Sin trabajo, muchos jóvenes son presa fáciles de los imanes que promueven una ideología radical (Pablo L. Orosa)

Mombasa, entre el terror de Al Shabab y la lucha por la independencia

Un paraíso de playas de arena blanca y agua cristalina jalonan los casi 500 kilómetros que separan Mombasa, la segunda ciudad más importante de Kenia, de la frontera con Somalia. Lo que debería ser un paisaje idílico se ha convertido en uno de los mayores escenarios de terror del Cuerno de África: Al Shabab, la milicia radical islamista, ha tomado a los jóvenes como rehenes, mientras el descontento alienta también los movimientos independentistas.

En el barrio de Mtopanga, a lo largo de la vieja carretera de la costa, vacía hoy de visitantes por las lluvias y el miedo a la amenaza terrorista, un grupo de jóvenes se apiña junto al teléfono. Uno tras otro van pasando los vídeos y la mañana. “No tenemos nada mejor que hacer”, reconoce uno de los chicos. Con una tasa de desempleo desbordada tras el derrumbe de la industria turística, los adolescentes buscan respuestas a la “frustración” que les rodea. “En África se tienen hijos con la idea de que en el futuro sean ellos quienes cuiden de sus padres. Ahora entre la juventud hay más gente sin empleo que con el empleo. Se pasan el día en casa y llega una edad en la que los padres les reprochan que todavía estén allí, “comiendo mi comida”. Eso hace que los chicos se sientan frustrados”, explica Alhman Abdulla, uno de los líderes religiosos de la comunidad.

El movimiento radical islamista de Al Shabab, heredero de la al Itihaad al Islamiya surgida en los años 80 para derrocar al régimen de Siad Barre en Somalia, “se aprovecha de la falta de empleo y de la situación económica” para atraer a jóvenes desencantados a su causa. “Cada madrassa va por libre”, reconoce Abdulla, quien ha sido testigo de la llegada masiva de imanes salafistas a la costa keniata. “Ya existen distintas fuentes e indicios que apuntan a una conexión entre al Shabab y algunos de esos predicadores establecidos en la costa, concretamente en Mombasa”, señala el profesor del Instituto de Ciencias Forenses y de la Seguridad de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), Luis de la Corte Ibáñez, autor de un informe del Instituto Español de Estudios Estratégicos sobre el papel de los radicales yihadistas en el Cuerno de África.

De la guerra en Somalia a la represión

Aunque el extremismo lleva amedrentando Kenia desde el ataque a la embajada norteamericana en 1998, fue la participación del Ejército keniata en la guerra contra el yihadismo en Somalia lo que ha convertido al país en un objetivo declarado de Al Shabab. “Desde entonces la situación es mucho peor: el 90% de los ataques terroristas en Kenia han ocurrido después de la invasión”, subraya Patrick Gathara, uno de los activistas y dibujantes más conocidos del país.

Desde abril de 2013, los ataques de Al Shabab ha provocado alrededor de 500 muertos en territorio keniata, con episodios tan sangrientos como el ataque en septiembre de ese año al centro comercial Westgate, ubicado en uno de los barrios más pudientes de Nairobi, en el que 61 civiles perdieron la vida y decenas resultaron heridos o el ocurrido en la universidad de Garissa en abril de 2015 que se saldó con 148 víctimas mortales. Esta misma primavera las incursiones yihadistas en la zona fronteriza se han recrudecido causando casi medio centenar de víctimas, incluida la decapitación de nueve civiles en la aldea de Jima, lo que ha obligado a las autoridades keniatas a decretar un toque de queda en la zona.

Aunque “inicialmente la gente estaba con el Gobierno” y apoyaba la participación de Kenia en el conflicto somalí – “fue vendido como algo patriótico, ¡era la primera vez que íbamos a la guerra!”, explica Gathara-, la sangrienta respuesta de Al Shabab ha cambiado la percepción de una sociedad preocupada de que la amenaza terrorista se extienda más allá de la costa. Hoy son muchas la voces que cuestionan el papel de Kenia en la Misión de la Unión Africana en Somalia (AMISOM por sus siglas en inglés) y reclaman un debate sobre su continuidad: “Al Shabab no tenía un incentivo para levantarse en Kenia. Antes podían utilizar el territorio como base, para comprar armas, pero no para atacar. Eso cambió cuando fuimos allí. Pasamos a formar parte del conflicto”.

En apenas unos años, las barriadas deprimidas de Mombasa y otras ciudades de la costa keniata se han convertido en un granero de mártires para yihad: a más atentados, más represión; a más represión, más yihadistas. Esta estrategia, encarnada en la Kenyan Defence Force (KDF), acusada por las organizaciones de derechos humanos de haber perpetrado “centenares” de ejecuciones extrajudiciales desde 2015, en su mayoría vinculadas a operaciones antiterroristas, no hacen más que alimentar la desafección entre los jóvenes de las barriadas. “Faltan respuestas” ante los excesos de la policía, apunta uno de los chicos de Mtopanga. El modo de actuar de las autoridades, señala el investigador de Human Rights Watch en Kenia Otsieno Namwaya, “no sólo es ilegal sino también contraproducente”.

