El movimiento Kasparov: ajedrez contra la desesperanza

O comer. O estudiar. Si no fuera por el ajedrez, Gimadu Yokosofati, veinte años, una muda de ropa limpia y la piel quemada por el sol, hace tiempo que habría tenido que elegir.  En Katwe, un suburbio de tierra sucia y estómagos hinchados que sirve de sumidero para los bajos fondos de Kampala, están acostumbrados a hacerlo: vivir aquí es morir un poco cada día. De hambre, de VIH, de los ojos secos. Pero contra la desesperanza han encontrado en Katwe un remedio. El movimiento Kasparov.

Aunque se ejecuta con las piezas del tablero, el movimiento Kasparov se gana con un plato y un libro. El plato puede ser de arroz. O de rolex humeantes. El libro de cualquier cosa que se pueda aprender. “El ajedrez es una metáfora de la vida. En nuestro día a día estamos jugando constantemente una partida de ajedrez: se presentan unas circunstancias, medimos sus condicionantes y tomamos decisiones. Por eso todos sabemos jugar al ajedrez. Lo que a lo mejor no sabemos es cómo mover las fichas”, asegura Robert Katende, el hombre que encontró una forma de escapar de la miseria. Porque de Katwe, como de los demás slums de Kampala, sin el movimiento Kasparov no se sale.

En el mejor de los casos, los chiquillos forzados a ser adultos apenas ganan para una ración de cassava -las tradicionales patatas dulces- y un buen trago de waragi destilado en casa. Ellas, tan jóvenes que nunca llegarán a ser adultas, a vender maíz, mandiocas o lo que sea que puedan vender en el mercado de Kibuye. En el peor de los casos, a ellos les queda emigrar. A ellas todavía algo peor. La prostitución. El VIH. El desprecio de las otras mujeres. Porque las buenas mujeres de Kampala odian cruzarse con las mujeres de Katwe de camino a la iglesia. No vayan a robarle otra vez a sus maridos. No vayan a embaucar otra vez a sus hijos.

Es ahí, en ese desprecio que nace sólo de los gestos de los que un día conjugaron el nosotros, donde las miradas de los chicos de Katwe comienzan a secarse. “Nacer africano es ser un marginado en el mundo. Nacer en Uganda es ser un marginado en África. Nacer en Katwe es ser un marginado en Uganda. Nacer niña es ser una marginada en Katwe”, escribió el norteamericano Tim Crothers, autor de The Queen of Katwe, la obra que le descubrió al mundo el movimiento Kasparov.

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Aquella mañana de sábado había casi cuarenta chicos en la iglesia. Ninguno de ellos tenía un nombre para ese juego que los tenía cautivados. Al menos no en luganda, su lengua materna. Aquel era un juego de blancos. Así que lo llamaron como lo hacían ellos. Chess. A lo lejos, mientras su hermano Brian se adentraba en aquel edificio viejo que gestionaban unos misioneros cristianos, Phiona Mutesi sólo se preguntaba qué era aquello que mantenía a los chicos tan callados.

“Pequeña”, la invitó Robert Katende, “Ven. No tengas miedo”.

Por aquel entonces tenía hambre. Esa hambre que sólo se tiene en el slum. Esa hambre que se come el futuro. “Los chicos del slum, cuando comemos, lo comemos todo porque no sabemos cuando vamos a poder volver a comer. Cuando aprendemos es igual”. Sólo otros como Kariuki, un joven que vive en otro país, en otro slum, pero comparte la misma hambre, pueden entenderlo. En la iglesia del Agape siempre había algo de comer. Arroz, alubias…lo mismo que hay hoy. Para Phiona y para su madre, Harriet, aquello era suficiente. Tenía que ser suficiente. Por mucho que los vecinos murmurasen: si sigue yendo a jugar al juego de los mzungu, se la van a llevar.

Y se la llevaron. Pero a conquistar el mundo. Hasta Disney hizo una película sobre ella.

