El circo etíope de los que aprenden a sonreír

Desde su creación en 2004, Fekat Circus se ha convertido en un escaparate para jóvenes etíopes que encuentran en el arte una herramienta para dejar atrás la pobreza

Cuando está en el país, a Kya le encanta pasear por el Piassa. No ha cambiado demasiado desde que vino por primera vez. En realidad, no ha cambiado demasiado desde que los europeos se fueron. Sigue oliendo a café por la puerta del Tomoca y al almíbar de las baklava recién horneadas. En realidad, lo que ha cambiado es Kya: ha aprendido a sonreír. Le enseñaron sobre el escenario de un circo.

“Veo lo que era mi vida antes y lo que es ahora…”, antes de concluir la frase a Kya ya le ha escapado un suspiro. Algo de alivio. Un mucho satisfacción. Como los otros chicos de su edad, Kiva pasaba las tardes sin mucho que hacer. Mataba el tiempo “jugando al fútbol o paseando sin rumbo por las calles de Piassa”. Es así como los jóvenes de las barriadas aprenden a odiar el futuro. A borrarle las sonrisas.

Pese al desarrollo urbanístico de la capital plasmado en la construcción del nuevo aeropuerto internacional financiado por el gobierno chino, Etiopía ocupa el puesto 174 de 188 en el índice de desarrollo humano: la pobreza ronda el 30% y el analfabetismo está por encima del 40%. El 81% de un país con casi 100 millones de habitantes sobrevive con menos de  2 dólares al día. Con el estómago vacío es difícil encontrarle las sonrisas al horizonte.

En las afueras de Addis Abeba, en las barriadas donde el agua se turbia y los mendrugos escasean, los problemas se multiplican: por VIH, por abandono, por la violencia contenida. Fue en un lugar como este donde en 2004 unos chicos que no eran Kya pero que también habían perdido la sonrisa comenzaron a hacer pequeños espectáculos callejeros. Acrobacias, mimos….lo que empezó como un juego se convirtió pronto en un arma contra la desesperanza. Los chicos a los que no les gustaba reír habían encontrado un motivo irrefrenable para hacerlo.

Cinco años después, Fekat Circus ya era una realidad: un lugar donde los chicos de las barriadas podían buscarse a sí mismos colgándose sobre un trapecio, haciendo girar las ruedas o enredándose entre las cintas. Una parcela en una de las calles empinadas que llevan al Piassa se convirtió en el hogar de los chicos del circo. Una oficina, hoy repleta de fotografías de los troupes que dan la vuelta al mundo, sirve de administración y de refugio: después de todo, Fekat Circus sigue siendo un lugar para jóvenes sin otro sitio al que ir.

Enfrente, junto al patio delimitado por las planchas de colores que hacen de verja, hay unas colchonetas y unas cuerdas. Hace unos días trajeron un aparato nuevo, uno para practicar saltos. “Los chicos no han parado de usarlo”, explica Hanna Haile, una de las coordinadoras del circo. Dos muchachos, tan enjutos que parecen hermanos, con el mismo pantalón de chándal, con el mismo torso desnudo, no dejan de impulsarse: cuando uno sube, el otro baja. “Así es como aprendemos aquí: practicamos hasta que salga”, apunta Kya con una media sonrisa que asoma entre sus labios gruesos.

Los nuevos alumnos, un centenar cada año, tiene la fortuna de aprender de los veteranos. De Kya o Berhanu, al que todos aquí conocen como Doctor Clown por su papel de doctor sonrisa en el hospital materno infantil Black Lion. “Tratamos de enseñarles lo que sabemos”, afirma Kya, sin perder de vista a los chicos que siguen saltando. Desde su creación, Fekat Circus ha mantenido su compromiso como circo social ofreciendo un programa formativo a los chicos sin recursos. En este momento, hay trece chiquillos participando en las clases. No todos llegarán a ser artistas y formar parte de la troupe, pero todos aprenden a sonreír. “Le damos a la gente una oportunidad, les enseñamos valores”, continúa Hanna, “les enseñamos lo que significa esforzarse para alcanzar una meta”.