Localidades como Eastleigh, un suburbio habitado por migrantes somalíes en Nairobi, Bongwe o Mtopanga, en la costa de Momabasa, son el escenario habitual de la política represiva de la KDF. “Llegan aquí acusando, con sus pistolas en alto y sus grandes despliegues policiales”. Y eso no ayuda a ganarse “la confianza” de la comunidad, sentencia Abdulla. “La posible aplicación de medidas represivas insuficientemente selectivas”, añade De la Corte Ibáñez, “podría incrementar el nivel de radicalización en algunos sectores de confesión islámica, al igual que podría ocurrir debido a una posible concreción de acciones sectarias contra la población musulmana protagonizadas por sectores cristianos. Los agravios y traumas derivables de tales acciones podrían servir de reclamo que permitiera aumentar los apoyos a al Shabaab dentro de Kenia”.

La salida independentista

Con las banderas keniatas ondeando al otro lado de la ventanilla, el presidente Uhuru Kenyatta subió las escalerillas del “Madaraka Express”, el tren construido con capital chino y que desde el pasado junio une Nairobi con Mombasa en poco más de 4 horas y media, para proclamar que el país asistía a un “día histórico”. A menos de tres meses para las elecciones, Kenia estrenaba la mayor infraestructura construida desde su independencia y cuya segunda fase, si se solventan los problemas judiciales que la mantienen paralizada, permitirá conectar las costas del Índico con Burundi, Etiopía, República Democrática del Congo (RDC), Ruanda, Sudán del Sur y Uganda a través de Kenia.

Mientras el tren realizaba su viaje inaugural, Kenyatta amenazaba con “ahorcar” a todos los que tratasen de sabotear el proyecto: “Aquellos que cometan actos de vandalismo y sabotaje cometen crímenes capitales, cuyo castigo es la muerte”. El presidente es consciente de que Mombasa y su puerto son un eje fundamental para la economía keniata: aquí se refina el petróleo, se fábrica cemento y se recibe buena parte de los productos que llegan a África del Este. Además, las playas de Mombasa son el centro del turismo costero de Kenia.

Su importancia económica, la misma que llevó a los británicos a incluirlo como parte sustancial de la colonia, no se refleja en la vida de sus habitantes: la tasa de paro alcanza aquí el 44%, más del doble del 21% en el resto del país. Esta “discriminación histórica”, agudizada por la usurpación de tierras auspiciada por el boom turístico de principios de siglo, ha alimentado desde 2008 el movimiento independentista del Mombasa Republican Council (MRC): “Aunque últimamente han perdido algo de apoyo, siguen contando con simpatizantes, especialmente en el norte (hacia la frontera con Somalia). Mucha gente ve que el MRC es el único que está luchando por la gente de la costa”, subraya Alhman Abdulla.

Al igual que ocurrió en el Rift Valley, los nativos que habitaban por generaciones las playas del Índico carecían de títulos de propiedad, lo que facilitó que sus tierras fueran expoliadas por los empresarios afines al gobierno de Nairobi. “Los precios en la zona se dispararon y la gente no podía vivir”, asegura el líder religioso. Fue entonces cuando el MRC, creado en 1999, se convirtió en una amenaza para el status quo. Bajo el slogan “Pwani Si Kenya’ (la costa no es parte de Kenia), los partidarios del movimiento se multiplicaron reclamando la independencia de la región.

En 2010, el grupo fue prohibido por el Gobierno, el cual lo incluyó entre una lista de 32 bandas criminales, aunque dos años más tarde la Corte Suprema declaró inconstitucional la medida. El relato oficial ha tratado de equiparar al MRC con Al Shabab, y aunque ambos comparten territorio y religión, el primero es ante todo “un movimiento político”, sentencia Alhman Abdulla. “Hasta donde indica la información disponible no existen ninguna evidencia fuerte acerca de la relación entre el MRC y Al Shabab, sólo acusaciones de cuya intencionalidad política cabe sospechar”, añade el experto de la UAM.

En Mtopanga, a unos metros de la mezquita, otro grupo de jóvenes espera a que la lluvia les de un respiro. ¿Para qué? “Aquí no hay mucho que hacer”. Sólo un de ellos tiene un empleo como conductor de tuk-tuk, pero sin turistas el negocio se resiente. Ninguno quiere hablar de Al Shabab. Tampoco del MRC. El futuro aquí no va más allá de esta mañana.

Reportaje publicado en el diario Gara