El pueblo birmano que no quiere la guerra, pero tampoco la paz

En Myitkyina, la polvorienta capital del estado kachin, en la frontera birmana con China, nadie habla de guerra. Llevan tanto tiempo en conflicto armado (más de 60 años, una de las contiendas civiles más largas de la historia) que la propia palabra ha rendido su significado.

Aquí, entre las mansiones coloniales que se alzan en el margen oeste del río Irrawaddy, la guerra no deja huellas físicas. No hay huecos de balas en las paredes ni ecos de bombas en el paisaje. Mas hay silencio. Puertas cerradas. Alambradas. Y puestos militares en cada acceso. La ciudad está controlada por el Tatmadaw, el temido ejército birmano. Apenas a unos kilómetros al norte, los enfrentamientos con la guerrilla del Kachin Independence Army (KIA) se traducen en cientos de muertos y más de 100 mil desplazados. Koh*, el niño de la cresta roja, es uno de ellos. Uno de esos niños que no ha oído hablar de la guerra. Koh ya tiene bastante con vivirla.

***

Las tardes, envueltas en la letanía pesarosa del monzón, avanzan parsimoniosas en Myitkyina. Apenas hay tráfico por la avenida Munkhrain, la principal arteria de la ciudad, salpicada de letreros que advierten del peligro de las drogas. Algunos son simplemente frases exhortatorias escritas en idioma birmano; las menos lo están también en lengua kachin. Una joven (de unos 10 años) soporta las últimas embestidas del sol sentada sobre el bordillo de la acera, con la cabeza cubierta, atendiendo a los clientes de su particular gasolinera clandestina: una retahíla de botellas de plástico repletas de combustible refinado. Cada una, de algo más de medio litro, se vende a mil kyats (0.6 euros).

Tras las vías del tren, la ciudad vuelve a bullir. Hay tiendas de ropa ofreciendo la última moda internacional, luminosos despachos de telefonía móvil, varios ultramarinos, un taller de reparación de motos y un dispensario repleto. Seis mujeres aguardan pacientes la cola. El atardecer cubre el horizonte con un manto rojizo que envuelve las tierras de labranza que volverán a brotar en unas horas, cuando la oscuridad haya abandonado la ciudad. En Myitkyina apenas hay farolas. Ni masas de turistas enloquecidos. En Myitkyina hay jaurías de perros salvajes y un silencio que nadie quiere oír. La del estado kachin es una guerra silenciosa. Una guerra de emboscadas. Mas también de violaciones. De discriminación. De palabras censuradas.

“Es una lucha por controlar los recursos naturales”, asegura Khon Ja. El territorio kachin, en la frontera con China, es una de las regiones más ricas del país. Cuenta con potencial hidroeléctrico y forestal, minas de oro, cobre y jade. “Además es un territorio clave para el oleoducto que conecta China con la costa del mar de Andamán, evitando el Mar de China Meridional”, añade la activista del Kachin Peace Network. “China quiere un acceso directo al Índico para aprovechar el tráfico de petróleo con Oriente Medio, los recursos naturales de África y el comercio con los mercados europeos”, añade el activista y ex-oficial de las fuerzas especiales de los Estados Unidos Tim Heinemann.

Aunque el conflicto con el ejército birmano se remonta a los años 50 —tras la traición del acuerdo de Panglong y el asesinato de Aung San, héroe de la independencia frente a los británicos y padre de la actual líder opositora y premio Nobel de la Paz, Aung San Suu Kyi—, durante décadas, la convivencia pactada permitió el desarrollo de una autonomía de facto en los dominios étnicos del norte: hospitales, escuelas donde se enseña la lengua kachin e infraestructuras propias, financiadas con la venta de materias primas y los tráficos fronterizos, muchos de ellos ilegales. La tregua, firmada en 1994, saltó por los aires en mayo de 2007, tras el acuerdo del Ejecutivo birmano con una compañía china para la construcción de una presa en Myitsone, en el nacimiento del río Irrawaddy, un proyecto que afectaba a casi 15 mil personas. Cuatro trabajadores chinos perdieron la vida en los ataques contra esta infraestructura.

Pese a la ofensiva militar del ejército birmano, el KIA, brazo armado de la Kachin Independence Organization (KIO), se negó a entregar las armas y la guerra se recrudeció. El bombardeo en noviembre de 2014 de los cuarteles del KIA en Laiza, eje de la insurgencia kachin, causó la muerte de 23 reclutas y otra veintena de heridos. Desde entonces, las emboscadas y enfrentamientos armados son constantes en las pequeñas comunidades rurales que comunican Laiza y Myitkyina. Ahí la guerra sí tiene un sonido real: el de las 100 mil personas que han tenido que huir de sus casas.

