Todos los huertos de Rehema

Ante la falta de oportunidades laborales, un programa forma a mujeres ugandesas para aprovechar jardines y huertos para poner en marcha sus propios negocios y alcanzar así su independencia económica.

El huerto de Rehema no es suyo, pero lo cuida con más esmero que si lo fuera. Rehema es pobre. Muy pobre. Tan pobre que olvidó lo que duele el hambre en el estómago. Aunque desde hace un año a Rehema ya no le duele tanto. Le duele cuerpo, herencia de la mala vida que le tocó vivir, pero esa es otra batalla. El estómago, de hambre, ya no le duele.

Hace doce meses que Rehema llegó a Makerere, el barrio universitario de la capital ugandesa. Le dijeron que allí, junto a una carretera bacheada, polvorienta en verano, embarrada en invierno, había un lugar donde enseñaban a que el hambre no doliese en el estómago. No le resultó fácil encontrar el lugar. A la sombra de la universidad, en los barrios abigarrados que conducen a las tumbas de los reyes de Buganda, hoy privadas de turistas mientras no concluyen las reformas exigidas por la UNESCO, todas las calles son iguales: polvorientas o embarradas según la estación.

El huerto de Sawa World, la ONG donde enseñan a que no duela el estómago de hambre, está en la parte alta del barrio, junto a una de las posadas que hacen de residencia universitaria. Hay una docena de puestos de comida rápida, un billar, música alta y otros tantos jóvenes conductores de boda-boda -las tradicionales motocicletas que sirven de transporte en la ciudad- esperando clientes. Las mujeres de Sawa comparten almuerzo a pie de calle con los universitarios: ellas son más de patatas dulces y sopa de pollo; los jóvenes disfrutan con los rolex -wraps de torta de trigo y tortilla francesa con verduras-.

Rehema nunca pudo estudiar. Pero hoy es algo más que una profesora. Es la encargada de cuidar el huerto donde las demás van a aprender. Y eso la convierte en alguien a quien respetar. “Se trata de que el proyecto sea una cadena, de que unas vayan enseñando a otras”, explica  Nathan Bimomugisha, uno de los coordinadores de la iniciativa.

Antes de llegar aquí, Rehema ya tuvo otros huertos. Ella se crió en la Uganda que daba la espalda al campo. La que trataba de borrar de la memoria los delirios sangrientos de Idi Amin y Milton Obote. Con el país devastado, con la prosperidad reducida a la pesca en el lago Victoria, a sus habitantes no les quedó más que fiar su futuro a las siembras. Y no siempre resultaba fácil. Por eso aún hoy, explica la joven que traduce las palabras de Rehema, “cuando los niños se portan mal los amenazan con enviarlos al campo, a cavar. Aún hoy en Uganda muchos asocian trabajar en el campo con un castigo”.

“Y eso es lo que queremos cambiar”, interviene Nathan. La filosofía de la iniciativa, finalista del Global Citizen en 2015, es sencilla: combatir la pobreza con herramientas locales. Y en Uganda no hay nada más cercano que su tierra fértil. Se da en abundancia el café, el maíz, las patatas, el sorgo y la caña de azúcar. El sector agrícola sigue suponiendo casi el 25% del PIB del país.

Pese al crecimiento macroeconómico, impulsado por los planes de privatización de empresas pública y la repatriación de inversores asiáticos respaldados por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, hasta el 20% de la población ugandesa continúa viviendo por debajo del umbral de la pobreza. Demasiado a menudo, los cultivos son lo único que muchas familias tienen para llevarse a la boca.

Y no siempre es suficiente. Hay pestes, malas cosechas y demasiadas bocas. El sistema tradicional, los conocidos como huertos ugandeses, no dan más de sí: “son más ‘sucios’, no se mezclan cultivos ni se hacen surcos. Todo esto hace que se deteriore mucho el suelo”, explica Nathan mientras paseamos frente a la reproducción de este modelo agrícola que exhiben en las instalaciones de Sawa World. “Lo que nosotros proponemos”, continúa el técnico, “no ahorra tiempo de cosecha, pero sí que mejora la calidad del producto: hay menos peste, es más saludable y se da en más cantidad. En resumen, tienes más y mejor producto”.

Hay dos claves para que funcione: el riego y el espacio. A lo segundo, un problema creciente en Kampala ante la reducción de tierras cultivables a medida que la ciudad consuma su expansión, le han encontrado una solución sencilla: huertos verticales. De cualquier muro pueden colgar plantaciones nacidas de botellas de plástico recicladas. A lo primero, cuesta más responder. Pero en el huerto de Rehema están ensayando respuestas: utilizar zanjas y acequias para canalizar el agua si el terreno es amplio; construir, con cubos y botellas, sistemas de riego por goteo o recuperar antiguas métodos de irrigación por osmosis si el espacio es más reducido.

“La clave es aprovechar al máximo los recursos de los que disponen”, insiste Nathan. Por eso, en los huertos de Rehema además de banana, caña de azúcar o patatas se alternan también los cultivos de lechugas y alubias. “Porque eso ayuda a que el suelo tenga más nutrientes”. Y se deja un espacio, un pequeño ‘jardín medicinal’, a base de menta y la aloe vera, con el que tratar problemas de salud leves. O se guardan simientes para la próxima cosecha.

