Qeerroo, los jóvenes que desafían el régimen tigray en Etiopía

Meses de protestas, huelgas y presiones políticas obligaron al primer ministro etíope, Hailemariam Desalegn, a echarse a un lado. “Veo mi renuncia como vital en el intento por llevar a cabo reformas que llevarían a una democracia y una paz sostenibles”, aseguró en su discurso de renuncia. La estrategia de la represión, ejercida durante décadas por la minoría tigray, no fue suficiente esta vez. Ni siquiera después de matar a más de 660 personas y detener a 20.000 miembros de la comunidad oromo durante los diez meses que duró el primero de los estados de emergencia declarado en octubre de 2016. Agrupados bajo el paraguas del movimiento Qeerroo, el pueblo oromo mantiene el pulso al Gobierno después incluso de la salida de Hailemariam. Lo único que calmaría a esta comunidad, la mayoritaria de las que componen Etiopía, es una reforma política y social que acabe con tres décadas de régimen tigray.

El escenario de la actual Etiopía nace en 1991 cuando el Tigrayan People’s Liberation Front (TPLF) toma la bandera de la revuelta que acabará con el régimen comunista de Mengistu Haile Mariam, que tenía su principal apoyo en la comunidad amhara, la segunda más populosa del país, alrededor del 27% de los casi 100 millones de habitantes de Etiopía. Aunque no fueron los únicos en levantarse contra el Derg comunista, los tigray supieron amortizar su relato heroico y convertirse en el grupo dominante dentro de la coalición de cuatro partidos, la Ethiopian People’s Revolutionary Democratic Front (EPRDF), que maneja actualmente los 547 asientos del Parlamento.

A pesar de ser sólo el 6% de la población etíope, los tigray ocupan casi todos los puestos relevantes dentro del Gobierno, los negocios y las fuerzas de seguridad. “Así es como lo controlan todo. El sistema político etíope se basa en el federalismo étnico, pero para la minoría tigray la Constitución no significa nada”, asegura desde su exilio en Bruselas, Yared Hailemariam, uno de los activistas más buscados desde que denunciase ante el Parlamento Europeo el asesinato a manos de las fuerzas de seguridad de 192 personas en las revueltas registradas tras las elecciones de 2005.

Durante sus veinticinco años de mandato, el TPLF ha ido adaptando su discurso a la realidad política del momento. Pese a borrar los principios marxista-leninistas de sus orígenes nada más llegar al poder, preservó la titularidad gubernamental de la tierra en la Constitución elaborada en 1995 y diez años más tarde completó su propósito transfiriendo las competencias de los gobiernos regionales, decretados en base al federalismo étnico, al Ejecutivo central. Este movimiento coincidió en el tiempo con la puesta en marcha de una política de arrendamientos de grandes terrenos a inversores extranjeros a cambio de empleos e infraestructura que el New York Times bautizó como ‘agroimperialismo’. En pocos años, miles de personas, en su mayoría de la etnia oromo, fueron desplazadas de sus tierras para lucro de la oligarquía tigray.

“El sistema legal creado en 1992 otorgó a los agricultores la posibilidad de seguir trabajando las tierras que ellos o sus familias habían labrado durante décadas, pero al mismo tiempo reafirmó la política del antiguo régimen militar: la tierra es propiedad del Estado. Esto no solventó los conflictos históricos alrededor de la propiedad de la tierra y bajo el mandato de Meles Zenawi – a quien Hailemariam sucedió tras su fallecimiento en agosto de 2012- Etiopía se convirtió en un ‘país en desarrollo’ en el que sin respetar las decisiones de los poderes regionales se expulsó a los agricultores y se otorgó el uso de la tierra a inversores locales y extranjeros”, resume el profesor asociado del departamento de estudios africanos de la Universidad de Londres Etana Habte.

