Las mujeres kenianas que vencieron al estigma del VIH

Además de sus dos hijos, Mwanamgeni Abdala se hace cargo de los pequeños de otra familar. En su modesta vivienda, sin ventanas, duermen 7 personas

Las jóvenes kenianas tienen casi el doble de posibilidades de contraer VIH que los hombres. La violencia sexual y una ‘masculinidad tóxica’ están detrás de un fenómeno que alimenta la discriminación de miles de mujeres

En Moroto se ve el mar, pero hay poca gente con ganas de mirarlo. Es el mismo mar turquesa de Mombasa o la isla de Lamu, pero aquí es más oscuro, casi negro. A Jenipher Akinyi, ojos negros, piel negra, mirada brillante, le gusta vestir ropa de colores. Para burlarse del mar. Quizá también del futuro. Tiene 55 años y hace siete años que fue infectada por el VIH, aunque sólo cuatro que es consciente de ello. Su marido, Barack, se contagió tras una pelea en 2011. “El hombre con el que me peleé murió en 2014, entonces fui a hacerme las pruebas y lo descubrí”. Jenipher no se lo reprocha. Sólo llora. Un poco más oscuro cada día. Y bebe hasta que ya no queda ningún mar que mirar. 

“Muchas veces me siento sola, deprimida, entonces bebo -principalmente un fermento de coco-. Sé que no es bueno, menos en mi estado, pero ¿qué puedo hacer?”. Alice, el ángel de la guardia del barrio con cargo de trabajadora social, acude varias veces por semana a casa de Jenipher, no siempre a tiempo para evitar que se le oscurezca el mirar. Pero siempre antes de que sea demasiado tarde.

Juntas caminan entonces a contracorriente. Rumbo al mar. Porque Moroto, 50.000 almas que nadie nunca contó con exactitud, le da la espalda al Índico oscuro. Las viviendas no tienen ventanas y la propia estructura del barrio, una sucesión de calles estrechas, sucias, y tejados de zinc oxidados, se aleja de él. Cuanto más cerca del mercado y más lejos de la ensenada de Tudor, mejor. La gentrification ha conquistado también las barriadas.

Desde 2012, Kenia ha conseguido reducir la transmisión del virus del VIH de madres a hijos en más de un 55% (Pablo L. Orosa)

Este mediodía, ya tarde para esa parte de la ciudad que tiene algo que llevarse a la boca, hay un grupo de chiquillos saltando sobre el agua oscura. Cogen impulso sobre unas piedras y se sumergen. Una y otra vez. A este lado, en el barrizal seco que todavía es dominio del slum y no del mar, Jenipher y Alice hablan con Pauline.

-“Yo no sabía que estaba enfermo cuando empecé a salir con él. Parece ser que tomaba los antiretrovirales en el trabajo. Cuando escuché los primeros rumores ya estaba embarazada (…) Cuando supe que yo también estaba infectada me encaré con él. ‘¡Por qué no me lo dijiste!’. ‘No me habrías aceptado, antes de estar contigo se lo dije a otras mujeres y todas me dejaron’, me contestó”.

Este modelo de comportamiento, síntoma de la ‘masculinidad tóxica’, conforma la pauta social mayoritaria en el país. Sólo así se explica que la prevalencia de VIH alcance el 6,9 % (910.000 personas) entre las mujeres adultas y el 4% (550.000 personas) entre los hombres. O lo que es incluso más llamativo, apunta la organización especializada Avert, que entre los jóvenes, grupo que supone el 51% de los nuevos contagios en Kenia, las mujeres tengan casi el doble de posibilidades de adquirir VIH que los chicos: de los más de 71.034 nuevos casos registrados en 2015, el 16% correspondieron a varones de entre 15 y 24 años frente al 33% (23.312 casos) de mujeres de la misma franja de edad.

“Los conceptos tradicionales de masculinidad y feminidad están ligados a la propagación del VIH en África del Este. Aunque la región cuenta con un importante movimiento en defensa de los derechos de la mujer, la autoridad de los hombres como cabeza de familia sigue intacta en la mayoría de los lugares”, apunta el profesor asociado de la Universidad de Colorado y autor de AIDS and Masculinity in the African City, Robert Wyron. Lastradas por la falta de oportunidades laborales y por el peso de la tradición, muchas jóvenes “se ven atrapadas” en la necesidad de buscar “relaciones con hombres” que las ayuden económicamente. En los entornos urbanos, en ese Nairobi de clubes nocturnos colgados sobre el cielo en los que las jóvenes bailan sin parar balanceado caderas y pelucas que las acercan a las actrices de las películas, “para comprar ropa de moda, maquillaje y otros adornos con los que mostrar su feminidad moderna y occidental”, continúa Wyron. En los entornos deprimidos, en los horizontes herrumbrosos como el de Moroto, simplemente para tener algo que llevarse a la boca.

