Geert Wilders o la victoria de la islamofobia

«Aquellos que no estén de acuerdo con los valores holandeses», «las personas que se niegan a adaptarse, a cumplir nuestros hábitos y los que acosan a los homosexuales y a las mujeres con faldas cortas», «es mejor que se vayan». Unas frases que dijo sin decir Geert Wilders, el hombre que ha convertido el discurso xenófobo en el eje del imaginario colectivo de los Países Bajos. Porque con su victoria, más allá de lo que digan las urnas en la cita del próximo miércoles, día 15, es que no hay charla, café ni debate en el que no se hable de «desislamizar» el país; sea por boca de Wilders, de Mark Rutte o de un vecino de Almere con tres hijos y demasiados migrantes en el horizonte.

A Hans van Hensbergen, 59 años y unos ojos muy azules para un lunes muy lluvioso, como son todos los lunes en el invierno flamenco, le parece que «hay demasiados» migrantes en la ciudad. No importa si son un 22%, como dicen las cifras de 2016, o si hay más turcos que marroquíes. A Hans, como a Arie, a Adrie y a otros muchos en Almere, le siguen pareciendo muchos:

–«Si están en problemas tenemos que ayudarlos y acogerlos, pero si las cosas van mejor en su país…».

– ¿Entonces habría que enviarlos de vuelta?

–«Esa expresión es demasiado dura. Pero si viven aquí tienen que adaptarse y respetar nuestras costumbres y tradiciones».

Como a tantos de su generación, a Hans le cuesta encontrarse a sí mismo. El joven envuelto en la bandera de la tolerancia y el progresismo no es el mismo hombre que recela de lo diferente y abraza el orgullo de lo «neerlandés». Esa batalla entre lo que somos y lo que un día soñamos ser. «Cuando escasean los trabajos, la gente piensa en sí misma primero», resume el profesor Hasib Moukaddim, quien desde su atalaya educativa ha visto crecer las diferencias en un pueblo que es el suyo por ya más de treinta años.

Apenas a veinte minutos en tren de Amsterdam, Almere, una de las últimas ciudades en ser construidas en el país, lleva cuatro décadas acogiendo migrantes. Turcos, surinameses, indios y marroquíes que llegaron por miles a finales de los sesenta comparten hoy espacio con los neerlandeses de los barrios residenciales. Acuden a los mismos centros comerciales, degustan los mismos sándwiches y huyen del mismo viento huracanado que asoma desde el mar de las olas grises. Pero tras esta estampa de multiculturalidad se esconden los problemas de una integración que llegó «muy tarde». «Desde el año 2000, cuando el islam entró en el eje geopolítico internacional, los musulmanes nos hemos convertido en el centro del debate. Greet Wilders ha llevado al extremismo a ser una corriente principal y a que la mitad del país nos tenga miedo. Hizo que los musulmanes tuviéramos que demostrar a los demás que no estamos aquí para matar a nadie ni para secuestrar aviones. Nos convirtió en sospechosos».

