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Una voz para una revolución: la de las indígenas de Guatemala

Sara Curruchich aprendió que el cielo era música en una habitación a oscuras. Allí, bajo el manto de las velas y la melodía del “Más allá del sol” que su padre entonaba noche tras noche, la joven kaqchikel descubrió un altavoz contra la discriminación que lleva décadas marginando a su pueblo. “Rompimos los estereotipos”. Esos que dicen que los indígenas sólo valen para servir. Esos que les borran hasta su propio nombre. Esos que llenan de “Marías” los servicios domésticos de la capital de Guatemala.

-“¿Vos María?”

-“Yo tengo un nombre! Soy Sara”.

La joven que da voz a la revolución indígena.

A la llegada a San Juan Comalapa, un pequeño pueblo enclavado entre colinas frondosas donde se dice que en cada familia nace un artista, un muro ocre invita a detenerse. Sus pinturas, que hablan de agricultores afanados y jóvenes torturados, advierten de una frontera imaginaria: la de la conciencia. Centenares de personas fueron aquí asesinadas, descuartizadas y violadas durante el conflicto armado. Lo fueron Jacinto y Eduardo Catú en marzo de 1981. O los 60 feligreses de la iglesia de Xiquin Sinai. También los 40 hombres que se encontraban en agosto de 1982 en el caserío de Papumay. Pero a diferencia del silencio que envuelve a menudo estas masacres veinte años después de la firma de la paz, aquí nadie olvida a los suyos. A los caídos. O a los que, como la matriarca de los Curruchich, María, fueron obligados a vivir olvidando lo que habían visto. “A mí jamás me hablaron del conflicto. Conocemos la historia occidental, pero no la nuestra. Eso es parte de la discriminación”, recuerda la pequeña de la familia, cuyas canciones han conectado al pueblo kaqchikel con su pasado. Por más que este duela.

No se trata de revanchismo, sino de “fortalecer nuestra identidad”: “Mis canciones hablan de convivencia con la naturaleza, del respeto a los mayores, de la soberanía alimentaria….”. Un relato para construir la conciencia de un pueblo.

Un camino para entenderse a sí misma

Antes de saber incluso que quería cambiar el mundo, Sara Curruchich tuvo que aprender a entenderlo. Porque a ella, la menor de una familia de mujeres irreductibles la educaron lejos de su propio idioma. “Nunca recibí una clase en kaqchikel”. María, su madre, no sabía leer ni escribir, pero dominaba el arte de sobrevivir, así que aprendió el español necesario para alimentar a sus hijas con lo que ganaba comerciando en los mercados de la capital.

Lo que ocurre es que los ladinos (mestizos) “se ríen cuando escuchan a los indígenas hablando en español. Se burlan del acento. Por eso mucha gente intenta que sus hijos sólo aprendan ese idioma”. Eso fue lo que pensó María. “No quería que sus hijas pasaran lo que ella pasó”, arguye Rut, convertida con los años en el espejo de su madre: lucen sus mismos ojos azabachados, su alma irreductible y ese talento tan especial para cocinar tortillas de maíz negro.

Sentada sobre una pequeña alfombra que la protege de la humedad del piso, María acaba de repartir los platos: hay habas, carne y hierbitas, una mezcla de chipilín, berro y hierbabuena, que más que comida es una forma de entender la vida. Y es que la tierra no siempre bendice el sudor de los campesinos de Comalapa con buenas cosechas. Es entonces cuando los kaqchikel se agarran a las hierbitas. Para no morirse de hambre.

En un entorno donde la miseria corroe las almas, los Curruchich siempre miraron distinto. Si los demás sólo volvían la vista al campo, las pequeñas Curruchich acumulaban cuadernos escritos. Si las demás chicas dejaban de estudiar, ellas no olvidaban la música. “Tenía 5 años y la sala estaba iluminada con una vela. Mi papá tocaba una canción religiosa. ‘Más allá del sol’. Así durante muchas noches”. Cuando acudían a la iglesia, tomaba la trompeta y el violín. “Mi padre fue mi primera aproximación a la música”.

