Sudán del Sur, equilibrios geopolíticos en las conversaciones de paz

Las conversaciones para revivir el acuerdo de paz de 2015 en Sudán del Sur han vuelto a fracasar. La última ronda de negociaciones, celebrada en mayo en Addis Abeba, concluyó sin apenas avances. La Autoridad Intergubernamental para el Desarrollo (IGAD), el organismo regional apoyado por la comunidad internacional para liderar el proceso de paz, reconocía que el fin del conflicto que ha dejado ya miles de miles de muertos y ha obligado a dejar sus casas a casi cuatro millones de personas está todavía demasiado lejos: “A pesar de los esfuerzos realizados hasta el momento por todas las partes no hay suficientes compromisos para superar las cuestiones pendientes en materia de gobernanza y seguridad”.

El escenario interno sigue encallado y si cabe más fragmentado. La bicefalia en el movimiento rebelde del SPLM-In Opposition (SPLM-IO) se ha traducido ya a su estrategia negociadora: mientras la facción liderada desde la escisión de 2016 por Taban Deng e integrada recientemente dentro del Gobierno de unidad nacional veía con buenos ojos la propuesta del IGAD por la que el Ejecutivo del dinka Salva Kiir ampliaría su poder hasta el 55% en la administración transitoria, el líder histórico de la oposición, Riek Machar, exiliado en Sudáfrica, rechazaba cualquier acuerdo en el que este no recuperase su posición como vicepresidente en sustitución de Deng. Además, frente a la propuesta que reducía su poder en el nuevo ejecutivo del 33 al 25%, la delegación de Machar, encabeza por Henry Odwar, exigía un reparto 40-40% del poder ejecutivo y militar, con un 20% para los demás grupos rebeldes.

Porque aunque habitualmente el conflicto desencadenado en 2013, poco más de dos años después de celebrar su independencia del norte, se explica como un enfrentamiento tribal entre la etnia dinka del presidente Salva Kiir y los rebeldes nuer de Riel Machar, son en realidad más de una docena los actores implicados en un relato de alianzas que cambia día a día: el último en llegar, el Sudán del Sur-Frente Unido (SS-FU) liderado por el exjefe del Estado Mayor del Ejército y antiguo aliado del presidente Kiir, Paul Malong, quien está acusado de cometer violaciones contra los derechos humanos al mando de las temidas milicias ‘Dot Ke Beny’.

En realidad, tal y como señaló ante el subcomité de relaciones internacionales del Senado norteamericano el coordinador del panel del expertos de la ONU en el país africano, Payton Knopf, en Sudán del Sur se están produciendo cinco guerras civiles al mismo tiempo: una guerra de resistencia en Juba por parte de la población de la región de la Gran Ecuatoria contra el régimen de Kiir (1); una disputa territorial entre los dinka y los shilluk en el Alto Nilo (2); una batalla interna entre los nuer en Unity (3); una ofensiva para imponer la primacía dika en Bahr el Ghazal (4); y unas ‘crisis de conveniencia’ en los lagos y la región de Jonglei que son utilizadas por Kiir y sus aliados para distraer la atención (5).

En este contexto, la diplomacia internacional mueve también sus cartas. En ocasiones a ambos bandos. Estados Unidos busca salvar su gran apuesta en África frente al contrapunto que imponen Rusia y, sobre todo, China. Sus vecinos africanos, marcados por las rencillas históricas que condicionan sus políticas exteriores, maniobran para preservar sus intereses sin que esto alimente el contagio regional de conflicto, el gran temor compartido por todos los actores.

Estados Unidos: el sueño truncado de Obama

Estados Unidos fue uno de los grandes aliados en la independencia de Sudán del Sur. Ante el temor a la ‘arabización” impulsada por el Gobierno de Khartum, las administraciones Bush y Obama vieron en la secesión del sur, cristiano y animista, una oportunidad para apuntarse un logro diplomático al tiempo que afianzaban la lucha antiterrorista en la región.

