Geografía de ciudades que no existen

A la rotonda de los hombres perdidos, en Naypyidaw, la capital de Birmania, hay dos agentes asignados. Dirigen el tráfico con presteza. Mr. Ving, más alto, más fuerte, indica con un gesto que avancen los coches que vienen de la derecha, de la carretera junto al Parlamento. Mr. Vang, más bajo y rechoncho, apremia a los que descienden del este. “Circulen, circulen”, parece decir, señalando con sus guantes blancos e impolutos un horizonte del que cuelga un sol abrasador. Es mediodía. Jueves. Y no hay ni un sólo vehículo moviéndose en una ciudad de más de un millón de habitantes. Pero a Mr. Ving y a Mr. Vang nada los distrae de su tarea. Al fondo, tras varios minutos, aparecen dos automóviles. Son caros, de alta gama. Ambos agentes se cuadran al verlos pasar. Después intercambian unas palabras. “Circulen, circulen”, repite Mr. Vang sin darse cuenta de que en todo este tiempo no ha habido nadie más a su alrededor.

En las ciudades que no existen, el tráfico también tiene un orden, normas que hacen que el vacío siga en su sitio. Los carriles centrales, diez para cada sentido, están delimitados por bordillos blancos y rojos, como en un circuito de Fórmula 1, “por si un día tiene que aterrizar un avión”, dice un conductor de verbo ácido. Las bicicletas y las motos de pequeña cilindrada avanzan por una vía adicional, bajo la sombra de los árboles. Huele a hierba recién cortada y a fruta. Un grupo de hombres descansa bajo las copas, con la cara oculta tras los sombreros de esparto.

El trayecto se prolonga durante varios minutos más. Naypyidaw es una ciudad gigantesca, de más de 4.800 kilómetros cuadrados, seis veces el tamaño de Nueva York. Edificios de colores pastel, hoteles de cinco estrellas y centros comerciales jalonan el recorrido. Por un instante parece que el viajero ha dejado atrás Myanmar, uno de los países más pobres del mundo. Aquí hay electricidad y el wifi funciona. Al menos a veces. También hay un zoo y campos de golf. En la ciudad, fundada en 2005 sobre lo que antes eran cultivos de arroz y de caña de azúcar, apenas hay nada que tenga más de una década de existencia. Todo es nuevo, hasta la pagoda.

La Uppatasanti Pagoda es una réplica exacta de la Shwedagon Pagoda, el más sagrado de los templos budistas de Myanmar. Si la capital del país debía trasladarse, también lo debería hacer su pagoda más importante, debió pensar Than Shwe, el supersticioso dictador que decidió mudar el relato administrativo del país por consejo de su astrólogo. Uno de sus predecesores en la tiranía  militar que dominó el país hasta las elecciones del pasado año, Ne Win, llegó a instaurar en el país los billetes de 45 o 90 kyat (la moneda birmana) porque eran divisibles por 9, un número de la suerte. A nadie le puede extrañar entonces que el todopoderoso Than Shwe optase por recluirse en las junglas del centro del país ante el temor de una invasión marítima de los Estados Unidos a Yangon. Ni que el momento justo del traslado de la capital se realizase el 6 de noviembre de 2005 a las 06:37 horas. La hora de la fortuna según su astrólogo de cabecera.

Más que a los americanos, dicen que Than Shwe temía un levantamiento popular. Una revolución que llegaría en 2007 de la mano de los monjes azafrán de U Gambira y King Zero. Pero para entonces, los militares ya estaban bien pertrechados en Naypyidaw. Aquí, en una ciudad que no existe, la policía vigila algaradas imaginarias: “No se puede pasar”, dice con un sonrisa que disimula la falta de entendimiento un agente apostado en la puerta que conduce al Parlamento, un conjunto megalómano protegido por un bosque frondoso y un enrejado negro coronado por flechas de corladura. Detrás de la garita, una avenida desierta ocupa todo el ancho de la mirada. “Es para que aterrice el Jumbo”, bromea mi acompañante local. Dicen que bajo esas vías se esconde una ciudad subterránea tramada a través de túneles secretos diseñados por ingenieros norcoreanos. Otra ciudad que no existe.

Las baldosas de la Uppatasanti Pagoda queman cada pisada, así que hay que subir a la carrera, descalzos, buscando las pequeñas zonas de sombra que proyecta la balaustrada. Mientras nosotros subimos, una joven desciende sin dejar de sonreír, protegiéndose del sol con un paraguas y con los trazos de tanaka sobre su rostro. Desde la atalaya religiosa, el elefante blanco, símbolo para los birmanos de prosperidad y buen gobierno, parece un recuerdo minúsculo. Casi tan pequeño como nosotros mismos. El interior del templo no es tan majestuoso como el universo dorado de la Shwedagon Pagoda. Hay budas con auras de neón, tapices y algunas artesanías. Entre el círculo de columnas verdes hay cuatro personas rezando.

