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Guatemala, de extorsiones, maras y hombres que no saben morir

-¿Y cuánto vale la vida de alguien?

A Herbert Jiménez, el hombre de los ojos tan negros que lloran atardeceres de arcoíris, se le escapa una sonrisa. Es una sonrisa robusta, tan recia que parece que no se va a fugar hasta que el último de los viajeros, perdidos y sudorosos, regrese a salvo de Tiucal. Esa es su misión, la de Jiménez y la de sus sonrisas, y no siempre resulta fácil. Porque aquí, por la recta que es un pueblo y el pueblo que es una recta, transitan a diario los tipos que mantienen secuestrados dos Estados. De Guatemala a El Salvador. Una ruta de armas, drogas y ataúdes. La ruta de las maras.

“Por aquí pasan, pero aquí no se quedan”. Por “aquí”, Jiménez se refiere a la Línea del Horizonte, a ese territorio inexacto que dibujan dos países y un mismo sol. Con ese “ellos” (elíptico), alude a las maras, al Barrio 18 y a la Salvatrucha. Tiucal, apenas 2.500 habitantes, dos cantinas, una pupusería y un billar, está enclavado en el camino equivocado, el único que hay, el que atraviesa de un lado a otro de la frontera. Y como en todas las fronteras, por el paso de San Cristobal (y por la decena de pasos clandestinos que lo conforman), “pasa lo que quieras”: cocaína, marihuana y tabaco. M-16, AK-47 y Galil. También mesas para la cocina, papel de baño y pescado fresco. Mas sobre todo, por la frontera de San Cristobal pasan personas. Las que huyen y las que hacen huir.

Entre 2012 y 2015, según ACNUR, el número de personas que han tenido que dejar sus hogares por las amenazas, los asesinatos y el reclutamiento forzoso de las maras en El Salvador, Guatemala y Honduras se multiplicó por cinco, hasta las 109.800 personas. Hace unos meses, en Caluco, a poco más de 90 kilómetros y dos lagunas de Tiucal, 25 familias tuvieron que refugiarse en un albergue después de que unos “señores” llegaran “a invadir la casita de mi hijo”.

A diferencia de los narcos o de la mafia italiana, las pandillas centroamericanas no tienen familia más allá de sus propios miembros. Los números, unos; las letras, los otros. El resto, los comerciantes de las abarroterías, los conductores de Coasters y hasta los repartidores de agua, tienen que pagar la extorsión. “Ya no hay ninguna actividad económica en Guatemala” que no sea extorsionada. “Hasta las prostitutas están sometidas a la extorsión”, aseguraba la jueza Verónica Galicia en una entrevista hace unos meses con Acan-Efe. Según cifras de la Fuerza Nacional Antiextorsión de Honduras, citadas en el informe ¿Hogar dulce hogar? de Amnistía Internacional, los salvadoreños pagan anualmente 390 millones de dólares en extorsión, los hondureños, 200 millones, y los guatemaltecos, 61 millones de dólares. Las cifras reales, a buen seguro son mucho más elevadas.

Sólo en la zona 6 de Ciudad de Guatemala, la entrada a la capital, la mara Salvatrucha recauda 60.000 quetzales (7.500 euros) a la semana. “De esos”, explica *Mónica, quien llegó a gestionar los fondos de una de las clicas más importantes de la organización, “3.000 (375 euros) iban directamente para el ranflero (el cargo más importante de cada célula). Además se llevaba 300 quetzales (37,5 euros) de cada punto”. En este barrio hay 45 puntos de distribución de droga. Basta multiplicar.

Todos en el barrio tienen que pagar. La tienda de la esquina, el puesto ambulante, los chicos del parqueo.

  • ¿Incluso vuestros vecinos?
  • “Sí”, confiesa, con la voz más triste que encuentra, otra de las jóvenes que jugó a someter al mundo. Por ello le cayeron cinco años en el correccional de menores. Cuatro más por cómplice de asesinato. Otra letra estaba echando rata.

