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Guatemala aprende a cosechar la lluvia para combatir la desnutrición

Un mes de mayo de hace algo más de una década, la “lluvia empezó a fallar” y el verano invadió el Corredor Seco. Desde entonces, las escasas precipitaciones apenas alivian las cosechas. Pero los campesinos de esta región paupérrima de Guatemala han encontrado una solución: han aprendido a cosechar la lluvia.

Cuando el agua cae, se canaliza a través de un canalón hacia un depósito equipado con una geomembrana que permite conservar el agua para el riego durante cuatro meses. “El objetivo es mantener la vida en la época seca”, explica el representante de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) en Guatemala, Diego Recalde.

Hace unos meses que instalaron uno en la aldea de Pitahaya, en las montañas descarnadas del departamento de Chiquimula, una de las regiones más afectadas por la desnutrición crónica. Esta zona tiene una prevalencia del 43,4 %, una cifra que supera el 70 % en muchas de las comunidades a las que sólo se puede acceder tras un tortuoso viaje entre veredas polvorientas que serpentean el horizonte.

Hoy, pese a la sequedad que resquebraja las laderas que rodean el huerto, un pequeño vergel brota junto al depósito: rábanos, cilantro, acelgas… “Es importante para ayudar a los niños”, reconoce Celia Margarita, una mujer de avanzada edad que acude cada día hasta la comunidad para descubrir los secretos de esta técnica. “Queremos aprender a pescar, no que nos den el pescado atado”, añade María Elena, otra de las mujeres que asiste a este Centro de Aprendizaje para el Desarrollo Rural (Cader) impulsado por el Gobierno de Guatemala con el apoyo de la cooperación internacional.

Son las 5 de la tarde y la mayoría de ellas llevan todo el día fuera de casa, algunas con sus hijos a cuestas. A veces tenemos que salir a las tres de la mañana a buscar agua, relata una de las jóvenes que ha acudido hoy al huerto.

Ana Vázquez, sonrisa seca y un embarazo, el cuarto, a punto de deshacer su cuerpo delgado, es de las más afortunadas: apenas media hora le basta para llegar al centro de aprendizaje. Allí ha aprendido algunas técnicas que le han permitido cultivar su propio huerto en casa. “Ya tengo cilantro”, explica orgullosa a EFE ante la mirada todavía más orgullosa de algunas de sus compañeras. “Es importante poder darles verduritas a los niños”, añade.

Hasta ahora, en las comunidades del Corredor Seco desayunos, comidas y cenas repiten un mismo menú: tortillas con sal, una dieta totalmente insuficiente para el desarrollo normal de los menores. “Estamos peleando contra la desnutrición de los niños”, reconoce Ana Vázquez.

En las zonas más altas de la región se puede cultivar café, pero aquí, en un “terreno secano” y con “un 80 % de escasez de agua”, explica el responsable de la microcuenca Aguascalientes, Santos Norberto, apenas se da algo de maíz. Y casi nada de fríjol. Pero con el depósito de lluvia han surgido las alternativas: verduras, frutas y pequeñas hortalizas que ofrecen una oferta nutricional más completa para las comunidades sin necesidad de acudir a los mercados. La comida está en sus propios huertos.

De hecho, por primera vez están intentando cultivar árboles frutales en la zona y, si funciona, el objetivo es producir mango y jocote para poder venderlo y obtener algunos ingresos. Pero para que este modelo funcione hacen faltan más depósitos que permitan a las 40 mujeres que participan en el Cader replicar lo aprendido. Sólo así podrán cultivar la lluvia.

Reportaje para Acan-Efe