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Los peones. Las torres. El rey. Y, por último, la reina. Robert Katende le enseño los nombres de aquellas piezas. Le enseño como moverlas. Como esperar. Le costó 50 partidas aprenderlo. La primera victoria que Phiona consiguió fue contra un joven que la había humillado varias veces con un mate en cuatro movimientos. El Fool’s Mate. Lo que no sabía el chiquillo es que Phiona le había pedido a Katende que le enseñara como defenderse.

En poco más de un año, a Phiona Mutesi no había quien le ganase en la iglesia. Tampoco entre los chicos de las escuelas a las que las familias pudientes de Kampala enviaban a sus hijos. Ni siquiera entre los universitarios había quien pudiese con Phiona: ella, que había dejado la escuela, que apenas sabía leer ni escribir, los había derrotado a todos. Ella. Una mujer.

Con 11 años se proclamó mejor jugadora junior de ajedrez del país. Lo hizo durante tres años. En agosto de 2009, la Federación Ugandesa envió a tres chicos a participar a un torneo en Sudán. Fue la primera vez que Phiona tiró de una cisterna en el lavabo. La primera vez que pudo elegir lo que quería comer. Aunque competían contra otros dieciséis equipos africanos, los muchachos de Katwe se proclamaron campeones sin ceder ni una sola partida. A su vuelta, fueron recibidos como héroes.

“Uganda-Uganda-Uganda!”

Para los chicos que habían descubierto otro mundo, un mundo sin hambre (al menos sin tanta hambre), volver a Katwe supuso un cambio demasiado difícil de explicar. No para Phiona. Alguien le preguntó, ¿qué es lo primero que le vas a decir a tu madre? Le preguntaré si tenemos suficiente comida para desayunar, contestó.

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Phiona no pierde casi nunca porque está acostumbrada a perder demasiado. A los tres años perdió a su padre. De sida. Un par de semanas después, a su hermana mayor, Juliet. Incluso ella misma murió por dos días. Así al menos se lo contó su madre a Crothers mientras escribía el libro. “Estuviste muerta dos días”. La malaria. La maldita malaria.

Durante la estación de lluvias, las heces, los plásticos y las verduras putrefactas lo inundan todo. “El agua entra así en las casas, como no hay alcantarillado llega hasta esta altura”, afirma Richard, señalando una marca en la pared por encima del metro. Durante estos meses la prevalencia de los mosquitos infectados es desmedida. Las campañas de fumigación no llegan aquí. Menos aún las de asistencia sanitaria.

“Aquí la vida resulta difícil”, continúa Richard, “la gente se gana la vida vendiendo los cultivos, comerciando con ropa…”. Durante años, Harriet, quien a menudo está demasiado débil porque probablemente ella también esté infectada por VIH aunque se niegue a hacerse la prueba, se levantaba de madrugada y caminaba cinco kilómetros para adquirir a buen precio aguacates y berenjenas que luego revendía en el barrio para sacar unos chelines. Así es muy difícil que el hambre no cale en las miradas.

Es por eso, por el hambre, mas sobre todo por la desesperanza que lo inunda todo, que algunos, quizá muchos, optan por la delincuencia. Son los que Daniel, 16 años, y su contrincante a la que dobla la edad llaman los “chicos que hacen cosas que no se deben hacer”. Robar. Agredir. Puede que hasta matar. “Muchos de nuestros amigos están metidos en temas de drogas, de robos…lo hacen para sobrevivir”, confiesa Gimadu. Lo dice sin reproche, como el que constata una obviedad: para los chicos de Katwe, sin el ajedrez, poco más queda que la mala vida.

En su casa, al igual que en la de Setyabule, que mueve blancas, no hay para comer tres veces al día. A veces ni siquiera una. “Nuestros padres no siempre pueden pagar”. Y cuando pueden, porque han encontrado un empleo mal pagado, no tienen ni un segundo para compartir con ellos. O comer. O sus hijos. La puta vida.