En julio del pasado año, cansado de que los chicos de la pandilla se llevaran los 100 quetzales (13 dólares que tanto le costaba conseguir, Mario López García, 62 años y toda una vida en las carreteras quebradas de Guatemala, dejó de pagar la extorsión. “Quiero dejarte claro: no voy a darte un centavo más (…) Sabes a cuántas mujeres has dejado viudas y cuántos niños condenados al abandono, el hambre, la desnutrición, el abrigo y la muerte…(…) El dinero me cuesta demasiado, yo me levanto a las tres de la madrugada para ganar 50 quetzales (6,5 dólares) y a veces 100 quetzales (13 dólares) en todo el día”, dejó escrito.

Semanas más tarde, unos jóvenes se acercaron al autobús que conducía en las afueras de la capital y le descerrajaron varios disparos. Mario López falleció allí mismo. Nunca antes el país había llorado por los ojos de otro.

“Ver, oír y callar. Att. MS”

El conductor se detiene frente a un muro verde. El último vestigio de la municipalidad. Un metro después, por la rampa recién asfaltada, nos adentramos en territorio de nadie. La mitad del barrio pertenece a la 18. La otra mitad, a la Salvatrucha. Jefry, 14 años y más de uno sin ir ya a la escuela, acude a la entrada de la barriada. Aunque La Limonada no es El Gallito ni la zona 18, sin su presencia pronto desapareceríamos. “La vida aquí es complicada”, avisa el joven, a quien como a todos aquí no le gusta demasiado hablar.

El barrio, un laberinto de callejuelas improvisadas sobre la ladera de un cerro, se despereza a primera hora de la mañana. Las mujeres, alma de viuda compartida, remontan las cuestas tan rápido como pueden. En unos minutos empezarán su jornada en alguna casa adinerada. Por un momento, el bullicio habitual se vuelve silencio. Entonces, el ulular del viento que agita a su paso  las uralitas herrumbrosas alerta de la tormenta que asoma al otro lado del horizonte.

-Pues esto parece un barrio tranquilo.

Jefry, con la mirada clavada en el lugar exacto que es ningún sitio, emite un sonido ininteligible que significa “puede parecerlo”. Después, un minuto después, retoma la conversación. La Limonada es un lugar tranquilo “hasta que llueven las balas”. Entonces, hay que ponerse a cubierto. Y más vale no equivocarse de refugio.

Aquí, apenas a un paseo de veinte minutos del Palacio Nacional de Guatemala, viven 60.000 personas. Sólo hay una escuela con capacidad para menos de cien alumnos y si se ponen enfermos los vecinos tienen que salir de la favela en busca de atención médica. Adentro no hay trabajo y para conseguirlo fuera deben mentir sobre su lugar de residencia. Este es un barrio pobre. Uno de los más pobres de Guatemala. Y eso lo saben las maras, expertas en ofrecer justo lo que todos aquí desean: una familia, dinero y la sensación de poder conquistar el mundo. “A los chicos les dan un porcentaje de las extorsiones. Así los captan”, explica David con el pragmatismo que dan tres años con los dedos cansados de tanto coser zapatos.

En un país donde el 59,3% de la población vive  bajo la línea de la pobreza (esto es con menos de 1.339 dólares al año), las pandillas son a menudo la única salida. O al menos la salida más fácil. “La mayoría de jóvenes se involucran en las maras por la falta de oportunidades del Estado y la inexistencia de acceso a la educación, a la vivienda y la recreación”, sentencia la analista guatemalteca en temas de seguridad y justicia Stephanie Rodríguez”.

Desde los años 90, cuando miles de centroamericanos comenzaron a ser deportados desde Estados Unidos, el fenómeno de las maras no ha dejado de crecer. Sólo en El Salvador, el Gobierno cifra en más de 60.000 los miembros del Barrio 18 y la MS-13. Un número que podría multiplicarse si la administración Trump ejecuta su controvertida política migratoria. Una bomba de relojería para los países del Triángulo Norte.

