Kibera encuentra en el modelo cooperativo una salida al estigma del slum

Va a llover y eso en Kibera, ese horizonte de techos oxidados que envuelve de polvo los atardeceres de Nairobi, nunca es una buena noticia. Sin red de alcantarillado, la tierra que es a la vez calzada, acera y hogar se convierte en un lodazal que no distingue plásticos, tomates ni heces. “Es el mayor problema que tenemos aquí”. Ni la ausencia de electricidad, ni la inseguridad, ni siquiera el desempleo disparado. Aquí el problema es que no hay agua ni drenaje. Los vecinos, alrededor de un millón, hacen sus necesidades en bolsas de plástico, las flying toilets, que luego arrojan a la calle. A las montañas de basura entre las que corretean los pequeños y las enfermedades: diarrea, tuberculosis, malaria y VIH.

Cansado de ver cómo el arroyo bruno lo anegaba todo, hasta la salud de las familias, Nesta, que aprendió a sonreírle a la vida con el reggae, decidió que había que hacer algo. Con la ayuda de la ONG española Kukuba puso en marcha hace algo más de un año Kleanbera Recycling Point, un punto limpio de compra-venta de plástico y de metales. “Lo que queremos es mantener limpio Kibera, empezando por reducir la cantidad de estos -materiales- tirados”, explica mientras repasa en un papel arrugado el precio del acero y el aluminio. “Lo que reciclamos lo vendemos luego”.

En unos meses, la village de Soweto, una de las trece barriadas que componen el slum, se ha convencido. Los jóvenes participan en las recogidas voluntarias para ganar algunas monedas y en casa todos conocen la importancia de separar los residuos. “Aprecian lo que hacemos porque ven como todo está más limpio”, subraya Nesta. Kibera sigue siendo un lugar inmundo, pero cada día lo es un poquito menos. Lo es porque los vecinos, a menudo repudiados cuando cruzan Kibera Drive en busca de trabajo entre los rascacielos acristalados de Nairobi, han entendido que son ellos los únicos que pueden transformar la realidad del barrio a través de proyectos comunitarios. Bien sea una letrina o un cine que se llena con los partidos de la liga inglesa a la espera de que llegue la copia de Fast & Furious 8.

Table-banking, la herramienta económica del cambio

En Kenia, un país con más de 42 millones de habitantes, buena parte de la población no tiene partida de nacimiento, de manera que no puede obtener su national identity card (el equivalente al DNI) ni como consecuencia abrir una cuenta bancaria. Como solución, por pura necesidad, nacieron los grupos comunitarios (CBO por sus siglas en inglés): una figura similar a la de la comunidad de vecinos que permite a sus miembros ahorrar e invertir para mejorar sus condiciones de vida. Cada semana, los integrantes del mismo aportan una cantidad de dinero -alrededor de 150 chelines (poco más de 1 euro)- que recibe uno de ellos. Uno distinto cada turno hasta completar el círculo de miembros.

De esta manera, “sin necesidad de ahorrar pueden disponer de dinero para invertir o hacer frente a gastos que de otra manera no podrían”, explica Alvaro Pérez-Pla, presidente de Kukuba, una de las pocas ONG que apuesta por apoyar el desarrollo de Kibera a través de sus grupos comunitarios.

Paralelamente, realizan otra aportación semanal a la cuenta del CBO, un dinero destinado a atender las necesidades de la comunidad: lo primero, habitualmente, es instalar un baño. Les evita tener que pagar por usar el de otros vecinos y genera además un ingreso con el que sufragar los siguientes proyectos: colocar la instalación eléctrica y un taque de agua. Así, poco a poco, consiguen cambiarlo todo. Porque en Kibera tener agua y luz significa tenerlo todo.

Este sistema, bautizado como table-banking, es la base de la economía en Kibera. La fórmula que permite que el barrio continúe avanzando. Actualmente, hay más de 3.000 grupos comunitarios en la barriada. Pequeños embriones cooperativos -para ser consideradas legalmente cooperativas tienen que contar con al menos 200 miembros- que tanto administran un estudio musical como organizan el transporte. O la recogida de basuras. “Es la herramienta más efectiva”, continúa Álvaro, pues son ellos, los habitantes del barrio, “los que mejor saben” lo que necesitan.

