Los pescadores de Sebagoro a los que la guerra en Congo hace un poco menos pobres

The reception center at Kagoma. Registration process at the reception center can take several weeks, as the centre is overcrowded, hosting 6,000 people in a space built for hundreds. Many of the new arrivals have nowhere to sleep but in makeshift hangars made from wood or plastic sheeting. In these hangars, men, women and children of all ages sleep on mattresses and bamboo rugs, back-to-back to make room for each other. The lucky ones were able to transport plastic chairs, jerry cans and buckets over from DRC. But most came with nothing but the clothes of their backs, and are desperate for help.

El tráfico de refugiados que huyen de las matanzas tribales en Congo a través del lago Albert se ha convertido en un lucrativo negocio para los pescadores ugandeses azuzados por las malas faenas

“Aquí hay gente que ha hecho mucho dinero con los congoleños”. Mientras camina por la orilla del lago Albert, Joseph señala los barcos. “Es fácil distinguirlos: los nuevos y grandes son de los que han hecho dinero”. Todos en Sebagoro, una pequeña aldea de pescadores en Uganda a la que desde enero han llegado alrededor 48.000 refugiados desde el otro lado del agua oscura, saben quiénes son. “No lo van a decir públicamente, tienen miedo y no quieren mala fama, pero en el pueblo lo tenemos claro”.

Todos hablan de Aguda Moses, pero Aguda Moses no quiere hablar. Vive al otro lado de la bahía, en el extremo más alejado del embarcadero donde ACNUR ha levantado un precario hospital de campaña. Su casa, una humilde construcción de adobe con el techo a base de ramas de palma, no es distinta a las demás. Su madre está sentada a pocos metros, bajo la sombra que proyecta otra modesta vivienda de barro seco. Junto a ella, una de sus hijas encrespa una vieja red de pesca hasta darle un nuevo uso en forma de cuerda. Puede que sean un poco menos pobres que los demás en Sebagoro, pero en casa de Aguda Moses tampoco sobra nada.

-Yo sólo fui a rescatar a mi familia, confiesa cuando por fin se aviene a hablar.

-¿No cobraste nada por traerlos?

-No

-¿Cuándo fue la última vez que fuiste?

-“No lo recuerdo. Yo sólo acudí a rescatar a mi familia. Me dijeron que la situación era muy complicada y fui a por ellos, insiste.

Nadie, ni siquiera entre las familias más numerosas de Sebagoro, tiene 125 parientes. Y como él mismo reconoce antes de secarse el torso y ponerse la camisa para dar por finalizada la charla, en poco más de un mes acudió cinco veces al otro lado del lago para traer refugiados. En cada viaje iban 25 personas. Y cada una de ellas tuvo que abonar 40.000 chelines ugandeses (8,8 euros, el salario de 20 días en un mes bueno) para cruzar el lago. No se termina de entender. ¿Pagan 40.000 chelines todos o cada uno? Tres de la docena de refugiados y pescadores con los que hablamos en Sebagoro aseguran que Aguda Moses es uno de los «transportistas del lago». «Si no pagas, te dejan en tierra», afirma una de las refugiadas  borrando cualquier tamiz humanitario ¿Traficante? Eso es una palabra muy fuerte, concede Joseph, el único de los hombres de mar que acepta ser identificado, pero «miente cuando te dice que eran su familia los que traía. Hizo mucho dinero con los refugiados de Congo».

No hay reproche en sus palabras. O no demasiado. En este rincón del mundo escondido tras una de las reservas naturales más importantes del norte de Uganda, territorio de antílopes y de una decena de leones, no queda otra que sobrevivir. Aunque sea a costa del sufrimiento de otros. «Mira su barco», repite Joseph, ahora sí con el eco amargo que deja la envidia en la boca, mientras señala la más grande de las embarcaciones de este lado de la bahía. Tiene motor. «Y con eso puede ir a pescar lejos». Hasta la República Democrática del Congo.

Un negocio millonario para paliar las malas faenas

Aunque se trata de una disputa histórica, azuzada por los privilegios que los colonizadores belgas otorgaron a los ganaderos hema frente a los agricultores lendu tras expulsarlos de sus tierras ricas en oro y piedras preciosas y poner a los líderes hema al frente de los mandos territorirales, el último alegato violento en Ituri, al otro lado del lago Albert, arrancó el pasado mes de diciembre y ya ha dejado algo más de 250 muertos, 120 aldeas arrasadas en los alrededores de Djugu y 300.000 desplazados internos.  «En la escuela nos dijeron que habían quemado varias aldeas cercanas, así que decidimos huir. Teníamos miedo», relata Timothy, de 18 años, hoy refugiado en el asentamiento de Kyangwali.

En pocos días, Bunia, la capital de la antigua provincia oriental, se convirtió en un inmenso campo de acogida. A mediados de febrero eran más de 20.000 los desplazados. “Los que llegaban a Bunia lo hacían traumatizados por la violencia que habían visto o que habían sufrido directamente. Eran mayoritariamente menores no acompañados y personas que lo habían perdido todo», señala un informe de Médicos Sin Fronteras (MSF)). El 40% de los pacientes tratados por la ONG, una de las primeras en responder a la emergencia humanitaria, estaban enfermos de malaria.

