El ruido que hace un hogar al morir

A sus 25 años, Phanith ha visto morir su casa en tres ocasiones. La primera, siendo todavía un crío de mirada encarnada y ánimo revoltoso, se esfumó bajo el humo pegajoso de un fuego bienquerido. La segunda, una chabola de paredes herrumbrosas en el centro de Phnom Penh en la que siempre olía a noodles recién hechos, desapareció en una bolsa cargada con 8.000 dólares y el adiós de una hermana. La última, una escuela con libros que imaginaban héroes y dibujaban montañas infinitas, la tiraron abajo unos hombres de camisa verde, custodiados por otros hombres de camisa aún más verde. Hoy, escondido tras unas lentes que desdibujan la miseria que envuelve la barriada del White Building, Phanith espera el día que lo despierte de nuevo la letanía mecánica de los bulldozers. Entonces hará calor. Y los días se medirán en lluvias. Como cada vez que muere un hogar.

“Volverá a pasar. Están preparándose para hacer lo mismo”. Para matar otro hogar. Phanith tiene el verbo ácido, cansado de tanto odiar y tanto extrañar. Hoy se mantiene de prestado en una habitación de muros blancos y relucientes, ajenos a las huellas húmedas que el tiempo y los monzones dejan sobre los tabiques desconchados del White Building, el orgullo de la nueva arquitectura Jemer que floreció en Camboya al abrigo de la independencia. El delirio ultramaoísta de Pol Pot y sus Jemeres Rojos destruyó la fantasía colonial de trasladar la Villa Radieuse que Le Corbusier había soñado años atrás para París a la ribera del Mekong. Los jardines fueron abandonados, los teatros clausurados y los bloques de apartamentos, habitados por la bohemia floreciente de los felices 60, confiscados. Tras despertar de la pesadilla jemer, el White Building se convirtió en refugio de una nueva bohemia. Artistas, yonkies y prostitutas comparten estos días una geografía de corredores oscuros y amaneceres temblorosos.

“La corrupción, la corrupción”, repite como un mantra el profesor Sophal Ear. En Camboya la vida es corrupta. El colegio, el pasaporte, la cárcel…todo baila al ritmo de las mordidas. Por algo el país ocupa uno de los puestos más bajos —150 de 168— en el índice anual elaborado por Transparencia Internacional. En las dos últimas décadas, cuatro millones de hectáreas, un 22% de la superficie total del Estado, han sido expropiadas para ser entregadas a consorcios privados a cambio de contratos millonarios. 770.000 civiles, el 6% de la población, en su mayoría indígenas, han sido expulsados de sus tierras en una campaña de desalojos que ha sido llevada ya ante la Corte Penal Internacional (CPI). Los promotores, el bufete londinense Global Diligence, acusan a la “élite en el poder”, Gobierno, Fuerzas Armadas y grandes empresarios, de haber perpetrado “crímenes contra la humanidad” por los traslados forzosos, asesinatos y arrestos ilegales cometidos con el único objetivo de “auto enriquecerse y mantenerse en el poder a cualquier coste”.

Aunque han pasado más de 35 años desde la caída de los Jemeres Rojos, las heridas del genocidio, el mayor de la historia en términos porcentuales con 1,7 millones de víctimas, siguen abriéndose cada día. Tras cuatro años de destrucción urbana bajo el mando de Pol Pot, pocos en el país cuentan con un título de propiedad con el que defenderse. Desamparados legalmente, muchos camboyanos son obligados a traspasar a precios ínfimos sus haciendas a intermediarios que después las revenden por el triple o el cuádruple. Así es como funciona el negocio de la corrupción.

“Este es un lugar peligroso. No conviene adentrarse demasiado”, advierte Khun desde el lugar justo en el que el bulevar Sothearos se bifurca rumbo al monumento de la Independencia. Joven y bien educado, miembro de esa generación de camboyanos que creció de espaldas a la memoria genocida del país, Khun no sabe bien cómo encajar a la barriada, una de las más pobres de la capital. Son pobres. Pero también peligrosos. Drogadictos. Ladrones.

