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Los refugiados de Sudán del Sur: mendigos del agua

Al cielo de las guerras no le gusta la lluvia. Al menos no la lluvia tranquila que riega los pastos y humedece las gargantas. La lluvia de las guerras es violenta: cuando cae, sólo sabe arrasarlo todo. Cuando huye, se lleva consigo demasiados alientos. Antes de que la guerra volviese a Juba, porque la guerra en Sudán del Sur nunca ha terminado de irse, a Betty le encantaba la lluvia. La lluvia que reverdecía las cosechas y las ganas de seguir bailando. Ahora que vive de prestado en la vecina Uganda, a Betty le cuesta mirar al cielo. De donde caían las bombas ahora caen los mosquitos cargados de malaria. Más todavía le cuesta mirar al suelo. A cada pisada, éste se resquebraja y por hondo que perforen allí ya no queda agua. Ni para lavar. Ni para cocinar. Ni siquiera para beber.

En su nuevo hogar, un bohío en el que las lonas de ACNUR son incapaces de aliviar el bochorno, sólo hay un lujo: una silla de plástico azul en la que sentarse por turnos a disfrutar del trampantojo que el sol dibuja cada tarde al ocultarse sobre la última de las colinas que vallan la dehesa. El resto de sus pertenencias, un vestido de flores rosas y unos pendientes blancos, las lleva siempre encima. Pero lo que realmente más le preocupa a Betty esta mañana, como todas las mañanas desde hace casi un año, es que de la garrafa amarilla de la que ya se desprendieron las letras caiga un poco más de agua. Sólo un poco más. Lo suficiente para lavarse las manos.

En Rhino, como en Bidi Bidi, Impevi o en cualquiera de la otra decena de campos del norte de Uganda que desde que se recrudeció el conflicto en Sudán del Sur en diciembre de 2013 se han convertido en el lugar de acogida de casi un millón de refugiados, apenas hay agua. “La cantidad recomendada -por la Organización Mundial de la Salud- son 20 litros, pero aquí no llegan ni a 5”, alerta Yves Lyre Marcellus, coordinador del programa de asistencia de Médicos Sin Fronteras (MSF) en la zona.

-“¿Agua?¿Aquí?”- Se ríen como queriendo apaciguar una sed que viene de ayer dos jóvenes junto a la entrada de uno de los centros de atención primaria del campo.

A diferencia de otros muchos países donde los refugiados permanecen confinados en campos y no puede trabajar legalmente, Uganda ofrece a los recién llegados la oportunidad de una nueva vida: un pequeño terreno, dispuesto para cultivar y levantar un vivienda; libertad de movimientos, posibilidad de trabajar y acceso a los servicios básicos de educación primaria y asistencia médica. El resultado es que en poco más de un año lo que sólo eran pequeñas aldeas de agricultores se han convertido en inmensas Ciudades de Sombra a las que durante los meses de primavera llegaban a diario más de 2.000 personas. Aunque en las últimas semanas la presión migratoria se ha reducido, más de 20.000 personas huyeron a Uganda a lo largo del mes de junio. Siguen siendo más de 600 al día, lo que sitúa a Sudán del Sur como la crisis de refugiados que más crece en el mundo. De hecho, el país africano es ya, tras Siria y Afganistán, el tercer lugar del planeta del que huye más gente.

“Nosotros llegamos hace un año desde Juba. Allí la situación es muy mala”, traduce Tadeo, el mayor de los varones de la familia. Es todavía menor de edad. “Si te fijas aquí la mayoría son mujeres y niños. Los hombres cruzan la frontera con ellos, pero después se vuelven a Sudán a luchar”, comenta uno de los trabajadores de MSF. De los 950.562 refugiados sursudaneses acogidos por Uganda hasta el 30 de junio, el 86% son mujeres y niños. Los propios campos, 13 en total, tres de ellos –Palorinya, Imvepi y Palabek Ogili– abiertos desde diciembre, están distribuidos en función de su configuración sociológica: las letras que identifican a las zonas reservadas a los menores no acompañados y a las familias sin varones son las primeras en ser atendidas.

Porque desde hace meses los recursos que llegan al norte de Uganda son demasiado escasos. La ración mensual de harina de maíz ha pasado, según el relato de algunas familias, de 15 a 1,5 kilos por persona y son cada vez más los que se desesperan mientras aguardan el reparto de las organizaciones humanitarias. “Llevamos aquí varios días y no hay comida”, grita un joven que se hace llamar Obama desde una fila del campo de Impevi de la que sobresalen una retahíla de manos estiradas y cuencos vacíos: la tasa de desnutrición entre los menores de 5 años alcanza ya el 14,2%, apenas a unas décimas de lo que la Organización Mundial de la Salud (OMS) calificaría como situación crítica.

El actual ritmo migratorio requiere un esfuerzo humanitario que sobrepasa, sólo en Uganda, los 350 millones de dólares, pero los fondos actuales apenas cubren el 34% . El Programa Mundial de Alimentos (WFP, por sus siglas en inglés) ya se vio obligado en mayo a reducir las raciones de cereales y sus reservas se están agotando: si no llegan más ayudas, será imposible seguir atendiendo a los recién llegados. “Estamos en un momento crítico. Uganda no puede afrontar sola la mayor crisis de refugiados en África”, alertaba ya en marzo el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, Filippo Grandi.

