China pasa a la acción militar en África

China ha dado un paso más en África. A La estrategia blanda, la de la cooperación e inversiones en infraestructuras, le sigue ahora el despliegue de tropas, la venta de armamento y los movimientos geopolíticos para asegurar su papel decisorio en el futuro del continente

La ruptura de las relaciones con la Unión Soviética a mediados de los años 60 obligó a China a reinventar su estrategia en África. Sin llegar a desplegar tropas sobre el terreno, el gigante asiático optó por una geopolítica blanda basada en relaciones bilaterales: apoyo diplomático y ayudas económico-militares a cambio de recursos naturales. Un modelo que apenas ha variado: la gran diferencia es que ahora China sí participa directamente en operaciones militares en África.

La presencia, discreta, de las tropas asiáticas dejó de serlo en los últimos años del mandato de Hu Jintao, quien declaró que la protección de los intereses chinos en el extranjero era una prioridad de su política exterior. Para entonces, las inversiones del país en el continente africano ya se habían multiplicado: refinerías y oleoductos en Chad, Kenia o Sudán del Sur, 6.000 kilómetros de ferrocarril en Angola, Etiopía, África del Este, Nigeria, Sudán y Djibuti, autopistas en Senegal o redes de telecomunicaciones por todo el continente. Desde 2005, la inversión China en África supera los 66.400 millones de dólares y hace ya una década que es el mayor socio comercial del continente: importa mayoritariamente minerales y exporta maquinaria y vehículos.

En el marco de la ‘Nueva Ruta de la Seda’ que promueve el presidente Xi Jinping, la seguridad de las líneas de abastecimiento desde África se han convertido en una prioridad para el Gobierno chino. Y esto ha obligado a modificar su política de no intervención.

Sudán del Sur, la primera huella en África

A lo largo de la última década, las inversiones en infraestructuras y los programas de ayuda humanitaria han ido acompañados de un plan para mejorar la reputación del país en el continente. El apoyo a la industria cinematográfica local, la celebración de festivales conjuntos -como el China-Africa International Film Festival-, la apuesta por una cobertura mediática con mirada africana o el desarrollo de las telecomunicaciones de la mano de empresas chinas han ayudado a mejorar la percepción ciudadana del gigante asiático. Pero esto no ha logrado evitar que cuando emergen las tensiones, las empresas y trabajadores chinos se conviertan en objetivos. Ocurrió en Darfur y recientemente en Kenia.

En 2012, con el estallido de la guerra en Libia, China se vio obligada a evacuar a sus ciudadanos, en una operación que fue aplaudida, pero que dejó dudas sobre su papel en la geopolítica internacional. Un año después, cuando la violencia recibió el título de conflicto armado en Sudán del Sur, la diplomacia china dejó atrás su principió de no interferencia. “Otra retirada habría supuesto dejar los pozos petrolíferos y otras inversiones detrás, expuestas a ser dañadas por la guerra, al tiempo que implicaría poder económico y político para influir”, señala un informe de Crisis Group.

La respuesta china, en un “proyecto piloto” como ellos mismos lo bautizaron, supuso un cambio de la política de no-intervención: por primera vez, lideraron las negociaciones diplomáticas para pactar un alto al fuego y participaron en el despliegue de tropas en el continente. Ni siquiera la muerte de dos soldados rebajó el compromiso con la misión de paz.

En su papel como potencia en el nuevo equilibrio geopolítico, China está utilizando su influencia en la región para proteger sus intereses en Sudán del Sur. Un “campo de pruebas”, en palabras de Crisis Group, en el que ejerce un doble papel: por un lado “bloquea el embargo de armas promovido por Estados Unidos, como ya hizo en Congo o en Somalia”, apunta la investigadora de la Universidad de Pretoria Emmaculate Asige, y por el otro mantiene acuerdos bilaterales con las principales milicias para proteger las infraestructuras petrolíferas.

El resultado, pese a los sucesivos fracasos de los procesos de paz, consolida el nuevo rol internacional de Pekin: el de ‘poli bueno’ preocupado por los derechos humanos pero que no descuida su verdadera prioridad, el control de la ruta de suministros de materias primas.

Djibuti, la consolidación de la expansión militar china

En un territorio fuertemente golpeado por las catástrofes naturales, las crisis humanitarias y la amenaza yihadista, buena parte de los estados africanos apenas pueden hacer frente a sus propios presupuestos. China es consciente de ello y desde hace más de una década ofrece créditos a las instituciones y formación a las élites a cambio de influencia.

