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In this photograph taken on Novermber 5, 2015, Myanmar opposition leader Aung San Suu Kyi and head of the National League for Democracy (NLD) speaks at a press conference from her residential compound in Yangon, ahead of the landmark November 8 elections. Democracy champion Aung San Suu Kyi, 70,  towers over Myanmar's political landscape, winning adulation at home and abroad for her freedom fight. . AFP PHOTO / ROMEO GACAD

Aung San Suu Kyi, la esperanza marchita

Hija del héroe birmano de la independencia, la premio Nobel de la Paz Aung San Suu Kyi suscita las alabanzas de Occidente mientras las minorías a las que dice defender recelan de sus concesiones a los militares

Cuando Soe Nyunt vio aquel portalón de hierro, con el número 54 inscrito en una pequeña placa, lo reconoció al instante. Había pasado muchas tardes frente a él, escuchando los discurso de Aung San Suu Kyi. Después de 15 años de arresto domiciliario, ‘La Dama’ como todos la conocen en Birmania, había sido liberada. Y el portalón de la casa familiar tras el que se alzaba todos aquellos años, encaramada en una mesa y con megáfono en mano para denunciar la corrupción y la miseria de la dictadura militar, abandonado bajo un árbol de mango a la espera de ser recogido por el camión de la basura. Era el año 2010 y Aung San Suu Kyi, premio Nobel de la Paz 1991, era una figura internacionalmente reconocida. La gran esperanza occidental para la transición democrática tras medio siglo de régimen castrense.

Hoy, ya con 70 años, Aung San Suu Kyi sigue siendo una figura venerada en el país y el principal referente de la oposición. Vetada para optar a la presidencia del país por la condición británica de sus dos hijos, su partido, el National League for Democracy (NLD), se perfila como el gran vencedor de las elecciones. Como ya ocurriera en 2010. No obstante, el complejo entramado legal tejido por los militares, que les reserva un 25% de los asientos del Parlamento y les otorga poder de veto sobre las reformas constitucionales, les obligará a pactar con ellos. Y ahí es donde la imagen de ‘La Dama’ empieza a resquebrajarse.

Pedigrí político

Aung San Suu Kyi es la hija del general Aung San, el héroe de la independencia birmana, asesinado en julio de 1947, cuando su hija apenas tenía dos años, tras pactar con las minorías étnicas chin, kachin y shan la creación de un estado federal, la Unión de Birmania, en la conferencia de Panglong. Una década después de la muerte de su padre, se traslada a Delhi, donde su madre había sido nombrada embajadora. De ahí, al Reino Unido para estudiar filosofía, política y económicas en la universidad de Oxford, donde conoce al que será su marido, el académico Michael Aris.

Tras trabajar en Japón y Bhután, Aung San Suu Kyi retorna a Yangon en 1988 para cuidar de su madre enferma. Justo entonces, miles de estudiantes, trabajadores y monjes toman las calles de la principal ciudad del país exigiendo reformas democráticas. “Como hija de mi padre, no puedo permanecer indiferente ante todo lo que está pasando”, aseguró en un discurso el 26 de agosto de aquel año, antes de iniciar un recorrido por todo el país reclamando el fin de la dictadura y la celebración de elecciones libres. Apenas un mes después, en septiembre, los militares reprimen violentamente las protestas y encierran a sus líderes. Aung San Suu Kyi es confinada a arresto domiciliario al año siguiente. Ahí, en la casa del lago, tras el portal 54, pasará los siguientes 15 años. Meditando, estudiando francés y japonés; y tocando a Bach en el piano.

Sola, a miles de quilómetros de sus hijos y de su marido, quien morirá de cáncer en marzo de 1999 sin que ésta pueda ir a visitarlo, Aung San Suu Kyi se convierte en la conciencia de una Birmania oprimida. La única voz capaz de acallar a los militares. Sus discursos tras el portal 54 congregan cada vez a más multitudes que convierten su rostro en el icono de la resistencia. En las elecciones convocadas en 1990, su partido, el NLD, obtiene una victoria aplastante que los militares se niegan a aceptar. Finalmente, en julio de 1995, cuatro años después de ser galardonada con el premio Nobel de la Paz, Aung San Suu Kyi es liberada, aunque volverá a ser recluida en varias ocasiones durante los siguientes años por desafiar a la Junta Militar.

