Las costureras de Kibera: África encuentra en la moda una oportunidad para frenar la pobreza

La industria textil es el segundo sector que más empleo crea en los países en desarrollo. En África podría llegar a generar hasta 15,5 millones de euros entre 2016 y 2021, pero debe vencer la barrera de la internacionalización

La cita métrica alrededor del cuello y un pedazo de tela, verde, con ribetes de infinitos colores siempre refulgentes, escurriéndose entre los dedos. Cristine no es Sira Quiroga, pero como el personaje de la novela de María Dueñas ha encontrado en la costura una forma de resistir. De envidar al futuro. Porque de no ser por sus dedos ágiles, incansables, capaces de repasar pespuntes arriba y abajo durante ocho horas desde hace más de cinco años habría seis personas más en el mundo que no tendrían nada llevarse a la boca. “Mi marido no trabaja y tengo cuatro hijos, así que este es el único ingreso que tenemos”.

Son 9.000 chelines (algo más de 72 euros) los que consigue en este taller de costura que ocupa un local anexo a la iglesia cristiana de Kibera. “Mejor que nada…”. El salario no da para todo, pero da para mucho. Para los 3.000 chelines de la renta, las facturas y un menú austero: arroz, ugali -una masa de harina de maíz- y pan de chapati. “Es lo que comemos, los niños y yo”. El problema, continúa Cristine sin dejar de acompañar la tela ante el impulso de la máquina de coser, “es que la mayor parte del dinero se va en pagar el colegio”. Entre todos son más de 15.000 chelines (120 euros) al semestre. “¡Y la secundaria es más cara!”.

“Este no es un barrio seguro. Si tuviera la posibilidad me gustaría irme de aquí”, interviene Jacqueline, otra de las costureras de Kibera. Para un mujer sola y con dos hijos a su cargo, quizás un poco menos. Kibera, la metáfora de la propia Kenia, el escenario de El jardinero fiel pero también el de la violencia postelectoral que en 2007 dejó más de un centenar de muertos y en 2017 al menos una decena, se transforma al caer el sol. Se marchan las mujeres con las verduras sin vender, cierran las pequeñas tiendas de ultramarinos y se apagan los chillidos de los pequeños que corretean con los pies sucios. Vuelven por contra los trabajadores cansados, las urgencias de los caseros por cobrar y los sudores de la diarrea, la tuberculosis, malaria y el VIH.

En Kibera, el mayor slum de Kenia, refugio de miles de migrantes rurales que como Cristine llegaron a la capital “en busca de una oportunidad para crecer”, cuando llega la noche lo mejor es estar ya a cubierto. Es entonces cuando se producen “la mayoría de los robos y los asaltos”, alerta Jacqueline, antes de agarrar un nuevo trozo de tela. Es ahí, en el arte de coser mejor de lo que nadie ha cosido antes en Kibera, como estas dos mujeres, y otras seis de su cuadrilla, están cambiando el futuro. Según el African Development Bank, la industria textil podría proporcionar en diez años hasta 400.000 puestos de trabajo en el África sub-sahariana y un volumen de facturación de 15,5 millones euros en 2021. “Actualmente, es ya el segundo sector que más puestos de trabajo genera en los países en desarrollo después de la agricultura, y lo que es más importante, la mayoría de estos trabajadores son mujeres y gente joven”, señala la entidad supranacional. Gente como Cristine y Jacqueline.

Lograr este objetivo requiere romper con la forma tradicional de hacer las cosas en este rincón del mundo: aquí se cose para sobrevivir. Se remienda para tener algo que poner y, si acaso, para vender a las vecinas. Aunque el continente produce el 10% de todo el algodón mundial, la producción de los diez principales exportadores africanos apenas supone el 0,5% de todo el comercio mundial. “Tenemos muy pocas fábricas”, resumía hacia unos meses la responsable de género del African Development Bank, Geraldine Fraser-Moleketi, durante la presentación del proyecto Fashionomics creado para apoyar el crecimiento de las pequeñas y medianas empresas del sector.

