Cambodians pay their respects during the funeral ceremony of political analyst Kem Ley at a pagoda in Phnom Penh on July 11, 2016. 
Hundreds of mourners gathered for the funeral on July 11 of Kem Ley, a prominent Cambodian political commentator gunned down in broad daylight on July 10, as the country's premier vowed a thorough investigation. / AFP PHOTO / TANG CHHIN SOTHY

Camboya, donde la oposición se paga con el destierro. O la muerte

En Camboya oponerse a los intereses de Hun Sen y de la oligarquía dominante se paga con el destierro. O con la muerte. El líder opositor, Sam Rainsy, permanece en un autoexilio en Francia, mientras que el activista catalán Alejandro González Davidson fue deportado tras oponerse a la construcción de una presa en el valle de Areng, el último bosque sagrado del país. Otros ni siquiera pueden contarlo. A Hun Sen, el excomandante jemer que lidera el país desde 1985, nadie le discute el silencio.

“No sólo he debilitado a la oposición. Los haré matar a todos…y si alguien es lo suficientemente fuerte para organizar una protesta, moleré a palos a todos esos perros y los meteré en una jaula”. Con el amenazador lenguaje que agria habitualmente sus discursos, Hun Sen respondió desafiante a los que auguraban su caída en 2011. Una más en el “club de los 10.000”, aquel grupo de autócratas conformado por Muammar el-Qaddafi, Hosni Mubarak o Alí Abdalá Saleh. Al contrario de lo que ocurrió en Libia, Egipto o Yemen, Hun Sen consiguió acallar las críticas y refrendar su poder en 2013, lo que sin embargo no logró mitigar la conflictividad en el país.

Desde entonces, las calles de la capital claman por un salario de supervivencia para las trabajadores del textil. “Vivir con 100 dólares es muy difícil”, asegura Sokny Say, secretaria general del FTUWKC, uno de los sindicatos más críticos con el Gobierno, cuyo líder fue asesinado. Otros cinco manifestantes perdieron la vida durante las protestas y otros 40 resultaron heridos. Además, 23 personas fueron detenidas en una campaña de “violencia e intimidación” denunciada por las entidades de derechos humanos. “Pese a todo, nuestras demandas siguen vigentes”, recuerda Sokny.

Aunque el PIB del país ha mantenido un crecimiento constante del 7%, la pobreza sigue lacerando al país. Casi de diez millones de personas viven con menos de 2 dólares al día. “La desigualdad económica ha empeorado en Camboya”, asegura el profesor Sophal Ear.

En los últimos 15 años, cuatro millones de hectáreas, un 22% de la superficie total del Estado, han sido expropiadas para ser entregadas a consorcios privados a cambio de contratos millonarios. 770.000 civiles, el 6% de la población, han sido expulsados de sus tierras en una maniobra de desalojos que ha sido llevada ante la Corte Penal Internacional (CPI). La “élite en el poder”, Gobierno, Fuerzas Armadas y grandes empresarios, están acusados de “crímenes contra la humanidad” por traslados forzosos, asesinatos y arrestos ilegales.

“La corrupción, la corrupción”, repite como un mantra el profesor Ear. El colegio, el pasaporte, la cárcel…todo en Camboya baila al ritmo de las mordidas. El país ocupa el puesto 150 de 168 en el índice elaborado por Transparencia Internacional. A lo largo de sus más de 30 años de mandato, Hu Sen ha reinventado su política abrazando el libre mercado y convenciendo a los mandatarios internacionales para que sigan aportando al país más de 500 millones de dólares pese a los escándalos de corrupción que envuelven al Ejecutivo.

No obstante, su continuidad en el Gobierno sólo se explica por el uso de la fuerza. Los que se han atrevido a interponerse en sus intereses han sido silenciados. Muertos o desterrados. El catalán Alejandro González Davidson consiguió convencer a los indígenas para expulsar a los trabajadores chinos que trataban de levantar una presa en el bosque sagrado de Areng. A él lo protegió su pasaporte. Tres años antes, Chut Wutty, uno de los mayores líderes ambientales, fue abatido por los militares en las montañas de Cardamón cuando documentaba un caso de tala ilegal. Desde entonces, al menos otros dos periodistas locales han sido asesinados.

Sam Rainsy, ¿cobarde o estratega?

Desde mayo, todos los lunes en Camboya son “lunes negros”. Las calles se llenan de camisetas de este color para exigir la liberación de los activistas acusados de haber sobornado a una mujer para que silenciase un escándalo sexual que involucraba al vicepresidente opositor Kem Sokha, quien se ha convertido en el gran azote de Hun Sen. Su destrucción política antes de las elecciones locales se había convertido en una prioridad.

Su líder, el gran patrón opositor, Sam Rainsy, permanece desde noviembre en un autoexilio en Francia para evitar ser arrestado. Un movimiento en el que algunos ven un intento de asemejar su historia a la de la premio Nobel de la Paz, Aung San Suu Kyi. Otros simplemente creen que es un cobarde. “Es fácil ser el líder autoritario de un pobre país agrícola cuando tu principal rival vive en un apartamento cerca de la torre Eiffel”, se escucha estos días en Camboya.

Con la oposición descabezada, Hun Sen encara la reelección en 2018 sin nadie que pueda discutir su mandato. ¿Es esto lo que necesita el país? “Lo que necesita Camboya es alguien que no necesite usar la violencia contra su gente”, apunta Ear. Actualmente, 29 personas permanecen en prisión por sus reivindicaciones. El pasado mes de julio, el analista político Kem Ley, crítico con el Gobierno, fue asesinado en la capital. Es lo que sucede en Camboya cuando alguien alza la voz contra los excesos del primer ministro.

Reportaje publicado en Gara