Pequeños trucos, como el de utilizar los desperdicios orgánicos como abono, que alivian la situación de muchas familias. Al mes, entre 15 y 20 personas vienen aquí para recibir formación en el huerto de Rehema. Una vez al mes son los técnicos de Sawa World los que se desplazan a las comunidades para mostrarles in situ lo que puede hacer para mejorar sus cultivos. Los beneficiarios son casi siempre mujeres, en su mayoría de colectivos desfavorecidos: la tasa de prevalencia de VIH entre mujeres adultas alcanza el 7,6%, casi el doble que la de los varones.

En un principio el objetivo es mejorar la agricultura familiar, de subsistencia, pero para algunas mujeres los huertos se han convertido en una oportunidad. “Con un negocio de venta de verduras se puede mantener una familia”, asegura Nathan. Y ese es el camino más recto para dejar atrás el dictado machista que en el último año y medio se ha cobrado la vida de 43 mujeres en el país: vestidas de negro y con los nombres y edades de las víctimas asesinadas y violadas en estos meses en carteles, el colectivo “Women Protest Working Group” ha tomado las calles de Kampala en las últimas semanas. En un país donde seis de cada diez mujeres –según datos de 2011- han experimentado violencia por parte de sus parejas, alcanzar la independencia económica es el mantra repetido por las activistas para hacer frente a esta lacra.

Rehema ha encontrado en su huerto una nueva arma para librar esta batalla: el cultivo de champiñones. “En Uganda es algo que no se plantaba tradicionalmente, pero puede ser una buena fuente de ingresos”. Por cada cosecha, al menos tres al año, pueden conseguir 100.000 chelines ugandeses. Algo más de 23 euros. “Suficiente para una familia con hijos”, sentencia Nathan.

Pelucy muestra orgullosa las plantas que ha cultivado en el espacio común frente a su vivienda en Makerere Kikoni (Pablo L. Orosa)

Ni la universidad acaba con el desempleo juvenil

En Uganda apenas hay trabajo. Tampoco estadísticas fiables. ONGs y entidades internacionales estiman el paro juvenil entre el 60 y el 80% en un país en el que casi el 49% de la población tiene menos de 14 años, la segunda más joven del mundo. Algunos han optado por estudiar, por alcanzar el sueño familiar de los que se criaron en la guerra; otros prefieren apostar el futuro a lo que vaya saliendo: un empleo como albañil en la construcción, entregas en boda-boda o un puesto de vigilante. Todo en precario.

En realidad no hay mucha diferencia entre ambas opciones. Un título universitario no es tampoco un pasaporte a la estabilidad laboral. Pelucy es ingeniera y apenas puede llegar a fin de mes. “Llevo 6 años trabajando en la principal compañía de suministro eléctrico del país, pero el sueldo no es suficiente”. En casa, con su hijo, su madre y sus dos sobrinos, no llega para todos.

Hace algo más de un año, un sábado que le tocaba descansar, subió hasta el huerto de Sawa. Algunas vecinas de la barriada, en Makerere Kikoni, ya habían ido antes. Y estaban encantadas con lo que habían aprendido. “Ojalá lo hubiera sabido antes”, se lamenta hoy, sin dejar de reírse. A sus pies, una docena de bolas negras de charcoal, el carbón vegetal del que dependen las familias humildes del continente para cocinar y calentar su casa. Desde que aprendió a prepararlo, Pelucy no ha vuelto a comprarlo.

-“Pero lo mejor es el jabón”, insiste.

Cinco litros de agua, sodio y una pasta a base productos químicos…revolver y esperar al menos treinta minutos, casi siempre hasta que cae el sol. “Es que yo lo hago cuando vuelvo de trabajar, a eso de las 4”. A la semana consigue unos 50.000 chelines (algo más de 11 euros) de beneficio. “Trabajo por pedidos. Tengo una veintena de clientes, entre los de la iglesia de San Francisco, la de San Agustín y las escuelas”.

Cuando tiene un hueco, Pelucy vuelve a subir al huerto de Rehema “para continuar aprendiendo”. Lo de los ladrillos ecológicos o lo del jardín medicinal. ¿Lo del huerto? Eso sería un sueño, “pero no tengo tierra para cultivar”.

A otros estas dificultades ya los habrían frenado. No a Pelucy ni a los técnicos de Sawa. “El ratio de desempleo entre los jóvenes en Uganda es de los más altos del mundo. Nosotros tratamos de enseñarles como pueden crearse ellos mismos una oportunidad a partir de cosas que son accesibles para ellos”, resume Nathan. Si no hay tierra, hay móviles que arreglar. O velas y  sandalias que fabricar. O ahora que el Gobierno ha prohibido las bolsas de plástico, ¿por qué no hacerlas de papel? Al fin y al cabo en los huertos de Rehema no sólo se cultivan plantas. Se cultivan futuros.

Reportaje publicado en Público

Written By
More from Pablo L. Orosa

Uganda, luces y sombras de su ejemplar asistencia humanitaria

Hace apenas unos días que Uganda alcanzó el millón de refugiados sursudaneses....
Read More

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *