La oposición agita la secesión en Kenia como arma electoral

En 2008 el mapa llegó a estar dibujado. A un lado la la Central Republic of Kenya. Al otro la Peoples Republic of Kenya. Un solución, la división de Kenia en dos Estados, uno para la mayoría kikuyo, otro para la alianza del resto de tribus, que vuelve a estar sobre la mesa ante la crisis política en la que está sumida el país. “Sería la última carta”, apunta Shakeel Shabbir, uno de los hombres que llegó a trazar aquellas fronteras.

En aquella ocasión fue Raila Odinga, ya por entonces líder de la oposición, quien detuvo el proceso secesionista. “Estaba todo dispuesto, teníamos decidido ya cómo iba a distribuirse el territorio. Incluso dibujamos un mapa”, rememora Shabbir, quien pese a ser la única oposición a Odinga en sus dominios del lago Victoria reconoce el papel clave del veterano político durante aquel invierno sangriento.

Las elecciones de diciembre habían situado a Kenia ante el abismo tribal. La madrugada del 1 de enero de 2008, una treintena de personas, en su mayoría mujeres y niños de etnia kikuyo, se habían refugiado en una iglesia de la localidad de Eldoret cuando una turba de hombres kalejin prendió fuego al edificio. En las semanas posteriores, más de 1.300 personas murieron y 600.000 tuvieron que dejar sus viviendas a consecuencia de la violencia étnica. Los líderes de ambas facciones, hoy aliados en el ticket presidencial, Uhuru Kenyatta, mandamás de la mayoría kikuyu, y William Ruto, el actual vicepresidente y caudillo de la comunidad kalejin, fueron acusados de crímenes de lesa humanidad aunque en 2014 la Corte Penal Internacional archivó el caso después por falta de pruebas tras la desaparición de muchos de los testigos.

Ante el derramamiento de sangre y la incapacidad de encontrar una salida política, algunos líderes tribales propusieron dividir el país. “En aquella ocasión Ruto estaba dispuesto”, señala Shabbir, esbozando en un papel las fronteras de lo que debía ser la nueva Kenia. Desde aquel invierno sangriento, muchas cosas han cambiado. El país cuenta con una nueva Constitución que abre la puerta al poder federal y las alianzas políticas han mudado: ahora Ruto y los kalejin son socios del presidente kikuyo. Esto obligaría a alterar las fronteras de aquel mapa, especialmente en el valle del Rift, precisa Shabbir.

Mas algunas realidades continúan inmutables en Kenia. Una década después, el país se enfrenta al espejo de lo ocurrido en 2007. Los enfrentamientos entre los partidarios de Kenyatta y los de Odinga han causado ya un centenar de muertos y la tensión tras la decisión del Tribunal Supremo de anular los comicios de agosto por irregularidades ha alcanzando niveles nunca visto: la gente tiene miedo, las tiendas cierran y hasta los jueces son amenazados de muerte. “Cada vez que un presidente opta a la reelección”, advierte el profesor Ekuru Aukot, padre de la actual Constitución y candidato de la alternativa Thirdway Alliance, “tenemos problemas. Si no se organizan bien las nuevas elecciones, es posible que vuelva a ocurrir lo de 2007”.

Ante este escenario, algunas voces de la oposición han vuelto a ondear la bandera de la secesión.  “No Odinga. Raila quiere ser el presidente de todos los keniatas, no sólo de una parte de Kenia”, apunta Aukot. Pero sí gente de su entorno, como el economista e intelectual David Ndii, asesor principal de NASA, a quien se le atribuye la campaña que ha puesto de nuevo el debate de la independencia en el primer plano político. “Kenia es un matrimonio cruel, es hora de hablar de divorcio”, encabeza su discurso en las redes sociales.

Una estrategia para llegar al poder

Las proclamas independentistas no son nuevas en Kenia, un país dibujado artificialmente por los británicos durante la dominación colonial. En 1998, líderes de las regiones centrales del valle del Rift encabezados por Mwai Kibaki propusieron la creación de un Estado independiente frente al régimen tiránico de Daniel Arap Moi. La elección del propio Kibaki como presidente de Kenia en 2002 apagó este movimiento, aunque el germen de la independencia nunca ha abandonado esta región de Kenia. La independencia del valle del Rift fue también el eje de la campaña política que terminó aupando a William Ruto como vicepresidente en 2013.

