El ejército de los “falsos huérfanos” de Camboya

“¿Lighthouse Orphanage? Antes llevaba a muchos turistas allí. Ahora yo no lo hago. Desde que supe que era una estafa me niego a llevarlos”. Unos metros más adelante, en una de las pocas sombras que sobreviven al mediodía junto al monumento de la Independencia en el centro de Phnom Penh, otro joven conductor de tuk-tuk no tiene tantos miramientos como Pho. Los huérfanos forman parte ya parte de la oferta turística de la capital camboyana. Todo el sector, hoteles, restaurantes y conductores, se lucran con las buenas intenciones de miles de viajeros occidentales que aprovechan su visita al país asiático para hacer donaciones y trabajar como voluntarios en centros de acogida. “Es un negocio sucio”, asegura Pho. Los menores se han convertido en meros reclamos. Un ejército de sonrisas tristes a cambio de dólares. Tres de cada cuatro ni siquiera son huérfanos.

Son las 11 de la mañana. Rash, pelo lacio, negro, con el flequillo caído sobre el lado izquierdo, saluda al visitante con la mano. Sus labios, gruesos, conquistan el rostro al sonreír. “Acabo de llegar de la escuela”, asegura. Es demasiado temprano, pero no hay nadie con quien corroborar si lo que dice es cierto. A sus 20 años, Rash es el mayor de la veintena de muchachos que se encuentran a esta hora en el orfanato Lighthouse, a las afueras de Phnom Pehn.

En la capital camboyana todo el mundo conoce el Lighthouse. Muchos cafés y hoteles distribuyen octavillas publicitarias promocionando los “orphanage tours”: una ruta por los principales orfanatos de la ciudad. Cinco centros en una tarde por 20 dólares. Durante el trayecto, los conductores de tuk-tuk, los populares triciclos para el transporte de viajeros, sugieren a los turistas que adquieran un saco de arroz, refrescos y cualquier otro alimento para “ayudar a los niños”. Es una estafa. En la mayoría de los casos, los suministros jamás llegarán a los menores, sino que serán devueltos al establecimiento, cuyo propietario suele tener un acuerdo con el orfanato y el conductor.

Desde 2005, coincidiendo con un incremento de hasta el 250% del turismo internacional, el número de hospicios en el país se ha incrementando en un 75%. Hoy hay más de 225 instituciones registradas. Incluyendo los centros clandestinos, la cifra se dispara. A diario, intermediarios recorren las comunidades rurales más pobres del país reclutando nuevos rostros para su ejército de sonrisas tristes. Tientan a las familias con un techo, comida y buena educación para sus vástagos. En un país en el que diez de sus quince millones de habitantes viven con dos dólares al día, muchos padres no se pueden resistir.

En la capital, la vida que descubren los menores se parece poco a la prometida. Las instalaciones son viejas, la comida no abunda y el profesorado se reduce a jóvenes voluntarios extranjeros que apenas permanecen unas semanas. En los últimos años, el Gobierno camboyano ha clausurado decenas de orfanatos en todo el país por no ofrecer una atención adecuada a los menores. Días después, los centros son reabiertos en otro emplazamiento.

Sonreír. Bailar. Mendigar

Aunque el cielo se ha nublado por un momento, los menores del orfanato Lighthouse buscan refugio en las sombras de los árboles. Los bancos del patio principal están ocupados. Una niña, algo mayor que las demás, habla mientras sus compañeras no pierden detalle. Los niños juegan al balón en una cancha arenosa trufada de cartones, botellas de plástico y restos de fruta. Rash es el anfitrión. Viste una camiseta interior blanca, de algodón, pantalón negro y unas sandalias de las que se sacude el polvo a cada paso. Rash habla un buen inglés, aprendido en horas de charla con las decenas de turistas que se adentran en el Lighthouse. En los centros como éste, aseguran el ministerio de Asuntos Sociales de Camboya y Unicef en un informe, los menores “están involucrados en la recaudación de fondos para su propio cuidado”: posan para las fotografías con los turistas, los guían por el centro y bailan apsara, una danza tradicional camboyana. Al caer el sol, algunos son enviados al Riverside, en el centro de la ciudad, para mendigar entre las mesas de viajeros que rematan el día con una cerveza fría frente a la brisa húmeda del Mekong. “Los niños cruzan Pub Street a las diez de la noche con un letrero que dice ‘por favor, ayúdanos’, reparten octavillas y tocan instrumentos. Se detienen en cada bar, con todos esos viajeros borrachos que les entregan billetes de diez y veinte dólares mientras aplauden. Son niños de apenas 7 años”, destaca uno de los informadores de Unicef en dicho documento.

