Kenia: estudiar es resistir

En las zonas rurales de Kenia muchas familias no pueden permitirse los gastos que supone la escolarización de sus hijos y estos son forzados a abandonar el colegio

Alrededor de 1,5 millones de niños de entre 6 y 13 años están, según Unicef, fuera del sistema escolar en Kenia. Penurias económicas, matrimonios adolescentes y tradiciones culturales que excluyen mayoritariamente a las jóvenes de la educación se esconden detrás de estas cifras.

Lo normal es que Daniel y Yema* no estuvieran ya en clase. A su edad, veinte años él, diecisiete ella, los demás hijos de los pastores llevan ya años lejos de las aulas. Es la fotografía fija de este rincón polvoriento del valle del Rift: niños que se hacen adultos mientras buscan la tierra verde con la que alimentar al ganado; niñas que de pronto son madres de otras niñas como ellas. “Aquí cuesta entender la importancia de la educación para el futuro de los niños”. Hace más de un año que no llueve con regularidad, los pastos están secos y el ganado se muere de sed. Así resulta difícil preocuparse por algo que no sea hoy. “Por eso”, continúa el profesor Muragi, al frente de la escuela de Il Polei, “la educación es poco valorada. A las chicas prefieren casarlas y recibir la dote y a los chicos enviarlos a pastorear”.

Pese a los esfuerzos del Gobierno, que introdujo hace una década la educación primaria gratuita, en estas regiones alejadas de la Kenia urbana de Nairobi o Mombasa lo normal es que los jóvenes no completen la educación secundaria. Casi seis de cada diez. Los uniformes. Los libros. Las tasas. Cerca de 4.000 chelines (32 euros) por curso, demasiado dinero para familias de Il Polei que rozan siempre la decena de miembros y en las que los ingresos mensuales rara vez superan los 10.000 chelines (80 euros)

“Mis padres no querían que estudiase. Para ellos la educación no tiene valor”. Para el padre de Daniel la prioridad era que lo ayudase con el ganado. “Yo llevaba a pastar a los animales cerca de la escuela y veía a los chicos entrar. Me intrigaba saber lo que pasaba ahí dentro. Entonces le pregunté a mi padre si podía inscribirme y me dijo que no, que yo tenía que cuidar del ganado. Un mes después le volví a preguntar, pero volvió a decir que no. Mi hermano mayor sí acudía a la escuela, así que un día le acompañé y entré a clase”.

Durante los cursos de primaria sólo acudía a clase durante la estación de lluvias. Su hermana pequeña se quedaba encargada de las vacas. Mas cuando los pastos se agostaban, cada año un poco más pronto, Daniel tenía que marchar en busca de hierba fresca. En ocasiones no volvía al colegio hasta 8 meses después. “Le pedía los libros a otros niños y algo de material a los profesores para ponerme al día”.

Aun así, obtuvo la quinta mejor nota de la clase en el examen final de primaria (KCPE, por sus siglas en inglés). “Pero mis padres me dijeron que tenía que dejar el colegio”, relata hoy, cuatro años después, convertido ya un hombre por su envergadura, pero todavía demasiado tímido como para sostener la mirada mientras habla. Entonces Daniel decidió huir. “Me fui a vivir con unos compañeros hasta terminar el semestre”. Con los 100 chelines (0,8 euros) que sacaba al día trabajando en una barbería de la ciudad le bastaba para pagar la comida.

En diciembre de aquel año volvió a casa. Unas de las escuelas más prestigiosas del condado, de esas a las que habitualmente sólo acude la élite económica del país, lo había aceptado por sus buenas calificaciones. “En casa no estaban muy contentos con que me hubiera marchado, pero mis padres aceptaron que me inscribiera”. Abonaron los dos primeros trimestres, pero al tercero el director del centro lo mandó de vuelta. “Mi padre me dijo que no podían hacer frente al siguiente pago”. La sequía había empezado a matar ya a algunos de los animales.

Entre septiembre y noviembre, Daniel no asistió a clase. Volvió dos semanas antes de los exámenes. Suficiente para obtener un B+. Al curso siguiente, a mitad del año, volvió a ocurrir lo mismo. “No hay dinero, tienes que aceptar tu destino. Tienes que hacerte cargo del ganado”, le espetó su progenitor.

Daniel ya no acudió a la escuela el resto del curso. “Pero me llevé los libros e intentaba leerlos mientras cuidaba el ganado”. Un día su hermano pequeño llegó con un mensaje: “Hay un profesor que te está buscando”. Era Muragi.

-Estoy en un centro nuevo. Te gustaría estudiar aquí?

-Pero no tengo dinero, respondió Daniel.

Al final fue el propio docente, con la suficiente experiencia ya para conocer los estudiantes por los que vale la peña luchar, quien pagó sus primeros gastos. Hoy forma parte del programa de becas escolares impulsado por la ONG I Choose Life. Es uno de los mejores alumnos del centro. “Aprende muy rápido. Lo coge todo a la primera”, subraya Muragi, jefe de estudios del centro.

