Myanmar's State Counsellor and Foreign Minister Aung San Suu Kyi (L) shakes hands with ethnic rebel leader General Gun Maw (R) from the Kachin Independence Army  (KIA), the military wing of the Kachin Independence Organization (KIO), at the conclusion of the peace conference in Naypyidaw on September 3, 2016.
Myanmar's Aung San Suu Kyi concluded a landmark peace summit with ethnic rebels on September 3, calling it the first step on what promises to be a tough road to peace. / AFP PHOTO / AUNG HTET

Myanmar sigue lejos de la paz

En un guiño histórico a la memoria de su padre y a la alianza étnica que constituyó en 1947 la Unión Birmana, Aung San Suu Kyi convocó la pasada semana la bautizada como Conferencia de Panglong del siglo XXI en un intento por encarrilar un proceso de paz que ponga fin a más de medio siglo de conflicto armado. Pero más allá de un lavado de cara internacional que busca rebajar la sanciones, la paz sigue lejos en Myanmar. Los militares se niegan a ceder el poder y los enfrentamientos armados se recrudecen en los dominios étnicos del norte.

“No creo que esta falsa conferencia sea suficiente para alcanzar la paz. ¿Cómo vamos a avanzar sin mirar atrás, al pacto firmado en 1947 en papel y que nunca fue respetado?”. Las palabras de  Sai Hor Hseng, portavoz de la Shan Human Rights Foundation, reflejan el desencanto que deja tras de sí un encuentro llamado a sentar las bases de la nueva Birmania en paz bajo el liderazgo de Suu Kyi.

A diferencia del proceso encabezado por su padre bajo los principios de asociación voluntaria, igualdad política y derecho de autogobierno, los diálogos de Panglong del nuevo siglo nacieron enquistados de antemano. Los militares, pese a ceder el control político del país el pasado año al NLD de La Dama, mantienen el control en una “democracia disciplinada” que les reserva el 25 por ciento de los diputados y el mandato sobre el aparato de seguridad del Estado, incluyendo las fuerzas de seguridad y la Policía política. Por eso, “reformar la Constitución es más importante que la Conferencia para el propósito de alcanzar una reconciliación genuina”, apunta el que fuera diputado del partido oficialista USDP, Shwe Maung, excluido de su reelección en los pasados comicios por su origen rohingya.

Esta minoría musulmana, hostigada por los radicales budistas hasta confinarlos en los campos de la bahía de Bengala en condiciones que recuerdan a las del apartheid, ni siquiera ha sido invitada a participar en el diálogo. “En lo que se refiere a los rohingyas y a los musulmanes en Myanmar, las políticas del USDP y de la NLD son muy similares”, lamenta Shwe Maung. Tampoco lo fueron las guerrillas de la Alianza Democrática Nacional de Birmania (MNDAA), el Ejército de Liberación Nacional Ta’ang (TNLA) y el Ejército de Arakan, lo que alimenta las tensiones internas. Estos tres grupos se niegan a entregar las armas y adherirse al acuerdo nacional de alto al fuego suscrito por tan sólo 8 de los grupos armados del país. Es el Gobierno de la NLD el que debería “declarar un alto al fuego nacional, pero es reticente”, señala Hor Hseng.

En este intrincado contexto, que se ha traducido en enfrentamientos armados entre las propias guerrillas étnicas, el papel del Ejército Wa (UWSA), el más poderoso de los grupos armados del país con unos 30.000 soldados, se antoja fundamental. Y de los diálogos de Panglong se marcharon al segundo día no sin repartir antes un escrito en clave de advertencia: “Todas las nacionalidades en Myanmar, grandes y pequeñas, son iguales. Ningún chauvinismo nacional-dominante está permitido”. Un mensaje claramente dirigido al Tatmadaw, el temido Ejército birmano, cuyo representante en la conferencia, el teniente coronel Zaw OO, culpó a las guerrillas de que continuase la lucha armada por sus “demandas excesivas”. “El Tatmadaw se mantiene en su postura chauvinista y no quiere ceder su poder sobre el Gobierno”, concluye el portavoz de la Shan Human Rights Foundation.

Así, con la amenaza de un tercer bloque liderado por el UWSA en horizonte, el debate en Panglong se redujo a un intercambio de posturas presumiblemente inamovibles: el Consejo Federal de Nacionalidades Unidas, que aglutina a 11 grupos armados, entre ellos el Kachin Independence Army (KIA), el segundo más poderoso del país con más de 10.000 combatientes, reclama la redacción de una nueva Constitución federal que respete la autonomía de las naciones que componen el país, protegiendo su cultura y lengua y garantizando un reparto justo de los recursos naturales, mientras que los militares aluden una y otra vez a la Carta Magna de 2008 que garantiza su dominio sobre el territorio y la economía. “Los uniformados han usado la idea de la paz y las reformas como un arma de doble filo para continuar incrementando su poder sobre las etnias. La realidad es que muchos generales son responsables de crímenes contra la humanidad y, aunque actualmente son inmunes a cualquier acusación judicial, quieren garantizarlo diplomáticamente”, arguye el ex oficial de las fuerzas especiales de Estados Unidos y activista democrático Tim Heinemann.

En medio de ambos bandos, la premio Nobel de la paz y líder de facto del país desde las elecciones del pasado otoño,  Aung San Suu Kyi, trata de salvar su primera gran apuesta política: “Alcanzar la paz es muy difícil”, pero “aún hay tiempo para que aquellos anclados en el pasado miren al futuro”. Por el momento, ha logrado la celebración de una segunda ronda de diálogo, a la que está por ver si acudirán los Wa y las guerrillas afines, en la que debería presentarse ya un borrador del acuerdo. Un botín escaso pero suficiente para acudir este mismo mes de septiembre a Estados Unidos con el objetivo de rebajar las sanciones que todavía pesan sobre el pequeño país asiático tras medio siglo de dictadura militar.

Mientras las negociaciones continúan en Naypyidaw, seiscientos kilómetros al norte, en los territorios étnicos en la frontera con China, la lucha entre las guerrillas y el Tatmadaw no hace más que enconarse. El pasado 28 de agosto, el Ejército trató de tomar una base del Shan State Army, uno de los firmantes del alto al fuego, de incalculable valor estratégico. Desde allí, apunta Hor Hseng, podrían “lanzar ataques contra el UWSA”. “Este demuestra la insinceridad del Tatmadaw sobre el proceso de paz”.

Reportaje publicado en el diario Gara