Mogadiscio, la vida que resiste a la guerra

Hay tanto polvo que apenas se ve. A medida que avanza, el convoy militar va adueñándose del gris de la calle. Del puesto de comida que hace semanas quedó vacío. De las nubes negras que cuelgan desde el 91 del cielo de Mogadiscio. De la mirada velada de dos chiquillas. En la guerra de Somalia, como en todas las guerras, la forma más cruel de matar es la de la desesperanza. Pero contra los muertos de los ojos secos hay también una guerrilla. Una guerrilla que pinta los muros con lápices de colores. Que encuentra un hospital para madres en apuros. Que vuelve a la playa de Liido para gritarle a la guerra que no le tienen miedo.

Cuando dejó su país en 1998, Shamsa Abdullahi ya llevaba la memoria torcida. La Somalia que había conocido de niña poco se parecía a la Somalia de la que huía. En apenas unos años todo se había oscurecido: el mar, los libros, el horizonte. Hasta las canciones empezaron a sonar un día a negro. Dicen que desde que llegó la niebla gris toda la ciudad parece más triste.

A la tristeza, que es una enfermedad del mirar, le gusta disparar primero a las mujeres. Sin ellas no hay resistencia posible. Por eso cuando decidió regresar, dos décadas y varios hijos después, Shamsa Abdullahi tenía un sueño clavado la memoria: abrir una maternidad. Hoy su delirio tiene las paredes amarillas, la primera sala de partos en agua de Somalia y un laboratorio pionero en el país. “Todo el equipo es nuevo, comprado en China, Dubai y Francia”. Todavía no tiene muchas usuarias, quizás por el precio, quizás porque el Taleh sigue siendo uno de los barrios más peligrosos de Mogadiscio, mas Shamsa no está dispuesta a abandonar. Irá a buscarlas, aunque sea a su propia casa: ha comprado un vehículo, rotulado con las siglas del Bybook hospital, y se prepara para ir a donde sea necesario. El precio tampoco va a detenerla. “El coste medio de nuestro servicio es de 50 dólares, pero no vamos a dejar a nadie atrás. Si no puede pagar… pues cobraremos lo que nos pueda pagar”.

Mientras camina por el centro, con la memoria y los sueños envueltos en una shayla que comparte el tono cálido de todo el inmueble, Shamsa no deja de hablar de un secreto. De un secreto para cambiarlo todo: la biblioteca. En el segundo piso, en la esquina opuesta a su despacho, hay una habitación con una estantería de cuatro alturas al fondo. Hay libros. Muchos libros. Al menos un centenar. Hay títulos de anatomía, de medica clínica, de cómo responder ante una emergencia en el parto. “Mientras no están trabajando, pueden subir aquí, leer y seguir estudiando…”. Además de un hospital, el de Shamsa Abdullahi es también un centro de formación. Todavía hacen faltan más recursos para traer profesores y establecer una educación regulada, pero al menos sus dieciocho empleados tienen un lugar en el que seguir aprendiendo.  “Tenemos que formar profesionales para ayudar a la gente de Somalia”, repite Shamsa, convencida de que el único camino para hacer frente a la guerra es el de la educación.

Lo cierto es que tras más de dos décadas de conflicto, buena parte de la población sólo sabe vivir así. Entre la niebla gris. Cuando nacieron Amran y Anab, dos de las comadronas que trabajan en el Bybook hospital, el cielo ya llevaba años oscureciéndose. Y ha terminado por calar en ellas: en su mirada gacha. En sus pocas ganas de reír.

En general, en el país no hay demasiadas sonrisas. No las hay en los policías, preocupados por cuándo llegará su salario, ni tampoco en los comerciantes. Muchas menos en las madres del campo de desplazados de Adde, cansadas de ver morir de hambre a sus hijos: según la ONU, más de la mitad de la población de Somalia necesita ayuda alimenticia y un millón de niños se encuentra en riesgo grave de desnutrición. A diferencia de otros muchos lugares como este, aquí los pequeños huyen de las cámaras. Las niñas rehúsan siquiera acercarse, ellos sólo se preguntan de dónde habrá salido ese blanco.

