Los Rohingya, historia de un genocidio

Rohima pinta universos con palabras. Son universos lejanos, repletos de nubes blancas que ocultan la fuerza del sol. Hay un mar. Un mar que se parece a la bahía de Bengala. Mas éste no brama ni escupe cuerpos espumosos. A Hussein y a Saddik les gusta vivir en el mundo que su madre dibuja para ellos. Allí la caballa no tiene espinas y los cuencos de arroz no se terminan nunca. Además pueden ir a un colegio con paredes de colores y no temen ponerse enfermos. Hay un hospital con pastillas mágicas. “Por eso nos vamos a subir a ese barco. Para llegar a Malasia”. Allí es donde los rohingya sueñan sus universos.

Hussein va a cumplir cinco años en unas semanas. Tiene los ojos cobrizos y la piel tostada. Le gusta corretear por las veredas polvorientas de Thay Chaung capturando graznidos que guarda en un frasco imaginario, junto a los universos de su madre. A Saddik, año y medio mayor, le preocupa su hermano. No le gustan las ronchas ennegrecidas que jaspean sus piernas. Tampoco le gusta esa mirada perdida con la que se ha levantado esta mañana.

Su padre se ha marchado temprano hoy. Ha ido al mercado en busca de trabajo. “Necesitamos el dinero para salir de aquí”, explica Rohima. 500 dólares por persona. 2.000 dólares por toda la familia. Los Ammair tratan de reunir el dinero antes del monzón. Rohima hace días que lo tiene todo preparado. Algo de ropa para los niños y algunos recuerdos que apila sobre una valija de cuero. “Sabemos que es peligroso. Hemos escuchado historias sobre las mafias y los secuestros, pero estamos decididos a irnos. Queremos darle un buen futuro a nuestros hijos”.

En la bahía de Bengala son más de 140.000 los rohingya que viven confinados en guetos que recuerdan al apartheid sudafricano. Hasta hace pocas semanas, en el que desde destartalados barcos la imagen de miles de miembros de esta etnia abandonados en el mar se disparó en las televisiones internacionales, Occidente desconocía prácticamente su existencia.

Hoy en la bahía patrullas militares controlan las dos entradas a Thay Chaung. “En teoría están aquí para protegernos y evitar nuevos enfrentamientos”, explica un joven rohingya. En la práctica, hostigan y acosan a la comunidad musulmana con los temidos spot checks. “Llegan a medianoche. Entran y revisan si hay armas. Arrestan a muchos jóvenes y los amenazan con llevarlos a juicio para que paguen un soborno”, asegura Mohamed Idris, quien a sus 37 años es una de las voces más respetadas de la comunidad.

Idris dirige la mezquita de Thay Chaung. Una decena de hombres se agolpan esta mañana en el centro de la modesta construcción de bambú, huyendo de los rayos del sol que se cuelan entre las maderas. Afuera el calor es asfixiante. “Fue el Gobierno el que forzó las diferencias étnicas, el que generó la violencia”.

-¿Fue un problema religioso?

-De ninguna manera. La religión fue utilizada como excusa, subraya Idris.

A su alrededor, todos asienten con la cabeza.

A medida que remontamos el río Kaladan el agua se va aclarando hasta teñirse de un azul resplandeciente. Entonces comienzan a aparecer los barcos de pescadores en el horizonte. Al llegar a Mrauk-U, los manglares envuelven el paisaje en un abrazo húmedo del que cuelgan las cúpulas doradas de las pagodas. El joven guía se niega a llevarnos a las aldeas que jalonan el cauce del río. El Gobierno tiene prohibida la entrada de turistas a los recintos rohingya. Nadie en la ciudad quiere hablar de las matanzas de octubre. “Es un tema delicado”, tercia U Gambira, uno de los líderes de la Revolución del Azafrán. Desde su exilio en la frontera tailandesa, el clérigo es una de las pocas voces que se atreve a defender a los rohingya. Ni siquiera la Nobel de la Paz, Aung San Suu Kyi, lo ha hecho. “La Dama ha decepcionado a mucha gente al evitar posicionarse claramente en algunos temas de derechos humanos, no sólo en el caso de los rohingya”, apunta Chris Lewa responsable de la organización Arakan Project.

“Si quiere entrar en el Gobierno no puede permitirse apoyarlos. Los militares lo utilizarían contra ella”, resume el joven Tu mientras apura un plato de pollomasala.

Las proclamas incendiarias de los radicales budistas han calado en la sociedad birmana. Al igual que la Radio Television Libre des Mille Collines animaba a los Hutus a “exterminar a las cucarachas” tutsis durante el genocidio en Ruanda, los discursos del movimiento 969, liderados por el autoproclamado “Bin Laden Birmano”, Ashin Wirathu, están plagados de invitaciones para el exterminio de los rohingya. Los “perros” como prefieren llamarlos. Un proceso de deshumanización imprescindible para justificar el genocidio. “Wirathu está expandiendo la islamofobia en Birmania, intentando que los birmanos odien a los musulmanes. Eso va contra las enseñanzas de Buda”, lamenta U Gambira.