Por eso, su muerte apagó por un tiempo sus ganas de hablar con canciones. “Nunca pensé en cantar, me recordaba mucho a mi padre”. Hasta que el hermano Daniel, uno de las decenas de religiosos que residen en Comalapa, le devolvió su pasión: tenía 15 años, una guitarra prestada y el recuerdo de cómo sonaban las notas en una flauta. “Busque en Internet cómo se afinaba la guitarra y no funcionó, pero sabía cómo se escuchan en la flauta, así que lo hice de oído”.

Durante semanas, no dejó de escucharse “El Norte” de Ricardo Andrade. “Se me ampollaron los dedos de tanto practicar. Mis hermanas estaban cansadas de tanto oírme”, recuerda Sara. “Síii”, vocifera Rut desde el otro lado de la puerta. Su risa tiene el mismo eco que la de Sara. Ambas suenan a María.

Pronto comenzó a componer sus propias canciones. Acordes en los que hablaba de la familia, del respeto por la naturaleza y de la memoria de los pueblos mayas. Mas por aquel entonces, su principal reto era tocar con Sobrevivencia, el grupo de mam con el que recorrió toda Guatemala y junto al que aprendió que la música puede cambiar el mundo. A finales de 2012, la Orquesta Filarmónica de Dresden buscaba una voz para su concierto por el cambio de era maya y encontró a Sara en un vídeo que un desconocido había subido a la red. Aquella fue la primera vez que salió de Guatemala.

De vuelta al país, un 16 de febrero, la pequeña de las Curruchich asaltó el escenario vacío. Fue en un restaurante a pocas cuadras de su casa, el “Adobe”, hoy entablillado víctima de la presión urbanística. Su madre y su hermana Lidia estaban en primera fila escuchando sus versiones de Ricardo Arjona, Coldplay o Laura Paussini. En medio del repertorio, confiesa, incluí “Amigo” y “”Ch’uti’xtän (Niña). “No dije que eran mías”, pero “a la gente le gusto oír cantar en kaqchikel”.

En marzo de 2014, la Orquesta Filarmónica de Dresden la invitó a cantar de nuevo durante el XXX Festival del Centro Histórico de México. Como reconocimiento, le regalaron la grabación en estudio de su canción Ch’uti’ Xtän. “Yo la colgué en mi muro de Facebook y no más de quince personas le dieron a me gusta. Sin embargo, un día al abrirlo vi que tenía muchas notificaciones”. Un programa local lo había emitido y en pocas horas se volvió un fenómeno viral: más de dos millones de visitas que la convirtieron, sin esperarlo, en la voz de una revolución.

“Sara, hace 20 años hubiera sido imposible”. Su hermana Rut bien sabe porque lo dice.

El triple estigma del racismo: mujer, indígena y del área rural

-“Pero ella quien es. ¿Ella es la que está cantando? Sólo se pone el traje, verdad?

Al lado de la señora, doña Irma, una de las habituales de L’Aperó, la más famosa de las pizzerías de la capital, permanece en silencio, mordiéndose las ganas de callarla.

-“Seguro que se pone el traje sólo para cantar”, continúa la mujer, de mediana edad y mirada tapiada. “Cómo va a ser indígena y estar cantando y tocando la guitarra?

Aquella noche de 2015 había más de 400 personas escuchando a Sara. Su nombre empezaba a sonar entre la nueva escena musical. La chica que canta en kaqchikel. El rostro de ONU mujeres en la lucha de los pueblos originarios. Para muchos, sin embargo, era sólo una india más.

-“Se nos llama indios de forma despectiva. Hace unos meses, mientras caminaba, una señora se quedó mirando la funda de mi guitarra. “Los indios no son para la música, sino para trabajar”, me dijo. En aquel momento me quedé callada, no sabía que responder. Pero me dolió mucho. Llegué a casa y no entendía…”

-Hay mucha gente para la que no es creíble un caso como el de Sara. El racismo y la discriminación siguen vigentes en la sociedad. Para ellos somos sólo mano de obra barata”, interviene Rut, ya con las tortillas sobre la mesa. “La discriminación está en cómo te hablan, en cómo te miran, en cómo te tratan, en cómo no te tratan”.