Él mismo, Hasib Moukaddim, una de las voces más reconocidas de la comunidad marroquí de Almere, fue sospechoso de terrorismo «por mucho tiempo»: «Wilders hizo creer a la sociedad que no se podía fiar de ningún musulmán porque no sabía quién apoyaba a al-Qaeda y quién no». Aunque parte de la comunidad neerlandesa ha dado la espalda al delirio xenófobo del Partido de la Libertad (PVV) y su panegírico por el cierre de las mezquitas y la prohibición del Corán, en Lombok, esa barriada de Utrecht que borra el frío a base de çorbalar (sopa, en turco) ardientes, el silencio oscuro del racismo va calando en el día a día. «Desde hace un año se ha producido un ataque hacia los musulmanes: nos muestran como enemigos y nos culpan de todo». Los clientes, que pasan por decenas por la panadería Hicret (hégira, en turco) en busca de börek y otras delicias turcas, «comentan lo que está ocurriendo. Yo nací en Holanda, he ido a sus colegios y he vivido su cultura, pago las tasas». A Osman, como a los clientes del Yunak, uno de los restaurantes más concurridos del barrio, le duele ver cómo «en los últimos años no nos aprecian». Les duele por ellos, pero sobre todo por la memoria de sus familias: «Cuando la economía no tiene problemas todo va bien, pero cuando la cartera empieza a apretarse lo primero a lo que se apunta es a los inmigrantes y los refugiados. Es muy triste para nuestros padres y abuelos ver que cuando hay problemas vienen a por nosotros. Con lo que se han esforzado por esto. Es injusto», sentencia este joven de ascendencia turca mientras despacha una de las últimas barras de pan del día. A sus 24 años tiene un hijo, un trabajo y una vida estable. No olvida los orígenes de su familia, en Trebisonda, una provincia junto al mar Negro donde se dice que los habitantes sostienen en sus manos una botella de raki (licor anisado) y un Corán. Esta querencia por lo suyo, por su origen, basta para que muchos en los Países Bajos vean en él uno de esos hijos del choque cultural.

En unos minutos, el sol volverá a ser derrotado sobre el cielo de Utrecht. Para entonces, centenares de profesionales neerlandeses salen puntuales de la oficina y pedalean por los carriles paralelos a los canales. Algunos se dirigen al coffee-shop, a tomar una cerveza y a charlar con los amigos. Los más, avanzan directos hacia sus casas. En Lombok, el barrio se despereza con la última llamada del imán. Las cafeterías preparan tés y en el Yunak hornean más lahmacun. Junto a la mezquita, los niños corretean entre los charcos. Son dos formas de entender la vida, dos culturas, que llevan contraponiéndose desde los años 80. Ya entonces, recuerda Hasib Moukaddim, «muchos neerlandeses se preguntaban por qué los migrantes no crían a sus hijos como nosotros. Por qué los dejan jugar hasta las nueve de la noche en la calle cuando los nuestros están en la cama a las siete». Hoy todavía siguen sin tener respuesta.

Cuatro décadas de discrepancias, eso que los expertos llaman discriminación y Osman su deseo de que «rompamos lazos con nuestra nacionalidad», provocó una reacción por parte de la comunidad migrante: nuestra cultura no es peor que la vuestra. Si hasta entonces el debate eran el velo, el papel de la mujer en la sociedad y los derechos de los colectivos LGTB, ahora lo son también las costumbres neerlandesas. Como la del Zwarte Piet (Pedro el Negro), el paje español de rostro negro que amenaza con dejar sin regalos de Navidad a los pequeños neerlandeses si no se portan bien.

Para unos, solo una tradición. Para otros, el legado racista de una época colonial.

«Dicen que es discriminación contra los negros, ¡pero es solo una tradición!», insiste Hans, reacio a entender que alguien haya venido a su tierra a explicarles cómo entender el mundo. Porque ellos, «la gente común, los neerlandeses de a pie» a los que apela Wilders, han sacado adelante este país. Con sus valores. Y así piensan seguir haciéndolo. Aunque para eso tengan que renunciar a ser lo que una vez soñaron.

El ascenso del hombre con el que nadie quiere pactar. Criado políticamente en los años 90 en las filas conservadoras del VVD, Geert Wilders dejó el partido del actual primer ministro Mark Rutte antes de los comicios de 2006. El PVV (Partij Voor de Vrijheid), convertido en un altavoz de la islamofobia, obtuvo apenas 9 de los 150 diputados del Parlamento. Eran tiempos felices en la Europa del derroche y el populismo aún no campaba libremente por el reino de las estrellas. La crisis económica de 2008, que catapultó a la ultraderecha en toda Europa, desde Grecia hasta el Estado francés, permitió a Wilders aunar en un mismo partido a islamófobos y euroescépticos.