Falta financiación, proveedores, competitividad y formación. Las infraestructuras escasean y la capacidad de producción es insuficiente. “Cuando trabajaba en Europa podía mandar un email y sabía que en 5 horas, cuando los proveedores en Asia se levantase, estaría hecho. Aquí tengo que ir en persona y ser consciente de que pueden tardar una semana en resolverlo. Pero todo esto genera una relación más cercana”, relata Rose una joven que tras trabajar en varias multinacionales del sector ha decido apostar por elaborar su ropa en Kenia: “Vestirse es algo más que llevar ropa, significa algo. Aquí el producto tiene alma”.

Cada vez son más las pequeñas compañías que apuestan por impulsar la moda africana. Proyectos como Made in Rwanda, impulsado por el Gobierno de Paul Kagame para mejorar la producción local formando a los diseñadores en el extranjero, o la plataforma Artisan. Fashion de la que forman parte diseñadoras como Vivienne Westwood, Stella McCartney están ayudando a derribar las barreras de la industria en el continente.

Sólo en Kenia el sector da trabajo a alrededor de 40.000 personas y supone ya el 7% de todas las exportaciones. El propio Gobierno reconoce que la industria textil “juega un papel clave” en el reto de convertirse en un país de renta media en 2030. Basta pasearse por el Central Business District (CBD) de Nairobi para ver la creciente pujanza del sector: decenas de jóvenes, como Sheila Andolo, se desplazan a primera hora a los mercados de esta zona de la capital para adquirir a buen precio prendas que luego venden por internet. “Hay que levantarse muy temprano para conseguir las mejores piezas y no se gana demasiado, pero es una buena manera de empezar”, asegura. Ya en 2014, la venta de ropa usada movía un negocio de 96,7 millones de dólares.

Con los beneficios, muchas emprenden su propio negocio siguiendo modelos de éxito como el de Carol Pulei, quien de trabajar como recepcionista en un hotel al llegar a Nairobi ha pasado a ser la diseñadora de moda en el país después de que el presidente Uhuru Kenyatta luciese una de sus camisas. En pocos días la prenda se convirtió en un éxito del que no dejaban de hablar las redes sociales y su tienda, Naneuleshan Apparel, en un un referente para la alta sociedad nairobiana: embajadores, empresarios y diputados son clientes habituales. Pulei, que trabaja siempre con la “esencia de África”, “sus tradiciones, sus colores, su cultura”, en sus diseños tiene ahora un nuevo reto: expandirse a Ruanda. “Es un país maravilloso, que después de lo que ocurrió ahora vuelve a crecer. Y yo quiero crecer con él. Es una gran oportunidad”.

La internacionalización es el gran desafío para la industria textil en África. “Nosotros queremos quedarnos en África para la producción” y llevarlo después “a todo el mundo”, apunta Nick Searra, uno de los fundadores de WAKUU, una de las empresas que comercializa los productos elaborados por las costureras de Kibera. Trajes, camisetas, pajaritas…todas con los colores y las telas elaboradas en Kenia. Y todo hecho a mano. “El objetivo es conectar a los artesanos locales con los mercados internacionales”, subrayan sus creadores.

Por el momento el proyecto está todavía en fase de crecimiento, pero más del 50% de sus ventas se concentran ya en el mercado occidental. Es un paso, aunque necesitan ampliar su producción para competir internacionalmente. El reto es convertirse en una empresa sólida, “pero sin perder nuestra concepción social”, insiste Searra. No se trata de dejar Kibera, sino de hacer de sus costureras una industria contra la pobreza.

Reportaje publicado en Jornada

Written By
More from Pablo L. Orosa

Los últimos de Vietnam

A Soua Cheng Her los años que pasó en las montañas de...
Read More

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *