Las mujeres que se enrolan contra el yihadismo en Somalia

En Lafoole crece un silencio plomizo. Gris. Como si la calima que nunca termina de huir fuese atascando las palabras a medida que se acercan los soldados. Sólo un grupo de mujeres refugiadas sale al paso de la patrulla de la African Union Mission to Somalia (AMISOM) para pedirles ayuda. Al otro lado de la carretera, los hombres del pueblo observan en silencio. “No te fíes”, alerta uno de los soldados. Las milicias de Al Shabab están entre ellos. De una aldea a menos de 30 kilómetros de aquí, en pleno valle del Shabelle, partieron los camiones que el pasado mes de octubre causaron más de 500 muertos y 300 heridos en un doble atentando en Mogadiscio.

Aunque hace semanas que los yihadistas no atacan a los soldados desplegados en la región de Afgoye (lo harían dos meses después de la visita de este periodista), 25 kilómetros al noroeste de Mogadiscio las tropas del batallón XXI permanecen en alerta máxima. “Aquí puede pasar de todo en cualquier momento. No podemos bajar la guardia”, recuerda el comandante Fredy Waiswa. Los retenes vigilan la entrada y el perímetro de la base. Sobre una pequeña colina, la unidad antiáerea mantiene la mira telescópica sobre la línea del horizonte. Los ojos de Florence Akumu no distinguen al enemigo. Sólo la calima gris. Pero no pueden dejar de mirar. “Es nuestro trabajo, es lo que hemos elegido”, sentencia. A su lado, Joan Yiko, 26 años, uno menos que Florence, corrobora con la cabeza. “Nos gusta formar parte de la misión”, se atreve, al fin, a añadir.

De los 6.223 soldados que conforman el contingente ugandés en Somalia, alrededor de 500 son mujeres. Un 8%, más del doble que lo habitual en las misiones de paz de la ONU. Esto tiene que ver con una tendencia regional, apunta Pablo Castillo-Diaz, analista de ONU mujeres: “Los países del Este de África, como Kenia, Etiopía y Uganda acostumbran a aportar un porcentaje de mujeres más alto que otros países que contribuyen con tropas habitualmente, como India, Pakistán o Egipto”. Además, en los últimos años la ONU ha empezado a incluir como petición expresa el despliegue de más mujeres en las misiones internacionales. En el caso de Somalia, esto se plasmó en 2017 con la resolución 2372, que extendió el mandato de la AMISOM hasta 2018 y en la que se remarca “la importancia de que las mujeres participen de manera efectiva en todas las iniciativas encaminadas al mantenimiento y el fomento de la paz y la seguridad”.

El hecho de que entre las tropas de la AMISOM se desplieguen más mujeres de lo habitual es, sobre todo, una maniobra preventiva para evitar nuevos escándalos sexuales. En 2014, Human Right Watch denunció una veintena de abusos sexuales cometidos por los soldados ugandeses y burundeses. Además de poner en marcha mecanismos para facilitar la denuncia de estas agresiones, la respuesta de la misión internacional consistió en aumentar el número de mujeres entre los miembros de su contingente, una estrategia que la ONU lleva repitiendo desde el año 2000: en ambientes hostiles, las mujeres se sienten más cómodas entre mujeres.

De hecho, mientras los casos de explotación sexual por parte de los cascos azules de Naciones Unidas no han hecho más que repetirse en Haití, Liberia o Sudán del Sur, hasta la fecha ninguna mujer desplegada en estas misiones se ha visto involucrada en los abusos. Un detalle quizá simbólico pero sin duda relevante. “El despliegue de más mujeres es una estrategia contra este tipo de escándalos”, concede Castillo-Diaz, pero para que sea realmente efectivo y logre reducir las agresiones a civiles “es necesario que el porcentaje de mujeres sea significativo y más cercano al 20 o 30% del total”.

