b) Más de 2,6 millones de personas están en grave riesgo de inseguridad alimentaria en Kenia (Foto: Pablo L. Orosa) copia

#Ungarevolution, la crisis en la que la sequía sumió a Kenia

Los pastos del valle del Rift están secos. El ganado se muere y el precio de la leche se ha disparado un 12% en los últimos meses. En el supermercado la compra de harina de maíz está limitada a dos kilos y las protestas por la inflación han avanzado ya más allá de las redes sociales.

“Está muy caro. En el mercado es muy escaso y en el supermercado los dos kilos de unga -la harina con la que se elabora el ugali, el alimento básico en la dieta de los keniatas- cuestan ya 200 chelines, cuando solía ser 150 (1,7- 1,2 euros). Hay días en los que incluso sólo puedes llevarte un kilo”. Isaboke es madre, joven y nairobian. Un retrato detrás de la mayoría social de la #Ungarevolution, el movimiento protesta que inunda desde hace semanas las redes sociales y que la oposición ha llevado ya a las calles.

Junto a las pancartas de apoyo a Raila Odinga, los mítines de la coalición NASA, principal partido opositor, se han llenado de carteles con mensajes tan simples como reveladores: “Azúcar”. “Unga”. “Esto significa que la gente está descontenta con la forma en la que el Gobierno está manejando la crisis. Creen que el país se está encaminando en la dirección equivocada y la oposición está aprovechando el fracaso para desacreditar el funcionamiento del régimen y arengando a sus partidarios para derrotarlos en las urnas”, explica el reputado comentarista político Hezron Ochiel.

Desde finales de 2016, la situación se ha deteriorado gravemente en el país a causa de la sequía: oficialmente, más de 455.000 menores de cinco años sufren de desnutrición aguda en el país y un total de 2,6 millones de personas se encuentran en alto de riesgo de inseguridad alimentaria. Hace menos de un año, en agosto de 2016, eran sólo 600.000.

La lluvia hace algo más de un año que dejó de caer con regularidad en el valle del Rift. En los puestos del mercado nuevo, levantados en las afueras de Nanyuki, el centro agrícola más importante del valle, hay patatas, tomates, zanahorias, bananas y una remesa de melones de la primera cosecha. El problema, apuntan los clientes, está en el maíz, cuya producción se ha reducido hasta un 99% respecto a su promedio histórico. Como consecuencia, la harina con la que se elabora el ugali, el plato por antonomasia de la comida keniata, ha multiplicado su precio un 31%. La leche y el azúcar también se han disparado un 12 y un 21% respectivamente.

La inflación ha alcanzado su máximo histórico del último lustro y supera ya el 11 por ciento. “Una de las principales razones”, apunta el profesor de Economía de la Universidad de Nairobi y asesor gubernamental, Gerrishon K. Ikiara, “es la sequía que lleva afectando al país más de 8 meses y que tira de los precios”. En la práctica, esto se traduce en que muchas familias, como la de Isaboke, tengan dificultades para llegar a final de mes. “El ugali está demasiado caro. Lo hemos substituido por arroz y chapati –una torta de trigo-”.

La oposición sabe que el hambre es una oportunidad para derrotar al Gobierno de ascendencia kikuyo, la etnia más numerosa e influyente del país. “Vemos como las existencias de alimentos disminuyen sustancialmente a medida que los estantes de los grandes supermercados se quedan sin productos básicos como el azúcar o la harina de maíz. El país está experimentando una inflación creciente y un alza en el costo de la vida: muchos keniatas de a pie apenas puede poner un plato de comida en la mesa. Esto está generando mucha ansiedad y enfado entre el electorado que directamente está culpando al Gobierno de la situación. Para ellos, no tener comida significa un voto contra el Gobierno”, resume Ochiel. “La oposición está utilizando la inflación políticamente. Ven en ella una oportunidad para castigar al Ejecutivo”, añade Ikiara.

