El todos contra todos de Somalia

La reaparición de los piratas en el golfo de Adén y los ataques terroristas acaparan la mirada sobre Somalia, aunque la verdadera batalla se libra lejos de los focos. Es un todos contra todos. Al Shabab lucha por expulsar a las tropas de la misión internacional mas también por frenar al ISIS. Los señores de la guerra activan sus huestes, que son milicias pero también políticos. La sequía, desgarradora, es el único enemigo común.

Somalia lleva tanto tiempo en guerra que los niños le han perdido el miedo. Es jueves y como cada jueves decenas de adolescentes acuden a la playa de Liido a dar comienzo al fin de semana. Aunque muchos no saben nadar, pocos son los que no se atreven a zambullirse en las aguas cristalinas de Mogadiscio. Los pequeños corren, las chicas ríen, los adolescentes saltan una y otra vez sobre neumáticos que son flotadores. Y entonces todos ríen a la vez.

Al otro lado, tras un enrejado que separa personas pero no la arena que pisan, los mayores (los que se lo pueden permitir) se protegen del sol en el Liido Seafood restaurant.

-“Tranquilo, aquí podemos relajarnos”, comenta socarrón el enlace de prensa de la African Union Mission to Somalia (AMISOM). Se quita el chaleco antibalas y deja el casco sobre la mesa. Con un chasquido, hace un seña al camarero para que nos traiga un zumo de frutas.

Hace dos años, otro jueves, un ataque de Al Shabab dejó una veintena de muertos en esta misma playa. En la puerta principal, en la que da acceso al restaurante desde la carretera, han instalado una garita. El resto sigue igual. Huele a pizza. A shawarma. A ese pollo especiado que llaman Digaag Duban. Seguir viviendo es la forma última de resistencia.

Buena parte de la población somalí ya nació así. En la guerra. De hecho, alrededor de un 70% de la población no ha cumplido los 35 años. Para ellos la vida siempre ha sido esto: una sucesión de atentados, de bombardeos extranjeros, de jueves en la playa de Liido. Desde la caída del dictador Siad Barre en 1991, Somalia se ha desmoronado víctima de la violencia sectaria. Los clanes, muchos de ellos liderados por señores de la guerra, han escenificado una batalla por el control territorial del país. Por las ruinas de un país que lleva más de 25 años en conflicto.

El resultado es un país fragmentado en el que la autoridad del presidente Mohamed Abdullahi “Farmajo” no alcanza más allá de los dominios de la capital y de los territorios controlados por las fuerzas de la AMISOM. Aunque “Farmajo” fue elegido por una amplía mayoría el febrero del pasado año, en los mentideros del hotel Jazeera, donde se reúne la oligarquía política y económica somalí, hay “rumores cada vez más intensos sobre planes de los gobiernos regionales para proponer una moción de censura en el Parlamento”, apunta International Crisis Group en uno de sus últimos informes.

En realidad son los clanes y señores de la guerra los que administran sus territorios. Al norte, en el antiguo protectorado británico, en la costa del golfo de Adán, Somaliland es de facto un estado independiente. Pese a que carece de reconocimiento internacional, ha desarrollado sus propias instituciones y fuerzas de seguridad. Es, según la prestigiosa revista The Economist, la “democracia más fuerte” de África del Este, aunque en las elecciones celebradas el pasado noviembre y en las que fue elegido presidente el excomandante del Somali National Movement Musa Bihi Abdi se registraron importantes protestas -con dos muertos y bloqueo de comunicaciones- por las denuncias de fraude de la oposición.

En las últimas semanas las disputas entre las fuerzas de Somaliland y sus vecinos de Puntland por el control de las regiones de Sool y Sanag han hecho saltar las alarmas de la comunidad internacional: “He pedido a los líderes” de ambos territorios, “que declaren el cese de las hostilidades, retiren sus tropas, restauren el status quo y abran canales de comunicación”, aseguró el pasado 24 de enero el enviado especial de la ONU al país, Michael Keating, ante el temor de que el despliegue de fuerzas para evitar la visita de “Farmajo” al norte derivase “en violencia”. A diferencia de sus vecinos de Hargeisa, el clan Daarood que domina Puntland no ansía la independencia sino la conformación de una Somalia federal. Su vasto territorio, que se extiende frente a la isla de Socotra hasta los dominios de Mudug, resulta imposible de controlar, lo que ha sido aprovechado por el ISIS para impulsar su propia milicia en la zona. “Puntland está luchando contra Al Shabab y contra el ISIS, el ataque por parte de Somaliland no hace más que ofrecer refugio y apoyo a los grupos terroristas en la región”, declaró el presidente de la región autónoma de Puntland, Abdiweli Mohamed Ali, apeando al enemigo común: los yihadistas.

La lucha por el control de la yihad regional

El ISIS lleva años “intentando ingresar en Somalia”, asegura el investigador del Institute for Security Studies, Omar S. Mahmood, “pero se encontró con una importante resistencia por parte de al Shabab”, la franquicia de Al Qaeda en el cuerno de África. El avance de la coalición internacional hacia Raqqa intensificó la apuesta por la yihad global de al-Baghdadi, quien encontró en la figura de Abdulqadir Mumin un aliado en los territorios del clan Majerteen al este de Puntland.