Aun sabiendo que había sido él quien le había contagiado la enfermedad, Pauline Saba, 35 años y 4 hijos adolescentes, continuó viviendo con aquel hombre en una casa sin ventanas desde las que mirar al mar. “No tenía más alternativa, no teníamos nada. Muchas veces, cuando me quedo sola, todavía pienso, ¿por qué lo hice?”. Él terminó marchándose, no porque Pauline, embarazada por cuarta vez, se lo pidiera, sino porque encontró otra mujer con la que casarse. A la que probablemente tampoco le desveló su condición.

“En esta región de África existe una intensa competencia entre hombres para demostrar que son económicamente exitosos y una de las formas de hacerlo es teniendo múltiples relaciones sexuales. Esto se traduce en varones polígamos o en hombres con una sola esposa pero con varias compañeras ‘secretas’. Esta interrelación entre economía y sexualidad”, continúa el profesor de la Universidad de Colorado, “afecta también a los hombres pobres: cuando sienten que están fallando como proveedores económicos tratan de apuntar su masculinidad teniendo múltiples parejas sexuales”.

Este contexto, de pobreza y ‘masculinidad tóxica’, se traduce al final en una brecha de género y clase en la transmisión de la enfermedad: del más de millón y medio de seropositivos, el cuarto país del mundo con más afectados, según las cifras de Avert, 800.000 se concentran en diez de los 47 condados del país. Así, mientras la tasa estatal de nuevas infecciones cayó más de un 20% desde 2013, ciudades como Nairobi o Mombassa han visto como estas aumentaban alrededor de un 50%. Dentro de ellas, barriadas paupérrimas como Kibera o Moroto, acaban siendo el refugio último de los afectados. Drogadictos. Prostitutas. O mujeres.

“La desigualdad económica”, concluye Wyron, “juega un papel clave en la propagación del VIH en la región”.

El comercio de zapatos, junto al lavado de ropa y la venta de jabones son el único ingreso de Mwanamgeni Abdala

La trampa del matrimonio

Mwanamgeni Abdala, cuerpo lozano, mirada cansada, tiene el alma demasiado castigada para seguir creyendo en cuentos de hadas. Como casi todas las mujeres que hoy conocen la frontera de los 40, ella también confió en lo que le decían cuando era joven y las campañas de prevención contra el VIH, allá por el año 2000, se centraban en la monogamia y la fidelidad en el matrimonio, dejando a un lado el uso del preservativo o el propio empoderamiento de la mujer. El resultado de esta estrategia, insiste el profesor de la Universidad de Colorado, “no detuvo a los hombres en su idea de tener múltiples parejas sexuales, sino que simplemente hizo que las ocultaran más”.

Cuando el hombre al que cada mañana le vendía chapatis -una torta de pan habitual en la región- se le acercó para invitarla a salir, Mwanamgeni Abdala no dudó en aceptarlo. Poco importaba que ya lo hubiera visto enfermo en más de una ocasión. Mwanamgeni no sospechaba. Estar con aquel hombre era su mejor opción para prosperar socialmente. Lo que no sabía era que aquel hombre tenía VIH.

-“¿Por qué no me lo dijiste?”, le inquirió, años después, a la salida del hospital donde pasaba cada vez más temporadas.

No supo darle una respuesta. Solo le dijo que estaba cansado de tomar las pastillas y que ya no quería más tratamiento.

-“Ni siquiera el matrimonio es un refugio contra la infección por VIH en África del Este. Dada la persistencia de los privilegios masculinos a la hora de tener más parejas sexuales, las mujeres casadas están a menudo expuestas a un gran riesgo de infección. Incluso si saben que su pareja tiene encuentros sexuales fuera del matrimonio, a las esposas les resulta muy difícil enfrentarse a ellos: corren el riesgo de que las abandonen a ellas y a los niños o que simplemente dejen de aportar económicamente a la casa”, traduce Wyron. Un informe del año 2012 reconoce que sólo el 48% de las mujeres kenianas conoce el resultado de los test de VIH de sus compañeros sentimentales.

Semanas después de aquella discusión, el hombre de Mwanamgeni murió. Poco después lo hizo uno de los hijos que tenían en común. El milagro que ha llevado a reducir en casi un 50% desde 2013, según datos del ministerio de salud, la transmisión del virus de madres a hijos llegó demasiado tarde para ella.

Cuando se cansó de llorar, Mwanamgeni Abdala descubrió lo que más duele del VIH. Que no quieran sentarse a tu lado. Que no quieran compartir mesa. Que prefieran negarte la conversación. “Que las discriminen”, resume Alice. Tras saber lo que había pasado con su familia, el negocio de comidas de Mwanamgeni se arruinó. “Nadie quería comprar chapatis de una mujer enferma”, confiesa sin dejar rastro de reproche en sus palabras. Quizá ella también lo hubiera hecho.

