Kenia elige entre dos tradiciones políticas: de los Kenyatta a los Odinga

En un escenario de tensiones étnicas que retrotrae a la memoria la violencia que sobrevino a los comicios de 2007, Kenia acude hoy a las urnas para elegir entre dos modelos no tan diferentes: el de la élite representada por el presidente Uhuru Kenyatta y el de la eterna alternativa de Raila Odinga.

“La política en Kenia es una batalla de dinastías”. Las palabras de la joven Irene, teñidas del desencanto de una generación que no encuentra afinidad en ninguna de las tradiciones políticas que llevan dirigiendo el país desde su descolonización. Si Jomo Kenyatta, héroe de la independencia ante los británicos y padre del candidato a la reelección, Uhuru Kenyatta, fue el primer presidente del país africano, su entonces vicepresidente, Jaramogi Oginga Odinga, es el padre del ahora líder opositor Raila Odinga. Un Juego de tronos que se reproduce en cada cita electoral.

Aunque ambos se presentan como personajes antagónicos, la estabilidad de Kenyatta frente al populismo progresista de Odinga, sus diferencias programáticas no son tantas: ni las reformas económicas estructurales ni la sanidad o educación son una prioridad. Tampoco de política exterior: ambos partidos están comprometidos a mantener el papel de Kenia en la guerra contra el yihadismo en el Cuerno de África pese a las dudas que empiezan a surgir en algunos sectores de la sociedad y que exigen un debate sobre la presencia del ejército keniata en la misión africana en Somalia. “Si Raila gana tampoco van a cambiar estas políticas”, augura el activista y dibujante Patrick Gathara.

Tan sólo el alto precio de la cesta de la compra, víctima de una inflación disparada, ha supuesto un duro enfrentamiento entre ambos candidatos. ‘Agwambo’, el nombre en luo con el que los seguidores apodan cariñosamente a Odinga, ha reprochado al Gobierno la falta de reformas, así como sus problemas con la corrupción, a lo que el Ejecutivo de Kenyatta ha respondido con un ambicioso plan de subsidios para controlar el precio del maíz.

Mas ha sido la tensión tribal lo que ha definido una vez más la campaña electoral keniata: el partido gobernante, el Jubilee Party, vuelve a repetir la alianza kikuyo-kalenji con el ticket Kenyatta-Ruto, a la espera que en 2022 los kikuyo, la etnia más numerosa e influyente del país, apoyen la elección del kalenjin Ruto; mientras la oposición de la Super Alianza Nacional (NASA) ha superado las disputas internas uniéndose entorno a la figura del veterano Raila Odinga.

“Esta vez Odinga podría tener el apoyo suficiente para ganar”, augura el investigador en política social de la Universidad de Nairobi, Sekou Toure Otondi. En 2013, cuando ambos candidatos concurrieron también a los comicios, Kenyatta se impuso por un estrecho margen de votos después de que el Tribunal Supremo desestimara el recurso interpuesto por la oposición ante presuntas irregularidades.

Desde entonces, la popularidad de Kenyatta ha ido disminuyendo a medida que se descubrían nuevos casos de corrupción y la economía, lastrada por la sequía, el débil crecimiento del crédito y el aumento del precio del petróleo, se desaceleraba. “Aunque en los últimos años la economía de Kenia ha crecido regularmente alrededor de un 6%, mientras que el resto de los países de la región lo hacen entre un 3 y 5%, la oposición ha utilizado” las tensiones inflacionistas “para castigar al gobierno”, resume el profesor de Economía de la Universidad de Nairobi y asesor gubernamental, Gerrishon K. Ikiara.

Este escenario, con el compromiso de la oposición de unirse ante la alianza kikuyo-kalejin, augura un resultado electoral todavía más incierto: “El aumento del coste la vida, la desigualdad económica y la creciente violencia en las tierras de pastoreo son temas que demuestran el descontento público con la gestión de Kenyatta. Aunque todavía mantiene el liderazgo en las encuestas, un aumento final de Odinga y una mayor participación en los feudos de la oposición podrían llevar a su derrota”, señala el analista Alex Fielding.

Los riesgos del día después

El pasado mes de febrero, la ONU dio pábulo a lo que era un secreto a voces en el país: “Estamos extremadamente alarmados por el creciente número de ataques contra la sociedad civil a medida que las elecciones se acercan”, sentenciaba un informe especial emitido por el organismo internacional sólo un mes después de que el ministerio del Interior ordenara el cierre de numerosas organizaciones no gubernamentales acusándolas de “actividades malvadas”, como el lavado de dinero o financiación del terrorismo.

Detrás de esta operación, apunta Gathara, se esconde la intención del Ejecutivo de “silenciar a la disidencia” para evitar que continúe denunciando los excesos policiales: desde 2015, la Kenyan Defence Force (KDF) ha sido acusada por las organizaciones de derechos humanos de haber perpetrado “centenares” de ejecuciones extrajudiciales, en su mayoría vinculadas a operaciones antiterroristas.

Cuando los medios de comunicación ha indagado en el asunto han sido víctimas también de la omerta impuesta por el Ejecutivo: más de una veintena de periodistas y bloggers han sido víctimas de agresiones entre 2013 y 2017. “La policía ha estado implicada en algunos de estos abusos contra periodistas y bloggers”, alerta el investigador de Human Rights Watch Otsieno Namwaya. El país continúa en el puesto 95 de 180 en el índice elaborado por Reporteros Sin Fronteras, quien ha alertado de la “erosión” sufrida por la libertad de expresión en Kenia en los últimos años.

En este clima de impunidad, auspiciado según Namwaya por la “falta de compromiso” de los líderes políticos keniatas para “acabar con los abusos”, sitúa al país en un escenario que recuerda a lo ocurrido en 2007, cuando la violencia poselectoral causó más de 1.110 muertos. “Cuanto más apretado sea el resultado electoral, mayor es el riesgo de violencia por parte de los perdedores”, insiste Fielding.

Aunque la reforma constitucional de 2010 fue diseñada para apaciguar las tensiones, dividiendo el poder en 47 condados, introduciendo la posibilidad de un impeachement presidencial y garantizando la representación territorial con la creación de un sistema bicameral, el país continúa sustentado sobre un frágil equilibrio. Las primarias celebradas en primavera ya dejaron una veintena de muertos y en las últimas semanas de campaña se han registrado graves incidentes como la muerte de un alto cargo de la Comisión Electoral Independiente (IEBC), cuyo cuerpo apareció mutilado, o el asalto a la residencia del vicepresidente William Ruto. “No es un secreto que existe preocupación por un posible estallido de la violencia”, reconoció recientemente Marietje Schaake, máxima responsable de la misión de observación electoral de la Unión Europea.

Con la guerra en Sudán del Sur y la amenaza yihadista en Somalia, la estabilidad en Kenia es clave para la región. La comunidad internacional confía en que Kenia haya aprendido la lección y el recuerdo del invierno sangriento de 2008 calme los exabruptos del día después.

Reportaje publicado en el diario Gara