Por eso, hace unos meses que Guatemala, El Salvador y Honduras pusieron en marcha ya una fuerza militar conjunta para combatir las maras, el crimen organizado y el contrabando en los territorios fronterizos, al tiempo que intensificaron la batalla policial interna. “Vamos a blindar más de 600 kilómetros de frontera porque no vamos a permitir más que los delincuentes cometan sus atrocidades en un país y para evadir la justicia huyan a otro”, dijo el presidente hondureño Juan Orlando Hernández en la presentación de la Fuerza Trinacional. El resultado: 744 pandilleros detenidos y media docena de importantes estructuras desarticuladas sólo en Guatemala en 2016. En El Salvador, el Ejecutivo del excomandante guerrillero Salvador Sánchez Cerén mantiene una guerra declarada contra el movimiento pandillero desde enero de 2015 que se ha cobrado la vida en el último año de más de 5.000 personas. En las últimas semanas, el diario digital El Faro, uno de los medios más reputados de la región, informaba de que la Salvatrucha y la facción Sureños del Barrio 18 pidieron al Gobierno entablar una mesa de diálogo para frenar la ola de violencia que sitúa al país como uno de los más peligrosos del mundo con una tasa de 81,7 homicidios por cada 100.000 habitantes. La respuesta del mandatario no se ha hecho esperar: para frenar a las pandillas, “no hay espacio para el diálogo” o para “treguas” (en alusión al alto al fuego acordado entre 2012 y 2014): ”no queda otro camino” que la “guerra”.

Pocos son los que en las calles de Guatemala y El Salvador creen que la paz, la paz que falta más de dos décadas después de la firma de los acuerdos, vaya a lograrse. Las maras son demasiado poderosas, controlan barrios y cárceles, y los gobiernos demasiado corruptos. Después de todo, el  de la violencia es uno de los negocios más rentables de Centroamérica. “Ver, oír y callar. Att. MS”.

“Para que nos llaman. Lo hubieran matado y se acabó todo”

Jiménez, como todos en Tiucal, no confía en la Policía. “El pisto lo arregla todo. Los policías se llevan su cuota y listo. Están vendidos”. Mira el caso “de la cantina”, continúa en alusión a “El Amigo”, una pequeña taberna situada en una de las calles principales del pueblo de la que hoy sólo queda una verja roja y un perro hastiado de ladrar a los mirones. “La aldea hacía tiempo que quería cerrarla, pero no había manera”. El dueño, Obdulio, tenía un pacto con la Policía Nacional Civil (PNC). Da igual que allí se traficara con droga o que se ejerciese la prostitución infantil. El dinero llegaba a donde tenía que llegar. Pero cuando pasa lo de “la pelea”, un enfrentamiento entre “bolos y prostitutas”, todo se destapa. “Cuando nosotros llegamos”, recuerda Herbert Jiménez, “los policías ya habían arreglado con el dueño. El tipo les había pagado 20.000 quetzales (2.515 euros)”. Al oficial Sarceña y al agente Chinchilla les daba igual que el interior del local hubiese seis prostitutas, entre ellas dos menores de edad. Pero a Jiménez no. “Nos organizamos. Más de cien personas se juntaron”.

-¡Préndale fuego a esa mierda!- se escuchaba desde la turba.

Al cabo de unas horas nuevas unidades de la PNC llegaron desde Jutiapa, la capital comarcal. “Al dueño se lo llevaron preso por trata de personas”.

Así se hace Justicia en el pueblo de Jiménez.

Mas no siempre fue así. Hace unos meses, en Tiupal no paraban de robar. “Se metían en las casas” y se llevaban lo que encontraban: gallinas, bicicletas….Entonces el pueblo recurrió al hombre que vivía en el destiempo. Porque Jiménez, Herbert Jiménez, debería haber muerto en  las primeras semanas de 2016. Eso fue al menos lo que le dijo el doctor de los 300 dólares que lo atendió en El Salvador el 28 de diciembre de 2015. “Me dijeron que el quiste me iba a reventar y me iba a ahogar en sangre”. Al igual que su hermana y una de sus hijas, Jiménez sufre una rara enfermedad hereditaria que le provoca quistes e infecciones en el hígado. Al contrario que ellas, él ha renunciado a tratarse. ¡Qué miedo va a tenerle a la muerte un tipo que viajó de Montreal a Tiupal en 61 horas a los mandos de un Ford 250, fue alcohólico y coqueteó con las drogas!

A Herbert Jiménez lo único que realmente le da miedo es no volver a ver a sus hijas. Ni a su mujer. Hace un año que se marcharon, después de que el entorno de la antigua directiva del Consejos Comunitarios de Desarrollo Urbano y Rural (COCODE) amenazara con matarlas tras destapar un escándalo de corrupción millonario en la gestión del agua de la comunidad.

