Las tensiones que vuelven a asomar en el norte de Uganda

Aunque el crecimiento económico y la mano de hierro del presidente Museveni mantiene la estabilidad en el país, las tensiones comienzan a acumularse al norte de Uganda: los conflictos en República Democrática del Congo y Sudán del Sur amenazan con extenderse al otro lado de la frontera, al tiempo que el descontento crece en el territorio Rwenzururu y entre las antiguas milicias ‘Arrow Boys’.

Hace cuatro años el camino que une Hoima con Kyenjojo se volvía un barrizal con la llegada de las lluvias. Hoy es la mejor carretera del país. “Desde que esto es la ‘Oil City’ no han parado de construir”, asegura Joseph. Un aeropuerto que estará listo en 2020, una refinería y un oleoducto para llevar el crudo hasta Tanzania son los grandes proyectos en marcha. Pero este mediodía, bajo el sol inmisericorde de estas latitudes, cuatro chiquillos avanzan completamente desnudos por esa misma carretera. Suben sonriendo, sudando, sin reparar en que el asfalto impoluto del petróleo le quemaría los pies a cualquier otro.

“Lo que pasa aquí es que la riqueza no llega a todos”, subraya Joseph, nacido al otro lado del país, pero con más de cuatro décadas en Hoima, mientras detiene el 4×4 para esperar a que se aparte un rebaño de vacas. Más allá del crecimiento macroeconómico cercano al 7% de los últimos años años -a excepción del 2,3% de 2016-, el 20% de la población ugandesa vive por debajo del umbral de la pobreza. Y lo que parece más problemático en el segundo país con la población más joven del mundo -el 49% menor de 14 años-, el desempleo juvenil supera el 60%.

Pese al intento de aplacar el descontento social con el cierre de medios de comunicación y ONGs, el encarcelamiento de líderes opositores y la aprobación el pasado mayo de una polémica ley que grava el uso de las redes sociales, cada vez son más las voces que se levantan contra el régimen de Museveni. En las montañas Rwenzori la comunidad bakonzo lleva más de una década reclamando la soberanía sobre el territorio del histórico reino Rwenzururu. Si bien en 2009 recuperó el reconocimiento institucional -aunque sin poder real- que le había sido arrebatado durante el régimen de Milton Obote, los enfrentamientos con las fuerzas gubernamentales nunca llegaron a desaparecer y en noviembre de 2016 se recrudecieron dejando más de 150 muertos, entre ellos al menos 15 niños, en el asalto al Palacio de Obusinga, en Kasese.

Tras la masacre detuvieron a 180 personas, incluido el rey bakonzo Wesley Mumbere. Todas ellas fueron acusadas de apoyar la insurrección del movimiento Kilhumira Mutima que reclama la proclamación de la República Yiira. “El asalto al palacio en Kasese, el cual mató a más personas que cualquier otro incidente desde el apogeo de la guerra en el norte de Uganda hace más de una década, no debería quedar ocultó bajo la alfombra. El caso todavía no se ha juzgado judicialmente y las familias de Kasese siguen luchando para sobrevivir con las secuelas del horrible asalto”, alerta la responsable de Human Rights Watch en África del Este, Maria Burnett.

Aunque Mumbere y sus guardias se han desmarcado de cualquier movimiento secesionista -algunas fuentes aseguran que se trata de una estrategia puesta en marcha por el propio Gobierno para justificar su ofensiva-, el Ejecutivo de Museveni mantiene la presencia armada en la zona ante la supuesta presencia de guerrilleros bakonza procedentes de la República Democrática del Congo (RDC).

La región, desde el lago Albert al lago Kivu, es desde hace décadas el patio trasero del conflicto en Congo. Milicias como el Frente Democrático Aliado (ADF) campan a un lado y otro de la frontera lucrándose con la exportación de oro, diamantes y otras piedras preciosas con la connivencia del gobierno de Museveni. Las explotaciones en las montañas Rwenzori y en el parque nacional de Virunga generan un negocio millonario. Sólo el tráfico de oro generó el pasado año más de 200 millones de dólares.

Cada vez son más los grupos armados que operan en el zona, convirtiéndola en un escenario de pillajes, ajustes de cuentas e impunidad. Las ‘Mai Mai’, milicias de autodefensa creadas en la década de los 90 para defender al país de los rebeldes apoyados por Ruanda, proliferan sin control: atacan a las tropas desplegadas por la ONU, a los rebeldes y también al Gobierno. Es tal su fiereza que el Ejecutivo de la RDC ha tenido que cerrar el parque nacional de Virunga, el más antiguo de África, hasta 2019 tras el secuestro de dos turistas británicos y la muerte de seis guardas forestales.

A este lado de la frontera, en Kasese, la población se mantiene expectantes. El flujo de refugiados es constante y son muchos los que temen que la guerra venga también tras ellos.