Este modelo alcanzó su cima en 2015 cuando se conoció el Addis Ababa Integrated Development Master Plan (AAIDMP), un proyecto para impulsar el desarrollo urbanístico de la capital más allá de sus límites actuales, lo que implicaba en la práctica expulsar a miles de campesinos oromo más. Las protestas, que llevaban meses sucediéndose en las pequeñas aldeas donde habían comenzado ya los desalojos, colapsaron las calles. Ni siquiera la brutal represión con la que el Gobierno del TPLF ha aplastado siempre cualquier reivindicación detuvo esta vez las protestas. Todo lo contrario, cada masacre, como la de Bishoftu en octubre de 2016, y cada detención no han hecho más que alimentar el descontento social de una población que ha encontrado en el movimiento Qeerroo su forma de expresión.

¿Qué es el movimiento Qeerroo?

En la lengua de la Oromía, Qeerroo es la palabra con la que se denomina a los ‘jóvenes solteros’, pero hoy en día su significado va mucho más allá: “Casi todos los adultos oromo forman parte actualmente de Qeeroo, son millones y millones de personas. Esto es lo que hace tan difícil para el régimen encontrar a los líderes y derrotar al movimiento Qeerroo”. Maestros, agricultores, profesionales de la salud, empresarios y funcionarios del Gobierno. Todos. También las mujeres. “La variante femenina para referirse a las ‘mujeres solteras’,Qarree está incluida en la propia raíz de la palabra. Hoy cuando se habla del movimiento Qeerroo se habla de ambos sexos”, continúa Etana Habte.

Históricamente, al contraer matrimonio y obligaciones familiares los jóvenes Qeeroo dejaban a un lado sus reivindicaciones políticas, lo que unido a la corrupción de sus líderes y a la represión del régimen agotaban cualquier ansia de cambio. Desde 2014 este paradigma ha cambiado. Las calles de Adama, Jimma, Woliso, Legetafo y de la propia Addis Abeba se llenaron de personas con los brazos en alto, cruzados a la altura de las muñecas con los puños cerrados, un gesto que el mundo conoció gracias al maratoniano Feyisa Lilesa, medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro.

“La cuestión de la tierra no es la causa única del movimiento Qeerroo, aunque sí sirvió como catalizador”, señala el profesor asociado de la Universidad de Londres. De hecho, aunque el plan de desarrollo urbanístico de Addis Abeba fue retirado, las protestas continuaron y lo seguirán haciendo mientras no se ofrezca una “respuesta concreta” a las tres demandas de la comunidad oromo, asegura Habte: el derecho a la tierra, el reconocimiento de la lengua oromo como idioma co-oficial del país junto al amhárico y la creación de un modelo efectivo de auto-gobierno para la Oromía.

Aunque cuenta con su propio Parlamento, el Caffeee, y una independencia teórica, hasta la fecha eran los “oligarcas del TPLF” los que decidían a través de los gobernadores oromo a los que “manejaban como marionetas”, subraya Habte. “El federalismo no está funcionando en absoluto. La Constitución dice que cada región tiene el derecho a auto-administrarse, de hecho tienen su propio Parlamento y una estructura regional, pero en la práctica no son libres: están completamente controlados por el partido tigray”, concuerda Yared.

La idea del “centralismo democrático” instaurada por el TPLF como camino para sacar al país de la miseria ha tenido cierto éxito económico: el país ha crecido más de un 10% anual entre 2004 y 2014 y desde el año 2000 cuando era el tercer país con mayor tasa de pobreza del mundo ha conseguido reducirla del 40 al 30% en 2011, el dato más actual de los suministrados por el  Banco Mundial. Pero la mayor parte de ese beneficio ha ido a parar a la oligarquía vinculada al régimen tigray, la bautizada como TPLF’s mafia, a través del polémico programa Endowment Fund for the Rehabilitation of Tigray (EFFORT) creado inicialmente para impulsar la recuperación de esta región tras la guerra civil, pero que en la actualidad no es más que el paraguas bajo el que actúa la élite económica tigray.

“La gente”, señala Hailemariam, “exige cambios: una distribución justa de los recursos y del poder regional, pero la respuesta del Gobierno es que todo es un problema de buen gobierno. ¡Llevan usando la misma táctica 22 años!: Cuando pasa algo, aprovechan para atacar a sus potenciales enemigos y después señalan a algunos individuos de su partido y dicen ‘estos son los corruptos, los que han provocado esto’, y los sacrifican. Pero en el fondo nada cambia. Esto es exactamente lo que ha sucedido ahora en los territorios oromo”.