El camino de Maina

Para llegar al campo de refugiados de Maina hay que atravesar un puente sobre el río Irrawaday, identificarse en el puesto de control militar y ganarse la confianza de los vecinos. Para eso hay que detenerse en uno de los bares al margen izquierdo de la carretera, junto al bloque de edificios levantados por las empresas chinas que operan en este lado de la frontera. Las explotaciones de jade, una piedra semipreciosa con la que los chinos agasajan a sus conquistas y decoran sus salones, están 18 kilómetros al norte. El tráfico de camiones es constante. El comercio de jade en el país supera ya los 8 mil millones de dólares. “El de kachin es el territorio de China en Birmania”, ironizará horas más tarde un joven taxista ya de vuelta en Mandalay. Hasta ahora, el gobierno birmano, controlado por el Tatmadaw, percibe sólo los impuestos de las explotaciones legales, pero la mayor parte del jade se extrae en minas ilegales, con las que se financian las comunidades y la resistencia kachin. Ese dinero es lo que verdaderamente desean los militares. Y tienen un plan para conseguirlo.

“Las élites birmanas en el poder prefieren no luchar contra los grupos étnicos armados porque sus ejércitos matan a la infantería birmana en una proporción de 100 a 1. En lugar de eso, los birmanos prefieren manipular a los líderes étnicos con estrategias económicas. Es una táctica muy efectiva”, apunta Tim Heinemann. La campaña, bautizada como four cuts, pretende asfixiar a los grupos rebeldes impidiéndoles el acceso a recursos naturales, financiación económica, información y nuevos reclutamientos. Se trata de minar la resistencia civil con heridas para las que no hay cura física. Las drogas. La violencia sexual.

Entre noviembre de 2010 y enero de 2014, al menos 104 casos de violencia sexual han sido documentados en los dominios étnicos de Birmania, donde residen las minorías shan, kachin, karen, kokang, chin y rohingya, una cifra que recoge sólo una porción de todos los abusos cometidos por las fuerzas militares. Muchas mujeres se niegan a denunciar lo ocurrido por temor a las represalias y a avergonzar a sus familias. En este tiempo, los militares han perpetrado en el estado kachin violaciones múltiples, agresiones a ancianas y a niñas de apenas 8 años. “Es una estrategia de contrainsurgencia”, subraya Women´s League for Burma, una entidad que aglutina a 13 organizaciones de mujeres, en un informe publicado recientemente. Atacando a las mujeres, los militares birmanos tratan de desmoralizar y destruir el tejido social que soporta la resistencia de las minorías étnicas: sin su apoyo, los guerrilleros no podrán mantener en el tiempo la lucha armada. Ellas crían a sus hijos y les proporcionan comida y cobijo. Sin ellas, la insurgencia sucumbiría en meses.

La heroína completa el arsenal militar del Tatmadaw. Es fácil y barata conseguirla. Apenas 4 mil kyats (poco más de tres euros) por una pipa. Entre el 65 y el 70 por ciento de los jóvenes de Myitkyina, según expertos citados por CNN, consumen drogas. “Es un problema real”, reconoce Saya, un profesor de inglés de mediana edad. Hoy la universidad de Myitkyina está cerrada. El portalón verde que flanquea el acceso al centro educativo permanece sellado, mas tras sus rejas se adivina el caminar cansado de un grupo de adolescentes que avanzan por la vereda polvorienta con pasos cortos y pesarosos, tratando de huir del sol bajo un paraguas de colores. Cuentan que el campus de la universidad es uno de los lugares más frecuentados por los jóvenes para iniciarse en el consumo de drogas. Allí, los contenedores lucen signos que instan a los toxicómanos a no tirar las jeringuillas usadas para evitar los contagios de VIH. Toda la ciudad está empapelada con carteles que alertan del peligro de la heroína. La sociedad kachin y el propio KIA son conscientes de que la “guerra química” es la estrategia más afectiva para acabar con la resistencia: si los jóvenes se vuelven adictos, no podrán combatir. Los oficiales birmanos lo saben y fomentan el tráfico y consumo de opio inundando el mercado y bajando los precios artificialmente.

En el campo de Maina, a la orilla del “gran río”, nadie quiere hablar. Temen las represalias del Tatmadaw. Las han sufrido. En forma de violaciones. De extorsiones. A esta hora de la tarde, tras el almuerzo, el sol cae a plomo sobre la pequeña comunidad de desplazados kachin.

