El plan de Laos para salir de la pobreza: convertirse en la batería de Asia

En la aldea de Ban Takjok la vida amanece a diario entre la niebla que cubre las montañas. A medida que se va disipando, el poblado descubre sus formas: dos docenas de pequeñas chozas sin ventanas, a resguardo de los malos espíritus, una herrería levantada sobre restos de misiles, una escuela, un campo de fútbol y un ágora en el que los adultos de la comunidad se reúnen para tomar decisiones. En Ban Takjok apenas hay electricidad. De hecho, ni siquiera hay carreteras, sólo un laberinto de caminos arcillosos que el monzón convierte en un lodazal intransitable. En 5 años, el Gobierno espera que ya no queden lugares así en Laos. Y tiene un plan para ello: convertir sus ríos en la batería de Asia.

El objetivo es que “las grandes aldeas de zonas rurales se conviertan en pequeñas ciudades”. Con este sencillo ejemplo, el general Choummaly Sayasone, Secretario General del Partido Popular Revolucionario de Laos (PPRL) y presidente del país desde 2006, resumió el pasado mes de mayo el ideario político-económico de la pequeña nación asiática para el horizonte 2020. “Tenemos que seguir reduciendo el número de familias pobres hasta un nivel mínimo y crear las infraestructuras y los servicios necesarios para el desarrollo económico”, insistió ante un auditorio plagado de altos cargos y líderes del partido que celebraban el 60 aniversario de su creación y el 40 de la victoria del Pathet Lao en la guerra civil.

El plan del Ejecutivo laosiano pasa por explotar sus ingentes recursos naturales, tanto mineros como forestales, y sobre todo impulsar el programa de centrales hidroeléctricas en la cuenca baja del río Mekong. Con un crecimiento estimado de la demanda energética en el sudeste asiático del 80% hasta 2035, Laos pretende convertirse en el principal suministrador de kilovatios para sus vecinos: Tailandia, Vietnam, Birmania y Camboya.

Para ello, el pequeño país asiático trabaja en la creación de 70 infraestructuras hidroeléctricas, la mayoría enclavadas en los caudalosos afluentes del Mekong. El más emblemático de estos proyectos, la central de Xiyaburi, al norte del país, lleva en construcción desde 2010. Cuando esté concluida, la presa generará 1.285 megavatios que serán vendidos, en un 95%, a Tailandia, cuyas empresas financian y ejecutan las obras. El problema, apunta Ame Trandem, responsable en el sudeste asiático de la ONG International Rivers, es que la proliferación de estas instalaciones “pone en riesgo la seguridad alimentaria de cientos de miles de personas”. De hecho, sólo la presa de Xiyaburi forzará el traslado de 2.100 personas y afectará directamente a más de 200.000: bloqueará las rutas migratorias de al menos 23 especies, incluido el icónico pez gato del Mekong, destruirá el ecosistema del río e impedirá el flujo de nutrientes al delta en Vietnam.

Pese a las quejas de los ecologistas y los requerimientos para la paralización de las obras de la Mekong River Commission (MRC), el organismo creado en 1995 por Camboya, Laos, Tailandia y Vietnam para velar por el desarrollo sostenible de las capacidades hidroeléctricas de la cuenca baja del río, el Gobierno laosiano sigue decidido a mantener su apuesta por las grandes presas para sacar al país de la pobreza: las 11 grandes centrales proyectadas en el tramo bajo del Mekong -7 de las cuales se encuentran en territorio laosiano, dos en la frontera con Tailandia y otras dos en Camboya- generarán el 8% de la electricidad del sudeste asiático en 2025.

El programa de infraestructuras hidroeléctricas, remarcan los medios oficialistas, supondrá un ingreso extraordinario que abrirá la puerta al rápido desarrollo económico del país. Las organizaciones internacionales recelan del proyecto laosiano. “Muchos de estos ingresos públicos desaparecerán en su camino entre las presas hidroeléctricas y la sociedad. Laos carece de instituciones y de la capacidad necesaria para manejar los impuestos de manera efectiva, y su Gobierno sufre de una corrupción rampante”, destaca International Rivers en uno de sus últimos informes.