Mujeres en primera línea de fuego

Cascos y fusiles descansan a unos metros, junto a las barreras de Hesco que protegen de Al Shabab pero no de la calima. La guardia de Joan y Florence está a punto de terminar y otros dos compañeros van a tomar el relevo. Un gesto de complicidad autoriza el cambio. “La relación es buena, aquí todos somos iguales. Son nuestros hermanos. De hecho”, continúa Florence, “cuando salgamos de aquí vamos a seguir en contacto”. “Vamos a ir a tomar una copa”, bromea uno de los chicos de la unidad.

Al otro lado de la base, levantada sobre lo que fue un campo de entrenamiento de los yihadistas, la escena se repite. Namatovu y Khaemba charlan animadamente con sus compañeros. Están los de su destacamento, los tanques de respuesta rápida, y también un grupo de patrullaje que acaba de volver de Lafoole. Todo está tranquilo afuera. Uno de ellos está aprendiendo francés. Quiere enviarle un mensaje a su mujer, en Kampala, por su aniversario. “Je t’aime”. Khaemba ríe.

Aunque reina la camaradería, mientras no están de servicio los hombres andan con hombres y las mujeres con mujeres. Cuestión de afinidades. Ellos gastan los datos de internet en los videoclips de Sheebah Karungi; ellas en charlar con la familia.

-“Yo tengo una hija de un año y nueve meses e intento hablar con ella cada día. Me mandan todo lo que hace: fotos, vídeos….”, afirma Florence. Sostiene el móvil en la mano. Al otro lado de la pantalla, un cuerpo diminuto de sonrisa contagiosa baila con tanta gracia que por un momento su madre está segura de estar en casa. Y eso que hace ya seis meses que no la abraza. “La echo mucho de menos”.

-¿Es difícil ser madre y estar en el ejército?

Florence ya no tiene la mirada en el móvil. Tampoco en el periodista. A un hombre no le habrías hecho esa pregunta, parece decir. Pero no lo dice. Sus ojos están en el horizonte. Más allá del silencio y del gris.

-“Sí, claro que es difícil, pero esto es lo que hemos elegido”.

El rumor violento, como el de una primavera aplastada, de los T-55 ahoga la conversación. Algo ha pasado afuera. Un nuevo explosivo en la carretera. El tanque de Khaemba avanza a toda velocidad. Ella está al mando. Namatovu controla el cañón. En la misión internacional contra Al Shabab en Somalia las mujeres ocupan también la primera línea de fuego. A diferencia de otros ejércitos, como el estadounidense, donde hasta 2015 el papel de la mujer en puestos de combate estaba restringido por la ‘Combat Exclusión Policy’, aquí mujeres como Khaemba, Namatovu o Florence se encargan de los tanques o las baterías antiaéreas.

Sólo falta por derribar la barrera del poder. No hay mujeres entre los altos mandos. “En la carrera militar lleva mucho tiempo ascender. Hay muchos factores que dificultan el avance de las mujeres dentro del ejército”, entre ellos, apunta Mary Schwoebel, profesora de estudios de resolución de conflictos de la Nova Southeastern University (Florida) que participó en el entrenamiento de las tropas ugandesas desplegadas en Somalia, la discriminación de género y la propia violencia sexual contra las reclutas. “En los centros de entrenamiento en Uganda y Nigeria, fui testigo de cómo, tanto a mujeres con cargo como a aquellas que eran soldado raso, se les exigía que cocinaran y limpiaran aun cuando estas tareas les restaban tiempo para su formación militar. Además, algunas de ellas denunciaron que estaban siendo obligadas a proporcionar servicios sexuales a sus superiores jerárquicos. A veces”, concluye, “es el precio que hay que pagar para entrar en la misión”.