A unos metros de la pagoda se encuentra el estanque del pez dorado. Un aparcamiento con capacidad para centenares de vehículos da la bienvenida al viajero. Antes de cruzar el puente nos detenemos en la caseta para turistas. A cada lado debería haber una veintena de puestos ambulantes. Como en cada rincón del país. Hoy no hay ninguno. Como tampoco hay turistas. “Adelante”, nos deja pasar el hombre sin abonar ni un kyat. “Circulen, circulen”, retumba en mi mente.

Al menos el atardecer conserva esos golpes de color que conquistan la memoria para siempre. El cielo se va tiñendo, volviéndose del color de la miel hasta desaparecer sobre un horizonte anaranjado que anuncia un nuevo sol. Al menos al cielo no lo han podido secuestrar los militares. A unos kilómetros de allí, bajo una colina amurallada, empieza a brotar el silencio. Un silencio bullicioso, como son siempre los silencios en las ciudades que no existen. Grupos de jóvenes aparcan sus motocicletas frente a un pequeño mercado. Sobre las mesas de colores van y vienen zumos de frutas, platos de mohinga y dulces de coco.

-Mingguhlaba

Me doy la vuelta. Es la primera vez que escucho hablar a un habitante de una ciudad que no existe.

Los ruidos de una ciudad muda

Si uno cierra bien los ojos, en Putrajaya, se escuchan los ruidos de una ciudad muda. Los alaridos de las cuerdas tirantes del puente de Seri Wawasan, los cuchicheos de la oficina presidencial y los rezos en la mezquita de Hierro. También el clic metálico de los turistas que se adentran en la mezquita Rosa. Mas en Putrajaya lo que más se escucha es el agua varada.

La ciudad, concebida junto a su gemela Ciberjaya como el exponente de la modernidad próspera que abrazaba Malasia con la llegada del nuevo siglo, se articula en torno a un lago de orillas redondeadas. Un globo aeroestático, de colores, se suspende hoy en un cielo de nubes espumosas que desde la distancia se funde con las aguas mansas que bordean la ciudad. A su orilla, una retahíla de árboles cartesianos dan sombra al paseo de los huidos. Es lunes, mediodía, y nadie se atreve a asomarse. Las familias que habitan los edificios bicolores, gris y negro; negro y rojo, de la capital administrativa de Malasia hace horas que tomaron la autopista de los huidos. Y no queda en la ciudad ni uno solo de los funcionarios que la habitan. Mucho menos el presidente. Hay algo en las ciudades que no existen que espanta a sus propios habitantes.

Por la avenida principal, colgada sobre las aguas suaves, avanza un coche sigiloso. Eléctrico. Al volante, una mujer vigila a los niños con la mirada fija en el retrovisor. Parecen los últimos en huir de una ciudad que no existe. En Putrajaya un lunes festivo no quedan más que los parias. Y los turistas. Sobre el puente que conduce a la plaza Putra, dominada por la oficina presidencial cuyas cúpulas verdosas tapizan el horizonte, un hombre empuja con fuerza una moderna aspiradora. Afanoso, repasa con cuidado las formas geométricas del rosetón que decora las baldosas, mientras se protege del sol bajo una bolsa de plástico.

Los otros habitantes de Putrajaya, un grupo de turistas chinos, se dirigen presurosos a la mezquita Putra, la más importante de la ciudad. Bajo sus paredes de granito rosa el sol alivia su penitencia. Dos hombres flanquean la puerta. Desde hace meses, Malasia se han convertido en un estado policial.

-Selamat pagi!

Los dos, uno más alto, más fuerte; otro más bajo y rechoncho, me revisan con la mirada antes de decidir que no soy ninguna amenaza. Adentro, la mezquita refulge en su quietud. Levantada con capacidad para 15.000 devotos, hoy no llegamos ni a 50. Los turistas chinos y yo. Las sombras pálidas del minarete tiñen las aguas del lago. Por su segundo, creo que se puede escuchar el silencio. Uno de los guardas se acerca a mí. Comenzamos a hablar de fútbol.

  • España, tierra de fútbol
  • No, eso es Brasil.
  • Pero ustedes tienen a Messi y a Cristiano.
  • No, son de Argentina y Portugal.

Su compañero, más bajo y rechoncho, se ha unido a la conversación. Él tampoco entiende.

-España tierra de fútbol, sentencia levantándome el pulgar.

Antes de caer la tarde, los extraños que invadimos hoy la ciudad que no existe huimos también. Buscamos provisiones antes de partir, aunque el viaje al bullicio de Kuala Lumpur apenas se prolongue por media hora. En el único restaurante que encontramos abierto sirven nan recién hecho y platos de arroz con pollo. El agua fría se ha terminado.

El cielo se ha oscurecido y las nubes parecen haberse enojado con el globo que surca el cielo. Tras unos columpios de colores, se escuchan las voces de unos críos. De pronto, la ciudad que no existe ha aprendido a sonreír.

Reportaje publicado en Vozed