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Kibera, arte contra la violencia

Nosotros no vamos a acabar con la pobreza. Si Jah te trajo al mundo sin nada, ¿quiénes somos nosotros para acabar tu pobreza? De hecho, vamos a multiplicarla. Porque si no fuera por la pobreza, grandes canciones como Poverty no podrían haber sido cantadas.

“75 percent of the people dem living in poverty

And the next 25 percent a dem a live inna the luxury”

Dadnos vuestro voto y dejad al Kibera Rasta Association Party (KRA) representar a la comunidad rasta en el Parlamento.

Corten

Mammito Eunice, “Mama Africa”, no puede contener la risa. Eso de cambiar a la Policía por los Buffalo Soldiers a los que cantaba Bob Marley y a sus perros por leones es demasiado hasta para una candidata delirante como la que ella interpreta: Empress Mammito, la líder que promete llevar a los rastas de Kibera a peregrinar hasta la tumba de Haile Selassie I en Addis Abeba y convertir el himno nacional de Kenia en una canción reggae. “El himno es muy aburrido, te quedas de pie, quieto, como una estatua. Queremos un himno con el que puedas perrear”.

Más que al voto, que muchos le prometen en redes sociales, Mammito y sus compañeros del Kibera Creative Arts aspiran a que sus sketches hagan reír. Y pensar. La sonrisa como reflexión. El arte contra la violencia. “Kibera es nuestra. Los políticos vienen y van, pero cuando las elecciones pasen nosotros tenemos que convivir”, repite Geoffrey Ochieng, al que el resto del país conoce como Oyoo. En la barriada, una de las pobres de África, todos lo respetan. Están orgullosos de que uno de los suyos, uno de los de Kibera, fuese coronado como el hombre más gracioso de Kenia en la primera edición del éxito televisivo TopComic. Por eso, cuando Geoffrey se lanzó junto con un grupo de cómicos, poetas, bailarines y cantantes a combatir la delincuencia a través del arte nadie en el barrio dudó en abrirle la puerta. “Nos hemos ganado el respeto de la comunidad, ahora tenemos que educar a la gente y usar esa influencia para atraer a los chicos y transformar la sociedad”, explica mientras rebusca en el ordenador las fotos de último evento organizado por la asociación.

Cada dos meses, el Art Attack Festival se convierte en el escaparate de la otra Kibera. La que va más allá de las montañas de basura, las estadísticas disparadas de VIH y del último atraco. Porque Kibera es mucho más que eso. “Aquí hay mucho talento”. Hay raperos con orgullo de barrio, artesanas que hacen brillar el óxido y tipos capaces de hacer reír a los muertos. “Lo que tratamos”, continúa Geoffrey, “es de atraer a la juventud para que no caiga en la delincuencia”.

En los últimos tiempos, han incorporado un nuevo elemento al discurso: la construcción de una identidad para Kibera. “Tenemos que vivir como hermanos. Nunca permitas que la política te haga matar a tu hermano”, escribe Geoffrey, empeñado en que esta vez la inquina de las elecciones no se lleve por delante la paz que tanto ha costado construir. Porque hoy, al menos mientras el sol luce en el horizonte al otro lado de Nairobi, Kibera es un lugar seguro en el que se puede pasear, degustar un chapati recién horneado o incluso disfrutar de una versión surrealista de Showdown in Manila. Hace sólo una década, tras las elecciones de 2007, la barriada se convirtió junto a la ciudad de Eldoret en el epicentro de una violencia desmedida que se saldó con más de 1.300 muertos -más de un centenar de ellos en el slum– y 600.000 desplazados.

Desde su creación a principios del siglo XX, cuando el Gobierno colonial Británico recompensó con sus terrenos a los combatientes nubios que habían luchado para la corona durante la Primera Guerra Mundial, Kibera ha sido el destino de miles de migrantes rurales que encontraron en sus techos de zinc cobijo para sus sueños de prosperidad. Con una extensión de alrededor de 2,5 kilómetros cuadrados, nadie sabe a ciencia cierta cuanta gente vive actualmente en Kibera. Algunas estadísticas hablan de 600.000. Otras dicen que supera ya el millón de habitantes.  “Aquí hay gente de todas las etnias”, apunta Geoffrey. Y eso convierte a Kibera en una analogía de la propia Kenia. De sus filias y sus fobias.

El país, uno de las economías más prósperas de África, se transforma en cada cita electoral -a excepción de los comicios de 2013 en los que las consecuencias sangrientas de 2007 estaban todavía demasiado presentes- en una lucha de clanes. “El discurso tribal es el lenguaje habitual utilizado por los políticos para convencer a sus votantes para que los apoyen. En realidad”, señala el reputado comentarista Hezron Ochiel, “esto no es nuevo teniendo en cuenta que el patrón de  votación en Kenia es en su gran mayoría étnico”. “La gente vota en función de su etnia, cree que si uno de ellos está en el poder las cosas serán mejores para su comunidad”, añade el investigador en política social de la Universidad de Nairobi, Sekou Toure Otondi.