-“Lloré un mes entero a mis hijas”. Desde aquel día Jiménez tiene los ojos tan negros que cada atardecer, cuando se sienta a mirar el cielo junto a la puerta de la funeraria que él mismo regenta, llena el horizonte de arcoíris.

-Hola cariño, ¿cómo estáis?

Del otro lado de la pantalla se escucha una voz infantil. La luz, tenue, deja entrever dos sombras bajo el calor de las mantas. En enero hace mucho frío en los Estados Unidos.

-Ahora me están haciendo una entrevista, las llamo en un ratito, ¿si, mi amor?

-“Era mi hija y mi mujer”, aclara, mientras vuelve a sentarse junto a la lápida que tiene preparada para el día en el que el paladar vuelva a saber a sangre.

-¿Y no ha pensado en irse, en dejarlo todo e ir con ellas?

-“Yo ya no me voy de Tiucal. Aquí me voy a morir”.

Para cuando lo haga, ya está todo listo. La gringa, el mejor féretro de la funeraria, preparado junto a un cuadro con la imagen de los camiones que lo llevaron una y otra vez a Canadá y el escudo del Barcelona. “Ya le dije a este”, dice señalando a uno de los mozos que trabajan con él, que el primer día pongan tomates y esas cosas, y “para el segundo, cuando ya llegue mi familia, maten una vaca y den de comer a todo el mundo”, bromea. O no.

Lo cierto es que nadie en Tiupal se imagina el pueblo sin él. Ni en el puesto de las quesadillas ni en la pupusería. Mucho menos en la cantina, la que sigue abierta, donde a las cartas se juega sin camiseta y con la mirada en el cuerpo voluptuoso que cuelga de la pared. Pero sin duda, los que más lo iban a echar de menos son “Chiquichaca” y “La Vaca”. “Ellos son a los que llamo en las urgencias”. Por las “urgencias” Jiménez se refiere a esas noches en las que la autopatrulla tiene que intervenir. Robos. Asaltos. Maras. “Nosotros hacemos lo que no hace la PNC”.

A los últimos ladrones, hace unas semanas, los “agarraron” intentando entrar en una casa. “Me marcaron a la una de la mañana. “Jimenez, te necesitamos con urgencia”, me dijeron. Así que “saqué el rifle 21” y fuimos a por ellos. “Los acostamos en el andén”.

-¡Ni uno se me mueve o los agujereo a plomazos”!

A uno de ellos lo golpearon con la culata del rifle. Sangraba.

-“Ya estábamos para hacerlos desaparecer”, cuando apareció la policía. Por desaparecer, Jimenez se refiere a desaparecer.

-“Para que nos llaman. Lo hubieran matado y se acabó todo”, dijo uno de los agentes.

Los hombres de la autopatrulla de Tiucal se miraron. ¿Por qué coño los habían llamado? Nadie en el pueblo quiere a la policía.

-“Dense la vuelta y aquí no ha pasado nado. Los hacemos desaparecer”, dijo uno de los chicos de la autopatrulla.

-“Ahora no podemos. Los derechos humanos, ya sabe”.

Al día siguiente, a las 7 de la mañana, cuando la mujer fue a denunciar, los ladrones ya estaban sueltos. “Aquí el dinero no deja que la ley se cumpla”.

Por eso, cuando a Jiménez le contaron que la Salvatrucha andaba rondando el pueblo tuvo claro lo que había que hacer. “Tengo amigos sicarios”.

-¿Y cuánto vale la vida de alguien?

-“Pues depende de la amistad que tengas con el sicario. Puede costar unos 500 quetzales (62 euros) o incluso gratis si el sicario es tu cuate”.

-¿Y en este caso?

A Herbert Jiménez se le escapó una sonrisa. Una sonrisa robusta. De las que te abrigan por las noches, justo antes de dormir.

-“Nosotros los respaldamos. Lo cierto es que los delincuentes tienen miedo de venir aquí. Saben que en Tiucal lo matan a uno”, interviene Madely, una de las vecinas del pueblo.

La amenaza de la Salvatrucha apenas duró unas semanas en el pueblo. “Sus hijos están bonitos. Att. MS”, rezaban las cartas que colaban cada pocos días bajo la puerta de la carnicería. Exigían 15.000 quetzales (1.885 euros). De primeras, el sicario no la quiso matar.