La estrategia “African solutions for African problems”, buque insignia de las políticas norteamericanas en el continente durante el mandato de Obama, se tornó un fracasó en Sudán del Sur: el país se sumió en la guerra en diciembre de 2013 y los sucesivos procesos de paz, incluida la tregua firmada en 2015 con la creación del gobierno de transición, han acabado saltando por los aires. “Uno de los grandes errores de las tres administraciones norteamericanas fue pensar que el acuerdo de paz firmado en 2005 con Sudán serviría para solucionar todos los problemas, por lo que no afrontaron los conflictos internos en Sudán del Sur”, apunta la experta en el proceso de paz de la universidad de Pretoria Emmaculate Asige.

La llegada de Trump, “mucho más preocupado por las cuestiones internas”, remarca Asige, ha apartado la situación en Sudán del Sur de la agenda de prioridades. Pese a la propuesta de un grupo de senadores para que el Estados Unidos liderase un proceso político en el país africano, el Ejecutivo de Trump mantiene su idea de que sea el IGAD el que encabece las conversaciones de paz.

No obstante, el fracaso de la ronda de negociaciones del pasado mayo parece haber espoleado a la administración Trump. “Se ha acabado la paciencia con el status quo” en Sudán del Sur, escribió en The Washington Post la embajadora norteamericana en la ONU Nikki Haley, mientras el Consejo de Seguridad aprobaba con seis abstenciones una resolución de embargo si los enfrentamientos no cesan antes del próximo 30 de junio.

“Estados Unidos ha hecho grandes esfuerzos para detener la guerra, especialmente para atender las emergencias humanitarias y apoyar las conversaciones de paz. Ahora está tratando de presionar a las líderes para obtener algún tipo de acuerdo”. El problema, continúa Asige, “es que su influencia se reduce a las élites, está lejos de lo que sucede en la calle: pueden hacer caer a Salva Kiir, pero su gente continuará luchando y Estados Unidos seguirá frustrado”.

El papel de Estados Unidos, apunta el profesor de Estudios Africanos de la Universidad de Fordham en un artículo para Newsweek, debería encaminarse a crear “una coalición de actores regionales e internacionales, incluidos la ONU y la Unión Africana, para abordar la situación de seguridad y catástrofe humanitaria” en Sudán del Sur. “Aunque la solución no existe una solución rápida, Estados Unidos puede crear los condicionantes para acercar” la paz.

China: el experimento de intervención en Sudán del Sur

La política de ‘no-intervención’ ha sido siempre una máxima de la diplomacia China. Por eso, su actuación en Sudán del Sur, con su despliegue en 2013 primero para salvaguardar a los empresarios y trabajadores chinos que se habían desplazado masivamente a Juba tras la independencia y después por motivos humanitarios, puede considerarse una excepción. Un experimento, como fue definido por los analistas de Crisis Group: “Los intereses de China en Sudán del Sur y las sólidas relaciones con los mediadores regionales hacen del país africano un campo de pruebas ideal para el enfoque cada vez más matizado de Beijing hacia la ‘no interferencia’”.

El gigante asiático, a través de la China National Petroleum Corporation (CNPC), controla el negocio petrolífero a ambos lados de la frontera: buena parte de los campos están en el Sur, pero se transporta por el oleoducto de Khartoum. Esto le otorga un papel decisivo como mediador, tanto ante las injerencias de Sudán por el control de la región fronteriza de Abyei como en la guerra interna entre el Gobierno y los rebeldes. Aunque algunos informes resaltan el apoyo que China ofrece a Kiir suministrándole armas, no es menos cierto que Beijing mantiene un pacto con los rebeldes a cambio de que estos no ataquen los pozos e infraestructuras petrolíferas.

“China permanece aparentemente en silencio, pero está haciendo mucho trabajo diplomático entre bastidores para garantizar que sus intereses en la región y en el país se mantengan protegidos”, señala un trabajo del investigador del College of Social Science Center de Addis Abeba, Tewodros Membratu.

