Birmania espera su propia primavera

Tras más de medio siglo de primaveras secuestradas por la dictadura militar que sumió al país en la miseria, Birmania cuenta los días que aún restan de invierno. Nadie sabe todavía cuantos serán. Los parlamentarios de la Liga Nacional para la Democracia (NLD) han tomado ya sus escaños tras su histórica victoria electoral de noviembre y su líder, la premio Nobel de la Paz,  habla de democracia, paz y progreso. Mas sus palabras rehuyen el genocidio de la minoría musulmana rohingya, el conflicto armado con las guerrillas étnicas y la corrupción oligárquica de un régimen militar que aún controla el destino de un pueblo que hace décadas que dejó de esperar la primavera.

Desde hace unos meses, en Yangon, la ciudad de los edificios de acuarela, la lluvia es naranja. De un naranja suave, casi pálido, que inunda las calles de la ciudad en cada arrebato del monzón. Como los que sobrevinieron la noche electoral. O casi todas las noches de aquella semana de noviembre en la que a cuentagotas los escaños iban cayendo del lado de la NLD. Hasta un 80% al final del recuento. Pero la lluvia naranja no moja. Las calles amanecen secas y la mayoría bamar disfruta de las promesas de cambio que llenan los periódicos y los informativos. Tras medio siglo de dictadura militar, Birmania por fin habla de democracia. De desarrollo. De futuro. Aung San Suu Kyi, “Mama Suu” como se la conoce popularmente en la ciudad, por fin parece haber domado a los uniformados.

El pasado 1 de febrero, ataviados con las túnicas de la lluvia naranja, los 390 diputados de la NLD en el Parlamento tomaron posesión de sus asientos. Por primera vez desde que el país regresó a un gobierno pseudo-civil en 2010 eran mayoría. Como lo son también en la cámara Alta. Suu Kyi, con el pelo recogido en flores de jazmín y el emblema del partido, el pavo real, en los motivos que decoraban su longyi -el atuendo tradicional del país-, entró también al Parlamento, ubicado en la megalómana capital del país, Nay Pyi Taw, para ver como su histórico aliado Win Myint eran nombrado presidente. Ti Kuhn Myat, del hasta ahora gobernante Partido para el Desarrollo y la Solidaridad de la Unión (USDP), el partido de los uniformados, fue elegido vicepresidente en uno de esos gestos pragmáticos que “La Dama” ha adoptado en los últimos meses para que, a diferencia de lo que ocurrió en 1990, los militares no vuelvan a secuestrar la primavera.

Porque Birmania sigue siendo todavía una “democracia disciplinada”. La Constitución de 2008 otorga a las Fuerzas Armadas el 25 por ciento de los diputados, y los ministros de Interior, Defensa y Fronteras recaerán por mandato constitucional en miembros del Tatmadaw, el temido Ejército birmano quien podría tomar el poder en caso de peligro grave para el país. De esta manera, los militares mantendrán el control sobre el aparato de seguridad del Estado, incluyendo las fuerzas de seguridad y la Policía política. Además, tras más de medio siglo de dictadura castrense, el Ejército ha copado todos los estratos de poder: la administración pública está formada por antiguos oficiales y los grandes empresarios, con intereses en las minas de jade y rubíes, el tabaco y los sectores agrícola, textil y bancario, mantienen una estrecha relación con los altos mandos militares.

Suu Kyi es consciente de que necesita al Tatmadaw para poder gobernar el país, por lo que sus concesiones a los militares han sido constantes en los últimos meses: ya no habla de fraude electoral ni de la corrupción militar ni de la violencia sectaria. No hay rastro en sus discursos de los crímenes cometidos durante los 50 años de dictadura ni del genocidio de la minoría rohingya. Con esta estrategia, ha logrado ganarse el apoyo de la rama más moderada del PUSD, la liderada por Shwe Mann, quien pese a ser degradado en una purga interna ordenada por el todavía presidente Thein Sein mantiene una gran ascendencia sobre los uniformados. El nombramiento a finales marzo del nuevo Presidente, cargo al que Suu Kyi no puede optar por veto constitucional, definirá los colores de la primavera en Birmania. U Tin Myo Win, su médico privado y una de las pocas personas que la visitó durante sus 15 años arrestó domiciliario; los activistas Daw Su Su Lwin y U Htin Kyaw; y el exgeneral U Tin Oo, uno de los pocos militares que apoyó el levantamiento democrático de 1988, se perfilan como candidatos. En los últimos días se especula incluso con una reforma constitucional que permita a “La Dama” acceder al cargo. “Aún es demasiado pronto para saber hasta que punto Suu Kyi está dispuesta a ceder frente a los militares, pero es indudable que el sistema está formado para que ellos sigan teniendo un papel importante. Las posibilidades del nuevo gobierno de cambiar las cosas en Myanmar son enormes, pero no será algo rápido. Es iluso pensar que Myanmar se puede librar del control militar de un día para otro”, afirma el politólogo Hugo Cuello, quien ha trabajado como consultor de riesgos políticos en el país.