Cuando acuden a la capital en busca de empleo y la primera norma es hacerlo sin sus trajes tradicionales, el corte y güipil. “Lo primero que les dicen es que se tienen que quitar el traje”, subraya la activista Lilian Xinico. Si lo hacen como clientes, a menudo son evitadas hasta que desisten. Lo cierto es que pocas son las mujeres que pasean por los glamurosos centros comerciales de la capital y casi ninguna la que se viste con las ropas que definen su cultura. Como si Guatemala, donde al menos el 41% de la población se define como indígena, quisiera borrar el rastro de lo que es. “Se ha tratado de ladinizar al indígena”. Rut, con más vivencias que años, alude al círculo universal de la pobreza: sin posibilidad de recibir educación en sus idiomas maternos, la sociedad indígena termina marginada en trabajos de baja cualificación, “empleos que la burguesía no haría”, como tortillerías o servicios domésticos, donde son “presas fáciles de la red de trata de personas”.

El resultado: el 79,2 por ciento de los indígenas viven en situación de pobreza, con menos de 1.339 dólares al año, frente al 46,6% de los mestizos. Mas una nueva generación está empeñada en cambiar el paradigma: desde el corazón maya también se puede construir el universo, levantar una industria de ropa o llenar una sala de conciertos sin apelar a la lástima. El suyo, el de todas las Saras de Centroamérica, es un talento al otro lado de la compasión.

La revolución será indígena o no será

En Comalapa, el frío de los trópicos asoma por el oeste, justo detrás de la iglesia colonial de San Juan Bautista. Al acabar el servicio, los feligreses retoman la charla: en el pueblo falta agua, sobran niños desnutridos y se necesitan medicinas.

En la entrada del centro de salud, un edificio de paredes desconchadas ubicado junto a un camino desde el que se adivinan ya los paisajes arcillosos de los cultivos, una anciana aguarda impaciente. Con las extremidades envueltas sobre sí mismas, agacha la cabeza hasta que escucha que es uno de los suyos, un kaqchikel, quien le habla. En otra de las salas del centro, Giovani no pierde ojo a su pequeño Ángel. Tiene 5 años y graves problemas en los pulmones. Toma agua nebulizada y un medicamento cada 15 días. Aunque eso le cueste la salud a su padre. “Estamos escasos de medicamentos”, confiesa. Tiene el rostro cansado y muchas ganas de llevárselo a casa, aunque teme que el niño empeore. Si lo hacen tendrán que llevarlo a Chimaltenango. En Comalapa no pueden atenderlo más.

Dos décadas después del fin del conflicto armado, las comunidades indígenas siguen al margen del desarrollo. La desnutrición crónica ronda el 70% y sus tierras son objetivo de grandes proyectos transnacionales, lo que se traduce en constantes enfrentamientos con las autoridades: casi una diaria desde el año 2000. “Los ataques se producen cuando los activistas exigen sus derechos frente a las élites económicas que han adquirido concesiones de forma anómala”, resume la analista guatemalteca Stephanie Rodríguez.

En Comalapa, los vecinos rumorean sobre un nuevo proyecto para sacar oro en la zona. Temen la contaminación de la tierra y la mirada cortoplacista que dibuja este modelo. Por eso se rebelan: si alguien va a decidir sobre el futuro, han de ser ellos. “La revolución se tiene que dar por parte de los indígenas. Ahí podría estar el verdadero cambio para este país”, asegura Eduardo Cot, el hombre al que dos veces en la vida le dijeron que no iba a llegar a nada y hoy regenta una librería, la Popol Vuh, desde la que convence al mundo de que el futuro en Guatemala será el de los indígenas o no será.