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Países Bajos, el pistoletazo de salida para medir el poder de la ultraderecha en Europa

Hace siete años, un miércoles 9 de junio, Geert Wilders obtuvo 24 diputados en el Parlamento de los Países Bajos. Nadie midió por entonces el significado de un resultado que apenas alteró la patina de tolerancia que acompaña a la sociedad neerlandesa. La coyuntura económica ocupaba las portadas, pero nadie reparaba en la crisis de valores comunitarios ni en el auge yihadista. Wilders no solo ha logrado dominar el discurso político neerlandés, que ahora debate sobre identidad y pertenencia a la UE, sino que amenaza con herir de gravedad a Bruselas con el euroescepticismo del Partido por la Libertad (PVV).

El Nexit, o la salida de los Países Bajos de la UE, es una de las propuestas estrella de Wilders para los comicios. La otra, «desislamizar» el país, de 17 millones de habitantes y con casi un millón de musulmanes, ha calado en una sociedad que discute en cada rincón sobre la integración que comenzó en los años 60, cuando marroquíes y turcos se establecieron en las ventosas tierras flamencas.

Wilders, político profesional y no el resultado de la cultura de masas que es Trump, abandonó en 2004 la derecha liberal del VVD, liderada por el aspirante a la reelección, Mark Rutte, por discrepancias sobre el proceso de adhesión de Turquía a la UE. Desde entonces, y tomando el testigo de Pim Fortuyn, político que revitalizó la extrema derecha antes de ser asesinado en 2002, su posición sobre Europa se ha ido radicalizando a medida que las debilidades comunitarias afloraban: si en 2006 reclamaba una mayor soberanía para el pueblo neerlandés, en 2010 y 2012, cuando los recortes ordenados por la UE lastraban al país, emprendió la ruta del euroescepticismo, el hoy bautizado como Nexit.

Para estos comicios, Wilders ha dado una nueva vuelta de tuerca a su discurso: sin dejar de aludir constantemente a la salida de la UE como la ruta imprescindible, el político del tupé teñido ha centrado su campaña en la cuestión identitaria. «Make the Netherlands ours again» («Hagamos los Países Bajos nuestros otra vez»). La comunidad musulmana, especialmente los colectivos magrebíes, han sido el chivo expiatorio: «Cerraremos las fronteras y pondremos fin a todo el dinero que damos a los países extranjeros», prometió, en referencia a Bélgica, Grecia, «África y los solicitantes de asilo», afirmó en una de sus escasas entrevistas.

Porque en una campaña sin grandes pegadas de carteles ni publicidad electoral en las calles, la victoria de Wilders radica en haber convertido al «islam» en el «eje del debate», obligando a los demás partidos a «extremar sus posiciones» para no perder más votos, apunta Hasib Moukaddim, una de las voces más respetadas de la comunidad marroquí en el país.

«Wilders ha sabido secuestrar el discurso electoral y llevarlo al terreno donde mejor se defiende. Eso ha llevado al actual primer ministro, el liberal Mark Rutte, a girar a la derecha en materia de inmigración para evitar una sangría de votos. Tanto ha sido el éxito de Wilders en imponer el framing de estas elecciones, que apenas hay voces ni a la derecha ni a la izquierda que se atrevan a hacer una defensa férrea de la Unión Europea o de políticas de acogida para refugiados», resume Carlos Campillo, cofundador de Con Copia a Europa, un centro de estudios que defiende postulados europeístas.

Con este discurso, similar al de Marine Le Pen en Francia, el PVV aspira a convertirse en la fuerza más votada en los Países Bajos y a obtener su mejor resultado histórico: incluso antiguos votantes socialistas del PvdA se sienten atraídos por sus propuestas sociales de aumentar el gasto en Sanidad, volver a la jubilación a los 65 años o reducir el coste de los alquileres.

En un sistema de circunscripción única, las encuestas auguran una debacle de la actual coalición gubernamental, liderada por la derecha liberal del VVD y apoyada por el socialista PvdA, con la consecuente fragmentación del voto que conformaría un Parlamento con hasta doce grupos políticos, seis de ellos rondando el 10% del apoyo popular. Lejos quedan aquellos comicios de los años 80 en los que liberales, democristianos y socialistas se repartían el 80% de los escaños.

De esta manera, el VVD caería de 41 a 25 diputados, mientras que el PvdA, la versión neerlandesa del PSOE, ejemplo del hartazgo de la izquierda con el status quo, podría dejarse hasta dos tercios de los 38 escaños que obtuvo en 2012.

Sus asientos serían ocupados por el PVV, los democristianos del CDA, 50Plus –partido que defiende los intereses de los jubilados–, Demócratas 66, los Verdes –que se recuperarían del 2% que obtuvieron en 2012 y alcanzarían 10 diputados más– o Denk, partido nacionalista turco fundado en 2014 por dos miembros del laborismo que discrepaban del enfoque del PvdA con respecto a los musulmanes.