Los ‘Arrow Boys’ y el temor al contagio desde Sudán del Sur

Soroti, 300 kilómetros al sureste de Hoima, es de esas ciudades en las que cuando cae el sol no quedan espacios públicos iluminados. Si acaso la cafetería de un hotel y alguna cantina del centro. Hace trece años que la guerra no golpea la región, pero la vida sigue siendo miserable. “Hay hambre en las aldeas”, asegura Robert Adiama, el que fuera responsable de inteligencia de los ‘Arrow Boys’, el movimiento de autodefensa que detuvo aquí al temido Lord’s Resistance Army (LRA) del delirante Joseph Kony.

Formados en su mayoría por guerrilleros teso que habían luchado a finales de los 80 contra el National Resistance Army (NRA) del entonces líder rebelde Yoweri Museveni, los ‘Arrow Boys’ fueron los únicos capaces de hacer frente a la maquinaria sanguinaria de Kony. “Llegaron aquí tratando de reclutar a más gente para enfrentarse al Gobierno. Quemaron casas y se llevaron a más de 10.000 chicos. Eso enfadó a la población y nos pusimos en marcha: logramos rescatar a 8.000 jóvenes. En una ocasión rescatamos a un grupo de críos acholi y la gente los quería matar, pero los convencimos que ellos no eran culpables, ellos también habían sido reclutados por Kony”.

La atmósfera era “de locura”, continúa Robert, “hacía competiciones, reteniendo a los chicos durante un rato para luego soltarlos y premiar al que primero destrozara el cráneo a los prisioneros”. Estos excesos fueron restando el apoyo que el líder del LRA tenía en principio entre la comunidad acholi. Pero muchos, “bajo el síndrome de Estocolmo” y el rechazo que sentían por un Museveni ya en el Gobierno, seguían amparando sus locuras. “Tuvimos que ‘tribalizar’ ese sentimiento de odio. Era la única estrategia posible”, se justifica Robert. Las emisoras locales, como la Radio Mil Colinas durante el genocidio en Ruanda, llamaba a la acción contra ‘los acholi que nos estaban atacando”.

El Gobierno envió comida y armamento a sus antiguos enemigos. “Éramos 15.000 y nos dieron armas para 7.800”, recuerda el líder de unos de los 12 batallones que se formaron. Tras cuatro años de intensas batallas, el LRA fue derrotado. Como lo sería después en los territorios acholi en la frontera con Kenia y Sudán del Sur. Hasta que el año pasado, la misión multiregional liderada por Estados Unidos y Uganda dejó de perseguir a Kony y los restos de su milicia que todavía resiste en los bosques de la RDC.

Los ‘Arrow Boys’ llevaban ya diez años desmantelados. “Algunos chicos se unieron a las fuerzas armadas ugandesas, otros a la misión de paz en Somalia y otros a grupos paramilitares”. En total son más de 9.000 jóvenes, pero apenas varios centenares están recibiendo ayudas para su reincorporación a la vida civil. “La política de reintegración no se está llevando de manera adecuada. Los conflictos sólo pueden ser contenidos si las mentes de aquellos que participaron en la guerra son liberadas. Si siguen teniendo lo que pasó en sus cabezas, el conflicto puede reanudarse en cualquier momento”, concluye Robert. 

“Los riesgos de armar a los remanentes de un grupo rebelde antigubernamental no deben subestimarse. En esta ocasión, el Gobierno logró ganarse el apoyo de los líderes del grupo, pero fácilmente pudo haber perdido el control”, señala el investigador de Crisis Group, Magnus Taylor.

Ese es el temor de la comunidad internacional. En la región, fronteriza con Sudán del Sur y la RDC, crece el deseo de un cambio de régimen. Nadie aquí ve con buenos ojos la propuesta de Museveni de reformar la Constitución para optar a la reelección en 2021, cuando ya sobrepasaría los 75 años permitidos en la Carta Magna, ni sus movimientos para colocar a su hijo, el general Muhoozi, al frente de cualquier proceso de sucesión. Algunos diputados, como el Reagan Okumu, llevaron recientemente al Parlamento una propuesta de secesión: “O Uganda se convierte en un Estado 100% o iremos hacia la independencia. Tenemos los recursos para tener nuestra propia autonomía y el potencial humano para ser independientes”.

Un proceso, la creación de la bautizada como “República del Nilo’, que asusta a la comunidad internacional, temerosa de que la inestabilidad en Sudán del Sur se extienda al otro lado de la frontera ugandesa. “Si hay un lugar para los grupos rebeldes presentes en Congo o Darfur para aprender a esconderse y formar una milicia ese es Sudán del Sur. En los próximos años está región será un foco de inestabilidad y países como Kenia o Uganda estarán en riesgo”, apunta la investigadora de la universidad de Pretoria, Emmaculate Asige.

Llegado el momento, comunidades como las bakonzo, teso o acholi pueden reclamar su soberanía. Y entonces todo volverá a complicarse. Por lo pronto, afirma Robert Adiama, “si hago una llamada o un anuncio por la radio puedo movilizar a los ‘Arrow Boys’ en menos de dos horas.

Reportaje publicado en Gara

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