Actualmente, según una investigación del Center for Global Development’s, ocho de los 68 países que componen la denominada “Nueva ruta de la seda” se encuentran ante niveles de deuda insostenibles. Los rectores chinos ya han empezado en cobrarla, primero en Sri Lanka, y recientemente en Djibuti, donde al desarrollo en 2017 de una zona franca desde la que manejar el transporte de materias primas desde África oriental le siguió este mismo año la decisión de construir su primera base militar fuera de su territorio nacional en Djibuti.

Esta maniobra, explica en su informe para el Instituto Español de Estudios Estratégicos el investigador Juan Alberto Mora, forma parte de la nueva estrategia del Gobierno chino de fortalecer “su contingente internacional” con “la creación de bases militares en ultramar para proteger mejor sus intereses”. El plan, según algunas filtraciones, aspira a crear 18 bases estratégicas en el Índico y el Atlántico, siete de ellas en África: Namibia, Kenia, Tanzania, Mozambique, Seychelles, Madagascar y el propio Djibuti.

El movimiento de Pekin ha hecho saltar las alarmas en Estados Unidos y la Unión Europea, temerosos de perder el poder que la influencia colonial les había granjeado en el continente. El retorno de las tropas norteamericanas a Somalia tras el desastre del Black Hawk en 1993, las operaciones en Níger o el despliegue de Francia en el Sahel se explican desde la guerra total contra el yihadismo, mas también desde el orden geopolítico: nadie quiere ceder esferas de influencia ante una China que ejerce ya de contrapoder en la esfera mundial de la mano de su temido servicio de inteligencia, el Guoanbu, cuya presencia en África es cada vez más notable.

A las operaciones clandestinas, apoyando movimientos insurgentes en Chad a principios de los 2000 o regímenes amigos en Uganda o Zimbabue, se ha sumado en los últimos años su papel como suministrador de armamento. Desde 2016, China es ya el principal exportador de material bélico en África Subsahariana, con el 27% de las exportaciones: según el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos, 35 países africanos, el 68%, emplean equipamiento militar chino.

“Inicialmente, las ventas estaban centradas en versiones chinas de equipos terrestres diseñados en la era soviética. Sin embargo, este legado de copias chinas de los sistemas soviéticos ha ido, poco a poco, cediendo paso a otros más modernos y capaces de diseño chino, algunos fabricados exclusivamente para la exportación”, apunta Mora en su informe. Entre ellos sobresale el drone CH-3 empleado en la batalla contra Boko Haram en Nigeria. “En los últimos años, China ha dado pasos notables en su modernización militar, gracias al acceso a tecnología rusa tras el fin de la Guerra Fría. Además, se ha aprovechado del uso de algunas tecnologías civiles para mejorar su potencial militar, sin olvidar el espionaje a los Estados Unidos para obtener tecnologías militares de gran valor», resume Collin Koh, especialista militar del Instituto de Defensa de la Rajaratnam University de Singapur. Hoy, el gigante asiático, cuenta con tres plantas de producción de armas ligeras en Sudán, y fábricas de munición en Zimbabue y Malí.

En su nuevo rol como geopotencia mundial, Pekin colabora también en la patrulla marítima contra la piratería en el golfo de Adén o en misiones humanitarias. Pero ha sido su papel en misiones de paz lo que ha granjeado un parapeto desde el que justificar sus actuaciones en el continente, incluida la construcción de la base en Djibuti para albergar a las tropas desplegadas en misiones africanas. Y es que mientras Europa y Estados Unidos insisten en su política aislacionista, China ha multiplicado por 25 el número de efectivos en las operaciones de mantenimiento de la paz internacionales, el 75% de los cuales están en África, y es ya el miembro permanente del Consejo de seguridad que más cascos azules aporta y el décimo segundo entre todos los países del mundo. Sin sus tropas, misiones como las de Malí o Sudán del Sur sería insostenibles.

Esta política expansionista, iniciada como cooperación económica pero traducida ya en poder militar, ha levantado suspicacias en EE.UU, temeroso de perder primero su base de Camp Lemonnier, en Djibuti, y después su influencia sobre el continente.

Reportaje publicado en Jornada

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