La vía laosiana

Siguiendo el modelo de sus homólogos chino y vietnamita, el Partido comunista laosiano lleva décadas impulsando reformas para consolidar una “economía de mercado controlada por el Estado”, tal y como la definió el propio Sayasone. En 1986, coincidiendo con la puesta en marcha en Vietnam del proceso de liberalización bautizado como Doi Moi, Laos iniciaba su propio programa para transformar una sociedad basada en los subsidios a través de la iniciativa privada, el denominado “Nuevo Mecanismo Económico” (NME). Con la llegada del nuevo siglo, el Gobierno laosiano implementó nuevas medidas para impulsar la creación de empresas e, imitando el ideario chino, apostó por la creación de Zonas Económicas Especiales para atraer la inversión extranjera con importantes exenciones de impuestos.

Aunque Laos sigue siendo uno de los países más pobres de la región, el plan económico del Gobierno parece funcionar. Su economía lleva nueve años creciendo a más de 7% y para 2020 aspira a abandonar la lista de los 48 países menos desarrollados del mundo. De hecho, según las previsiones del Banco Mundial, Laos será el segundo país de la región que más crezca hasta 2017, sólo por detrás de Birmania. “Hemos liberalizado las viejas formas de pensar hacia un análisis realista de la situación [global]”, señaló Sayasone en su intervención ante los líderes del Partido.

El desarrollo económico de los últimos años se ha traducido en la apertura de nuevas tiendas, restaurantes y hoteles en la capital, Vientiane. No obstante, a diferencia de Hanoi o Saigon, donde la vida bulle al ritmo de la pulsión consumista, Laos sigue siendo un relato silencioso construido en las pequeñas comunidades rurales que jalonan su territorio. En las últimas dos décadas, la tasa de pobreza se ha reducido del 46 al 23%, mas su PIB per capita apenas alcanza los 1.600 dólares anuales.

En Phonsavan, la pequeña localidad del norte del país desde el que parten todas las rutas por la Llanura de las Jarras, los cortes de electricidad son frecuentes. Los pocos viajeros que se acercan hasta estas remotas tierras del norte del país para visitar las históricas vasijas de piedra que trufan la meseta de Xieng Khouang descubren aquí un Laos ajeno a las comodidades de Vientiane o Luang Prabang. Al avanzar hacia Ban Takjok las carreteras pierden su asfalto, retorciéndose entre las montañas. Apenas hay tráfico, sólo las rodadas de algunas camionetas que cubren, si el tiempo lo permite, el trayecto entre la ciudad y las pequeñas comunidades rurales.

Al llegar a Ban Takjok sólo hay silencio. Desde el fin de la contienda civil, en 1975, el Gobierno comunista ha impuesto un férreo sistema de censura e intimidación que oprime a minoría Hmong, acusada de traición por apoyar a la CIA en la denominada ‘guerra secreta’ que arrasó el país en el marco de la guerra fría. “Ni siquiera podemos hablar en nuestro idioma, nos obligan a aprender el idioma de los lao”, asegura uno de los jóvenes que prefiere mantener su identidad en el anonimato. Los Hmong son víctimas de un sistema de delaciones que los envía a prisión ante cualquier sospecha de subversión o apoyo a la guerrilla Chao Fa que todavía persiste en su lucha contra el Gobierno comunista en las montañas de Moung Cha.

Cualquier voz disidente, como la de Sombath Somphone, uno de los activistas más renombrados del país desaparecido desde diciembre de 2012, es acallada. “El Gobierno de Laos continua participando en severas violaciones de los derechos humanos», asegura Philip Smith, director del Center for Public Policy Analysis (CPPA).

Hasta el momento, las “reformas aperturistas” se han limitado a la economía. La vida y la política en Laos siguen controladas por el partido único. Ese es el camino marcado por Choummaly Sayasone. “Tenemos que concentrarnos en aliviar la pobreza de la población local y salir del estatus de los países menos desarrollados creando las bases para que nuestro país siga avanzando hacia el socialismo”. Las “nuevas disputas”, como la integración de los Hmong y la apertura política, tendrán que ser afrontadas por la nueva generación de líderes del Partido. Para entonces, Laos ya tendría que haber completado su plan para salir de la pobreza.

Reportaje publicado en Gara