No hay reconstrucción sin mujeres

Por un momento, Mogadiscio no parece una ciudad en guerra. Huele a sal y a shawarma en la playa de Liido. A pizza en la House Cinema. Por un momento, dar a luz en uno de los países con la tasa de mortalidad maternal más elevada del mundo (una de cada doce mujeres muere por causas relacionadas con el embarazo) no parece tan peligroso. “Todo el equipo de la maternidad es nuevo, comprado en China, Dubái y Francia”, subraya, orgullosa, Shamsa Abdullahi. Hace apenas unos días que ha abierto las puertas del Bybook hospital, un centro para mujeres levantado con el dinero de sus casi treinta años en el Reino Unido, y todavía no tiene muchos pacientes. Algunas temen el precio, la gran mayoría el barrio. Taleh, en pleno centro de la ciudad pero lejos del control de las tropas de la AMISOM, sigue siendo territorio de emboscadas. Una de las explosiones de octubre tuvo lugar a pocas calles de aquí.

Aunque los yihadistas fueron expulsados de la capital a finales de 2011, Somalia sigue siendo uno de los países más peligrosos del mundo. Especialmente para las mujeres. La prevalencia de la mutilación general femenina es la más alta del mundo (alcanza el 95%) y tras la retirada de los radicales muchas mujeres han tenido que abandonar el rol que habían adquirido en la esfera pública durante el conflicto. “Los hombres tienden a dominar lo público y las mujeres lo privado. De hecho, en Somalia los hombres son a menudo tratados como visitantes en sus propias casas. Además, a diferencia de los países occidentales, aquí las mujeres son el sostén familiar: las que trabajan la tierra, cuidan del ganado o venden en el mercado. Los donantes occidentales y las agencias de ayuda han socavado significativamente el poder de la mujer dentro de las comunidades transfiriendo los roles y relaciones de género occidentales a Somalia poniendo, por ejemplo, a hombres al frente de proyectos de desarrollo agrícola”, apunta Mary Schwoebel.

Pese a todo, el movimiento femenino ha seguido dando pasos adelante. La representación de mujeres en el Parlamento pasó en las últimas elecciones del 14 al 25% y por primera vez se ha debatido una ley para criminalizar la violencia sexual. “Además, el Gobierno ha aumentado la oferta de ayuda legal gratuita para las víctimas de violencia de género y se han establecido 17 centros de servicios y juzgados itinerantes para incrementar el uso del derecho estatutario”, añade Castillo-Diaz.

Pero si hay un lugar donde el avance de la mujer en Somalia se hace palpable es en la comisaría de Galbeed. “Este es uno de los puntos calientes de la ciudad. Un cruce entre dos barrios. Aquí nos pueden atacar y huir, escondiéndose”, señala el coronel Khalif Abdulla Maalan. Hace apenas unos meses del último ataque. Y semanas desde que cuatro agentes del distrito fueron asesinados cuando volvían a casa.

Hoy hay dos mujeres en sus puestos. Habboon Dree Waswga y Nalan Hussein Ali. “Este es el trabajo más peligroso que existe en Somalia. Lo hacemos sin apenas recursos, pero con el convencimiento de que es nuestra labor y que Allah nos apoya”, asegura la última de ellas, la mayor.

Su mera presencia entre los cuerpos de seguridad del Estado es ya una victoria. Una gran revolución. “En Somalia hay una desigualdad de género extrema. El mero hecho de ver a las mujeres desempeñando roles no habituales, o en puestos de autoridad, o trabajando codo con codo con los hombres en condiciones de igualdad puede ayudar a cambiar actitudes y despertar imaginación y posibilidades para las jóvenes somalíes”, sentencia Castillo-Diaz. “Definitivamente ver a otras somalíes entre las fuerzas de seguridad o a extranjeras en la misión de paz podría servir para hacer ver a las jóvenes que hay otros roles que la mujer puede desarrollar en la sociedad”, coincide la profesora de la Nova Southeastern University.

Ejemplos como el de Liberia, donde el despliegue en 2007 de una unidad de policías indias logró elevar del 6 al 17% el número de agentes femeninos en la Policía Nacional en nueve años, marcan el camino a seguir a Somalia. Porque sin mujeres en la Policía, en el Ejército o en los hospitales no hay futuro posible para este rincón de África.

Reportaje publicado en Planeta Futuro

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