situado a los que viajan por el cuerno de África como el colectivo más vulnerable: entre mayo de 2017 y septiembre de 2018 pudieron registrarse más de 3.200 incidentes violentos, incluidas 315 agresiones sexuales y 470 fallecimientos. En casi el 76% de los casos a cargo de los propios traficantes. En más de un 16% con la policía y el ejército involucrados.

«En lugar de reducir la migración irregular, las políticas actuales tienden a llevar a los traficantes a adaptar sus rutas y métodos, haciendo que los viajes sean más peligrosos para los refugiados y los migrantes. Al menos 60.000 refugiados y migrantes han muerto durante su viaje desde el comienzo de este siglo. Pero si los gobiernos solo buscan restringir la migración y la llegada de solicitantes de asilo, las oportunidades de negocios lucrativos seguirán estando ahí para los contrabandistas. En muchos lugares ocurre con la connivencia de funcionarios estatales que de otra manera podrían frenar estas actividades de contrabando”, alertó el responsable del MMC, Bram Frouws, durante la presentación del informe el pasado noviembre.

A medida que la Unión Europea ha ido endureciendo sus fronteras, los traficantes del cuerno de África han vuelto su mirada hacia los secuestros tan habituales entre sus homólogos en Libia o Níger: un 14% de los migrantes que usaron la ruta del cuerno de África en esos 16 meses fueron secuestrados. En casi el 80% de los casos a cargo de los propios traficantes que les habían prometido llevarlos a Europa. En un 50% con la participación de los oficiales de inmigración. Una llamada y una petición de rescate cifrada en 2.000 dólares son el modus operandi habitual.

Así, mientras el número de migrantes que cruza el Mediterráneo ha disminuido en los últimos dos años, las tasas de mortalidad se han disparado a consecuencia de las medidas para detener esta inmigración. La pregunta a los dirigentes políticos, cuestionaba Frouwns, es «si no hay formas más humanas y económicamente mejores y más racionales para organizar la migración».

Hasta la fecha, Sudán era uno de los puntos críticos en la ruta del norte. El denominado “Khartoum Process” auspiciado por la Unión Europea contribuyó a frenar el flujo de migrantes hacia el Mediterráneo: llegaban menos porque eran retenidos o expulsados por la arquitectura coercitiva -policial y extrapolicial- impuesta por el régimen sudanés. La localidad fronteriza de Metema, que separa Etiopía y Sudán, es después del propio mar Mediterráneo el lugar donde se produjeron más incidentes, incluyendo muertes, violaciones y secuestros, según la investigación del MMC. Pero el reciente levantamiento popular contra Omar al-Bashir, en el poder desde 1989, podría alterar este equilibro y dejar a Europa sin poli malo.

Confinados en la jaula infinita que dibuja el miedo, miles de refugiados permanecen mientras tanto varados. Sin saber si volver, si quedarse o si intentar cruzar. «No hay esperanza. No hay futuro. No hay paz. Y yo me hago vieja», lamenta Halima, a quien más que su propia muerte, le atemoriza ser un dato más: parte de ese 18% de migrantes que ve morir a alguien durante su huida.

Reportaje publicado en Público 

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