Las encuestas, que ya fallaron en 2012 cuando daban por finiquitados a los socialistas, otorgan a Wilders entre 25 y 30 escaños de un total de 150, y será, si no lo evita el VVD de Rutte, la fuerza más votada.

Sin embargo, para formar gobierno en el característicamente fragmentado espectro político de los Países Bajos, el PVV tendría que ver caer a los partidos tradicionales aún más allá de lo que vaticinan las encuestas. Así subirían otras formaciones antaño minoritarias que no han rechazado pactar con el líder de la ultraderecha y que podría permitirle lograr los 76 diputados necesarios para ser nombrado primer ministro. Los partidos de la derecha tradicional (VVD y CDA) han asegurado que no repetirán la experiencia de 2010, cuando formaron gobierno con el apoyo del PVV, un acuerdo que apenas duró dos años por la negativa de Wilders a aceptar los recortes exigidos por Bruselas.

Y si pactar una coalición se antoja complicado, más aún será que esta sea duradera y operativa durante la legislatura. «A pesar de que una gran coalición de pequeños partidos pusiese fin a las aspiraciones de Wilders, su enorme presencia parlamentaria sería suficiente para condicionar no solo el debate público, sino también las resoluciones parlamentarias, que requerirían un acuerdo muy amplio del resto de partidos para neutralizar su fuerza. Es decir, nos encontraríamos ante un gobierno muy débil, con un apoyo parlamentario muy frágil y con un debate público liderado por el PVV», apunta Campillo.

En el último lustro, la ultraderecha tradicional europea, diferente de la de Amanecer Dorado en Grecia, ha pasado de buscar asientos en los parlamentos a aspirar a convertirse en la fuerza más votada.

En 2016 el populismo cosechó triunfos inesperados con el Brexit, Donald Trump y la presencia del líder austriaco de la ultraderecha en la segunda ronda de unas presidenciales que se tuvieron que repetir por el estrecho margen de victoria de los Verdes. En 2017, con unos cruciales comicios en el Estado francés y Alemania, los Países Bajos se han convertido en el pistoletazo de salida para medir la sostenibilidad de Europa.

«Los electores están otorgando su apoyo a estos partidos –de ultraderecha– no porque compartan su discurso euroescéptico o xenófobo, sino porque estos partidos han sido los únicos que han sabido escuchar y canalizar esas preocupaciones sobre la inmigración y la seguridad», reconoce Campillo, quien apunta que «una derrota de Wilders pondría un ligero freno al populismo que amenaza con barrer Europa elección tras elección».

¿Y qué sucedería si gana? «Es muy difícil que Wilders pueda formar gobierno. Y, aunque lo hiciera, es muy complicado que sus socios de gobierno aceptaran celebrar un referéndum sobre la UE», sostiene Campillo. Por eso, el resultado de los comicios en los Países Bajos están llenos de simbolismo pero no serán tan cruciales para la UE como los de Francia, donde Le Pen podría convocar un referéndum con mayor facilidad debido a las características del sistema presidencialista francés.

Los Países Bajos, la séptima potencia exportadora mundial,tienen como principal mercado los países de la UE. Abandonar el proyecto comunitario tendría efectos económicos asegurados debido a la incertidumbre de los mercados. Otros, más difíciles de prever y relacionados con el tipo salida que acepten en Bruselas, podrían afectar a uno de los motores de la economía neerlandesa: el puerto de Rotterdam.

«La economía holandesa tiene gran dependencia del resto de Europa. Cuenta con el principal puerto del continente, considerado una de las principales puertas del comercio de la UE. Solo la actividad del puerto de Rotterdam supone el 3% del PIB de todo el país», subraya el experto de Con Copia a Europa.

De hecho, el Nexit no goza del mismo apoyo que tuvo el Brexit: ni los medios de comunicación ni los políticos –el único partido importante que lo apoya es el de Wilders– se han posicionado con la firmeza que lo hicieron en Gran Bretaña.

Y aquellos que lo apoyan, confían en que de producirse no implique una ruptura de los acuerdos comerciales de libre mercado. Por eso, de reojo, los euroescépticos observan al Brexit, cuyas negociaciones marcarán el imaginario de futuras desconexiones comunitarias.

Al tiempo que intenta mantenerse firme ante la amenaza del populismo, la UE ha emprendido la ruta reformista para tratar de contentar a los que dudan del futuro comunitario: la presentación del Libro Blanco y la apuesta de los estados francés y español y de Alemania por la Europa de las dos velocidades para salir de la parálisis actual son el antídoto elegido. Está por ver si a diez días de cumplirse el 60 aniversario del tratado de Roma, la UE se encuentra fuera de peligro. El primer chequeo lo pasará este miércoles.

Reportaje publicado en Gara