PALORINYA, MOYO DISTRICT - FEBRUARY 25: Refugee families from South Sudan sit on a plot of land allocated to them at a settlement on February 25, 2017 in Palorinya, Uganda. The continued flow of refugees from South Sudan, is putting pressure on the many humanitarian partners, and their capacity to cope with the crisis. The United Nations have said that more than 1.5 million asylum seekers have taken refuge in Uganda, since civil war erupted in South Sudan in December 2013, with 100,00 entering in 2017 so far. Uganda continues to see a flow of between 1000 to 4000 people crossing the border every day. The Bidibidi settlement, one of many across the country, is home to around 274,000 people making it the third largest refugee camp in the world. A famine has just been declared in South Sudan which is likely to lead to an increased flow of people seeking help into the North of the country. People fleeing recent clashes on the border of the Democratic Republic of Congo and Uganda between the M23 rebel group and the Uganda People's Defence Force (UPDF), has also led to a number of refugees entering into the South West of Uganda, though the numbers are unclear.  (Photo by Dan Kitwood/Getty Images)

Uganda, luces y sombras de su ejemplar asistencia humanitaria

Hace apenas unos días que Uganda alcanzó el millón de refugiados sursudaneses. Más de 800.000 han llegado en el último año y medio a un país en el que más de la mitad de su población vive en riesgo de pobreza. Pese a la falta de fondos, Uganda ha decidido mantener su política de fronteras abiertas que va mucho más allá de una declaración de intenciones: los refugiados tienen aquí libertad de movimientos, derecho al trabajo y un pedazo de tierra para construir su casa. Un modelo ejemplar de asistencia humanitaria que corre el riesgo de no poder sostenerse si no llega la ayuda internacional.

“Estamos en un momento crítico. Uganda no puede afrontar sola la mayor crisis de refugiados en África”, alertaba en marzo el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, Filippo Grandi. Durante la primavera, el flujo de refugiados superó las 2.000 personas diarias, con jornadas en que esta cifra llegaba incluso a triplicarse. Por algo, la de Sudán del Sur fue en 2016 la crisis humanitaria que más rápidamente creció en el mundo: más de 750.000 personas huyeron  del país durante el pasado año, lo que eleva la cifra total desde que se inició el conflicto en 2013 a casi dos millones de personas. A los que hay que sumar otros dos millones de desplazados internos.

Aunque en las últimas semanas el flujo migratorio se ha reducido debido a la temporada de lluvias, sólo en julio llegaron a Uganda 20.373 nuevos refugiados. 657 al día. Otros muchos aguardan al otro lado de los puentes de madera a que baje el nivel de los ríos para cruzar la frontera. Desde diciembre ha sido abiertos en el país otros tres campos de refugiados, Impevi, Palorinya y Palabek Ogili, pero ya están saturados: el primero de ellos supera ya los 120.000 residentes y no admite ya nuevas llegadas. A pocos kilómetros, Bidi Bidi es ya el segundo campo de refugiados más grande del mundo con más de 270.000 habitantes.

Despreciados en otros países vecinos, como Kenia o República Democrática del Congo, los huidos de Sudán del Sur acaban masivamente en Uganda: el país acoge ya el 50% de todos los refugiados, pero su capacidad está al límite. Sumados los desplazados de otros países vecinos, como Burundi o la propia República Democrática del Congo, en Uganda son necesarios 568 millones de dólares para atender a los refugiados. Sin embargo, los fondos actuales apenas alcanzan el 34% del presupuesto requerido.

El pasado verano, el Programa Mundial de Alimentos (WFP, por sus siglas en inglés) ya se vio obligado a reducir la ayuda alimentaria a 200.000 refugiados y este mes de mayo se registraron problemas con la distribución de cereales. Según el relato de algunas familias recién llegadas, en las últimas semanas la ración mensual de harina de maíz ha pasado de 15 a 1,5 kilos por persona.

En el campo de Impevi, centenares de personas se hacinan a la espera de recibir alimentos y las protestas se disparan al comprobar que hoy tampoco recibirán la ayuda prometida. “No hay comida”, se hace entender un joven que asegura llevar casi una semana esperando. La tasa de desnutrición entre los menores de 5 años alcanza ya el 14,2% en campos como el de Rhino, apenas a unas décimas de lo que la Organización Mundial de la Salud (OMS) calificaría como situación crítica.

“Uganda está cumpliendo sus obligaciones internacionales con los refugiados a pesar de la presión creada por un flujo migratorio sin precedentes. Si bien es un modelo a seguir por su implementación del Comprehensive Refugee Response Framework, será muy difícil para el país continuar con sus políticas progresistas sin el apoyo robusto de la comunidad internacional”, asegura una portavoz del Programa Mundial de Alimentos (WFP), Lydia Wamala.

