Kibera, arte contra la violencia

El último peldaño de la escalera está suelto. Patrick lo elude con una zancada larga. A su espalda, las risas que provoca “Showdown in Manila” conquistan toda la sala. “Si tuviera dinero, pondría cines por todo Kibera”. Las películas, como el rap o los monólogos, se han revelado como la herramienta más eficaz contra la desesperanza, que es la madre de todos los dramas de Kibera: el hambre, la violencia y el desprecio de una sociedad que vive de espaldas a su barriada más afamada. Los jóvenes de Kibera lo saben. Por eso no dejan de soñar con ser artistas.

En el verano de 2004, durante el rodaje de El jardinero fiel, Kibera se llenó de luz. De luz artificial. Por sus callejuelas embarradas desfilaban Ralph Fiennes, Rachel Weisz o Danny Huston y con ellos los aviones de ayuda humanitaria. Durante aquellos meses de calor tropical, las estrellas de Hollywood descubrieron lo que significa de verdad la miseria y crearon fundaciones y proyectos para ayudar a aquellos chicos. Lo que no sabían, es que algunos de ellos habían descubierto algo más importante: que había una salida a través del arte.

Trece años después, la semilla ha florecido. Algunos de los comediantes más famosos del país, como Mammito Eunice o Geoffrey Ochieng, coronado en 2009 como el hombre más gracioso de Kenia en la primera edición del éxito televisivo TopComic, han crecido en el barrio. Como también los bailarines de Dela Dance Crew o músicos como Phlexible. Entre todos han creado una asociación, la Kibera Creative Arts (Kica), a través de la cual impulsan el arte como forma de vida en el barrio. “Aquí hay mucho talento”, asegura Ochieng. “Aquí la vida es difícil. Necesitas tener muchas habilidades para sobrevivir. Por eso todo el mundo tiene algún talento”, añade Phlexible, quien además de sus propias canciones gestiona un estudio de música construido por Kica con la ayuda de la ONG española Kukuba.

Pese a los esfuerzos por hacer de la barriada un lugar mejor, Kibera sigue siendo un lugar duro. Uno de los lugares más duros para nacer. Apenas hay agua ni electricidad. Tampoco alcantarillado. Tan sólo montañas de basura entre las que corretean los pequeños y las enfermedades: diarrea, tuberculosis, malaria y VIH. Cada mañana, miles de personas remontan las carreteras cubiertas de arcilla y mugre para ir a trabajar a la otra Kenia. La de Westlands, Lavington y los restaurantes de cocina internacional. Lo hacen sabiendo que al volver puede que no tengan donde pasar la noche: los incendios, causados por unas precarias instalaciones eléctricas y los tanques de gas colocados en cualquier rincón, y un intrincado sistema de préstamos y arrendamientos convierten el derecho a la vivienda, no más que una chabola de paredes oxidadas, en un lujo demasiadas veces inalcanzable.

Es esta, la miseria moral de uno de los países más desiguales del mundo, lo que alimenta la desesperación entre los jóvenes. Y con ella, la violencia. Por eso, apunta Phlexible, es tan importante que “los jóvenes se involucren en el arte”: para no caer en la violencia. Mientras acuden a la sala de Patrick a ver el último estreno de cine o el encuentro estrella de la jornada de la Premier League -hay doble pantalla para ver el fútbol- se mantienen alejados de esos que intentan convencerlos para que lo tomen todo por la fuerza.

Entre esos hay una mayoría de políticos para los que Kibera no es más que el escenario perfecto para ganar votantes. Aquí, en un lugar donde no se sabe cuanta gente vive pero hay quien asegura que más de un millón de personas, Kenia libra una batalla tribal a escala: los partidarios de la mayoría kikuyo del reelegido presidente Uhuru Kenyatta contra los seguidores de la oposición encabezada por el luo Raila Odinga.

Los discursos incendiarios durante toda la campaña y la negativa de Odinga a aceptar la investidura de Kenyatta tras la celebración de unas segundas elecciones el pasado mes de octubre -en las que la oposición no participó después de que los primeros comicios fuesen anulados por el Tribunal Supremo debido a flagrantes irregularidades- se tradujeron en decenas de muertos en los últimos meses.

Muy lejos de las cifras de aquel invierno sangriento de 2008 en el que tras otras elecciones Kenia, y por ende Kibera, se adentró con un saldo de 1.300 fallecidos -más de un centenar en la barriada-, pero suficiente para despertar los fantasmas del horror. “Los políticos vienen y van, pero cuando las elecciones pasen nosotros tenemos que convivir”, insiste Ochieng, empeñado en que la violencia no termine por arrasar Kibera.

Aunque no lo haya conseguido del todo, tampoco lo han derrotado. Sus festivales, exhibiciones y mercadillos han servido para unir a los habitantes del barrio. Hace falta seguir trabajando, especialmente en las escuelas, pero Kica está en ello: tienen en marcha ya un proyecto de actividades que llena de canciones, bailes, poemas las escuelas del barrio. “Se trata de mostrar a los chicos lo que pueden hacer. No es que todos vayan a ser artistas, pero el arte les da la posibilidad de expresarse. De mostrar que están orgullosos de ser de Kibera”. Además, cada pocas semanas, creadores locales como Karis, Cedrick Kulaoba o la propia Mammito Eunice acuden a los centros de primaria y secundaria de la barriada para contar su historia. Con ellos cerca, los chicos comprenden que no es la violencia sino el arte lo que los puede ayudar a salir de la pobreza.

El turismo de la miseria

Cámara de fotos, algo más de 30 euros y unas botas con las que protegerse de las heces, los plásticos y las verduras putrefactas que hacen la vez de calzada, acera y hogar en el barrio. Es todo lo que se necesita para una visita guiada por Kibera, convertida en un atractivo turístico más desde El jardinero fiel y las visitas de Barack Obama, Gordon Brown y Ban Ki Moon.

Los touroperadores incluyen Kibera en sus programas de viaje a Kenia junto a los safaris por la reserva Masai Mara y los días de playa en Mombassa. Un paseo por la vida en la otra Kenia, la que apenas tiene un plato de comida en la mesa. Hay entidades, incluso algunos colectivos dentro del barrio, que defienden la llegada de estos turistas como una forma para conseguir ingresos. La mayoría, sin embargo, recela de estos grupos que llegan, fotografían y se van: no hablan más que con quien les dicen que pueden hablar; no ven más allá de lo que los guías les dejan ver. Por muchas fotografías que saquen, no han entendido nada.

El camino para transformar Kibera, sostiene los que han crecido aquí, no pasa por los turistas. Pasa por grupos comunitarios (CBO por sus siglas en inglés) que construyen letrinas, depósitos de agua y centros de reciclaje. Pasa por el estudio de música de Phlexible y por los festivales que organizan los artistas de Kica. Pasa por que al final del día el cine de Patrick esté repleto de jóvenes que prefieren las películas a la violencia.

Reportaje publicado en El Ciervo

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