El ‘pacto de la paz’ allana el camino para la deriva antidemocrática en Kenia

Tras autoproclamarse ‘presidente del pueblo’ y boicotear las elecciones de octubre, el líder opositor Raila Odinga legitima ahora el mandato de Kenyatta en nombre de la ‘unidad’ del Estado. El escándalo de Cambridge Analytica y la represión a periodistas y políticos disidentes son el coste a asumir para un país que avanza en su deriva autoritaria.

“Es un error”. La frase de James, con la camiseta blanca de la selección de Kenia en el pecho, desata los comentarios entre sus amigos. Dos mueven la cabeza, asintiendo. El otro, tras un trago de whisky en vaso de plástico, toma la palabra. “Si Odinga ha aceptado el pacto, sus razones tendrá”. La confianza en el histórico líder opositor sigue siendo incuestionable, pero cada día un poco menos. Su controvertida decisión de reconocer al Gobierno de Uhuru Kenyatta con el apretón de manos en Harambee House ha aturdido a sus propios seguidores. “La reacción al ‘pacto de la paz’, como el propio Odinga lo llamó, ha sido desigual. Mientras los kikuyos del presidente Kenyata lo han aplaudido, otros grupos, incluyendo los propios luo de Odinga, han sido en el mejor de los casos ambivalentes. Parece ser que Odinga actuó sin consultarlo a sus compañeros de la National Super Alliance (NASA), que se sienten traicionados”, explica Peter Fabricius en un informe para el Institute for Security Studies.

Sus antiguos aliados, como Kalonzo Musyoka, Musalia Mudavadi o Moses Wetangula se han desmarcado ya del acuerdo y empezado a movilizar sus bases tribales, kamba el primero y luhyas los otros dos, para formar su propias formaciones políticas. “Como partido, NASA está muerto”, concuerda el investigador en política social de la Universidad de Nairobi, Sekou Toure Otondi. El movimiento de Odinga, más allá de sus grandilocuentes palabras en busca de la “unión” de un país dividido, hay que leerlo en clave electoral 2022: sus adversarios internos habían amenazado con abandonar la colación opositora si no renunciaba en favor de uno de ellos de cara los comicios de 2022, en los que debería enfrentarse al actual vicepresidente, el kalejin William Ruto, aunque está por ver que la mayoría kikuyo respete este pacto dentro de la alianza en el poder. “A lo largo de los años, Odinga se ha reinventado a sí mismo para seguir siendo relevante en un escenario político marcado por las influencias tribales. En el caso del apretón de manos con Kenyatta no es diferente, está tratando de reinventarse para seguir siendo relevante en la configuración de las elecciones de 2022, bien sea como candidato o como líder en la sombra, aunque su intención es seguir siendo candidato. En clave interna, ha salido victorioso. Ha conseguido echar a un lado a los otros líderes de NASA y convertirlos en irrelevantes, al menos por ahora”, explica Sekou Toure.

Lo que no está tan claro es que vaya a seguir contando con el respaldo social. Al menos no con la lealtad inquebrantable de sus seguidores. “Nosotros no vamos a tener ningún acuerdo con los kikuyo. Ellos son los únicos que se benefician. Este lago es nuestro, pero son ellos los que hacen negocio con la pesca”, repite James mientras el sol termina de ponerse majestuoso frente al lago Victoria. Esta vez sus tres amigos asienten sin disentir.

Durante los últimos meses, el propio Odinga se encargó de azuzar las disputas tribales y de denunciar la deriva antidemocrática del Gobierno de Uhuru Kenyatta: se negó a aceptar los resultados electorales alertado de un fraude digital reconocido finalmente por el Tribunal Supremo y boicoteo la repetición electoral de octubre en la que Kenyatta fue reelegido con más de un 98% de los votos al no participar la oposición. Ahora, tras autoproclamarse ‘presidente del pueblo’ y asegurar que jamás aceptaría un gobierno “corrupto” y “generado por ordenador”, pide a sus seguidores que respeten el pacto para favorecer la reconciliación nacional y permitir que el país lleve a cabo las reformas que necesita imperiosamente. Los más acérrimos creen que se trata de un nuevo “caballo de Troya”, la misma maniobra que utilizó en 1997 cuando se “reconcilió” temporalmente con el régimen de Arap Moi; los demás se manejan entre la resignación y el enfado.

Porque el gran beneficiado de este pacto, sellado casualmente horas antes de la visita del exsecretario de Estado norteamericano Rex Tillerson a Nairobi el pasado marzo, es sin duda el presidente Kenyatta: “Se da por concluida una campaña de desobediencia civil que duraba ya meses” y “le confiere legitimidad como presidente”, escribe Fabricius.

El escándalo de Cambridge Analytica, cuya injerencia en las elecciones keniana a través de fake news, insinuaciones de terrorismo, chantajes y sobornos fue desvelada por la televisión británica Channel 4, había dañado todavía más su ya deteriorada imagen. Hijo del padre fundador de la patria, Jomo Kenyatta, el gobierno de Uhuru ha estado marcado por los escándalos de corrupción y su cada vez más acusado autoritarismo: el cierre de cuatro de los más importantes canales de televisión en el país por informar del juramento de Odinga como ‘presidente del pueblo’ fue el más sonado, pero no el último de sus excesos. Periodistas críticos han sido amenazados -“Kenya ha asistido a una lenta erosión en su libertad de presa en los últimos años”, reconoce Reporteros Sin Fronteras”- y líderes opositores arrestados.

El Gobierno de Kenyatta ni siquiera ha respetado los mandatos judiciales: primero cuando retrasó una semana la reapertura de las televisiones clausuradas y hace unos días negando la entrada al país a Miguna Miguna, exconsejero de Odinga y una de las figuras que podrían poner en jaque el liderazgo de este entre la oposición. “En el seno de NASA hay gente que ya se atreve a cuestionar a Odinga. Miguna Miguna es el más destacado, pero carece de tacto y es peligroso para sí mismo”, apunta la profesora de Estudios Religiosos de la universidad de Moi, Eunice Kamaara.

Aunque la devolución de los pasaportes confiscados y la retirada de los cargos contra los líderes opositores fue una de las medidas incluidas en el ‘pacto de la paz’, la ofensiva contra Miguna Miguna forma parte del objetivo real del acuerdo: mantener el status quo, con el Gobierno para Kenyatta y el control opositor para Odinga, a la espera de que el segundo pueda llegar a la presidencia en 2022. “Se trata de un acuerdo entre élites, entre Raila y Uhuru y sus compinches de negocios, para mantener la apariencia de paz en Kenia a la espera de unos nuevos comicios que volverán a dividir el país”, Sekou Toure.

Las disputas étnicas, el paro rampante entre los jóvenes y la corrupción endémica siguen ahí, lastrando el desarrollo del país. “Y eso no lo va a solucionar un simple apretón de manos, hace falta una participación estructurada de todos los kenianos”, continúa el investigador de la Universidad de Nairobi. “Hay un poder místico en el acuerdo, una lección para todos los ciudadanos. El impacto que puede llegar a tener en la vida de la gente dependerá de como sea interpretado y manejado”, contrapone Eunice Kamaara.

Lo cierto es que por el momento el país sigue el camino marcado por Kenyatta: el crecimiento económico se queda en manos de unos pocos y en el horizonte asoman los viejas nubes de los tiempos de Arap Moi, cuando se cerraban periódicos, se ilegalizaban partidos políticos y se torturaba a opositores, intelectuales y disidentes.

Reportaje publicado en Gara

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