El papel de Kukuba y de las ONG que apuestan por este modelo de desarrollo es ayudarles durante esta etapa inicial “para que al final sean ellos los que se queden con el control de los proyectos”, apunta Luis Lanchares, uno de los voluntarios que ha participado en la puesta en marcha de varios de los proyectos comunitarios. Pero no todas las organizaciones sociales apoyan este tipo iniciativas comunitarias. “La ayuda en África”, afirma un joven keniata con experiencia en la labor de las ONG pero que prefiere mantenerse en el anonimato, “es un gran negocio para muchos de los cooperantes. Llevan veinte años viviendo una vida de lujo en Nairobi sin haber mejorado para nada la vida de la gente”.

La estrategia de los grupos comunitarios rompe con el paradigma de la cooperación tradicional situando a los propios beneficiarios como responsables de sus decisiones. “A diferencia de otros proyectos del slum”, señala Nesta, “Kleanbera Recycling Point funciona de manera que los beneficios redundan en la comunidad”. Eso hace que todos se impliquen un poco más. “Quieren que crezca para que generemos más empleo”.

Los CBOs son el reflejo de un “sentimiento conjunto de querer mejorar” que va más allá de Kibera. En Tala, una región agrícola situada 60 kilómetros este de Nairobi, los vecinos asesorados por Kukuba han impulsado su propio proyecto comunitario: una escuela politécnica que dé una salida profesional a los jóvenes que no han podido acceder a la educación secundaria. “Se trata de tirar para adelante juntos”, continúa Álvaro. En Kibera. En Tala. O en cualquier rincón de Kenia. “Me atrevería que -los CBO- son la base de la economía de África”.

El objetivo es que algunos de los CBOs del slum se agrupen para conformar una cooperativa que sea la dueña, en un 70%, de cada uno de los proyectos del barrio. Del centro de reciclaje. Del cine. Y de los baños. Así, con el dinero de estas empresas sociales se sostendría el funcionamiento de la cooperativa y se añadirían más recursos con los que continuar mejorando la vida de los vecinos. Para que un día la lluvia deje de ser siempre una mala noticia en Kibera.

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Epicentro de la violencia, epicentro de la creatividad

“En Nairobi, vayas a donde vayas vas a estar junto a Kibera”. La frase, pronunciada por un joven residente de la capital, resume la relación de la ciudad con el slum. Saben que están ahí, apenas al otro lado de la carretera, pero no quieren verlos. Creado a principios del siglo XX, cuando el Gobierno colonial Británico recompensó con sus terrenos a los combatientes nubios que habían luchado para la corona durante la Primera Guerra Mundial, ocupa hoy 2,5 kilómetros cuadrados que rodean algunos de los barrios más pudientes de la capital. Apenas veinte minutos en motocicleta separan los restaurantes de cocina internacional de Westlands del mercado de Kibera.

Nadie sabe a ciencia cierta cuanta gente vive en Kibera. Algunas estadísticas hablan de 600.000. Otras dicen que supera ya el millón de habitantes. Lo único seguro es que cada mañana son más las sombras que asoman entre un paisaje de techos de zinc oxidados. Llegados en su mayoría de las zonas rurales de todo el país, alquilan las chabolas a los descendientes de los soldados nubios -Kibera en este idioma significa “bosque”-. Hasta 1.000 chelines (9 euros) al mes por una habitación. Un negocio, una pequeña mafia, que alimenta la economía sumergida, la única que existe en Kibera. Aquí se venden teléfonos, tomates o zapatos. Todo lo que uno pueda necesitar. Pero más vale saber donde comprar.

Convertido en una reproducción a escala de Kenia, Kibera ha heredado sus problemas étnicos. Los kikuyo, la etnia del candidato a la reelección Uhuru Kenyatta y de la élite económica del país, contra todos los demás, a excepción de los kalejin, cuya alianza fluctúa en función de los intereses político. A pocos meses de las elecciones, el fantasma de la violencia poselectoral que sacudió el país en 2007 dejando más de 1.300 muertos -más de un centenar de ellos en Kibera- y 600.000 desplazados vuelve a asomar en el horizonte. Los políticos recurren al discurso tribal y la sociedad compra la idea: más vale que sea uno de los míos el que esté en el poder. Las tensiones afloran, también en Kibera, y son muchos los que auguran un otoño caliente.

Pero también son muchos los que trabajan para que esto no ocurra. Para que cuando los políticos se vayan por otros cinco años la vida en el barrio siga sobresaltos. Para que haya agua, comida en las mesas y una oportunidad para los chicos. “Porque aquí hay mucho talento, ¿sabes?”, repite uno de los jóvenes que rapea junto al puesto de verduras. Sólo hace falta que les escuchen para que se impongan a la miseria.

Reportaje publicado en La Marea

La Marea Kibera by Pablo Lopez Orosa on Scribd