La troupe internacional

Mantener un proyecto como este, con su alma social, es caro. Más de 50.000 euros al año. Hay que pagar una veintena de sueldos, el alquiler, la luz, el mantenimiento y transporte de la carpa…Las donaciones ayudan, pero Fekat nació con vocación de autosostenibilidad. Por eso, tienen un curriculum de pago para familias que quieren traer a sus hijos a aprender ejercicios circenses como actividad extraescolar -con cuyos fondos se financian las clases gratuitas para los chicos con pocos recursos- y cada fin de mes organizan un espectáculo al que asisten alrededor de 150 personas. “Al principio”, confiesa Hanna, “no nos miraban bien porque sabían que proveníamos de áreas marginales, pero les hemos ido convenciendo con nuestros espectáculos. Son actuaciones únicas, diseñadas aquí, en su propio país: les mostramos la cultura etíope como no la habían visto nunca antes”.

Su escaparate es hoy ya internacional. En el verano de 2015 estuvieron de gira por España con más de treinta funciones y en 2017 han extendido sus actuaciones también a Francia, Suiza, Alemania e Italia, de donde acaba de llegar el último de los equipos. “Es una troupe internacional”, resalta Hanna con una sonrisa que es orgullo. Con The rise of the full moon”, su último espectáculo, Fekat Circus ha conquistado al público español transportándolo a África. A su música. A su gastronomía. A su cultura. “La puesta de la luna llena”, explica Ana Villa, promotora de Creatividad Solidaria encargada de su gira en España, es una representación en la que los artistas muestran la importancia que la comida tiene en las diferentes culturas africanas: allí “nadie come sólo, la comida es lo más importante porque es de lo que más se carece. Todos son diferentes pero todos se necesitan y luchan contra nuestro individualismo, sin entender cómo alguien puede comer solo en un restaurante”.

Kya, que acaba de volver a Addis Abeba después de recorrer Myanmar durante 8 meses gracias a uno de los programas de intercambio formativo que Fekat mantiene con otros circos, es consciente de lo que la diversidad suma: de lo que aporta llevar al mundo las culturas de África y a África las culturas del mundo. Es en ese camino donde uno aprende a descubrirse a sí mismo, a “expresar a la gente lo que siente a través del circo”. Es en ese camino donde chicos como Kya aprenden a sonreír.

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Despiece: El doctor de la sonrisas

Berhanu sabe lo que cuesta sonreír. A él que la enfermedad le robó la altura y la vida a sus padres no le nacían las sonrías. Mas, al igual que le ocurrió a Kya, estas comenzaron a nacer cuando los profesores del orfanato en el que vivía lo llevaron a ver aquellas acrobacias que hacían unos chicos del barrio. Hoy Berhanu es una de los artistas más populares del circo: el famoso Doctor Clown que hace reír a los miles de niños ingresados en Black Lion, el más grande de los hospitales de Etiopía a donde llegan pequeños de todas las partes del país.

“Me visto de doctor y me acerco a ellos como lo haría su médico”. Muy serio, “les pregunto, ¿cuántos pedos te has tirado hoy?” Los niños se parte de risa”, relata. “Eso y lo de comer cristales”, añade, “es lo que más gracia les hace”.

El programa, inspirado en la idea de construir una sociedad mejor que siguen también las actividades lúdicas organizadas por Fekat en orfanatos y prisiones en Addis Abeba, persigue crear un ambiente más agradable para los pequeños. Un ambiente que les ayude en su recuperación. “Los doctores”, afirma Berhanu, “curan enfermedades. Nosotros curamos esa parte que los médicos no pueden sanar”. Las sonrisas.

Reportaje publicado en Planeta Futuro

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