La batalla por el control de la yihad se extiende a África

Un hombre camina entre los escombros tras el atentado de Al Shabab en Somalia el pasado mes de octubre que dejó más de 500 víctimas mortales AMISOM Photo / Tobin Jones

El continente africano es uno de los nuevos escenario de la lucha que ISIS e Al Qaeda mantienen por dominar el discurso yihadista. Francia y Estados Unidos han desplegado ya sus tropas en el Sahel y el cuerno de África para frenar su ascenso.

Aunque apenas fueron cuatro semanas, la toma de Qandala, centro histórico del comercio entre África y Oriente Medio frente a las costas de Yemen, reveló el poder del ISIS en Somalia, un territorio donde hasta octubre de 2016 la insurgencia yihadista estaba dominada por al Shabab, filial de al Qaeda en el cuerno de África. Ambas facciones llevan años intentando hacerse con el control del movimiento extremista en el continente, pero tras la caída de Raqqa la ofensiva de los seguidores de al Baghdadi se ha acelerado. Más allá de Libia, Túnez o el Sahel, la búsqueda de nuevos mártires se extiende ahora a África del Este o Mozambique. Una carrera que no hace más que agravar la inestabilidad en una de las regiones ya de por sí más volátiles del planeta.

El movimiento radical en África es anterior a la llegada de las franquicias internacionales. De hecho, es su marcada agenda local lo que lo diferencia: “Cada grupo u organización yihadista es un producto local y, más allá de la retórica, los grupos y organizaciones africanos otorgan plena prioridad a su agenda local, aunque esto no excluye ni anula un interés en mantener o crear vínculos transnacionales con otras fuerzas yihadistas”, apunta el profesor de la Universidad Autónoma de Madrid, Luis de la Corte. Esto explica las continuas escisiones y las alianzas traicionadas. El Juego de Tronos. La propia milicia del ISIS en Somalia nace de la deserción de Abdulqadir Mumin y de la  incapacidad de al Shabab de canalizar el descontento en los territorios del clan Majerteen al este de Puntland.

El mapa actual

Osama bin Laden y Ahmed Abdi Godane habían combatido juntos contra la invasión soviética en Afganistán. Por eso, cuando la Unión de Tribunales Islámicos (ICU) fue expulsada de Mogadiscio, Godane no dudó en convertir su rama juvenil, al Shabab, en el brazo insurgente de al Qaeda en el cuerno de África. Este ascendente histórico le permitió a al Qaeda dominar durante décadas el movimiento yihadista en el continente: Al Shabab en Somalia, Ansar al Sharia en Libia (hasta su disolución el pasado año) o el AQIM en el Maghreb.

Con la irrupción del Estado Islámico en 2014, el discurso unitario de la yihad comenzó a romperse también en África. Milicias locales antes integradas bajo el paraguas del al Qaeda en el Maghreb pasaron a apoyar el relato mediático del ISIS: los Soldados del Califato en Algeria, el Islamic State in the Greater Sahara en el Sahel o el propio Boko Haram. En el caso de esta última organización, que captó la atención internacional tras secuestrar a 276 jóvenes estudiantes en abril de 2014, existen dos facciones enfrentadas entre sí: la escisión liderada por Abu Musab al-Barnawi que juró lealtad al ISIS y la milicia fiel a su líder histórico Abubakar Shekau, quien prefiere mantener un discurso regional. “Los movimientos yihadistas en África”, insiste el investigador del Institute for Security Studies Omar S. Mahmood, “se centran fundamentalmente en las reclamaciones locales. Las conexiones internacionales son utilizadas para aumentar su prestigio como parte de una yihad global”.

Esta estrategia fue la que llevó a Abdulqadir Mumin, el icónico rostro de la barba naranja incluido por Estados Unidos en su lista de terroristas más buscados, a desertar de al Shabab y crear su propia filial del ISIS en Somalia. Con apenas un puñado de hombres logró tomar Qandala y otras ciudades de la costa de Puntland, una región semiautónoma frente a la isla de Socotra, y proclamar un efímero califato. Aunque fue rápidamente derrotado por las fuerzas del Gobierno Federal apoyadas por Estados Unidos, el prestigio adquirido le ha permitido multiplicar su capacidad para “reclutar hombres y financiación”, subraya Crisis Group en uno de sus últimos informes. Actualmente cuenta con varios centenares de efectivos capaces de perpetrar atentados en la región de Bosaso, lo que ha llevado a la administración Trump a bombardear el valle del Buqo para intentar retirar al ISIS del complejo tablero somalí.