Por eso una de las dianas de las protestas en la Oromía desde 2014 fue el Oromo Peoples’ Democratic Organisation (OPDO), integrante de la coalición gobernante junto al TPLF, el Amhara National Democratic Movement (ANDM) y el Southern Ethiopian People’s Democratic Movement (SEPDM). Varias de sus sedes fueron quemadas y algunos de sus líderes atacados, hasta que en 2016 una nueva hornada de dirigentes encabezados por Lemma Megersa  y Abiy Ahmed tomaron el control del partido. Desde entonces el OPDO se ha convertido en un movimiento opositor dentro de la coalición gobernante y cuenta con el apoyo mayoritario de la población local y de los activistas etíopes exiliados. “Sólo en la diáspora pueden los etíopes operar medios de comunicación, webs y comentar libremente sin la censura del Estado y sin el riesgo a ser arrestados (…) El movimiento Qeerroo ha sido ampliamente cubierto y conocido a través de los activistas en la diáspora”, apunta el periodista Zecharias Zelalem, quien trabaja en varios de estos medios en Norteamérica, donde se concentran más de 250.000 de los dos millones de etíopes en la diáspora. Es fuera del país donde tienen su base las principales webs de noticias, como opride.com, o televisiones como OMN y EAST. “Además los principales activistas, como Jawar Mohammed o Tamagne Beyene, están también en la diáspora. Para el movimiento Qeerroo en Etiopía la diáspora es una fuente importante de información. Los medios locales nunca informarían de los éxitos de las protestas”, añade Zecharias.

Pese a la declaración de un estado de emergencia que se prolongó durante diez meses en los cuales se llevaron alrededor de 20.000 detenciones de simpatizantes del movimiento, el Gobierno etíope no ha sido capaz de derrocar al Qeerroo. Su estructura piramidal pero bien enraizada en cada uno de los barrios y su capacidad para desde la clandestinidad organizar protestas, huelgas y boicots le otorga una ventaja táctica. “Operan en secreto. Es imposible incluso saber cuantas personas participan en los puestos directivos de la organización”, señala Zelalem.

Con esta fórmula, en apenas tres años y tras una huelga de tres días el pasado febrero a la que se sumaron los propios funcionarios de la Oromía no acudiendo a sus puestos de trabajo han logrado han logrado lo que parecía imposible: forzar la dimisión de Hailemariam Desalegn sin recurrir hasta ahora a la violencia.

“Hailemariam fue despedido, no dimitió”


La renuncia de Hailemariam vino acompañada inmediatamente de la declaración de un nuevo estado de emergencia por un periodo de seis meses para contener las protestas. Porque en la Oromía saben que este no es el final del camino. Incluso tras la elección de Abiy Ahmed sustituto de Hailemariam Desalegn: “No hay duda de que muchos oromo querían ver a Abiy o Lemma en el cargo, pero esto no debe entenderse como que el pueblo oromo está satisfecho con su nombramiento”, afirma Habte.

Sin una reforma estructural, el poder político, económico y militar seguiría en manos del TPLF, incluso con un oromo como primer ministro. “Colocar a un oromo a cargo del régimen no es suficiente a ojos del movimiento Qeeroo. Hacen falta reformas, reformas y más reformas”, insiste el periodista. De hecho, la liberación de Bekele Gerba, uno de los líderes oromo más importantes, y de otros 2.000 presos políticos ya fue insuficiente para evitar la dimisión de Hailemariam. “Hailemariam fue despedido, no dimitió”, puntualiza el profesor asociado de la Universidad de Londres. “Los verdaderos motivos” de su cese, señala, “emanan de la incapacidad del régimen para seguir dirigiendo el país en beneficio de los oligarcas del TPLF. Esto funcionó mientras los gobiernos regionales eran títeres en manos del TPLF, pero dejó de hacerlo cuando tras las protestas llegaron al poder líderes que rechazaron el dominio de los oligarcas tigray”. Así, tras un cónclave que se prolongó durante diecisiete días, el comité ejecutivo de la coalición gobernante decidió relevar en su cargo a Hailemariam para buscar “un nuevo mecanismo” con el que mantener su poder.

