El alto al fuego no acerca la paz a Sudán del Sur

La víspera de Navidad, el Gobierno dinka del presidente Salva Kiir y los rebeldes nuer de Riek Machar pactaron un alto al fuego, el tercero desde que estallara el conflicto en 2013. Pocas horas después, ambas partes se acusaban ya de haberlo violado. Mientras, nuevos grupos insurgentes reclaman su espacio en una guerra que ha provocado la mayor crisis de refugiados en África desde el genocidio en Ruanda en 1994.

“Los ataques” a nuestras posiciones en Bieh Payam y en el suroeste de Yei “son acciones contra el proceso de paz. El Gobierno de Juba quiere que el SPLA-IO (Sudan People’s Liberation Army-In Opposition) responda para que la guerra continúe y ellos puedan seguir saqueando los recursos del país”, denunciaba el portavoz del movimiento opositor, Lam Paul Gabriel. “Los rebeldes tendieron una emboscada a un convoy que estaba tratando de entregar comida y salarios por Navidad en el sur de Amadi. Pudimos responder al ataque y matar a cinco de los soldados rebeldes”, respondió su homólogo gubernamental Lul Ruai Koang: habían pasado poco más de 24  desde la entrada en vigor del alto al fuego y este ya era papel mojado. Una vez más.

Desde que en diciembre de 2013, poco más de dos años después de celebrar su independencia de sus vecinos del norte, comenzasen los enfrentamientos entre dinkas y nuer, los sucesivos procesos de paz han ido fracasando uno tras otro: el armisticio de enero de 2014 apenas duró unas horas y la tregua forzada por la comunidad internacional en 2015 con la creación de un gobierno de transición con Machar de nuevo en la vicepresidencia saltó por los aires en abril de 2016.

Fuerzas leales a uno y otro líder desataron un batalla tribal que se extendió rápidamente por todo el país: a los muertos nuer en Juba le siguió la represión dinka en Bor y a ésta más muertos nuer en Malakal y Bentiu. Una deriva que llevó a la ONU a advertir de que estaba en curso un proceso de limpieza étnica. Pese a los intentos de la Autoridad Intergubernamental para el Desarrollo (IGAD) por revivir el acuerdo de paz de 2015 y la intervención de la misión de la ONU en el país que mantiene en su campos a más de 230.000 civiles, la situación en Sudán del Sur sigue deteriorándose: los muertos se cuentan por decenas de miles y los refugiados superan se acercan ya a los dos millones.

Aunque el conflicto es presentado habitualmente como una guerra étnica entre dinkas y nuer, tras él subyace una batalla por el control de los yacimientos petrolíferos del Alto Nilo y una retahíla de disputas personalistas. Lo que principio comenzó siendo un enfrentamiento Kiir-Machar incluye hoy otros nombres como Taban Deng o el National Resistance Front/Army.

El primero ocupó el cargo de vicepresidente tras la salida de Machar del gobierno de transición lo que provocó importantes tensiones entre las fuerzas opositoras: “La codicia por el poder llevó a Taban Deng a tomar la posición de su jefe en medio de una situación muy frágil. Con esta caótica situación, la batalla se extendió y nuevos grupos insurgentes se levantaron contra el gobierno, lo cual provocó que el conflicto pasase de ser una disputa Nuer-Dinka a tener un carácter nacional”, resume el investigador y exdiputado del estado Terekeka, Clement Maring.

Entre esos nuevos grupos destaca el National Resistance Front/Army, formado por antiguos leales a Kiir de la comunidad murle que ahora exigen su renuncia y una presidencia rotatoria entre las tres grandes regiones del país: Equatoria, Bahr el Ghazal y el alto Nilo.

Emergencia humanitaria

Con miles de hectáreas agrícolas destrozadas por la guerra y la inflación disparada por encima del 800%, la situación en Sudán del Sur es de total emergencia humanitaria: más de 1,2 millones de personas están al borde la hambruna, el doble de las que lo estaban hace un año, y más de cinco millones carecen de agua potable. Además, la destrucción del sistema de atención primaria ha dejado al país vulnerable ante cualquier epidemia: desde abril más de 2.500 personas han fallecido por un brote de cólera, a los que se suman las innumerables víctimas causadas por el sarampión o la malaria.

Los sursudaneses huyen en masa del país. Algunos a la República Democrática del Congo. La gran mayoría a Uganda. En total, casi dos millones de refugiados han dejado el país desde el inicio de la guerra y otros siete millones han tenido que desplazarse internamente. “Nos están matando, se llevan hasta nuestros animales”, comentaba el pasado octubre uno de estos refugiados a Gara.

Tanto los que se quedan como los que se van se enfrentan a continuas violaciones de los derechos humanos: pillaje, quema de vivienda, asesinatos, arrestos masivos y una violencia sexual desmedida en la que, según reconoce el propio responsable de la misión de paz de la ONU Jean-Pierre Lacroix, “fuerzas organizadas” de uno y otro bando “están implicadas como autores”.

Pese al alto al fuego, continúa, la situación en Sudán del Sur sigue siendo demasiado “frágil”.

Reportaje publicado en Gara