No es posible detenerse a charlar. Al menos no aquí. Los informadores de al Shabab están por toda la ciudad. “En diez minutos podrían presentarse aquí”, explica el enlace de prensa de la African Union Mission to Somalia (AMISOM). Poco importa que dos blindados cargados con soldados ugandeses permanezcan vigilando la entrada. Aquí puede pasar de todo. “En cualquier momento”. Dos días después de estas entrevistas, a menos de cuatro kilómetros de aquí, un camión bomba hizo explosión en la bautizada como K5, una concurrida zona de Mogadiscio llena de restaurantes y edificios gubernamentales, causando 512 víctimas mortales y 316 heridos.

La playa de Liido, como las peluquerías de Sarajevo

Como cada jueves la playa de Liido, un arenal de aguas cristalinas en pleno centro de Mogadiscio,  estaba repleto. Grupos de jóvenes habían salido a disfrutar del fin de semana. Algunos aprovechaban para darse un último baño, otros esperaban para cenar en el balcón sobre el Índico que es el Liido Seafood restaurant. En el Beach View Hotel había también un buen número de turistas, en su mayoría somalíes de la diáspora que habían retornado al país para comprobar en primera persona eso que decían las autoridades que Somalia había cambiado, que ahora era un lugar seguro por cuyas playas se podía pasear hasta ver las estrellas.

Pero en este rincón blasfemo del cuerno de África la violencia no da tregua. Lleva sin hacerlo desde la caída de Siad Barre en 1991. En realidad lleva sin hacerlo desde que el dictador tomó el poder a finales de los 60. Aquel jueves de enero del pasado año la violencia volvió a la playa de Liido. Diecisiete personas y la idea de la nueva Somalia murieron aquella noche. Otras diez lo hicieron siete meses después en otro atentado terrorista en el arenal.

Año y medio después, el Lido Seafood restaurant ha cambiado. Han levantado una garita en la entrada y desde la calle ya no se escucha el ruido del mar.

-“Tranquilo, aquí podemos relajarnos”, comenta socarrón el hombre de la AMISOM. Se quita el chaleco antibalas y deja el casco sobre la mesa. Con un chasquido, hace un seña al camarero para que nos traiga un zumo de frutas. En este lugar no hay rastro de la niebla gris.

A esta hora del mediodía la playa está repleta. De la cocina escapa el olor de una pizza. También el de un plato de shawarma que no tarda en pasar junto a las mesas. Sobre la arena, al otro lado de la valla metálica, resuenan por fin las risas. Son las únicas risas de Mogadiscio. Pero son unas risas muy fuertes. Al igual que Zurnreta Beslajic y las otras mujeres de Sarajevo que decidieron desafiar a la guerra acudiendo a la peluquería y luciendo los mejores vestidos que les quedaban tras meses de enfrentamientos, en Mogadiscio hay quien ha decidido combatir la desesperanza con sonrisas.

-“Aquí, aquí”, vocifera uno de los chiquillos de la guerrilla de la sonrisa. Está sentado sobre un neumático hinchable y gesticula con los brazos abiertos. Da la sensación de que va a caerse de un momento a otro. A su espalda, todavía en la orilla, cuatro muchachos empujan un barco, mientras un grupo de mujeres adultas se remangan el garbasaar para no mojarse. Las más pequeñas no dudan en meterse al agua con ropa.

Hoy, al menos hoy, la playa de Liido no parece Somalia. No al menos la Somalia de los ojos secos. Por un instante da la sensación de que el país ha encontrado un futuro. Hasta el sol ha asomado por el horizonte tiñendo de colores la niebla gris.

Reportaje publicado en el diario Gara

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