Un gallego de Baltimore y la purga soviética que enfrentó a Hemingway y Dos Passos

El 2 de julio de 1961 John Dos Passos recibió tres llamadas. Contestó a las dos primeras. A la tercera prefirió coger el coche y dejar que el teléfono, que por entonces no había aprendido aún a escapar de las paredes, siguiera sonando. Los periodistas no iban a dejar de llamar: Ernest Hemingway se había pegado un tiro con la misma escopeta con la que acostumbraba a matar palomas.

París ya no era una fiesta.

Antes de escabullirse hacia ese lugar al que huimos todos cuando nos alcanzan los recuerdos, el cementerio, la barra del bar o la hoja en blanco, John Dos Passos tuvo tiempo de lamentar la muerte del gran escritor, del premio Nobel. Dijo de él que “era un talento magnífico”. De su relación personal, de aquello que un día fueron, amigos, camaradas, quizá sólo dos escritores con la guerra en la memoria, no quiso hablar. De eso ya se encargarían los periodistas, fieles a esa felicidad que deja siempre en el gremio las malas noticias. Sólo cuando escuchó a su hija citar un artículo sobre la amistad torturada entre los dos genios, John Dos Passos intervino: “No, éramos amigos y lo fuimos hasta el final. Hasta que él se mató”.

Meses antes, tras la muerte de Katie, la primera esposa de Dos Passos y amiga de la infancia de Hemingway, Dos y Hem, que así se llamaban entre ellos, se habían vuelto a ver. Al menos así se lo relató a Juan Cruz el nieto de Dos Passos durante el rodaje en 2014 de documental Duelo al sol: “Se vieron en Cuba y por lo visto conversaron durante varias horas. No sé de qué hablaron y las cartas tampoco lo revelan, pero llegaron a una especie de acercamiento”.

Pero, ¿que había llevado a dos de los autores más importantes de la literatura norteamericana del siglo XX a distanciarse hasta el punto de dedicarse un desprecio visceral en forma de personajes, el George Elbert Warner del Century’s Ebb de Dos Passos o el “pez piloto” de A Moveable Feast (París era una fiesta en su versión en castellano) de Hemingway? La respuesta, como tantas otras, nace en 1936. En el asesinato de un gallego de Baltimore. José Robles.

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Si dicen que los de Bilbao nacen donde quieren, nadie duda de que los gallegos llevan el mundo en la maleta. Y la de José Robles tenía un pedazo de Compostela, algo de Madrid y un sinfín de estampas de Baltimore. Hijo de un archivero que en su tiempo libre traducía poesía gallega, José Robles tenía 19 años y una matrícula de Filosofía y Letras en la Universidad de Madrid cuando durante una excursión a Toledo en un vagón de tercera clase entabló conversación con un norteamericano apenas un año mayor que él. Uno quería mejorar su español, el otro aprender inglés de una vez por todas. De aquella charla que acabó frente al Entierro del conde de Orgaz surgió una amistad que cuando en la primavera de 1920, cuatro años más tarde de aquel encuentro toledano, el compostelano aterrizó en Estados Unidos con un puesto como profesor en la Universidad Johns Hopkins, se había ganado ya el título de para siempre: después de todo, fue a través de Robles como Dos Passos descubrió a Valle-Inclán y Los cuernos de don friolera. No hay amistad que pueda romperse después de eso.

La relación entre ambos, retratada por el historiador español Ignacio Martínez de Pisón en su libro Enterrar a los muertos (Seix Barral), crece al calor de la correspondencia. Uno le hablaba de la vida provinciana en Baltimore, de sus progresos con los clásicos rusos y del fracaso de su “interminable novela”. El otro de lo difícil que le resultaba encontrar piso en la Nueva York del “nuevo Babylon”. Al menos dos veces al año, antes y después de cada viaje a España para disfrutar de las largas vacaciones universitarias, los Robles -por entonces ya una familia con dos hijos- hacían escala en el apartamento neoyorkino de Dos Passos. Fue en uno de estos encuentros donde presumiblemente decidieron que sería Pepe Robles quien tradujese al español Manhattan Transfer, una de las obras más icónicas de la llamada generación perdida de la literatura norteamericana.

De uno de aquellos viajes, el de 1936, José Robles no regresó.

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Esto es una guerra, ¿Qué es la vida de un hombre en un momento como éste?

Ernest Hemingway y John Dos Passos, y con ellos toda la izquierda internacional de la época, tenían una respuesta distinta para esta pregunta. Un dilema moral que subyace todavía en el ideario de la política reformista moderna: ¿es posible vencer la contienda sin mancharse las manos? La revolución pasiva. La revolución permanente. El partido. Las personas.

Aquella duda, aquella nube gris, fue conquistándolo todo. Las ideas. Los horizontes. Las amistades. Algunos, como Alberti , compañero de tertulia de José Robles en el Ideal Room en la Valencia republicana, prefirieron callar. “Decían que estaba probado que Robles era un espía y lo fusilaron”, escribiría el poeta años más tarde. Otros, como Eugenio Granell, refugio del surrealismo, nunca se lo perdonaron. A los que habían cruzado el Atlántico para defender a la República, como Hemingway y Dos Passos, la duda tampoco dejó de corroerlos.