La verdadera pelea, apunta Zelalem, es conseguir “mayores libertades, una prensa libre y el fin de las detenciones arbitrarias, las torturas y los asesinatos a cargo del EPRDF”. Una reforma total que releve a los responsables del “Ejército, las prisiones y los servicios de inteligencia”. Porque si estos continúan en sus cargos, volverán a “lanzar operaciones para acabar con el Qeeroo” y el país continuará siendo un agujero negro para las libertades, tal y como señalan organizaciones como Freedom House.

El silencio cómplice de la comunidad internacional

Pese al testimonio de Yared ante el Parlamento Europeo o los informes de las organizaciones de derechos humanos sobre los abusos cometidos por el régimen etíope, la comunidad internacional apenas ha alzado la voz. El país es la sede diplomática de numerosas organizaciones, entre ellas de la African Union y de más de un centenar de embajadas, y se ha convertido en parada obligatoria para los mandatarios internacionales que visitan la región, como el exsecretario de Estado norteamericano Rex Tillerson o el responsable de exteriores ruso Sergey Lavrov.  Asimismo, es uno de los países que más tropas aportan a las misiones de paz de la ONU, especialmente en Abyei, Darfur, Sudán del Sur o Somalia, y ofrece acogida a más de 850.000 refugiados de países vecinos. Además, subraya en su informe para el Institute for Security Studies Liesl Louw-Vaudran, “la Unión Europea ve en Etiopía a un aliado fundamental para evitar la llegada masiva de emigrantes africanos a Europa”.

Hasta la fecha, la tesis de muchos analistas de que la inestabilidad en Etiopía sería catastrófica para toda la región, una de las más convulsas del mundo con los conflictos en Sudán del Sur, Congo y Somalia, ha sustentado la carta blanca al régimen tigray. “Lo que sucede en Etiopía es un reflejo de la dinámica geopolítica internacional. Occidente negocia con dictadores por sus intereses. Siempre encuentran una excusa para justificar su compromiso con estos regímenes dictatoriales: la lucha contra el extremismo, la estabilidad regional…..Son conscientes de que el régimen en Etiopía es brutal y está reprimiendo a la población, pero es cuestión de prioridades. Para Estados Unidos y la Unión Europea su compromiso fundamental es con la seguridad y el desarrollo. En las elecciones de 2015 había un movimiento opositor muy numeroso, pero el EPRDF obtuvo todos los escaños del Parlamento. Se acosó y detuvo a muchos líderes opositores, pero después Obama visitó el país y dijo que habían sido unas elecciones libres y justas, que se trataba de un gobierno democrático. Fue como bendecir una dictadura en nombre del progreso”, alerta Yared.

Sin embargo, por primera vez, la embajada norteamericana en Addis Ababa y representantes europeos rechazaron la actuación del Gobierno etíope tras la declaración del estado de emergencia y los enfrentamientos en la frontera con Kenia. “La reciente masacre de Moyale”, en la que murieron al menos 9 personas y otra docena resultaron heridas, “fue cometida para justificar la necesidad del Estado de emergencia”, apunta Etana Habte, para quien el “TPLF  está utilizando la desestabilización en Etiopía como una amenaza a la comunidad internacional”.

En esta parte de África, las comunidades tribales, como los nuer en Sudán del Sur, los afar en Djibouti o los propios oromo en Kenia, se extienden a ambos lados de la frontera con Etiopía, por lo que las disputas internas alcanzan rápidamente a toda región. De hecho, en poco más de dos semanas, más de 10.000 oromo ha cruzado la frontera tras lo ocurrido en Moyale. Lo que está por ver ahora si la diplomacia internacional acepta el envite y deja de sostener con mano de hierro al régimen tigray.

Reportaje publicado en Esglobal

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