Setyabule y Gimadu no quieren ser como sus padres.

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Estela lo que no quiere ser es como sus amigas. Casi todas están ya casadas sin haber cumplido los 16. “Lo han hecho porque no tienen otra oportunidad”. Según las estadísticas oficiales, el 46% de las mujeres se casa en Uganda antes de los 18 años. Estela, si no estuviese aquí jugando al ajedrez, ya estaría casada.

“Es lo que sucede en el slum. Son niños cuidando de niños. Un círculo vicioso”. La propia Phiona, continúa Robert, “su madre, que nunca fue a la escuela, tuvo su primera hija a los 14 años. Phiona llegó aquí cuando tenía 9 años y pasó todo lo que pasó, si no habría completado el mismo círculo”.

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¿Qué fue lo que pasó? Pues que Phiona descubrió el hielo de Siberia. ¿Hace frío allí?, cuentan que preguntó antes de subirse al avión. Por primera vez en su historia, Uganda envió un equipo de mujeres a competir en los Mundiales de 2010. Allí estaba Phiona, la reina de Katwe, entre las mejores jugadoras de 149 países.

Su primer oponente, la campeona canadiense, Dina Kagramov, llevaba compitiendo más años de los que Phiona había siquiera vivido. La derrotó. También lo hizo la taiwanesa Lin Yu-Tong.

Perdió, sí. Pero por fin lo había entendido. El movimiento Kasparov. Dos años después, en Estambul, Phiona se convirtió en la primera mujer ugandesa en ganar el título de Woman Candidate Master de la Federación Internacional de Ajedrez.

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A esta hora de la mañana, poco antes del mediodía, hay más de una veintena de partidas simultáneas. Quien gana sigue. Phiona Mutesi no está aquí, pero todos en el barrio quieren ser ella. Robert Katende sabe que no va a haber otra Phiona. “Tengo claro que no van a ser campeones del ajedrez, pero sí sé que van a ser campeones de su vida”.

Gracias a su historia, la Som Chess Academy atiende hoy a más de 1.300 chicos en Uganda. Les dan comida y becas para seguir estudiando. “Sin su apoyo no podríamos estudiar”, asegura Abdul, en su nombre y en el de Gimadu. “Yo tampoco”, dice Estela.

“El ajedrez ha transformado nuestras vidas. Es nuestro motor”.

-Sin él, interrumpo a Abdul, ¿habríais acabado delinquiendo como vuestros amigos?

-“Seguramente…”, el joven hace una pausa. Van fuera dos alfiles. “Pero tenemos una oportunidad para alcanzar nuestras metas”. Él, por el momento, estudia ingeniería mecánica.

-¿Y tú, Estela?

-“Yo no me quiero casar, es demasiado pronto. Yo quiero seguir estudiando”.

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La comida está casi lista. El olor del arroz y del guiso de tomate se cuela entre las partidas. Varios de los más pequeños han abandonado ya la tabla y corretean por la estancia. Frente a la cocina dos de los monitores han improvisado una partida. Están empatados y un rebumbio de chicos se arremolina a su alrededor.

Ajenos a lo que ocurre en la otra habitación, Gimadu y Abdul continúan su partida. Estela también. “En este barrio hay un círculo de pobreza que es muy difícil romper. La pobreza lleva generaciones aquí”. Robert Katende la ha visto. Ha visto como la puta vida va secando las miradas. “Muchos chicos han perdido la esperanza. Ven a sus padres, a sus amigos…ven cada día en lo que se han convertido. Ven en ellos un espejo de sí mismos”.

Y eso les aterra.

“El ajedrez les da una oportunidad”. Les da la oportunidad de ser Phiona. “El problema es que aquí los chicos no tienen oportunidades. Si se las dan, son capaces de todo”.

Ese es el secreto del movimiento Kasparov.

Reportaje publicado en Planeta Futuro