Rohingya refugee Mohammad Ayaz stands with his son Mohammad Osman, the two survivors of his family, at an unregistered refugee camp at Ukhiya in southern Cox's Bazar district on November 24, 2016.
Dhaka has called on Myanmar to take "urgent measures" to protect its Rohingya minority after thousands crossed into Bangladesh in just a few days, some saying the military was burning villages and raping young girls. / AFP PHOTO / SAM JAHAN

La violencia estalla en el estado Arakan: los rohingya se levantan contra el genocidio

Tras décadas de resistencia pacífica contra el genocidio al que son sometidos en Myanmar, la minoría musulmana rohingya ha terminado por volver la vista a las armas como última defensa. Ataviados con machetes, cuchillos y algunas armas de fuego, centenares de jóvenes rohingya atacaron tres puestos fronterizos al norte del estado Arakan. Al menos nueve policías birmanos fallecieron, lo que se ha traducido en una nueva ofensiva del Ejército que mantiene esta paupérrima zona del país en estado de sitio.

“La ayuda humanitaria está bloqueada. Las carreteras están bloqueadas. Al menos 150.000 personas sufren escasez alimentaria”, alerta el activista rohingya Nay San Lwin. Desde el inicio de la bautizada como “Operación puerta trasera”, el acceso al norte del estado Arakan, uno de los más pobres del país, está restringido. Ni siquiera la ONU tiene libre acceso al área.

Algunas organizaciones de derechos humanos cifran en alrededor de 15.000 las personas que han huido de sus casas ante las batidas militares. Hablan también de pueblos incendiados y violaciones masivas. “Desde el 9 de octubre más de 100 civiles han sido asesinados, más de 70 mujeres rohingya violadas por los soldados del Tatmadaw y más de 1.000 casas y 200 tiendas calcinadas”, asegura Nay San Lwin. El Ejército niega cualquier acusación, mas las violaciones masivas y el hostigamiento a civiles han sido tácticas habituales durante el más de medio siglo de enfrentamiento con las guerrillas étnicas. 

Lo cierto es que nadie sabe a ciencia cierto lo que está ocurriendo. “Nuevas imágenes de satélite revelan una destrucción en Rakhine -como se conoce también al estado Arakan- que exige un investigación imparcial e independiente, algo que el Gobierno birmano aun no ha sido capaz de hacer”, señala HRW.

La premio Nobel de la Paz y líder de facto del país, Aung San Suu Kyi, se limitó a afirmar durante una reciente visita a Tokio que el Gobierno tratará de resolver los últimos episodios violentos “mediante los debidos procesos legales”:  “No hemos ocultado nada de lo que ha sucedido desde que comenzaron los ataques”.

Pese a las promesas del Ejecutivo, en la bahía de Bengala pocos confían en una salida negociada a la crisis. El recuerdo de la última ola de violencia que causó más de 200 muertos y 150.000 desplazados internos sigue en la memoria de los rohingya.

Harakah al-Yaqin, el retorno de la insurgencia rohingya

Desde hace más de un año, en las comunidades musulmanas del estado Arakan el grito de la revuelta azuzaba las tertulias. El discurso de la resistencia pacífica ejercida durante décadas ya no bastaba a los más jóvenes, hartos de permanecer confinados en las playas abrasadas por el sol del Índico sin libertad de movimientos, acceso a los servicios básicos ni derecho a la ciudadanía. “Con una población oprimida, víctima de un lento genocidio durante décadas, podría haber ocurrido en cualquier momento”, reflexiona Nay San Lwin.

En enero de 2014, los denominados ‘muyahindines de Arakan’ declararon la guerra a los budistas birmanos del estado Rakhine. Amparados por Lashkar-e-Taiba (LeT), la organización pakistaní responsable de la matanza terrorista de Bombay en 2008 donde murieron 166 personas, cuya presencia en la frontera entre Bangladesh y Myanmar fue constatada por la agencia india de inteligencia (NIA), jóvenes rohingya fueron entrenados en los áreas limítrofes de Cox´s Bazar y Teknaf, en territorio bangladesí.

En los campos de desplazados de Thay Chaung, visitados por este periodista a finales de 2014, algunas voces alertaban de lo que podía ocurrir: Cuando los chicos de las mezquitas, los que emigraron a Bangladesh, retornen a Myanmar. “Entonces veremos las verdaderas consecuencias”, advertía entonces Mr. Dieu, uno de los líderes de la comunidad.

Cuando lo hicieron, el pasado 9 de octubre, volvieron cargados con armas y la decisión inquebrantable de enfrentar por la fuerza la masacre a la que su pueblo es sometido. El ataque a tres puestos fronterizos de los distritos de Maungdaw y Rathedaung, en la frontera con Bangladesh, se saldó con la muerte de nueve policías birmanos y ocho asaltantes. Y con la sensación de que el enfrentamiento no iba más que a recrudecerse: el botín más importante fueron armas y municiones.

El Gobierno birmano apuntó pronto a la extinta Organización de Solidaridad Rohingya (RSO, en sus siglas en inglés) como responsable de los ataques. Un gesto que alimentaba los recelos de la mayoría budista, temerosa de la vuelta de la insurgencia musulmana apoyada por los movimientos yihadistas. “La RSO es una organización extinguida hace años. Los atacantes forman parte de un grupo autodenominado Harakah al-Yaqin (Movimiento de la Fe), cuya creación es reciente”, subraya Chris Lewa, responsable de la organización Arakan Project y una de las mayores expertas mundiales en la comunidad rohingya. “Decir si la RSO está detrás de los ataques no es fácil”, añade Nay San Lwin

En los vídeos divulgados a través de las redes sociales, Harakah al-Yaqin hace un llamamiento a la yihad para defender a los rohingya frente a los abusos del Tatmadaw, pero “deja claro que no existen vinculaciones con otros grupos terroristas extranjeros”, como había argüido el Gobierno. “Aseguran ser un grupo revolucionario que lucha para restaurar los derechos de su pueblo”, explica el activista rohingya.

¿Y cuenta con el apoyo de su propia gente? “Es difícil de saber”, responde Nay San Lwin, pero “no son forasteros, son gente de los mismos lugares donde ocurrieron los ataques”. Gente que, como rezan las proclamas de Harakah al-Yaqin, se cansó de “intentar ganar sus derechos con bolígrafos y han decidido tomar las armas en su lugar”.

Artículo publicado en el diario Gara