¿El mejor lugar del mundo para los refugiados?

“Uganda mantiene las fronteras abiertas”, aseguró en abril el primer ministro, Ruhakana Rugunda. En plena crisis migratoria, el Gobierno ugandés se reafirmó en su política de acogida, admirada por muchos. “Seguimos recibiendo a nuestros vecinos en su momento de necesidad, pero requerimos urgentemente que la comunidad internacional nos ayude puesto que la situación se hace cada vez más crítica”, declaró el mandatario.

A diferencia de otros muchos países del mundo donde los refugiados permanecen confinados en campos y no puede trabajar legalmente, Uganda ofrece a los refugiados la oportunidad de una nueva vida: les entregan un pequeño terreno para levantar su vivienda -cuya propiedad vuelve al Estado cuando dejan el país-, cuentan con libertad de movimientos y el derecho a trabajar, así como acceso a los servicios básicos de educación primaria y asistencia médica. “Estamos pensando en darles un pedazo de tierra también para que cultiven”, afirma Solomon Osakan, responsable de la oficina del Primer Ministro (OMP, la entidad que se encarga de la gestión de los refugiados) en Arua.

“El único problema”, señala uno de los trabajadores del equipo de asistencia de la localidad, “es cuando se mueven sin permiso. Si quieren ir a Kampala o a otro lugar a ver a sus familiares pueden hacerlo, solo tienen que avisar a la OMP. Si se mueven sin ese permiso, el Gobierno no se va a hacer cargo de lo que pueda pasar”.

Quizás porque muchos en el país también tuvieron que huir cuando el drama de la guerra desangró el país durante los años 80, los ugandeses se muestran hospitalarios con los recién llegados. En los alrededores de los campos han surgido mercados y pequeños comercios de ropa y calzado. Entre los refugiados sólo hay palabras de agradecimiento. No obstante, en las últimas semanas han comenzado a abrirse pequeñas grietas de convivencia: en la ciudad fronteriza de Lamwo algunos aldeanos se oponen a la llegada de más sursudaneses e incitados por políticos locales han organizado pequeña manifestaciones.

La sequía y los problemas demográficos aparejados a un crecimiento poblacional tan repentino están detrás del conflicto. En el norte del país, en la zona fronteriza con Sudán del Sur, son muchos los que temen quedarse sin tierra y se quejan de que los refugiados reciban lotes de ayuda mientras sus campos se resquebrajan por la sequía. El agua escasea, así como el acceso a leña y a otros suministros básicos. Incluso algunos locales se han hecho pasar por refugiados para abastecerse de maíz, cereales y agua.

La tensión comienza a apoderarse de los caminos. La carretera que une Yei con el territorio  ugandés, algo más de 200 kilómetros a lo largo de los cuales los refugiados atraviesan zonas controladas por fuerzas gubernamentales y otras por los rebeldes, era hasta ahora el escenario de buena parte de las agresiones sexuales registradas por los organismos internacionales. Sin embargo, la violencia sexual ha llegado ya hasta el otro lado de la frontera: las violaciones, a cargo tanto de aldeanos ugandeses como de otros sursudaneses, se producen incluso en los propios campos de refugiados.

El personal humanitario está sobrepasado y los relatos de los nuevos refugiados que arriban a los centros de recepción dibujan un escenario cada vez más agresivo. “Han matado a varios -refugiados- en los caminos de alrededor”, comenta un joven recién llegado al campo de Impevi, apuntando a varios residentes locales como presuntos responsables de los ataques.

La prioridad para que el alabado modelo ugandés siga funcionando, apunta Wamala, pasa por “mantener e incrementar” el espacio para la acogida, así como la “aceptación” entre las comunidades. Para ello hacen falta más fondos que garanticen el mantenimiento de los programas de asistencia alimentaria, el acceso al agua y a los servicios básicos de educación y sanidad. Eso y que el conflicto en Sudán del Sur no siga expulsando a sus propios ciudadanos.

Mas hasta el momento, ambas premisas parecen bastante lejanas. El encuentro solidario celebrado en Kampala el pasado junio apenas logró el compromiso de invertir 358,2 millones de dólares en asistencia humanitaria en los próximos años, cuando la cifra requerida sobrepasaba los 2.000 millones. Tal y como advertía entonces la responsable de Amnistía Internacional en el Cuerno de África, Sarah Jackson, resulta urgente un cambio geopolítico que revierta la situación actual: “El triste hito del millón de refugiados debe servir como una llamada de atención a la comunidad internacional sobre la necesidad de más ayuda. Sin una solución al conflicto en Sudán del Sur a la vista, los refugiados continuarán huyendo a Uganda y la crisis humanitaria no hará más que crecer”.

Reportaje publicado en Esglobal