La escuela sobre ruedas de Uganda

Kawuku es uno de esos lugares distintos. De esos en los que los techos son de zinc o directamente de estrellas. Así que en Kawuku la escuela también es distinta. Aparece cada lunes a las 9 de la mañana y se va a la una para volver los jueves. Entre medias, acude a Bukaso y a Katago, donde hay también demasiados críos sin aulas. Si los niños no pueden ir a la escuela, ¿por qué no llevarles la escuela a casa?

Bajo este razonamiento nació en 2016 el proyecto Matatart, impulsado por cooperantes italianos y artistas ugandeses. Adquirieron un viejo ‘matatu’, una de esas furgonetas destartaladas que atraviesan el país repletas de pasajeros, plegarias a Dios y ritmos de reggae, y lo convirtieron en un espacio cultural: un rincón donde pintar, leer y aprender lo básico. «Ésta es una plataforma para los tiempos duros, un lugar donde los chicos puedan seguir aprendiendo en esos ‘tiempos difíciles’ en los que no pueden ir a la escuela porque sus padres no tienen dinero», asegura Senkaya Martin, director de cine y uno de los responsables del proyecto.

Aunque la educación en Uganda es gratuita hasta completar la secundaria, un 8% de los pequeños en edad escolar no se llega nunca a matricular y solo un 33% completa la primaria. Estos datos, en un país con la segunda población más joven del planeta -donde casi la mitad de sus más de 40 millones de habitantes tienen menos de 15 años-, suponen una importante amenaza. Una enmienda al futuro. La principal razón detrás de este fracaso escolar, un 79% de todos los que dejan la escuela según Unicef, se encuentra en la pobreza.

«La educación es gratuita, sí, pero hay otros muchos gastos», explica Martin. Materiales escolares, desplazamientos…alrededor de 150.000 chelines ugandeses (33,3 euros) por trimestre. Demasiado dinero para demasiadas familias en un país donde el 45% de la población vive por debajo del umbral de la pobreza. «Nosotros intentamos cerrar ese hueco que se abre cuando las familias no pueden enviarlos a la escuela, evitamos que caigan en las malas influencias. Detrás de esas casas», dice señalando a las viviendas de muros altos y enrejados que se abren a ambos lados del camino de tierra, «ya hay problemas de drogas, prostitución…si están en el colegio ayudamos a que los niños no caigan en ese mundo».

Lejos de la Kampala del The Acacia Mall, el campo de Golf y el casino, hay otra ciudad más sucia, más pobre, menos glamurosa. Es la Uganda de Katwe, de Bukaso o de Kawuku. La Uganda en la que las escuelas son matatus.

La escuela ambulante de Matatart se instala cada lunes y jueves en Kawuku (Pablo L. Orosa).

Los deberes de los lunes

-¿Quién no terminó sus ejercicios del último día?, pregunta Pole, seria, vigorosa, sin dejar traslucir la devoción que siente por su alumnos.

Tres chiquillos levantan la mano. Pole se acerca, ahora con la voz más tierna que encuentra, y revisa sus libretas. El resto de sus compañeros, algo menos de una docena, cuchichea. Algunos se estiran sobre la lona que han colocado a primera hora, a eso de las nueve de la mañana, para evitar que la tierra los manche. Otros repasan las lecciones del último lunes

-Aquí no se habla en clase. Venimos a aprender, insiste Pole, recuperando el tono más estricto. «No, no puedes salir sin permiso», le dice a uno de los chicos que ya se había levantado.

A Pole no le gusta ser tan severa, pero sabe que es importante. Puede que la escuela de Matatart sea diferente en sus formas, mas no en sus objetivos. «Aquí venimos a aprender», repite. De 9 a 11, matemáticas, inglés y algo de ciencia. Después del pequeño almuerzo, arte. Leen libros, cantan canciones e incluso crean sus propias historias. «Creemos en la fuerza del arte para la educación», apunta Martin.

Mientras los mayores continúan la clase de inglés con Pole, dentro de la furgoneta hay otras lecciones. Sande canturrea las letras del abecedario. Después, dibuja su nombre una y otra vez en las páginas de una libreta gris. Sande no sonríe mucho. Los demás niños tampoco. Probablemente porque tienen hambre.

La economía en Kawuku es de supervivencia. De la venta de maíz, tomates y verduras. De empleos informales en la construcción o el transporte. De lo que las madres sacan lavando ropa. «Si no tienen para comer, cómo se van a preocupar porque sus hijos vayan a la escuela», reflexiona Martin en voz alta.

En la escuela de Matatart les dan lo que pueden, chapatis -tortas de pan-, mandazi -pan frito- y pasteles, cuando hay. «Algo para que no acudan a clase con el estómago vacío», insiste el joven cineasta: él bien sabe lo difícil que resulta salir adelante cuando uno tiene hambre. A los niños les gusta venir aquí. Porque saben que van a tener algo que comer. Y un sitio donde cantar y pintar.

Esta mañana, antes de que la furgoneta de las letras de colores asomase por el camino, una veintena de niños ya la esperaban en el descampado donde acude cada lunes y jueves. El martes le toca el turno a Bukaso y el viernes a Katago, otras dos barriadas humildes de la capital ugandesa. «Vamos cada semana los mismos días a las mismas comunidades para atender a los niños cuyas familias no se pueden permitir mandarlos a la escuela. Les damos clase y les dejamos deberes para hacer. A la semana siguiente, volvemos para corregirlos», resume Martin.

Actualmente, asisten a un total de 35 alumnos entre los tres barrios. Solo en Kawuku, a lo largo de la mañana, acuden media docena de chiquillos a los que les gustaría participar en las clases de Matatart. Pero no hay recursos para atenderlos a todos. Tienen lo que consiguen con aportaciones de voluntarios. «Buena parte del presupuesto se va en el combustible para la furgoneta y en comprar para los desayunos. Nos gustaría poder venir aquí todos los días e incluso llegar a cubrir toda Uganda. ¡Lo que podríamos hacer si tuviéramos tres o cuatro matatus más!», afirma Martin, mientras seguramente lo está imaginando.

Habría más chicos como Robert, camiseta carcomida, de suciedades acumuladas, haciendo ejercicios de matemáticas. Más ejemplares de Lazy Mary en el cajón de libros y más lápices de colores con los que colorearlo todo. «Esto es lo que más falta nos hace, libros y material escolar», subraya una de los voluntarias. Habría también más mandazis y más chapatis. Menos hambre y, seguramente, más sonrisas.

El modelo de Matatart se ha demostrado eficaz. Capaz de convencer a las comunidades de la importancia de la educación. A los padres que preferían poner a sus hijos a trabajar lo antes posible y también a los que desconfiaban de lo que podían aprender en una escuela de ruedas. Pero no deja de ser un paliativo, un remiendo ante el olvido de la administración. «Si nosotros no venimos aquí», sentencia Martin, «estos chicos no irían nunca a la escuela».

Junto a la carpa, la señorita Pole continúa con la clase. Ya han repasado los días de la semana. Ahora toca decir las fechas completas. Airin, una de las pequeñas del grupo, levanta la vista de la libreta.

-«Ya está profe», parece decirle, mientras le entrega varias hojas repletas de cuentas. Pole les echa una ojeada y asiente con la cabeza. Eran los ejercicios del lunes.

Cada semana, los profesores de la escuela dejan deberes a los alumnos de Matatart que revisarán en su próxima visita al barrio (Pablo L. Orosa)

Reportaje publicado en Jornada

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