“Por aquí, por aquí”, nos indica Rash. En uno de los bloques del orfanato, compuesto por una docena de pequeñas construcciones de planta baja distribuidas regularmente alrededor del patio principal, se agolpa una pequeña muchedumbre. La puerta, de madera, está abierta. En el interior dos jóvenes reparten comida. Otro de ellos carga en sus manos con un pila de platos sucios. Afuera, apoyados sobre el vano de un ventanal enorme que deconstruye la pared, uno de los pequeños señala con el dedo lo que quiere esta mañana para comer. Su amigo le espera en uno de los bancos con un plato de arroz blanco entre las dedos.

Los dormitorios están unos metros más adelante. “Los de chicas están allí, enfrente”, señala Rash. Mientras paseamos, el joven nos instruye sobre las costumbres del orfanato: las horas de estudio, de comida; los juegos, las clases de música y de inglés… “Ahora ya no tenemos porque no hay donaciones”, reconoce. Desde hace unos meses, la mala fama del orfanato, acusado de ser un mero negocio que desatiende el cuidado menores, ha calado en los foros de viajeros. El libro de visitas de esta semana apenas recoge una aportación. La de una joven alemana. 25 dólares.

“Actualmente somos alrededor de 60, pero la mayoría están en el colegio a esta hora”, afirma Rash. En el centro no hay demasiado que hacer. El aula de informática permanece cerrada y en la de música una gruesa capa de polvo cubre los instrumentos que se vislumbran tras la ventana. Al terminar de comer, algunos de los menores retoman su partido, mientras la mayoría se refugia en la frescura imaginaria del huerto que brota en la patio trasero.

A unos kilómetros de allí, en la casa de los Emiratos para Huérfanos, Ramsey, de 14 años, describe una vida menos complicada que la de Rash. “Nosotros no pagamos nada, lo sufraga todo la comunidad”. El centro, en el que residen unos 70 menores, está financiado por un colectivo musulmán. “Hoy los mayores no están porque han ido a la ciudad”, explica. En este centro, los jóvenes parecen recibir los cuidados y la atención necesaria. El hospicio está integrado en la red estatal y los niños escolarizados en un colegio próximo. Los edificios, de paredes que en un tiempo fueron blancas, lucen limpios aunque algo desordenados. Aquí no hay un registro de donaciones, ni camisetas conmemorativas. Aquí sólo hay huérfanos. De los que no cambian sus sonrisas por dólares.

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Víctimas de los pederastas

En Camboya hay, según las cifras oficiales, más de 550.000 huérfanos, un 8,8% de la población infantil. La mayoría de ellos no son sin embargo huérfanos reales, ya que al menos uno de sus progenitores está vivo. Muchas familias, incapaces de alimentar a sus hijos, los entregan a centros de acogida e intermediarios fraudulentos que envían a estos menores a organizaciones que operan al margen de la ley.

Allí, los niños son presas fáciles para pederastas que se aprovechan de la falta de control en los centros y la laxitud de las autoridades. “Los niños que viven en estos centros de atención son potencialmente más vulnerables a los abusos”, subraya UNICEF en uno de sus informes.

En 2011, el británico Nick Griffin, que había llegado al país seis años antes para poner en marcha diferentes proyectos de ayuda al desarrollo, fue condenado a dos años de prisión por abusar de menores en uno de los orfanatos que había construido en Siem Reap, la ciudad más turística del país. Este mismo año, un antiguo director de una ONG local que lucha contra la pedofilia fue arrestado por los abusos cometidos en un hospicio de la capital.

Reportaje publicado en Gara