En cada uno de sus discursos y en todos sus tuits, el hombre del tupé rubio-platino insiste en el mismo argumentario: los inmigrantes, sobre todo los marroquíes, suponen un peligro para la identidad neerlandesa; y estos problemas surgen por la ausencia de soberanía, en manos de la Unión Europea. «Soy un político que digo lo que la élite no quiere oír», respondió Wilders a los que le tachaban de racista durante su juicio por incitación al odio y el racismo, en el que fue condenado a una sanción económica por discriminación.

El líder de la ultraderecha, apunta Meindert Fennema, profesor de ciencias políticas de la Universidad de Amsterdam y autor de un libro biográfico sobre Wilders, «no es un oportunista con respecto al islam», cuyos presencia en el país lleva combatiendo más de una década, pero «sí en su programa social y económico», el cual carece de medidas concretas aunque alude una y otra vez a la idea central de su discurso: «nosotros, los holandeses». Esa estrategia polarizante, opuesta a la retórica caduca de los partidos tradicionales, le ha permitido convencer a un electorado descontento con la deriva europea.

En localidades como Almere, ideada en los años 70 como un contenedor de inmigrantes, casi la mitad de sus 200.000 habitantes, un 25% de los cuales tiene raíces en Surinam, India, Turquía y Marruecos, apoyan las ideas de la ultraderecha del PVV. Solo la coalición de partidos opositores, de derecha e izquierda, ha impedido hasta ahora que el partido de Wilders, la fuerza más votada en las dos últimas elecciones, haya alcanzado la alcaldía.

Su ascenso no se puede entender sin un hecho de resonancia mundial, el ataque contra las Torres Gemelas en setiembre de 2001 que disparó la islamofobia en el mundo, y dos hechos locales que conmocionaron a los Países Bajos: en 2002, el ecologista Volkert van der Graff asesinó a Pim Fortuyn, el entonces nuevo líder de la ultraderecha que elevó a categoría política la teoría de que la tradición progresista holandesa estaba amenazada por el islam; y en noviembre de 2004, un marroquí, probablemente desquiciado con la retórica islamófoba de sus cintas, acabó con la vida del polémico cineasta Theo van Gogh.

Esta coyuntura le sirvió a Wilders, cuya campaña ha sido suspendida este año durante varios días tras conocerse una supuesta filtración de información por parte de un empleado de su equipo de seguridad a la mafia holandesa-marroquí, para crear iconos reconocibles que sustentan la base islamófoba de su discurso: «Más del 50% de la juventud marroquí ha tenido problemas legales y utiliza el asesinato de Theo van Gogh para recordar los problemas de violencia asociados a este grupo social», afirma Fennema.

Todo su ideario, incluso su postulado en favor de la causa LGTB, se explica por su lucha islamófoba: «Defiende los derechos de la mujer, los judíos y los colectivos LGTB en oposición al islam. Incluso acusa a la izquierda de traición a los gays y mujeres», explica Fennema. Lo cierto es que su estrategia funciona: si las encuestas no fallan, la suya será la fuerza más votada en las elecciones del próximo miércoles, con alrededor de 30 diputados. No obstante, al igual que ocurre en Almere, la fragmentación de fuerzas y la unión de la oposición impedirán su investidura con una futurible coalición de al menos cinco partidos. Solo el 50PLUS, partido que defiende los derechos de las personas mayores, asegura que si el partido de Wilders es el más votado podrían negociar un acuerdo con él. «Hay mucha gente normal, agradable, honesta y trabajadora que vota al PVV», escribió en el diario “Volkskrant “el líder del 50Plus, Henk Krol, cuya formación obtendría según las estimaciones entre nueve y diez diputados.