En el distrito portuario de Yangon, la mayoría bamar está esperanzada con el cambio. “Hoy es un buen día. Estamos contentos”, aseguraba un joven recepcionista de hotel horas después de que  se conociese la victoria de Suu Kyi. Nadie aquí cree que los militares vuelvan a “secuestrar” la democracia como hicieron en 1990. “Si el antiguo Gobierno no transfiere el poder al NLD continuaremos protestando pacíficamente por la libertad que todos queremos y merecemos”, advirtió a este periodista U Gambira, el que fuera líder de la Revolución Azafrán de 2007, semanas antes de volver a ser detenido por las autoridades.

Las guerras de la Nobel de la Paz

En la avenida Munkhrain, la principal arteria de Myitkyina, al norte de Birmania, las palabras de Suu Kyi suena a un eco lejano y ladino. Aquí la lluvia sigue siendo negra. De ese negro ajado que colorea los ojos tristes, cansados de 60 años de guerra civil. Aunque el Gobierno liderado por el exgeneral Thein Sein firmó el pasado mes de octubre un acuerdo de alto al fuego con ocho guerrillas étnicas, ni el Kachin Independence Army (KIA) ni el ejército Wa, los más poderosos grupos armados de las minorías étnicas, se avinieron al pacto, respaldados por la influencia china.

“Sobre la mesa el Gobierno está poniendo buenas palabras, pero al mismo tiempo nos continúan atacando”, explica Htang Kai Naung, responsable de la Kachin Legal Aid Network, en su pequeño despacho de la capital del estado Kachin.  “Seguimos en guerra. Nos siguen atacando”, añade la activista kachin Khon Ja. Los enfrentamientos entre la guerrilla y el Tatmadaw son constantes y centenares de familias se ven obligadas a dejar sus tierras, una escena que se repite en los dominios de la etnia Shan, unos 800 kilómetros al sur de Myitkyina. Allí, según los datos de la Shan Community Based Organisations, el Ejército birmano lleva meses bombardeando y hostigando a la poblaciones que rodean Mong Nawng. El mismo día de las elecciones dos granjeros de la etnia Shan fueron tiroteados por el Ejército. Más de 10.000 personas han tenido ya que refugiarse. “El Tatmadaw es un obstáculo para la creación de un Estado Federal (…) y no hay una salida para acabar con la guerra civil que no pase por aceptar un Estado federal y democrático. Si realmente quieren la paz y la estabilidad en el país, deben cambiar su actitud. Sin embargo, los políticos birmanos no están dispuestos a hablar abiertamente acerca del tema federal”, asevera Sai Hor Hseng, portavoz de la Shan Human Rights Foundation.

Los silencios de Suu Kyi sobre el conflicto étnico y el genocidio de la minoría roghingya, que vive confinada en los campos de refugiados de la bahía de Bengala en condiciones que recuerdan a las del apartheid sudafricano: sin libertad de movimientos ni acceso a los servicios públicos y con sus derechos como ciudadanos -incluido el de votar o el de ser elegidos como representantes políticos- suspendidos, han lacerado la imagen icónica que “La Dama” se había labrado en Occidente. “Ha decepcionado a mucha gente al evitar posicionarse claramente en algunos temas de derechos humanos, no sólo en el caso de los rohingya”, reconoce Chris Lewa, responsable de la organización Arakan Project.

“Sus palabras deben transformarse en acción”, resume Sai Hor Hseng. Es hora de que la lluvia coloreé toda Birmania. De lo contrario, la primavera seguirá secuestrada.

Reportaje publicado en el número de febrero 2016 de La Marea

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