El White Building tiene al menos seis escaleras de entrada. Son estructuras desnudas, metálicas, ya oxidadas, por las que se cuela el vapor de las sopas humeantes que se preparan en los bajos. Hay también una peluquería, otro par de restaurantes clandestinos, el cartel de una escuela de inglés, una lavandería, una mujer desdentada que ofrece sexo y otra mucho más joven que no habla, pero tienta con la mirada. En la acera de enfrente, junto a las motocicletas sostenidas en un equilibrio imposible, dos mujeres ya vencidas por su propio peso descansan sobre el puesto ambulante en el que hasta hace unos minutos preparaban pollo frito. Un poco más adelante, un grupo de hombres matan el tiempo entre tragos y sarcasmos.

Unas bragas rosas dan vida a una fachada mohosa, azotada por la negrura de la lluvia y el olvido. La colada comprende también tres bermudas, rojas, rosas y negras; un polo azul y otro a rayas. El resto de ventanas de este bloque han sido tapiadas con ladrillos.

Es difícil moverse por el White Building. Las luces apenas iluminan los primeros pasos por unos pasillos que en un tiempo fueron verdes y que ahora ocultan sombras humanas tras las puertas entreabiertas. La luz de la tarde, amarillenta, cansada, marca el único camino a seguir. Hay que tener cuidado de no pisar a nadie. Ni nada. Ni siquiera el silencio. La sede de Sa Sa Art, en el segundo piso, no tiene rótulo, pero sí la única puerta impoluta de todo el edificio, protegida tras unos barrotes de hierro. Adentro, las paredes lucen albugíneas. Hay una mesa alargada sobre la que se apoyan una retahíla de vasos, un dispensador de agua tibia, un ordenador y una pequeña librería. En la otra sala, una panorámica en cinco fotos juega con los recuerdos delBassac River Front.

“Hoy no queda casi nada en pie”, lamenta Lyna, la joven que desde hace unos años coordina las actividades del Sa Sa Art. El emblemático National Theatre ha sido destruido y los bloques de apartamento del National Bank y la Olympic Village transformados en la embajada rusa y un centro comercial. Ya sólo resiste, a duras penas, el White Building. Y quizás ésta sea su última primavera. La empresa de inversiones 7NG, que en 2009 ya forzó la expulsión de 1.400 familias de otra comunidad en la ciudad, lleva años adquiriendo parcelas en los alrededores. Hace unos meses comenzó a comprar también los viejos apartamentos. Y la escuela donde Phanith vivía. “Quieren quedarse con todo”, brama el joven que desde hace algunas semanas pasa las noches en la misma habitación del Sa Sa Art en la que durante el día postproduce un documental sobre la memoria colectiva del barrio.

La empresa, con la connivencia del Gobierno camboyano, tienta a los inquilinos, muchos de ellos sin ni siquiera papeles que los acrediten como propietarios, con sumas de hasta 20.000 dólares. Hasta la fecha, ha adquirido más de una veintena de pisos que mantiene cerrados. Su objetivo es que el edificio sea demolido. Los terrenos, apenas a diez minutos de paseo del Palacio Real y del malecón turístico del Riverside, valdrán una fortuna cuando sean edificados. “Lo han intentado demoler muchas veces. En el 92, el 93, 98, el 99, y ahora en los últimos años con el proyecto de 7NG, pero nunca lo han conseguido”, asegura Lyna con la voz irreductible del que no ha descubierto aún el día en el que ya no vale la pena seguir esperando.

La última estrategia del Gobierno ha sido declarar el estado ruinoso del inmueble y exigir el realojo por riesgo de derrumbe de las 2.500 personas que todavía residen en la barriada. Lo cierto es que el edificio, exponente otrora del racionalismo modernista, es hoy poco más que un amasijo de recuerdos desvencijados. Pero todavía vivos. “Esta es mi casa. No hay razón para irnos”, repite tras la pantalla la voz angulosa de una joven.

Phanith vuelve la cabeza. Él hace tiempo que dejó de esperar.