La Junta Militar y la élite económica anidada a su alrededor han alimentado este discurso xenófobo durante décadas. Azuzar el odio contra los rohingya es el mejor modo de mantener bajo control a la mayoría arakan para seguir explotando los yacimientos de gas de la costa Arakan.

A Hussein le gusta el arroz mágico de Rohima. Sabe a atún y caballa. Hay días que incluso sabe a pollo. Al menos así es como su madre le ha dicho que sabe el pollo. A Hussein le gustan también las chocolatinas, pero aquí, en Thay Chaung, ha olvidado a qué saben. Los Ammai llegaron a los campos el 23 de junio de 2013. La noche anterior una turba de arakaneses había arrasado su casa en el centro de Sittwe. “Los destrozaron todo”, rememora Rohima. Antes de los disturbios, alrededor del 73.000 rohingyas residían en la capital del estado Rakhine. Hoy sólo 5.000 permanecen confinados tras las vallas de bambú y betel en el gueto de Aung Mingalar, junto a la antigua Universidad.

El resto se refugiaron en las campos de Bengala. Llegaron en oleadas de miles, a medida que la violencia calcinaba pueblos y aldeas. Al principio eran registrados y asentados en pequeños bohíos. Al cabo de unos meses la situación se desbordó. Fue entonces cuando surgieron las barriadas de los olvidados. Los que no tienen acceso ni a la ayuda de la ONU. Los barrigas hinchadas.

Los Ammai llegaron a tiempo. Les entregaron una pequeña cabaña de bambú al norte del campo. Es un habitáculo diáfano, sin paredes, iluminado por los rayos que se cuelan por el enrejado del tragaluz. Desde la puerta se distingue en el horizonte la bahía de Bengala. Hace un calor espantoso esta mañana. Rohima se protege la piel con el manto dorado de la tanaka. “En Sittwe teníamos una vida confortable. Mi marido era carpintero y yo era asistente en una clínica”, relata sin perder de vista a sus hijos. En los campos los niños no pueden ir a la escuela -apenas hay un centro cuyo coste no pueden permitirse- y temen ponerse enfermos.

Aunque el hospital de Sittwe se encuentra a poco más de un kilómetro del checkpoint, los rohingya no pueden acudir a él. Sólo en casos de extrema gravedad son trasladados a un centro hospitalario. Allí vuelven a ser discriminados: muchos médicos birmanos se niegan a tratarlos. Dentro del campo sólo hay una clínica de atención básica, pero los tratamientos son insuficientes. “La falta de acceso a una adecuada asistencia sanitaria es la mayor amenaza para estos desplazados”, subraya Johannes Kaltenbach, responsable de Malteser International.

En Thay Chaung la comida escasea. Los suministros de arroz, pasta, aceite, sal y garbanzos repartidos por ACNUR dos veces al mes –los días 1 y 16– son insuficientes. Según un informe de la Oficina para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA en su acrónimo inglés), en 2013 había ya más de 2.900 niños en un “alto riesgo de mortalidad” por malnutrición. “Yo tenía un barco”, relata Aumianthice mientras se acomoda cuidadosamente sobre las tablas desportilladas del zaguán. Uno de sus hijos duerme con la cabeza apoyada sobre una almohada deshilachada. Hoy en el puerto de Thay Chaung apenas una docena de botes permanecen amarrados. Aunque pudieran faenar, los precios en la lonja han caído hasta un 30% desde 2012. Casi ningún comerciante arakan está dispuesto a comerciar con ellos. “Antes no había problemas con los rakhine. Hacíamos negocios juntos. Por las noches íbamos unos a casas de otros”, rememora Idris.

Hussein, de casi cinco años, y Saddik, de seis, pasan las mañanas correteando por las veredas polvorientas de Thay Chaung a la espera de embarcar rumbo a Malasia (Pablo L. Orosa)  copia

Hussein, de casi cinco años, y Saddik, de seis, pasan las mañanas correteando por las veredas polvorientas de Thay Chaung a la espera de embarcar rumbo a Malasia (Pablo L. Orosa)

Sin comida, asistencia sanitaria ni derechos, a los rohingya sólo les queda escoger entre morir en tierra o hacerlo en alta mar. En la taberna, al otro lado de la vía, los hombres matan el tiempo debatiendo sobre las alternativas para escapar de Thay Chaung. Nadie menciona Birmania. Volar a Yangon, para un rohingya, cuesta 4.000 dólares.

-Yo quiero ir a algún país europeo. Finlandia o Suecia, chapurrea en inglés Salih Roman.

La conversaciones se superponen. Algunos alzan la voz.

-Europa no es para nosotros. No ves que allí no podrás pegar a tu mujer, le replica uno de los jóvenes. Todos ríen. Al fin llegan a un consenso: Malasia

“Aquí la vida es insoportable y por eso hemos decidido marcharnos a Malasia. Queremos darles a nuestros hijos una vida mejor”, zanja Rohima.

El barco les esperará a medianoche. El intermediario habrá sobornado a la Policía, así que no deberían tener problemas para alcanzar el muelle que domina el extremo de la ensenada. Entonces ya no habrá marcha atrás. “Sabemos que es peligroso, pero tenemos que hacerlo”, insiste Rohima. A su lado, el pequeño Hussein dibuja palomas de humo.

Este reportaje ha sido publicado en la revista Ctxt