Los adultos buscan el alivio de las sombras bajo el árbol, mientras media docena de críos corretean por la explanada pajiza que da acceso a la iglesia baptista. Koh, el niño de la cresta roja, empuja la cubierta de un neumático hasta el portalón negro y dorado de la entrada. Lo hace una y otra vez. Correteando tras de él, otro niño, moreno, con la camisa azul a cuadros, lo imita.

Ahora ya es un juego de dos. Entre los 200 habitantes de Maina hay muchos niños. Varias decenas de un simple vistazo. También hay muchas mujeres. Son refugiados. Un pequeño número entre los más de 100 mil desplazados que la guerra ha causado en el estado kachin. Muchos llegaron aquí huyendo de los enfrentamientos bélicos. De las emboscadas que se llevaron por delante pueblos y aldeas. Mas todos vienen escapando de los horrores de la guerra.

De las heridas que no se ven. De los silencios.

“Será mejor que se vayan. No es bueno, ni para ustedes ni para nosotros”, nos advierte el líder la comunidad. Koh, el niño de la cresta roja, se vuelve para mirarnos. Y sonríe.

Y si la paz fuera esto

Cuando ya se ha apagado el rojo del cielo, las charlas se encadenan en cada esquina de Myitkyina. Hay alambradas, sí, pero las puertas están abiertas. Adentro, las familias sacan las sillas al porche y disfrutan del postre bajo la luz de las estrellas. ¿Y si la paz fuera esto? Si hay algunas monedas, los niños corretean hasta el ultramarino más cercano a por un helado de hielo. Aquí los comercios no entienden de horarios. En el centro de la ciudad han abierto una nueva tienda en la que se venden camisetas, tazas y llaveros con el símbolo del KIA —las espadas cruzas— estampado, algo impensable hace unos meses. También se han abierto nuevas escuelas, algunas semi-clandestinas, en las que se enseña lengua kachin, inglés y religión católica. Es la resistencia última contra la burmanización impuesta por la Junta Militar desde los 60: una religión, un idioma y una etnia. Budismo. Birmania.

En Myitkyina están cansados de luchar. Pero no piensan rendirse. “El objetivo es la constitución de un Estado federal”, asegura Hkyet Hting Nan, líder de la Unity and Democracy Party of Kachin State (UDPKS) y legislador en la cámara regional. El KIO, que concentra la representación de la sociedad kachin, aceptó dialogar con el Ejecutivo liderado por el ex-general Thein Sein un alto al fuego, pero decidió no refrendarlo después de que otros grupos insurgentes afines, como el Ta’ang National Liberation Army y Myanmar National Democracy Alliance Army (MNDAA), fueran excluidos de las negociaciones. Algunas voces, incluido Min Zaw Oo, uno de los negociadores del Myanmar Peace Center que coordina las conversaciones entre las minorías y el gobierno, denunciaron las injerencias chinas para frenar el acuerdo.

“China quiere una Birmania lo suficientemente desestabilizada como para necesitar su ayuda”, resume Tim Heinemann.

En la ciudad son conscientes de que es una oportunidad perdida. “No podemos perder el tiempo”, reconoce Tu Ja, ex-vicepresidente del KIO y actual presidente del Kachin State Democracy Party (KSDP), mientras señala a una de sus hijas que sostiene una bandeja con chocolate. “El de Birmania es un problema político, así que la solución tiene que ser política, no militar”, insiste el reputado líder kachin. Unos kilómetros y unas horas después, sus afirmaciones son refutadas por otros activistas. “Sobre la mesa el gobierno está poniendo buenas palabras, pero al mismo tiempo nos continúan atacando”, asegura Htang Kai Naung, de la Kachin Legal Aid Network. “Todavía estamos en guerra, nos continúan atacando”, añade Khon Ja. Sólo desde el mes de septiembre se han registrado más de 40 enfrentamientos armados entre los soldados del Tatmadaw y las milicias del KIA en los territorios kachin del norte.

El problema, remarca Nerea Bilbatua, del Centre for Peace and Conflict Studies, es la falta de confianza entre ambas partes. “En el estado kachin existe el precedente de un alto al fuego fracasado, lo que ha deteriorado la confianza de los actores involucrados. Los recientes enfrentamientos en la zona han acrecentado la brecha de la confianza”. Y la confianza es algo que no se reconstruye con bombas, drogas y violaciones.

Reportaje publicado en El Barrio Antiguo