El sabor de un grifo seco

Aunque la sombra sólo cubre una de las porterías, en el campo de Rhino, que más bien es ya una ciudad con sus ultramarinos, sus tiendas de ropa, sus peluquerías y sus zamarras del Everton, los chicos ya empiezan a repartir los equipos. A Oscar, que no se llamaba así pero no quiere que lo llamen de otra manera, le gustaría ir a jugar con la camiseta del Chelsea sobre su espalda menuda. A regatear piedras y rivales sobre la arcilla seca. “Pero hoy no puedo. Tengo mucha tarea”. Betty lo mira orgullosa.

Después de todo, al menos los niños pueden estudiar. La escuela, un pequeño barracón al otro lado del saque de banda, se ocupa de los críos por las mañanas. El fútbol lo hace por las tardes. Y sólo el traqueteo de un camión interrumpe el encuentro.

¡Heeey!, suena la carrera, algunos en sandalias, los más descalzos, al encuentro del Water Tank. Cuando por fin alcanza la tubería instalada junto a uno de los depósitos instalados por el Danish Refugee Council, una retahíla de garrafas amarillas como las de Betty y su familia esperan para ser llenadas.

¡Yeee!, suena la sonrisa de la decena de niños y dos madres al sentir el agua fresca golpear el plástico.

“El mayor problema que tenemos es el del agua. No es suficiente para lavar los cacharros y para beber”, insistirá Betty cuando vuelva con la garrafa llena. “Tres veces al día tenemos que subir hasta la bomba -situada justo enfrente del centro de atención de MSF- para coger agua”. Hay días, como hoy, en los que ni siquiera allí la encuentran. No queda otra, entonces, que recorrer el campo, la ciudad de los refugiados, en busca de una que no devuelva el sabor metalizado de un grifo seco.

En esta época del año, el suelo está demasiado árido. El río que baña la parte baja del campo se ha evaporado y el suministro de agua depende de los camiones cisterna: “Y eso no es rentable a largo plazo. Ni siquiera la ONU lo va a poder mantener”, subraya Yves. La factura mensual asciende a 400.000 dólares. Durante semanas, además, el abastecimiento no es regular. “Si eres afortunado recibes 6 litros, si no 3. O nada”, sentencia, sin dejar de intentar borrar el sudor de su rostro, el responsable de MSF. El calor resulta insoportable.

“Aunque ni tu ni yo lograríamos sobrevivir a lo que muchos de ellos han sobrevivido”, bromeará al final del día otro de los trabajadores humanitarios del campo, son demasiados los que no lo logran. A Uganda los refugiados llegan extenuados, con el estómago lleno de parásitos y la conciencia quebrada por los horrores: han visto bombardeos, ejecuciones y agresiones sexuales, mas también familias incapaces de sobreponerse a una hambruna que, si bien ha sido rebajada, ha dejado a más de seis millones de personas en riesgo de inseguridad alimentaria.

A los cuerpos huidos, enflaquecidos pero todavía capaces de seguir peleando, los acaba de vencer a menudo la lluvia de la guerras. Porque cuando cae, furiosa, lo enfanga todo. Y lo que antes era un secarral se convierte de pronto en alimento para los mosquitos y su malaria. También para la diarrea y el cólera. “En época de lluvias el riesgo de malaria se multiplica por tres”, apunta Yves. Por eso, MSF lleva semanas repartiendo mosquiteras. Más de 40.000. A ver si son suficientes.

Todo sería más fácil si hubiese agua. Agua de la lluvia tranquila. Como la que alegraba los domingos de Betty en Juba. Porque con ese agua el río bajaría repleto y de los grifo brotaría lo suficiente para llenar un centenar de garrafas. Y otro más si hiciese falta. Pero como el cielo de las guerras parece empeñado en seguir ensañándose con los atardeceres de esta franja del ecuador. a Betty, a Oscar y a los pequeños que disparan penaltis para decidir el ganador del partido no les queda más futuro que el que pueda ofrecerles la bomba que acaban de instalar río arriba.

El problema, explica Yves, es que los refugiados “están desperdigados”, pues cada uno cuenta con su propia parcela de terreno, lo que hace que el campo extienda sus dimensiones más allá de lo que alcanza la vista. “Esto hace que se tenga que extraer el agua a kilómetros de donde se va a distribuir”, con el “reto de infraestructura que esto supone”.

El nuevo entramado de 8 kilómetros de tuberías, casi una veintena de fuentes y pozos y media docena de depósitos está ya listo. 400.000 metros cúbicos al día que abastecen a 21.000 personas. En principio debería haber sido suficiente para atender a casi la mitad del campo, pero Rhino ha multiplicado su población hasta los 86.770 refugiados. Demasiadas gargantas para la lluvia de la guerra.

Reportaje publicado en El Diario.es