El ruido de las estrellas

En los poblados chabolistas de Phnom Penh los niños juegan a imaginar horizontes. De día, sueñan con una calima tan violenta que destruya grúas y ahogue el aliento ennegrecido de los camiones. De noche, cruzan apuestas por el fulgor de las estrellas. ¿Y qué ruido harán al caer? Phanith comenzó a hacerse esa pregunta la primera vez que pasó la madruga al raso. Fue en 2001, cuando aún estaba en la escuela primaria. “Al salir del colegio vi un humo espeso alrededor de la barriada. En ese momento supe que algo iba mal. Después, ya anocheciendo, vino mi madre y nos dijo: ‘nuestra casa ha desaparecido”. Phanith pensó inmediatamente en las estrellas. Ellas también desaparecen. Y seguro que hacen un ruido metálico al caer.

Los meses siguientes los pasó en Sen Sok, en las afueras de la ciudad, donde el Gobierno les entregó un pequeño terreno como compensación por la demolición de su vivienda. Era un lugar inhóspito, de mirar grisáceo, sin agua potable ni electricidad. En la casa llegaban a juntarse hasta diez personas: sus padres, su hermano y su cuñada, su otra hermana y varios sobrinos. Apenas había espacio. Ni comida suficiente.

Por aquel entonces, su madre dejó su puesto de venta de fideos para despachar carne en el mercado de una barriada cercana. Phanith abandonó la escuela para ayudarla. Poco después su hermano se mudó para trabajar en la construcción y su hermana consiguió un empleo en una fábrica de la capital. Aunque obtenían algo más de dinero, no alcanzaba para mantener a toda la familia, así que cuando el Ejecutivo les ofreció otra porción de tierra en Kratie, al este del país, toda la prole, a excepción de los dos hermanos, se trasladó lejos de Phnom Penh para dedicarse al campo. Cultivaban patatas, arroz y otras legumbres. Phanith, cuyo natural delgado se había enraizado tras los cuencos vacíos de las cenas, era demasiado débil para la vida de labranza. “Tú eres demasiado escuálido para trabajar la tierra”, le dijo su padre. Después lo mandó de vuelta Phnom Penh junto a su hermana.

Lo primero que hizo al llegar fue mirar al cielo. Y contar cuántas estrellas habían caído. La ciudad que encontró no era como recordaba. Se había llenado de torres de cristal cuyo final no alcanzaba a imaginar y de turistas sudorosos que aliviaban el calor con una cerveza fría frente a la brisa húmeda del Mekong. Al menos seguía oliendo a amok recién hecho. Y a fideos. Su hermana había aprendido a prepararlos durante su ausencia. Eran casi tan sabrosos como los de su madre. Phanith volvió al colegio. Se apuntó a la escuela de inglés del White Building y aprendió también informática. Una mañana de 2008 su hermana le dijo que no habría más fideos. Que se tenían que marchar. A Battambang, 300 kilómetros al oeste. A casa de sus suegros.

“¿Por qué? ¿Qué ha pasado?” No hubo respuesta. Meses después supo que una empresa había comprado los terrenos de la Green House. Ocho mil dólares por una chabola de paredes herrumbrosas en la que ya no olía a fideos. Para entonces, Phanith se refugiaba del monzón en la escuela de inglés. Le habían dejado pasar allí las noches, en una habitación en la que espantaba el frío con lecturas que hablaban de héroes indestructibles y montañas tan altas que ningún hombre sería jamás capaz de conquistarlas. Estuvo allí 12 meses. Hasta la mañana que vio llegar a unos hombres vestidos con un buzo verde. Detrás, otros hombres con camisa aún más verde —y marrón— empuñaban porras y escudos. Del cinturón colgaban armas de fuego. “Recuerdo que era el año nuevo chino y que había ido a dar una vuelta por la ciudad con un amigo. Estaba a la altura de la embajada francesa cuando vi a la Policía y el Ejército”. Dieron igual las protestas. Unos hombres de camisa verde entraron y tiraron abajo la escuela. Aquella fue la última vez que Phanith vio morir su hogar. Hacía calor. Y escuchó un ruido metálico. Como el que hacen las estrellas al caer.

Reportaje publicado en Planeta Futuro de El País