Durante las últimas vacaciones escolares, mientras los demás estudiantes fueron a pasar dos semanas a casa, Daniel se quedó en la pequeña residencia anexa. Un poco para estudiar y “ponerme al día”. Un poco también porque no tenía a donde ir. Sus padres no pasan dos temporadas secas consecutivas en la misma zona. “Aunque quisiera volver, no sé exactamente donde están”.

“Yo quiero vivir una vida mejor que la que han vivido mis padres. ¡Quiero ser ingeniero químico! La gente que estudia tiene una vida mejor”, continúa. “Si mis padres hubieran tenido educación en vez de ir a pastorear el ganado durante la sequía habrían vendido algo de ganado, construido una casa y cultivado para sobrepasar esos meses: La sequía puede matar a todo el ganado, pero la sequía no puede destruir todo lo aprendido”.

Los matrimonios infantiles y las tradiciones culturales expulsan a muchas niñas de la escuela en Kenia (Pablo L. Orosa)

La escuela no es para las niñas másai

Yema llegó tarde a la escuela. Como la mayoría de las jóvenes másai de esta zona de Kenia. Tenía 12 años cuando vio por primera vez una pizarra. Hasta entonces su día a día consistía en cuidar del rebaño. Como hacían también sus otras dos hermanas. Pocos meses después, un hombre le quebró la inocencia. Se quedó embaraza y su hermano, el cabeza de familia tras la muerte del padre, le concertó un matrimonio. “Pero yo no me quería casar. No me gustaba el hombre con el que querían que me casara”.

Mas tampoco podía seguir en la escuela. “Mi hermano se oponía: tienes que encargarte del ganado y de la casa”. Después de ocho meses, finalmente pudo volver al colegio. Finalizó la formación primaria y obtuvo una de las becas del programa Jielimishe para madres jóvenes. Desde 2014, más de 300 jóvenes han vuelto a la escuela gracias a esta iniciativa. El matrimonio infantil, los embarazos en menores y la incapacidad de las familias para hacer frente a los costes escolares provocan que seis de cada diez menores no completen la educación secundaria en esta región del valle del Rift. Tanto que en 2014 el Gobierno del condado decidió entregar vacas a los padres a cambio de que mantengan a sus hijas en la escuela. Aun así, nueve de cada diez jóvenes que se quedan embarazadas y abandonan la escuela no vuelven jamás.

“Las mujeres son el colectivo más vulnerable porque el valor asociado a la educación de las niñas es ínfimo. Los padres”, explica Muragi, “piensan que el futuro para sus hijas es casarse. Y lo peor es que esta idea cala en ellas”. Durante un año, el profesor estuvo buscando a otra alumna brillante, otro caso como el de Daniel. Se llamaba Nasarien. “Cuando la encontré tenía ya 18 años años. ¿Por qué dejaste el colegio?, le pregunté. ´Tenía que casarme’, me dijo”.

Las cifras oficiales, de Unicef, hablan de que el 23% de las jóvenes kenianas se casan antes de los 18 años. Un 4% antes incluso de los 15. Lo cierto es que buena parte de estos matrimonios infantiles se concentran en las regiones del noreste y en la costa. “La educación”, subraya un informe de Girls Not Brides, resulta un factor determinante: “El 67% de las mujeres de entre 20 y 24 años sin educación se casaron siendo niñas, en comparación con el 6% de las que lo hicieron teniendo educación secundaria o superior”.

“Aquí hay casos de niñas casadas con 12 años”, asegura el profesor Muragi, traduciendo las estadísticas en casos reales: “Todo empieza porque muchas familias no pueden pagar los costes escolares para todos sus hijas, entonces prescinde de ellas, que se sienten decepcionadas, poco apoyadas. Entonces ellas mismas abandonan la esperanza de la educación y buscan un marido. Después se quedan embarazadas y ya nunca más vuelven a la escuela”. Un círculo condenado a repetirse. Las madres sin escuela no mandan a sus hijas a la escuela. “¿Mi hija?” Ella por supuesto que va a ir a la escuela”, responde Yema. La pequeña tiene dos años y está en la aldea, con su abuela. “Yo es mejor que no esté en casa. La relación con mi hermano no es la mejor”.

“Yo quiero estudiar para poder ayudar a mi familia. Para que mi hija tenga un futuro”. Para que un día entre las comunidades de pastores del Rift estudiar no sea un acto de insurgencia.

Seis de cada diez menores no completen la educación secundaria en esta región del valle del Rift (Pablo L. Orosa)

8.000 estudiantes expulsadas por ser madres en Tanzania

Desde hace más de medio siglo, las escuelas públicas de Tanzania expulsan a las chicas embarazadas. Más de 8.000 cada año según Human Rights Watch. Pese a la presión de la opinión pública internacional, el Gobierno se mantiene inflexible e incluso realizan test de embarazos en los institutos de secundaria para impedir, en palabras del presidente John Magufuli, que “este comportamiento inmoral impregne nuestras escuelas”. Magufuli, bautizado como “The Bulldozer” por su decisión a la hora de mantener sus posturas políticas, prometió también encarcelar a los varones que mantengan relaciones con las escolares y cargó contra las entidades sociales que tratan de cambiar la ley.

*** El nombre es ficticio para proteger su identidad

Reportaje publicado en Jornada

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