Encontró una salida lavando ropa en un barreño de plástico que ya está descolorido, pero al que logra sacar 250 chelines (algo más de 2 euros al día). Con eso, y con lo que logra comerciando con zapatos, tiene que alimentar a sus dos hijos. Y pagar el tratamiento de su hija de 6 años, también portadora del virus. Para lo que ya no llega es para escolarizarlos. “El mayor está ya en secundaria, pero no siempre tenemos dinero para pagar la matrícula y los materiales”. Así que hay trimestres que cambia el colegio por cualquier empleo con el que ayudar en casa.


Más de 50.000 personas residen en Moroto, una de las barriadas más deprimidas de Mombassa

Cooperativa contra el estigma

Hay un hombre parado a un lado de la vereda sucia -sucia de plásticos, de pisadas, de gente perdida- que conduce a Moroto. Lleva una caja roja de la que faltan ya varias sodas. Cada hueco son 30 chelines (25 céntimos) de alivio. “Aquí no hay trabajo, hay que sobrevivir de alguna manera”, se presenta a sí mismo mientras borra el sudor de su cuerpo con un mano. Alice pasa primero. Detrás de ella, Jenipher, Pauline, Mwanamgeni y otra media docena de mujeres. Caminan rumbo al mar. Al mar que los demás no quieren mirar.

“Aquí la vida no es fácil. Los tanques de agua fresca vienen dos días a la semana. Eso cuando vienen”, señala una de las mujeres que conforma el Tove Women Support Group, la pequeña cooperativa creada el barrio. Hoy no es martes ni viernes, así que no hay agua fresa. Pero donde los demás ven un motivo más para quejarse por el abandono histórico que sufre Mombassa -especialmente sus barriadas más pobres-, este colectivo de mujeres ha encontrado su oportunidad. Vender agua es uno de sus pequeños negocios. Como los jabones que elaboran. O el alquiler de sillas de plástico. Lo que ganan, lo reparten entre todas. Es la única manera de salir adelante.

“Tratamos de sobrevivir. Yo soy vieja, estoy sola y me cuesta conseguir comida porque estoy enferma. Nadie quiere emplearme”, relata Mary, 54 años, los siete últimos frente a la ensenada de Tudor. Aquí llegó con un trabajo como empleada de hogar del que la echaron al enterarse de que había contraído la enfermedad. Un hombre con el que estaba saliendo la contagió. “Cuando acudes a buscar empleo como empleada doméstica te piden tu estado médico: nadie quiere cuidando de sus hijos a alguien con VIH”, confiesa Amina, 19 años más joven que Mary, pero con el mismo drama a su espalda. Si acaso incluso peor: tiene una hija de siete años infectada. Y otro bebé ya enterrado. “A veces tengo problemas para conseguir comida porque estoy demasiado débil para lavar ropa”.

Es un círculo mortal. Como están demasiado débiles no pueden trabajar y como no trabajan no pueden costearse el desplazamiento al hospital -alrededor de 1 dólar por trayecto de ida y vuelta-, por lo que están demasiado enfermas para trabajar. Y sin trabajo no hay comida ni escuela para sus hijos. “Mi hijo tiene 13 años y estudia con niños de 7. Los otros -tres- están en casa. No puedo permitirme más”, se lamenta Pauline. En la mesa de su casa sólo hay comida una vez al día: ugali -un preparado a base de harina de maíz y agua- y acelgas.

Ella es consciente de que dada su condición debería comer más. A ser posible hasta cuatro veces al día. “Pero lo que tengo lo necesito para pagar el alquiler, la electricidad y el colegio”. “A mí el casero ya me ha amenazado varias veces: ‘si no tienes para pagar, vuelve a tu tierra’. Pero allí no puedo volver, no hay manera de conseguir el tratamiento”, interviene otra de las mujeres. Están sentadas en una habitación abigarrada: hay una litera y varios colchones, dos sofás, una maleta con ropa y cables colgados del techo. Hay también un televisor apagado. Eso es algo que pocas casas sin ventanas de Moroto pueden permitirse. Una de ellas ha ido a buscar leche. Hoy es un día especial. Mientras, las demás siguen hablando: de las dificultades económicas, de los hijos, de lo que les duele que les hayan dado la espalda.

“Aquí, con ellas, me siento libre. Podemos ser nosotras mismas, sé que ellas me aceptan. El resto de la sociedad no lo hace: nos han abandonado”, asegura Jenipher. Algunas de sus compañeras asienten. Otras piden la palabra para contar su historia: “Si mostramos nuestro estado médico no nos dan trabajo”, apunta Muly. “Estamos marcadas”, añade otra voz desde el fondo.

Por eso, el trabajo más importante del Tove Women Support Group no son los jabones. Ni el agua. Ni las sillas. Es el de conseguir que las mujeres de Moroto no se dejen vencer. Ni por ellas mismas. Ni por los demás. Después de todo, sentencia Amina, “la gente es más difícil que la enfermedad”.

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