Con una mayoría absoluta fijada en 76 diputados, Wilders necesitaría el apoyo de más fuerzas para convertirse en primer ministro. El fracaso de la coalición de 2010 con los democristianos y los liberales del VVD, provocada por el rechazo de la ultraderecha a los recortes reclamados por UE, disminuyen sus opciones de alcanzar el poder. Un respiro para los europeístas a la espera de que los comicios en el Estado francés y Alemania diriman si la fisura del Brexit se convierte en fractura.

La victoria de la islamofobia. Más allá del resultado electoral, la islamofobia de Wilders ha triunfado en los Países Bajos. «Ellos han ganado», reconoce Hasib Moukaddim. Aunque ni siquiera acudieron al primer debate electoral celebrado en la televisión holandesa, el islam fue uno de los ejes del debate. Y todos los partidos han tenido que adaptar su discurso, volviéndose más beligerantes. «Lo que me preocupa es que partidos como el VVD, liberales de derechas, han extremado sus posiciones sobre los migrantes y la integración desde la llegada de Wilders».

El actual primer ministro y candidato del VVD, Mark Rutte, instó a los que no les gusta como «se vive» en los Países Bajos a que se vayan. «Es una elección que tienes. Si vives en un país donde estás molesto por la forma en la que interactuamos, no tienes que seguir aquí», declaró después de conocerse un polémica con un hombre musulmán que se negó a dar la mano a una mujer durante una entrevista de trabajo en la empresa de autobuses holandesa: «En los Países Bajos, es normal que nos demos la mano unos a otros. El que no es capaz de entender algo tan fundamental, es mejor que se vaya».

Su programa electoral incluye, según la Orden Holandesa de Abogados (NOVA, por sus siglas en neerlandés), medidas «ilegales» y propuestas «contrarias al Estado de derecho» (aunque no anticonstitucionales). No son los únicos; los democristianos del CDA quieren impedir la financiación extranjera de mezquitas, mientras que los también liberales del VNL han propuesto introducir un carné por puntos para personas con doble nacionalidad, las cuales perderían la neerlandesa al quedarse sin ellos.

No es Wilders, sino la propagación de su islamofobia (“Islam y libertad son incompatibles”), independiente del partido que lo represente, lo que amenaza la convivencia en el país. En las elecciones de 2010, el VVD obtuvo 24 diputados y en 2012 solo llegó a nueve. En 2017, se espera que supere los 30. Una realidad que esconde un dinámica inquietante: votantes de los partidos conservadores de corte tradicional pueden mezclarse o adoptar postulados de la nueva ultraderecha. «Estamos tomando decisiones que están acercando a nuestras sociedades más cerca de la próxima guerra. No aprendemos del pasado. A la II Guerra Mundial llegamos debido a dinámicas (sociales) como las que estamos viviendo en estos días: haciendo aparecer a otros grupos como sospechosos», alerta Moukaddim.

¿Hasta donde puede llegar? Esa es la pregunta que cuya respuesta los europeos comenzarán a atisbar el próximo miércoles en los Países Bajos.

No es racismo, es islamofobia

Al otro lado del mismo cielo gris, en un pasadizo a resguardo del temporal, Vicky dispone los productos de su tienda de ultramarinos: naranjas, verduras y algunas latas de conserva. Una mujer de mediana edad acude a comprar a su establecimiento. «El negocio va bien», reconoce este inmigrante de quinta generación cuya familia llegó del sur de la India. Al igual que ocurre con los surinameses, como la mujer de Arie, uno de los barrenderos municipales de Almere, la convivencia entre neerlandeses y estos colectivos de migrantes es totalmente pacífica. «Con las minorías no musulmanas, la gente del Surinam y de otras zonas, no hay problema. Están fuera del debate», apunta Hasib Moukaddim.

Incluso hay quien ve en ellos una ayuda contra el declive demográfico. Y contra la frialdad de los barrios. «Los inmigrantes siempre saludan, una tradición que aquí solo mantiene la gente mayor», subraya Arie, cansado tras tantos años agachándose para recoger desperdicios sin que nadie se acuerde de él.

Reportaje publicado en 7K de Gara