-“Esa mujer es una persona horrible, pero es mujer y no la puedo matar”. Es el código. Y el machismo.

Pero sí fue a hacerle una visita.

-“Eres una vieja hijaputa, pero no te voy a meter plomo. Te doy dos días para que te vayas de la ciudad y no pongas un pie más aquí”.

La mujer se fue. Dos meses. Al oír de su regreso, Jiménez llamó a su sicario. Y este volvió a visitarla.

-“Tengo a mi hijo aquí. No me puedo ir”.

Al menos llegaron a un acuerdo. Podría venir al pueblo un día a la semana, “pero sin que vuelva a dar problemas”. Si lo hace, le espera el plomo.

Así se hace Justicia en el pueblo de Jiménez.

El cerro, el ñaña y las historias de Jutiapa

Los agentes Cardona y Ventura son los últimos en bajar. Avanzan unos metros detrás de las asistentas sociales, sin perder de vista al coche que hemos dejado en lo alto del cerro. Desde este punto, el más alto de los que rodean a la ciudad, el cielo azul se desparrama sobre un horizonte árido de tanto añorar la lluvia. Estamos en el cerro de la Cruz, una de las zonas rojas de Jutiapa. Un nido de ladrones, traficantes y junkies que estigmatiza a todo el vecindario. Porque aquí sólo hay gente humilde, con casas humildes y futuros todavía más humildes.

Vienen a buscar a Silvia Jeannete. Tiene 14 años, un embarazo a cuestas y un juicio en la capital en menos de diez días. La acusan de haber extorsionado a su hermana.

-“Ella no hizo nada”, la excusa su madre, que dio a luz a otros quince hermanos. Hoy Silvia Jeannete no está en casa, una pequeño bohío de techos oxidados del que no paran de salir niños y humo. De hecho, hace días que Silvia Jeannete se fue de casa. Con el padre de su futuro hijo, un policía de 20 años.

-“Apunte eso agente, eso es un delito. Ella es menor”, repite Maribel, una de las asistentes sociales, mientras deshacemos el camino andado por el pedregal. En lo alto del coche, junto al cerro, hay un par de chicos rondando.

-¿Es un caso de extorsión de maras?

-No, no creo. Parece más bien una disputa familiar, coinciden las dos especialistas.

En Jutiapa, a una hora y una decena de apartahoteles por horas de Tiucal, hay delincuencia. Hay robos. Hay asaltos. Y algunos asesinatos. Pero no hay maras. Donde hay narcos se dice que no hay maras. “Las maras se intentan asentar en las afueras de la ciudad, en las colonias donde están los drogadictos, pero la gente interviene”. El que habla, Otoniel, es uno de los hombres de Jutiapa. Un pistoludo. Porque aquí, entre los cerros ajados del trópico, todo el mundo va armado.  Basta con tener 26 años y 9.000 quetzales (1.130 euros). O nada de eso y acudir al mercado negro. “Uno sin armas se siente más vulnerable”.

Lo cierto es que la ciudad tiene una tasa de homicidios ligeramente por encima de la media nacional  (2,70 frente a 2,37), pero muy por debajo de la capital (4,79 homicidios por cada 100.000 habitantes) o de otros departamentos como Izabal (4,93). “En Jutiapa de asaltos no pasan”, bromea el joven Otoniel. Aquí todos se conocen. Hasta los delincuentes. Como Ñaña, su compañero de pupitre desde párvulos, quien a falta de un futuro mejor pasa los días fuera de la cárcel esperando volver a ella. “Cada vez que sale, vuelve a robar para que lo agarren y lo vuelvan a meter preso. Dentro tiene comida y amigos”. La última vez, dejó la moto de la que se había apropiado fuera de la casa para que la PNC lo detuviese.

Esos son los delincuentes que quieren en Jutiapa. Nuestros hijos de puta, que dirían los americanos. A los demás es mejor enviarlos al hoyo del Tenampa. Sobre todo si son mareros. Por eso, desde que esta mañana descubrieron una pintada de la Salvatrucha junto al estadio, todos en el pueblo andan revolucionados.

-“Es cosa de chiquillos”, tercia Maribel.

Otoniel se encoge de hombres.

Es hora de llamar a Jiménez.

** Algunos de los nombres de este reportaje han sido alterados por motivos de seguridad

Reportaje publicado en Ctxt