A diferencia de Estados Unidos, China sí mantiene una capacidad de influencia real y se mantiene reacia a una intervención militar directa. Su postura, partidaria de una política persuasiva más que punitiva, va encaminada a mantener el status quo: no derrocar al régimen de Kiir mientras proteja sus intereses y los excesos humanitarios no sobrepasen la línea roja.

Rusia: el cómplice necesario

Aunque carece de la influencia directa que puede tener China, Rusia juega también un papel importante en el escenario geopolítico en Sudán del Sur. La construcción de refinerías de la compañía rusa Safinat, así como otras inversiones en infraestructuras energéticas se enmarcan dentro de la estrategia marcada por Putin tras la cumbre de Sochi en 2017 para mantener esferas de influencia que garanticen el control de recursos naturales y de comunicaciones a través del mar Rojo.

“La región no es imperativa ni prioritaria, pero sí tiene una incidencia colateral dentro de la perspectiva rusa por asegurarse esferas de influencia tras el acuerdo de Sochi. Para China, el Mar Rojo y Sudán del Sur sí son estratégicas a largo plazo. Rusia aceptaría la presencia China, pero siempre garantizando igualmente la persistencia de sus intereses”, explica el analista del Instituto Galego de Análise e Documentación Internacional (IGADI), Roberto Mansilla.

En la actual reconfiguración de la geopolítica internacional, Sudán del Sur es un escenario colateral y periférico, pero en el que Estados Unidos y China “mantienen una competición” alimentada por las llamas del tribalismo en un contexto volátil “creado por la mezcla de religión y petróleo”, escribió el profesor de Harvard Calestous Juma. Rusia, el otro gran actor del escenario internacional, se mantiene por ahora en segundo plano, apoyando los vetos chinos a las sanciones del Consejo de Seguridad, pero con un claro interés: garantizar su esfera de influencia en el cuerno de África, la península arábiga y el mar de Adén.

Unión Europea: actor secundario

Hasta la fecha, el papel de la Unión Europea se ha limitado a la asistencia humanitaria. En 2017 destinó 350 millones de euros para atender las necesidades básicas de más de dos millones de refugiados y desplazados internos. Sin embargo, su agenda ha estado supeditada a las posiciones marcadas por la ‘Troika’ (Estados Unidos, Reino Unido y Noruega): la lucha contra el lavado de dinero como prioridad.

La respuesta de la UE a la crisis en Sudán del Sur, exponen los autores del informe EuroPressure: EU Financial Leverage for Impact in South Sudan, Brad Brooks-Rubin y Jonathan Benton, se ha limitado a la ayuda financiera y al apoyo humanitario, en lugar un impulsar un enfoque integral que aproveche “sus influencias para impulsar un cambio real en el país”.


La incertidumbre provocada por la llegada de la administración Trump ha permitido a la UE mostrar por primera vez su liderazgo con la imposición el pasado febrero de sanciones contra varios líderes militares sursudaneses. El problema, aseguran en su último trabajo los investigadores Matthew LeRiche y Erica Marsh, es que la imposición de sanciones se ha revelado como un método “inefectivo”: en primer lugar porque China y Rusia ya vetaron en una ocasión un embargo total; en segundo lugar porque han ido dirigidas exclusivamente a un limitado grupo de líderes militares y empresarios, “cuando deberían ser impuestas estratégicamente a todas los cómplices implicados, incluidos aquellos que están fuera del país”, subrayan LeRiche y Marsh.

Aunque su influencia directa sobre Sudán del Sur es limitada, la UE sí puede desempeñar una labor fundamental para detener el conflicto presionando a países vecinos, especialmente Kenia y Uganda, para que dejen de armar al régimen de Kiir. Reducir sus aportaciones humanitarias a ambos países o utilizar su poder en el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional para bloquear la llegada de nuevas partidas puede resultar una estrategia efectiva.