Así ha funcionado históricamente la política en Kenia. Desde la vuelta al sistema de partidos en 1991, los kikuyo, la étnica más numerosa y con mayor influencia del país, han ido fraguando alrededor de sus líderes políticos, encabezados por el padre fundador Jomo Kenyatta y su hijo y actual presidente y candidato a la reelección Uhuru, una élite económica enriquecida con las paredes de cristal que conforman el skyline de Nairobi. El control de las grandes industrias y, sobre todo, la propiedad de las tierras les han ido enfrentando con el resto de las 42 etnias reconocidas oficialmente en el país. A excepción de los kalejin, aliados coyunturales en las últimas citas electorales, el resto de las minorías se han alineado bajo el mandato del líder luo Raila Odinga para intentar desbancar al gobierno de Uhuru Kenyatta.

“No diría que estamos al borde de una violencia a gran escala como la de 2008, pero las señales de alerta ante disturbios post-electorales y violencia étnica están ahí”, advierte Alex Fielding, analista de la consultora de riesgos geopolíticos Max Security Solutions. Odinga, quien en 2007 rechazó la victoria del candidato kikuyo Mwai Kikabi acusándolo de fraude electoral, lo que desencadenó el enfrentamiento en las calles del país, ya ha dejado entrever que no aceptará la mediación de la Independent Electoral and Boundaries Commission (IEBC) y ha amenazado con llevar cualquier disputa de nuevo a las calles. Los sondeos aventuran un resultado muy ajustado y esto, apunta Fielding, “incrementa las posibilidades de un enfrentamiento violento entre los luo y los kikuyu”. Y en Kibera los kikuyu son minoría.

Ni luo ni kikuyo, aquí todos somos de Kibera

En la sede de la Kibera Creative Arts, un pequeño espacio de paredes herrumbrosas que en su planta baja es una abarrotería, todo habla del barrio. La música del barrio; las fotos del barrio; las artesanías del barrio…hasta las risas son Made in Kibera. Más allá de luos o kikuyos, todos aquí trabajan para darle voz al barrio. Lo de menos es si es a través de una canción, de unas chanclas recicladas o de un sketch sobre una candidata rastafari. Lo de más es que el arte hable de Kibera.

“Nosotros vemos el impacto que tiene en los chicos”, subraya Geoffrey, empeñado en borrar cualquier componente étnico que divida a la barriada. Por eso, por encima de los festivales #electionswithoutviolence, el último de los cuales se celebró el pasado 23 de julio, y conciertos, el programa más importante es el educativo, bautizado como “Mission I´mpossible”, en un juego de palabras que el cómico resume en una filosofía de vida: “Todo lo que quieras llegar a ser es posible”.

Abrir la puerta a que los chicos sueñen con ser cantantes, bailarines o cineastas es la mejor estrategia para cerrar el paso al desencanto y a la delincuencia. “Aquí en Kibera la vida es complicada. Nadie tiene un título de propiedad de sus casas, así que un día llegan y te tiran todo”, señala uno de los jóvenes del barrio. “Pero la gente tiene una inmensa capacidad para recuperarse, para coger la guitarra y empezar de nuevo”. Esa inspiración artística es a menudo la única tabla de salvación para los chicos de Kibera. Porque no todos pueden acudir a la escuela, pues a menudo resultad demasiado “cara”, apunta Geoffrey, y los que lo hacen aborrecen pasar el día sentados en sus pupitres. Su manera de aprender se traduce mejor en canciones, bailes y poemas.

“Se trata de mostrar a los chicos lo que pueden hacer. No es que todos vayan a ser artistas, pero el arte les da la posibilidad de expresarse. De mostrar que están orgullosos de ser de Kibera”, sentencia el más afamado de los artistas autóctonos. Cada pocas semanas, dentro del bautizado como Artists’ Forum, estrellas locales como Karis, Cedrick Kulaoba o la propia Mammito Eunice acuden a los centros de primaria y secundaria de la barriada para contar su historia.

“Viendo a esas celebridades cara a cara y escuchando su historia directamente de ellos, los chicos se dan cuenta de que esa gente, esos artistas famosos, son gente real que una vez estuvieron también en la escuela y que trabajaron duro para ganarse su prestigio”. Teniéndolos enfrente, resume Geoffrey, los chicos comprenden que no es la violencia sino “el arte” lo que “los puede ayudar a salir de la pobreza”.

Reportaje publicado en Planeta Futuro