Pese al impacto mediático de las actuaciones del ISIS, siguen siendo las franquicias de al Qaeda las que dominan el discurso yihadista. En el cuerno de África, al Shabab se ha convertido en una de las organizaciones terroristas más mortíferas del continente: la que más en 2016, con 4.281 víctimas. Y en octubre del pasado año llevó a cabo el atentado más sangriento desde la vuelta de la misión internacional (AMISOM) al país en 2007 con más de 500 muertos y 300 heridos. Pese a los éxitos militares de la coalición, los yihadistas siguen imponiendo su visión rigorista del islam en los entornos rurales del centro y sur del país, donde cuentan con un amplio respaldo social. “A los somalíes puede que no les guste al Shabab, pero menos le gustan los invasores extranjeros y así es como ven a los etíopes y a los keniatas, y cada vez más a los ugandeses”, apunta el profesor de historia africana de la universidad de Warwick, David M. Anderson.

Esta injerencia extranjera sirve a al Shabab para justificar la internacionalización de su lucha, con atentados en Nairobi, Kampala y una actividad constante en las zonas fronterizas de Kenia y Etiopía. Pero es al norte del país, en la región de Puntland en la que se ha hecho fuerte el ISIS, donde las huestes de Ahmad Umar dirimen la batalla por el discurso radical. “Va a ser muy difícil para el ISIS convertirse en algo más que un actor marginal en Somalia dada la experiencia exitosa de al Shabab en abortar cualquier movimiento disidente”, subraya Omar S. Mahmood. La violencia de las purgas de la Amniyat, la policía secreta de la organización, han alcanzado fama internacional.

El otro gran foco del yihadismo en el continente, más allá del caos libio tras la caída de Gadafi, se encuentra en el Sahel. Un avispero en el que al-Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI) parece haber recuperado la iniciativa con la formación de un nuevo entente yihadista bautizado como Jamā’at Nuṣrat al-Islām wa-l-Muslimīn (JNIM) que agrupa a peuls, tuaregs, bambaras, árabes norteafricanos. “En un contexto en el que el que Estado Islámico pierde atractivo, AQMI –que a través de sus diferentes facciones y grupos ideológicamente afines ya era el grupo predominante en la región– ha sabido posicionarse perfectamente para engullir a aquellos grupos desencantados tras el derrumbe del califato e integrarlos en su estructura, si es que la posibilidad se presenta. Asimismo, con este movimiento AQMI se asegura una mayor y mejor estructura en una región hacia la que no parecería descabellado que trasladase su cúpula si no es capaz de invertir la tendencia en Argelia”, resume en su último informe el investigador del Programa sobre Terrorismo Global del Real Instituto Elcano Sergio Altuna.

Distintos tácticas, mismos objetivos

A al Qaeda e ISIS les une un mismo fin, pero les separan las formas. “Discrepan en cuanto a las estrategias, pero comparten ciertos objetivos, sobre todo, el de imponer su visión radical y extrema del islam suní sobre cualquier otra alternativa religiosa y política”, resume De la Corte. Para los seguidores de al-Zawahiri la prioridad es combatir al enemigo invasor, principalmente a Estados Unidos en Somalia y a Francia en el Sahel, mientras que para el ISIS los adversarios tienen también rostro local: musulmanes chiíes o seguidores de otros credos, como los yazidí, son también considerados infieles.

Ambas bucean en el desencanto y la pobreza para captar nuevos seguidores, pero mientras las filiales de al Qaeda acuden a los slums africanos para ofrecer una vida de privaciones y huidas en nombre de Allah, el relato mediático de la milicia de alBaghdadi capta la atención de las barriadas deprimidas de Occidente. Hasta la caída del Califato, era el ISIS quien dominaba la captación de mártires, especialmente en la diáspora, pero en los últimos meses al Qaeda parece haber recuperado parte del prestigio perdido. Ha actualizado su discurso, en forma y fondo. “Las dinámicas para captar a los chicos están cambiando”, afirma Alhman Abdulla, líder de una musulmana en una barriada de Mombassa, “antes aludían a la pobreza, ahora usan la fama: los chicos se unen para que se les reconozca en el barrio”. Ya no sólo miembros de familias desfavorecidas, entre los chicos reclutados “hay también jóvenes bien educados que incluso han ido a la universidad”, continúa.

Bajo el liderazgo de Boko Haram, el uso de mujeres y niños para perpetrar atentados suicidas ha sido replicado por otras organizaciones radicales en la región. “Los patrones de violencia que obtienen mucha publicidad siempre son emulados, así que no hay que descartar que haya secuestros masivos como los de Boko Haram”, alerta sobre la situación en Somalia el analista de ONU mujeres Pablo Castillo-Diaz.

Este crecimiento de la amenaza yihadista en África no ha pasado desapercibida para la comunidad internacional. Por primera vez desde 1994, tras el episodio inmortalizado en la película Black Hawk derribado, las fuerzas estadounidenses han vuelto a desplegarse en Somalia, al tiempo que Francia ha enviado 4.000 soldados al Sahel. Lo que está por ver es si la respuesta militar es capaz de solventar un problema enraizado en la desigualad a la que es sometida el continente.

Reportaje publicado en Jornada

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