La espiral violenta tildada de tribal, pero tras la que en realidad se esconde una batalla por el control de un territorio rico en oro, diamantes y petróleo no dejó de agudizarse con el paso de las semanas. Francine, 19 años, dos hijos a su cargo y la mirada gris del que ha visto demasiadas veces el lado triste del mundo, decidió volver a huir. “Un ‘mzungu’ -como se conoce comúnmente a los occidentales en África del Este- nos dijo que nos podía sacar de Congo”. Hubo varios pagos, el primero para llegar a uno de los precarios embarcaderos que rodean Kafé y demás aldeas de pescadores del lago Albert; el segundo para que un barco los sacara de allí. «Nos pidieron 17.000 francos (casi 9 euros) por cada uno»”. Entre los refugiados en Kyangwali el relato es casi siempre idéntico. Apenas varía el precio. Hubo quien consiguió el pasaje hacia Sebagoro por 12.000 francos.

En lo que todos coinciden es que quienes los rescataban no eran familiares, sino pescadores. En los primeros momentos de la crisis se sirvieron de las embarcaciones tradicionales, pero el viaje era demasiado largo, hasta diez horas, y peligroso por el viento que siempre golpea el lago. Fue entonces cuando los «transportistas»’ de Serabogo encontraron su negocio. «La pesca aquí no siempre es buena. Hay épocas en las que  vamos mar y en pocas horas conseguimos una buena captura de tilapias, pero también hay temporadas malas, como ésta. En estos meses apenas conseguimos 10.000 chelines (2,2 euros) al día: ¡con eso tenemos que pasar toda la familia. Y yo tengo cuatro hijos!»”, apunta Joseph. No se trata de justificar a los que deciden hacer negocio con los refugiados, él de eso «no opina»,  pero hay que sobrevivir. Como sea.

En apenas cuatro meses, 48.000 congoleños han llegado a Uganda a través de las costas del lago Albert. Eso es un gran negocio. Y un alivio para las malas faenas de Sebagoro.

La emergencia de cólera, bajo control

Hubo semanas entre febrero y marzo en las que los pescadores de Sebagoro sólo recogían cadáveres.  Los cadáveres del cólera. «A los que morían los iban tirando por la borda. La orilla estaba llena de cuerpos», afirma Rafael, otro de los empresarios del transporte de Sebagoro. Él asegura que nunca participó en el tráfico de refugiados, aunque de su barco acaban de bajar cuatro congoleños..

La enfermedad, endémica en la RDC, se propagó al otro lado del lago. Las paupérrimas condiciones en las que sobreviven los recién llegados, algunos incluso durmiendo al aire libre, expuestos a las lluvias y a la precariedad de los servicios sanitarios, alimentaron un brote que en pocas semanas se tradujo en más de 2.096 casos severos y 44 fallecidos. «Actualmente la emergencia está bajo control», afirma la responsable de proyectos de MSF en el campo de Kyangwali, Anne-Cécile Niard. Pero el alivio es momentáneo: el cólera es recurrente, por lo que el gobierno de Uganda ha puesto en marcha una nueva campaña de vacunación que prolongará la inmunización durante tres años. En el horizonte emerge un nuevo enemigo: la malaria. En el dispensario de Maratutu D, abierto el pasado 9 de abril, han registrado ya más de un centenar de casos.

Mientras, en la orilla oscura de Sebagoro el barco de Aguda Moses aguarda sobre la arena. «Va a salir a faenar», dice uno de sus hombres. Lo que no aclara es qué va a buscar. Puede que tilapia. También puede que otra remesa de 25 refugiados.

***** Despiece

Uganda, paraíso y negocio

Uganda es el país africano que acoge a más refugiados. Más de 1,3 millones. A diferencia de otros muchos países del mundo donde estos permanecen confinados en campos y no pueden trabajar legalmente, aquí reciben un pequeño terreno para levantar su vivienda -cuya propiedad vuelve al Estado cuando dejan el país-, cuentan con libertad de movimientos y el derecho a trabajar, así como acceso a los servicios básicos de educación primaria y asistencia médica.

Detrás de esta buena voluntad humanitaria se esconde también un lucrativo negocio: el del dinero de la cooperación que no siempre llega a sus verdaderos beneficiarios. El pasado mes de febrero, el comisionado para los refugiados de la OPM, Apollo Kazungu, fue suspendido tras revelarse su implicación en una estafa para inflar el número de recién llegados al país y recibir así más fondos. La ONU ha puesto en marcha ya un sistema de verificación biométrica para comprobar la autenticidad de las cifras. El escándalo incluye también a otros oficiales ugandeses acusados de exigir sobornos a los refugiados para incluirlos en los programas de ayuda humanitaria, así como de participar en redes de prostitución y tráfico de mujeres.

Reportaje publicado en Jornada

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