África del Este: el temor al contagio regional

Aunque oficialmente tanto Kenia como Uganda se mantienen neutrales, el apoyo de ambos países al Ejecutivo de Salva Kiir es indudable. El mandatario ugandés, Yoweri Museveni, es uno de los aliados históricos del líder dinka, con quien colaboró en la lucha contra la milicia extremista cristiana del Lord´s Resistance Army encabeza por Joseph Kony. Son muchas las voces que apuntan a los beneficios directos que Museveni, el dictador ‘maravilloso’, obtiene de la guerra en Sudán del Sur a través del suministro de armas, tropas y material de ayuda para el gobierno de Juba. Por su parte Kenia, interesada en conectar el oleoducto de Lamu con los campos de producción sursudaneses a través de Uganda, ha nombrado recientemente al líder opositor -aunque apoyado en esta materia por el presidente Uhuru Kenyatta tras al pacto de Harambee House– Raila Odinga como representante del país en las conversaciones de paz sobre Sudán del Sur. Asimismo, tomará el cargo como enviado especial de la Unión Africana. “Odinga está bajo la influencia de Juba”, señala uno de los asesores civiles que participó en las recientes negociación de paz en Addis Abeba, pero que prefiere mantenerse en el anonimato.

La batalla histórica por el dominio regional entre Uganda y Sudán tiene en el vecino del Sur su último escenario. Oficialmente, Khartoum se mantiene del lado del presidente Kiir, pero mantiene una línea abierta con los rebeldes encabezados por Machar. La connivencia del líder dinka con las milicias sudanesas y darfuríes enfrentadas al presidente Omar al-Bashir -JEM and SPLM-N, unidas bajo el mando Sudan Revolutionary Front (SRF)- y apoyadas por Uganda conducen al Ejecutivo de Khartoum a mantener este doble juego.

Un contexto que acerca el gran temor de la comunidad internacional: el contagio regional del conflicto. “La falta de autoridad gubernamental en parte del territorio sursudanés permite la llegada potencial de grupos rebeldes desde Etiopía, Congo o Darfur. En los próximos años, esto será un foco de inestabilidad y países como Kenia o Uganda estarán en riesgo porque todas estas milicias se reunirán en Sudán del Sur”, sentencia Emmaculate Asige.

Etiopía: el mediador que podría encender la mecha

La paz en Sudán del Sur supondría un gran alivio para Etiopía. En primer lugar para evitar que el flujo de refugiados colapse ya una de las áreas más pobres del país; en segundo lugar, y quizá más importante por los nuevos líderes etíopes, para que los grupos rebeldes nuer que se asientan en la frontera no extiendan su lucha al territorio etíope. Por todo ello, Etiopía se ha erigido desde el primer momento en uno de los principales mediadores en las conversaciones de paz.

Pero detrás de esta neutralidad oficial se esconde un apoyo implícito a la milicia encabezada por Machar, lo que ha llevado al Gobierno de Kiir a estrechar relaciones con Eritrea, antiguo aliado de los rebeldes nuer pero ante todo enfrentado a Etiopía. La recuperación de las relaciones bilaterales Juba-Asmara, de los vuelos directos entre ambos países o el envío de asistencia humanitaria a través del puerto eritreo de Massawa ha sido interpretado por los analistas internacionales como una respuesta de Sudán del Sur a Etiopía por su apoyo a los rebeldes, así como una advertencia para que en su papel de líder del IGAD bloquee la propuesta norteamericana de incrementar las sanciones sobre el régimen de Kiir.

En este escenario, Egipto, enfrentado a Etiopía por la construcción de la presa Grand Renaissance en Nilo Azul al entender que podría afectar al abastecimiento del río, se ha convertido en el otro gran aliado regional del Gobierno de Kiir, con quien trabaja mano a mano para aumentar el caudal del Nilo Blanco. A cambio, las autoridades egipcias han reiterado ya su disposición a enviar tropas a Sudán del Sur si el presidente Kiir lo necesitase, un movimiento que podría abrir la caja de Pandora y causar un conflicto internacional.

Reportaje publicado en EsGlobal

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