El presidente Uhuru Kenyatta se ha visto obligado a responder a una crisis cuya dimensión amenaza ya su reelección: ha ordenado la importación de 150.000 toneladas adicionales de azúcar y ha lanzado un plan de ayuda dotado con 6 billones de chelines (algo más de 51 millones de euros) para contener la escalada del precio del maíz. Es consciente, subraya el analista de la consultora Max Security Solutions, Alex Fielding, de que “la sequía es una cuestión electoral importante ya que el aumento de los precios de los productos básicos ha provocado una reacción contra el Gobierno”.

“Su debilidad en los resultados de su lucha contra la corrupción”, continúa el experto de la consultora especialista en riesgos sociopolíticos, juega en su contra: en cada uno de sus discursos públicos Odinga refuerza la convicción popular de que la élite político-económica asociada al Gobierno vive una vida de lujo mientras el pueblo se muere de hambre.

Aunque varios de los candidatos opositores también han sido acusados de corrupción, incluido el propio Raila Odinga a quien se le vinculó en el pasado con una trama para beneficiarse con la manipulación de precios en el mercado de maíz, la estrategia parece estar funcionando: la oposición “gana impulso” en las encuestas “a medida que la vida se vuelve más difícil”.

La hambruna que viene

El escenario macroeconómico, que hasta la fecha ha acompañado al Ejecutivo de Kenyatta, augura una desaceleración de medio punto porcentual para 2017. “Kenia se enfrenta actualmente a vientos en contra que probablemente frenarán el crecimiento del PIB en 2017″, alertó en abril el director del Banco Mundial en el país, Diarietou Gaye. La debilidad en el crecimiento del crédito,  el aumento del precio del petróleo, el fortalecimiento del dólar y, sobre todo, la sequía lastran las perspectivas de desarrollo económico.

La traducción real, en el mercado de Nanyuki, es que las transacciones se reducen. La gente compra lo que puede pagar, frutas y algo de verduras, pero los puestos de carne apenas tienen clientes. “La sequía ha destruido el sustento de las familias, disparado los conflictos locales y erosionado la capacidad de las comunidades de salir adelante”, resume la Oficina para la Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU (OCHA por sus siglas en inglés) en un reciente informe.

Las perspectivas para la última mitad del año no son demasiado halagüeñas: aunque todavía restan las “short rains” de noviembre, la temporada de lluvias ha dejado precipitaciones entre un 25 y un 75% por debajo de lo habitual, lo que augura una mala cosecha para la segunda de julio. La previsión es que en septiembre la inseguridad alimentaria alcance ya el nivel 3 -crisis- de 5 en todo el norte del país. “Es probable que veamos una continuación, o incluso un empeoramiento significativo, de los problemas alimentarios y de agua, particularmente en las zonas áridas y semiáridas del país”, apunta el coordinador de programas de FAO en Kenia, Robert Allport.

La falta de lluvias en el valle del Rift y la plaga de la gardama africana, una de las más mortíferas, en el occidente del país provocarán presumiblemente “una disminución en la cosecha de maíz, lo que potencialmente se traducirá en una continuación de la actual crisis de los precios de los alimentos”.

Esta situación, continúa el responsable de la FAO, obligará a Kenia a importar una “significativa cantidad” de maíz, lo que sitúa a los comerciantes en una “posición muy fuerte que les permite dictar el precio”. El Gobierno resultante de las urnas tendrá que tomar medidas urgentes: reducir  aranceles, desarrollar una normativa legal que regule los precios o adquirir una cantidad lo suficientemente grande como para influir en el mercado. De lo contrario, la #ungarevolution podría desbordarse.

“En Kenia no sabemos vivir sin ugali. Ninguna familia, ni siquiera los ricos pueden hacerlo. El ugali es parte de nuestra cultura”. Palabra de nairobian. #Ungarevolution.

Reportaje publicado en el diario Gara