Guatemala, un país secuestrado

En Guatemala son asesinadas 16 personas al día. Una cifra escalofriante que se extiende por todo el Triángulo Norte, de El Salvador a Honduras, pero que esconde una realidad todavía más dolorosa: los que resisten caminan mirando hacia atrás. Presos del miedo de una sociedad secuestrada por la corrupción política y la tiranía de las pandillas.

Guatemala, la Guatemala surgida tras los acuerdos de paz de 1996, es un país de ricos lleno de pobres. Ambos, los que pasean con sus coches de alta cilindrada por los barrios acristalados de la capital y los que muerden las manos por no tener nada más que morder, comparten un mismo escenario. Pero viven en escenas paralelas: Del pasado de Cayalá a la barriada del Gallito hay apenas nueve kilómetros, tantos como los círculos que conducen al infierno.

Al llegar allí, a ese infierno en la tierra en el que se han convertido las ciudades sombra que salpican las grandes capitales del mundo, los slums de África, las favelas de Brasil o las barriadas centroamericanas, uno sólo piensa en salir. En dejar atrás cuanto antes las montañas de basura, los colchones raídos y las amenazas en las paredes. Pero aquí abajo no hay escuelas ni oportunidades. Aquí abajo hay armas, hambre y la promesa de un futuro conquistado a base de asesinatos.

Es aquí donde las maras, las pandillas surgidas en Estados Unidos pero cuyo legado sangriento domina ahora Centroamérica, encuentran a los chicos. A sus soldados. En un país donde el 59,3% de la población vive bajo la línea de la pobreza (esto es con menos de 1.339 dólares al año), las pandillas son a menudo la única salida. O al menos la salida más fácil.

Frente a la mano dura, a los que reclaman la reimplantación de la pena de muerte, hay quien, como don Otto, propone una revolución. Una revolución sencilla. Hacer zapatos. La revolución de las pequeñas cosas. Porque hacer zapatos es mucho más que cortar materiales, ahormarlos y empaquetarlos. Hacer zapatos en un barriada de Guatemala es enseñarles a los chicos que pueden construir su propio futuro al margen de la violencia.

Lo bueno es que don Otto no está sólo. No le ayudan los políticos, empeñados en proteger un modelo de corrupción que ha enviado ya a un presidente a prisión y mantiene al actual, Jimmy Morales, contra las cuerdas, ni tampoco una sociedad ensimismada en contemplar Guatemala desde la terraza de un centro comercial: el infierno queda allí demasiado lejos del cielo. A don Otto le ayudan otros como él. Gente como Juan Carlos Molina y su escuela “para los niños olvidados” donde han ido a parar más de un centenar de jóvenes en riesgo de exclusión social. O entidades como Techo y sus proyectos para mejorar las viviendas de los asentamientos informales de la capital.

De que don Otto y su revolución tenga éxito depende más que nunca el futuro de Guatemala. La controvertida política migratoria de la administración Trump, empeñada en devolver a Centroamérica a miles de migrantes -en un movimiento que recuerda a lo ocurrido en los años 90, cuando miles de jóvenes fueron deportados desde Estados Unidos-, convierte a la región en una bomba de relojería: miles de jóvenes desencantados y sin formación en manos de las pandillas.

Para desactivarla hace falta algo más que operaciones policiales y discursos grandilocuentes. Hacen faltan programas de reinserción social en las cárceles, escuelas en las barriadas y, sobre todo, que a nadie se le juzgue de antemano por nacer en el infierno: si les dan una oportunidad, los chicos de la barriada a menudo escogen los zapatos a las armas. Por tanto, cuantos más niños se sumen a la tregua de los zapatos, menos motivos tendrá Guatemala para seguir caminando con la cabeza vuelta a la espera de la próxima balacera.

Trabajo para la revista El Ciervo

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