La incapacidad de al Shabab de canalizar el descontento de buena parte de las tribus locales de Puntland ofreció a Mumin, quien había llegado desde Reino Unido en 2010 para unirse a la filial de Al Qaeda, el escenario perfecto para crear su propia insurgencia. Un año después de su creación, en octubre de 2016, el ISIS se presentó ante el mundo en Somalia con su gran golpe de efecto: la toma, durante 40 días, de la ciudad costera de Qandala, enclave natal del propio Abdulqadir Mumin y centro histórico del comercio entre África, Oriente Medio y Asia. Más de 20.000 personas huyeron durante las cinco semanas en las que con apenas medio centenar de soldados el ISIS convirtió Qandala en la capital del efímero califato islámico en Somalia. Aunque las fuerzas somalíes apoyadas por el ejército norteamericano lograron liberar la ciudad en diciembre de 2016, “su audaz toma de Qandala y de un tramo importante de la costa” aumentó el prestigio de Abdulqadir Mumin entre los yihadistas multiplicando su capacidad para “reclutar hombres y financiación”, alertaba ya el pasado año Crisis Group.

En apenas un año, las fuerzas del ISIS se han multiplicado. Según el último informe de la ONU, cuenta ya con más de 200 combatientes, lo que ha llevado a la administración Trump a extender sus bombardeos a las posiciones de Abdulqadir Mumin en el valle del Buqo. “Según nuestras informaciones, está todavía vivo”, declaró a la prensa local el presidente Ali días después de los ataques con drones de noviembre.

En el todos contra todos que es Somalia, los escenarios bélicos se superponen. La misión internacional combate a los radicales yihadistas, al Shabab al sur, el ISIS al norte, mientras ambas facciones dirimen su particular batalla por el control de la yihad en el cuerno de África. Pese a la espectacularidad del discurso de las huestes de Mumin, sigue siendo al Shabab, la milicia surgida tras la caída de la Unión de Tribunales Islámicos (ICU) que llegó a controlar Mogadiscio en junio de 2006, la principal amenaza terrorista. Una década de intervención militar no ha conseguido derrotarlos. “En el momento en el que la AMISOM se retire, Al Shabab volverá a intentar tomar el control de Mogadiscio”, reconocía a este periodista el coronel Chris Ogwal, al frente del XXI batallón desplegado en Arbiska, en una entrevista al diario Gara.

Ni siquiera la vuelta de las tropas norteamericanas a suelo somalí catorce años después del incidente inmortalizado para siempre en Black Hawk Down ha logrado deteneros. Su acólitos permanecen agazapados en el valle del Shabelle, apenas a 30 kilómetros de la capital, esperando su momento para volver a atacar. Como el pasado mes de octubre cuando camión procedente de Lafoole explotó en el centro de Mogadiscio dejando tras de sí más de 500 muertos. Semanas después, en febrero, otro doble atentando contra Villa Somalia -el Palacio Presidencial- y la sede de los servicios de inteligencia dejó al menos otras 35 víctimas mortales.

Lo más peligroso, apunta el profesor de historia africana de la universidad de Warwick, David M. Anderson, es que pese a que gran parte de las víctimas son civiles, al Shabab continúa gozando del respaldo de la población: “A los somalíes puede que no les guste al Shabab, pero menos les gustan los invasores extranjeros”.

La vuelta de los piratas de Adén

Un horizonte de plásticos de colores delimita ambos márgenes de la carretera. Una carretera plagada de artefactos explosivos y de sangre seca que va dejando tras de sí cada emboscada de los yihadistas a las tropas de la AMISOM. Los chiquillos salen al encuentro del convoy, mientras los hombres, desconfiados, permanecen vigilantes desde la distancia. La intervención militar no ha aliviado la situación humanitaria de los miles de desplazados internos del valle del Shabelle. En los últimos meses, la cifra de recién llegados a estos campos improvisados no ha parado de aumentar. En 2017 se desplazaron más de un millón de personas en el país, según Acnur.

La violencia, la suma de violencias, está detrás de este éxodo, pero es la sequía prolongada el principal percutor. Sin lluvias en Deyr (octubre-diciembre) ni en Gu (abril-junio) la agricultura de subsistencia ha desaparecido, el precio de los cereales y el maíz se ha duplicado, el kilo de arroz ronda los 4 dólares y los rebaños han ido menguando hasta casi desaparecer. El resultado: 6,2 millones de personas, casi la mitad de la población del país, necesita asistencia humanitaria y 2,9 millones se encuentran en riesgo de hambruna.

Al sur del país, en los dominios de al Shabab en los entornos rurales del valle del Shabelle, los radicales han prohibido la asistencia humanitaria de organizaciones internacionales, pero al tiempo han puesto en marcha su propio sistema de ayudas: proporcionan ganado, alimento, agua y hasta dinero a los vecinos afectados por la sequía.

Son conscientes de que no pueden perder el apoyo de la población local ni permitir que otros clanes canalicen el descontento social. Sólo en Hoybo, bastión bucanero de la nueva oleada de piratas que volvió a apoderarse en 2017 de las aguas del golfo de Adén, parece que los yihadistas ven como buenos ojos que sean otros los que impongan su ley. Al igual que durante la gran hambruna de principios de la década, la Piracy Network ha vuelto a imponer el secuestro como negocio frente al hambre. A diferencia de entones, ahora han diversificado sus actividades: el tráfico de armas, combustible e incluso personas forma parte del moderno engranaje delictivo del cuerno de África.

En 2011, una investigación de Reuters reveló un pacto entre al Shabab y varios líderes piratas por el cual los yihadistas se quedarían con el 20% de los rescates obtenidos por los piratas y estos, a cambio, podrían fondear los barcos secuestrados en la localidad. Aunque se desconoce la realidad actual, algunos expertos apuntan a un nuevo trato entre los extremistas y los bucaneros de Hoybo. Más que un “acuerdo entre ambas organizaciones”, puntualiza Omar S. Mahmood, lo que puede existir es un pacto “basado en alianzas de clanes”. Una entente con la que Al Shabab pretende salir victorioso de las mil batallas de Somalia.

Reportaje publicado en La Marea

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