Raila Odinga y, especialmente David Ndii, son conscientes de que la carta de la secesión puede ser su mejor baza para llegar a la presidencia. Al menos “su última carta”, sentencia  Shakeel Shabbir. “La retórica secesionista está siendo utilizada por algunos políticos para azuzar las emociones de sus votantes”, subraya el activista Daniel Wesangula. Lo cierto es que en la calle el desempleo, la precariedad laboral o la subida de la cesta de la compra son la principal preocupación de la población, pero no es menos cierto que en determinados círculos, en las élites económicas y universitarias, mas también en las barriadas más pobres, son cada vez más las voces que creen que la convivencia pacífica entre los kikuyo y las demás tribus del país es una utopía.

Con la posibilidad de un gobierno de coalición, a imagen y semejanza del firmado en 2008 por el propio Odinga, descartado por el líder de la oposición, la jugada de la independencia cobra fuerza como estrategia política. Bien como fin último, bien como camino a la Presidencia. Los tratados internacionales suscritos por Kenia y sus propias disposiciones constitucionales abren la puerta al derecho de autodeterminación: basta con reunir un millón de firmas y el apoyo de 24 de los 47 condados para iniciar el proceso. Una mayoría simple en un referéndum con la participación de al menos el 20% de los votantes registrados en estos 24 condados permitiría proclamar la independencia. Atendiendo a los resultados de los últimos comicios, a los que Shabbir acudió como independiente, “NASA tiene el poder para hacerlo”, puntualiza desde su despacho en Kisumu.

No obstante, un proceso secesionista iría en contra del anhelo real de Odinga: igualar la batalla dinástica y ser el también presidente de Kenia. Por ello, apunta el comentarista político Hezron Ochiel, la “retórica de la independencia” sólo pretende “disuadir” al Gobierno del Jubilee “de cualquier manipulación” electoral. Odinga está convencido de que si acude a unos comicios libres será ganador.

Consecuencias regionales

Convertido en el motor económico regional y en un factor estabilizador en el cuerno de África, Occidente rehuye de cualquier cambio en el status quo keniata. Las delegaciones internacionales temen lo que podría ocurrir si el país se fragmenta: la descomposición tribal.

“Kenia se convertiría en Somalia”, resume Shakeel Shabbir, aludiendo a las tensiones entre clanes y señores de la guerra que han descompuesto al país vecino desde la caída del dictador Siad Barre en 1991. “Si ya nos estamos peleando así….no lo quiero ni pensar. Hay muchos problemas de clanes y subclanes en este país. No iba a funcionar”, añade Ekuru Aukot. Si bien hasta la fecha todas las tribus, a excepción de los volubles kalejin, están unidas contra el dominio kikuyo, nadie sabe a ciencia cierta que pasaría si se elimina el enemigo común de la ecuación. “¿En cuántas partes habría que dividir el país? Dos, tres…aquí el caso no es tan claro como entre Sudán y Sudán del Sur”, sentencia el candidato de Thirdway Alliance.

En este escenario, las tensiones fronterizas dejarían Kenia en una situación de debilidad. Uganda podría reclamar el otro lado del lago Victoria y Tanzania hacer lo propio con los antiguos dominios del sultanato en la costa de Mombassa. En esta región, marginada por los gobiernos kikuyos desde la independencia del país, el Mombasa Republican Council (MRC) lleva desde 2008 reclamando la autodeterminación de la región bajo el slogan “Pwani Si Kenya’ (la costa no es parte de Kenia). Incluido por el Gobierno en 2010 entre la lista de 32 bandas criminales -medida que dos años más tarde fue declarada inconstitucional por la Corte Suprema-, los partidarios del MRC han sido perseguidos como parte de la lucha gubernamental contra el movimiento yihadista de Al Shabab, con el que comparten territorio pero no ideología: el MRC es ante todo “un movimiento político”, asegura Alhman Abdulla, uno de los líderes religiosos de Mombassa. Aunque la estrategia del Ejecutivo de Uhuru Kenyatta ha conseguido detener las demandas secesionistas en la zona, nadie duda de que si el país se divide el MRC exigirá su cuota de poder.

Es en el norte, en la frontera con Somalia, donde está sin embargo la gran amenaza. La rebelión shifta fue aplastada en la década de los 60, pero la marginalización a la que han sido sometida esta región habitada por una mayoría somalí no ha hecho más que alimentar la desafección hacia el Gobierno central y alimentar el discurso de los radicales. Si se produce la secesión, alerta Shakeel Shabbir, “los somalíes también tomarían su parte”. Un horizonte demasiado inestable para que Odinga se decida a conquistarlo. Al menos por ahora.

Reportaje publicado en el diario Gara

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