Desde su llegada a España en el invierno del 37 para colaborar con Hemingway en el guión de Tierra española, Dos Passos no había parado de hacer las preguntas que a la mujer de Robles, Márgara Villegas, traductora también de su Rocinante vuelve al camino, no le dejaban hacer. ¿Estaba todavía vivo José Robles?

Desde que un grupo de hombres armados irrumpieran en su casa una noche oscura, como todas las noches en las que se lee a Edgar Allan Poe, a finales del 36 para llevarlo a la cárcel de extranjeros junto al Turia, poco se sabía de él. Todo era un error. Pronto lo liberarían, le repetía a su mujer, quien sabe si con la certeza del que ya no le quedan consuelos para sí mismo, en las dos veces que lo pudo visitar. Pero, ¿cómo iban a liberarlo si nadie sabía de que estaba acusado?

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Aunque procedía de una familia monárquica y conservadora -de hecho su hermano Ramón llegaría a ser capitán general durante el franquismo-, José Robles era un republicano convencido. Pero no militante. Cuando la guerra lo alcanza durante una de sus estadías de verano en Madrid, el gallego de Baltimore decide ignorar las recomendaciones del agregado militar norteamericano para volver a la Johns Hopkins y prefiere quedarse, primero en Madrid, después en Valencia. Todavía no lo sabía, pero José Robles estaba a punto de ser asesinado.

A finales del 36, el hombre que había aprendido ruso leyendo a Dostoyevski prestaba sus servicios al Ministerio da Guerra y a la embajada soviética, lo que al fin y al cabo venía a ser lo mismo, pues detrás estaba Vladimir Gorev, el más brillante de los generales enviados por Stalin para defender a la República y al que la defensa de Madrid encumbró como el hombre más poderoso de la península ibérica. No había rincón en la España republicana en el que no se loara a “Sancho”, como se hacía llamar en la tierra de Don Quijote.

El gallego que hablaba ruso era su hombre de confianza. El hombre que sabía lo que susurraban todos: los espías, los sublevados, el Buró…De tanto saber, Robles acabó muriendo. Parece probado que fueron los hombres de Alexander Orlov, el hombre tras el “oro de Moscú”, quienes lo ejecutaron. Hay quien, como Francisco Ayala en sus memorias, apunta a una indiscreción en los planes soviéticos de aplastar a las milicias de la otra izquierda revolucionaria, la de la CNT o el POUM. Hay quien, como Martínez Pisón en su libro, apuntan a la pugna silenciosa que los militares rusos, con Gorev al frente, empezaban a librar con los servicios secretos de la NKVD de Orlov y que acabaría a su vuelta de la guerra civil española con la gran purga de los líderes militares que habían combatido junto a trotskistas, anarquistas y republicanos. A Gorev mandó fusilarlo Stalin nada más poner un pie en Moscú. Entre las pruebas contra él, que su hombre en España, Robles Pazos, era un espía. “A Robles se le detuvo para ejecutarle y, por perverso que parezca, era su ejecución la que debía de convertirse en la principal prueba de su traición. No se fusiló a un traidor: se fusiló a un hombre para hacer de él un traidor”, escribe el historiador ganador de un Goya por Las Trece Rosas.

Aunque en los mentideros republicanos la ejecución de Robles era un secreto a voces, nadie se atrevía a confirmarlo oficialmente. Ni a su familia. Ni mucho menos a John Dos Passos. Fue el propio Hemingway, quien sabía de la muerte de Robles por boca de la también escritora Josephine Herbst, el que puso fin durante una fiesta en el cuartel de las Brigadas Internacionales a la agonía de Dos: José Robles, el gallego de Baltimore, estaba muerto.

A partir de entonces, la historia ya no volvió a ser la misma. Ni la de la literatura. Ni la de la guerra. Dos Passos dejó España, dolido, en palabras de la propia Herbst, “no sólo por el destino de su amigo, sino también por la actitud de cierta gente que se tomaba la guerra como un deporte” y se alejó para siempre del dogmatismo comunista. Su visión “idealista” del mundo, en palabras de su propia hija, Lucy, le llevó a no abandonar nunca a los Robles: consiguió un acta de defunción para que pudieran cobrar el seguro de vida cuyas cuotas había seguido pagando de su bolsillo. Pero su desencanto, esas nubes que nunca se borran del cielo, se coló para siempre en sus escritos. Aunque dijo “Adiós a Europa” y a la causa española, nunca pudo olvidar lo que allí ocurrió. Le dolía España. Allí perdió a dos amigos. A uno lo mataron. Al otro, al iracundo George Elbert Warner de Century’s Ebb, lo había secuestrado una idea. Por muy noble que ésta fuese.

A Hemingway la huida de su amigo, su cobardía, le dolió como una traición. Estaba convencido que lo de Robles era un caso aislado que no podía hacer tambalear la causa de la República. Y Dos le estaba dando la espalda. Como hacían los traidores.  Al “pez piloto”, escribiría en París era una fiesta, “no hay modo de pescarle, y sólo a los que confían en él se les apresa y se les mata”. Los episodios españoles le granjearon a Hemingway una de las mejores obras de su trayectoria, Por quién doblan las campanas, mas también le dejaron una pregunta revoloteando para siempre en un cielo de gaviotas.

Aquello era una guerra, ¿qué importaba la vida de un hombre?

Reportaje publicado en Jot Down

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