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Los piratas de Somalia reclaman de nuevo su rol en el tablero terrorista del Cuerno de África

Tras unos años en los que sus nombres no acaparaban la atención internacional aunque no dejaban de resonar en el imaginario de las aguas cristalinas del cuerno de África, los piratas somalíes, responsables entre 2008 y 2012 de más de 700 ataques y secuestros como el del Alakrana, reclamaron de nuevo esta primavera el foco mediático con una decena de asaltos. Pero la nueva hornada de filibusteros no se conforma sólo con el dinero de los rescates sino que explora nuevas alianzas con las facciones yihadistas que operan en la zona.

“Los piratas somalíes están resurgiendo y tienen la intención de continuar con los ataques contra el transporte marítimo comercial. Insto a la comunidad internacional a estar vigilante”. La advertencia, el pasado mes de abril, del secretario ejecutivo de la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), Yury Fedotov, fue el reconocimiento oficial a una amenaza que llevaba meses asomando en el cuerno de África: desde principio de año se han registrado una decena de ataques en el golfo de Adén después de un lustro en el que apenas se había contabilizado incidentes. La ruta entre el archipiélago de Socotra, uno de los paisajes más misteriosos del planeta, y Somalia, utilizada para ahorrar tiempo y combustible en la travesía por la costa este de África, se ha convertido en el dominio predilecto de este nuevo grupo de  corsarios somalíes.

Liderados por Afweyne Dhibic, Afweyne (“Bocazas”, en el sonoro idioma somalí), heredero del apodo con el que también era conocido Mohamed Abdi Hassan, involucrado en el secuestro del Alakrana y hoy en prisión en Bélgica por el ataque al Pompei, los piratas mantuvieron durante diez días secuestrados a los ocho tripulantes de un carguero indio a principios de abril. Semanas antes, el petrolero de bandera ceilandesa Aris 13 y el buque granelero OS35 también fueron atacados por piratas somalíes. Al menos otros dos incidentes, según los datos del International Maritime Bureau (IMB), ocurrieron al otro lado de la ribera, en las costas de Yemen, cuyos señores de la guerra están involucrándose cada vez más en esta industria del secuestro capaz de generar un negocio valorado en 7.000 millones de dólares en 2011.

Aunque siguen tratando de lucrarse con el pago de los rescates, los piratas de esta nueva oleada han diversificado sus actividades: el tráfico de armas, combustible e incluso personas forma parte del moderno engranaje delictivo del cuerno de África. Como ocurrió hace un lustro, el puerto de Hobyo, en la región autónoma de Galmudug, se ha convertido en el principal bastión bucanero. La sede de la Hobyo-Harardhere Piracy Network.

En su estrategia de diversificación, los piratas de Hobyo, encabezados por Mohamed Garfanje, responsable en 2012 del secuestro del periodista norteamericano Michael Scott Moore, han apostado por estrechar lazos con las organizaciones yihadistas que operan en el cuerno de África:  tanto con Al Shabab, vinculada a al Qaeda, como con el ISIS. Una investigación revelada por CNN apunta a que Garfanje está suministrando armas y munición a Al Shabab, mientras otro grupo pirata con base en Qandala, en la región autónoma de Puntland, lo hace a la facción del ISIS en Somalia liderada por Abdulkadir Mumin.

El poder de los clanes

Entre octubre de 2010 y abril de 2012, mientras 260.000 personas se morían de hambre en Somalia, en el reducto pirata de Hobyo la vorágine del lujo se dejaba ver a través de los coches de alta cilindrada. Un negocio, el del secuestro, que involucra a toda la sociedad: “Sabemos que el apoyo de la comunidad es muy importante para que exista piratería. Los piratas somalíes necesitan refugios seguros donde anclar los barcos durante las negociaciones y las comunidades locales son fundamentales para ello”, apunta el director de proyectos para el Cuerno de África de la organización norteamericana Oceans Beyond Piracy (OBP), Ben Lawellin.

Incapaz de articular un entramado institucional desde la caída del dictador Siad Barre, Somalia es en la actualidad un Estado fallido en el que el poder tribal juega un papel clave que facilita las alianzas al otro lado de la ley. “Si el líder pirata y el líder terrorista pertenecen al mismo clan, el acuerdo es más fácil. Por lo tanto, como es habitual en Somalia, los lazos clánicos son más fuertes que otras consideraciones políticas o ideológicas”, apunta el experto en seguridad marítima y piratería Fernando Ibáñez.

En 2011, una investigación de Reuters descubrió un pacto entre al-Shabab y varios líderes piratas de Harardhere por la cual los yihadistas se quedarían con el 20% de los rescates obtenidos por los piratas y estos, a cambio, podrían fondear los barcos secuestrados en la localidad. “Este caso parece demostrar que los piratas están dispuestos a pagar a quien controla la costa parte de los rescates con el fin de poder desarrollar sus actividades y les importa poco si el soborno es a una autoridad regional o a al-Shabab”, subraya Ibáñez.

En la actualidad, añade Omar S. Mahmood, investigador del Institute for Security Studies, este “paraíso pirata” permanece “bajo control de Al Shabab”, lo que hace aumentar la “preocupación” porque los yihadistas “se puedan beneficiar” de la “reciente ola” de piratas. No obstante, más que un “acuerdo entre ambas organizaciones”, lo que puede existir es un pacto “basado en alianzas de clanes”, concuerda Mahmood.

“La relación de Al Shabab con los piratas somalíes no ha sido estable sino oportunista. Llamarla alianza parece exagerado. Los piratas tienen una motivación exclusivamente económica, mientras que no puede decirse lo mismo de Al Shabab. Esas diferencias suelen limitar el alcance de las opciones de colaboración”, explica el profesor de la Universidad Autónoma de Madrid Luis de la Corte. Las luchas intestinas por controlar el relato yihadista en el cuerno de África, con enfrentamientos y purgas internas entre los miembros de al Shabab ante la renovada pujanza del ISIS en Somalia, parecen no afectar a los piratas, cuyo papel parece limitarse al tráfico de ilícitos. Ir más allá, apunta De la Corte, podría “propiciar un incremento de la presión internacional en dichas aguas y haría que los problemas somalíes movilizaran una respuesta internacional más contundente”.

Aunque desde diciembre de 2016, cuando concluyó la operación Ocean Shield de la OTAN, en la zona sólo permanece activa la operación Atalanta de la Unión Europea compuesta por dos buques de guerra y dos aviones de patrulla marítima, la comunidad internacional permanece vigilante ante lo que está sucediendo en Somalia. La ONU y Estados Unidos han comenzado a investigar los lazos entre los piratas y los líderes yihadistas para evitar que la bandera negra se extienda de nuevo por el cuerno de África.

Reportaje para el diario Público