Su último arresto concluyó en noviembre de 2010, apenas unos meses antes de que el exgeneral Thein Sein tomase el poder en el país. Su hijo Kim Aris pudo entonces visitarla por primera vez en una década. Miles de birmanos esperaban que aquel día todo comenzase a cambiar.

La derrota del silencio

En el despacho de Khon Ja en Yangon no hay retratos de Aung San Suu Kyi. En su lugar luce un cartel contra la guerra en el estado Kachin. La guerra civil más larga del siglo con más de 100.000 desplazados. Esa “sobre la que la ‘La Dama’ contesta ‘no sé, no sé’’”. Como sobre el genocidio de los rohingya, una de las minorías étnicas más perseguidas del mundo según la ONU. Allí, en los campos de desplazados de la bahía de Bengala, tampoco hay retratos de Aung San Suu Kyi. Allí solo hay silencios cuando se menciona su nombre.

Y estos silencios son su gran derrota.

“En el pasado creíamos en ella, pero ya hemos perdido nuestra confianza en ella. Sus actuaciones en el caso de los kachin, o en otros, como el de los rohingya, nos hace dudar”, señala Htang Kai, portavoz de la Kachin Legal Aid Network. En su pequeña oficina a las afueras de Myitkyina, la capital del Estado, tampoco hay rastro alguno de la ‘La Dama’. En los últimos meses, aprovechando la cercanía de las elecciones, Aung San Suu Kyi ha visitado los dominos étnicos al norte y al este del país. Incluso ha acudido al oeste, al territorio Rakhine, donde los budistas radicales mantienen confinados a los rohingya desde 2012. Mas ni siquiera ha usado la palabra “rohingya”, la humillación última con la que los extremistas niegan los derechos de esta minoría. Un silencio más.

Sus acólitos, entre los que se incluye la otra gran figura de la oposición birmana, el monje U Gambira, disculpan sus ausencias. Y sus silencios. “Lleva muchos años tratando de llevar la democracia a Birmania. Ha sacrificado su vida por eso, también defiende los derechos de los musulmanes. ¡Ha hecho muchas cosas en el tema de los musulmanes! Lo que ocurre es que ella no es Dios, es un ser humano”, repite el religioso desde su refugio en la frontera con Tailandia.

Lo cierto es que allí donde va, sus mítines siguen siendo multitudinarios. Conductores de trishaw, los tradicionales bici-taxi birmanos, vendedores ambulantes, trabajadores y funcionarios públicos. Incluso antiguos soldados acuden a escuchar sus discursos. Alegatos en los que habla de un país mejor, mas no perfecto. Promete un Gobierno limpio, pero advierte de que la corrupción es un problema endémico en todos los países del mundo. Parece como si tras toda una vida luchando por una nueva Birmania, Aung San Suu Kyi se hubiese cansado de batallar. Incluso se ha acercado a los militares y se muestra dispuesta a colaborar con ellos. “Queremos acabar con las sospechas entre el NLD y los militares para colaborar con respeto mutuo en cuestiones de la Unión y la democracia”, aseguró en una de sus últimas intervenciones.

Muchos expertos auguran un pacto post-electoral entre el NLD y el PUSD, del presidente Thein Sein, quien semanas antes de las elecciones ya se libró de su principal adversario interno, el presidente del Parlamento, Shwe Mann, muy próximo a Aung San Suu Kyi. Un pacto que Soe Nyunt nunca habría imaginado cuando acudía al portal 54. Aunque ahora lo dé por bueno. Puro pragmatismo. Mas no todos lo ven así. Muchos de sus antiguos simpatizantes recelan ahora de ella. Del futuro que los ofrece. Khon Ja lo tiene claro. “Si Aung San Suu Kyi llega al poder será peligroso para el país”.

Perfil publicado en Gara